El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Recorrer Sudamérica en coche es una buena idea para no perder el hilo de su realidad agitada. Un blog de contacto con la gente, de emociones, asfalto, paraísos y estaciones de servicio.

Sobre el autor

Jaled Abdelrahim

A Jaled Abdelrahim no le convenció ni su trabajo como reponedor de supermercado, ni su carrera de derecho, ni su labor como periodista sedentario. Lo que quería era conocer el mundo de primera mano. Después de viajar por Europa, Oriente Medio y el norte de África, su última iluminación no ha sido otra que recorrer el sur de América de punta a punta a bordo de un Volkswagen desvencijado. Colabora con El Viajero, la revista Yorokobu y varios medios de viajes.

Cuenta de Twitter: @JaledAA

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16 oct 2013

Música surgida del vertedero

Por: Jaled Abdelrahim

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Suena New York, New York. 30 instrumentistas lo interpretan en perfecta comunión. El sonido es pulido. Viento, cuerda y percusión miman el compás sin peros. La entrada del contrabajo, perfecta. Si cierras los ojos, lo que se intuye son esmóquines, pajaritas, trompetas con destello, palcos llenos en un teatro clásico y arce y abeto en la madera de los Stradivarius. Da la sensación de que el timbre de Sinatra arrancará de un momento a otro desde los cielos.

Abro los ojos. La realidad ha transformado los esmóquines en camisetas de mercadillo, las pajaritas no van incluidas en ese tipo de uniformes. El clarinete es una tubería con chapas de lata incrustadas. Tampoco hay palco ni teatro clásico, estoy en un patio al descubierto de una escuela de paredes roídas en el barrio de Cateura, uno de los focos urbanos más desfavorecidos de Asunción, la capital paraguaya. Tampoco hay maderas de Stradivarius. Veo violines hechos con latas de pintura, el violonchelo es un cubo abollado, la guitarra es de esferas de hojalata vieja y un barril de gasolina le hace de cuerpo al contrabajo, ese que entró tan bien en la pieza. Por lo demás no ha cambiado nada: Suena New York, New York, 30 instrumentistas lo interpretan en perfecta comunión. El sonido es pulido. Viento, cuerda y percusión miman el compás sin peros. Da la sensación de que el timbre de Sinatra arrancará de un momento a otro desde los cielos.

IMG_4828Paraguay es un país de contrastes. Entre la paupérrima Bolivia, el emergente Brasil y el europeizado cono sur queda este país sin mar, con ubicación de corazón de Sudamérica, que vive haciendo equilibrios entre esas tres realidades. Las tres le bañan. Casas acomodadas, hoteles de lujo, asfaltos bien terminados y boutiques de diseño salpican la capital de este estado donde la otra mitad del pastel se lo comen –más bien no se lo comen- miles de mendigos a la intemperie, un índice de pobreza cercano al 50% -según datos del Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe)- y barrios obreros donde el pavimento es un sintagma nominal desconocido. A estos arrabales se les llama mboriahu kuara, agujero de pobres en guaraní, un idioma oficial que conoce el 90% de la población y que al mezclarlo con el español genera un tercer lenguaje llamado jopara, el que utiliza la clase más popular de la urbe.

Cateura es una de esos mboriahu kuara. En esta vecindad de barro y burros que habitan 2.500 familias lo único reseñable hasta 2006 era el gigantesco vertedero donde va a parar gran parte de la inmundicia de la ciudad. Esa misma que los vecinos utilizan para hacer sus casas y muchos de sus enseres. La misma en la que trabajan la mayor parte de los habitantes del suburbio recuperando plástico y metales para plantas de reciclaje. En ella, hace siete años el técnico ambiental y músico aficionado Favio Chávez vio la materia prima para construir los instrumentos a los que ningún niño de Cateura podía acceder.

Ocurrió el milagro. Esa basura ahora es un lujo acústico reclamado desde escenarios emblemáticos de todo el mundo. Cateura es la base, la cuna y el refugio de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Paraguay. Un hito artístico que levanta traseros de las butacas en todo el planeta y es silbada con un aire que ha logrado oxigenar el estigma de esta comunidad proletaria desheredada.

IMG_4730Brandon Cobone, el dueño de las manos que bordan el contrabajo esa mañana tiene 16 años, los dedos gruesos y la camisa remangada. Acudió aquí el día que escuchó el sonido que salía de este patio desde la desvencijada casa de su abuela. Eso fue hace año y medio. “Vine a ver qué era y me enamoró”, explica escuetamente cuando se le pregunta por qué se unió al grupo. Igual que él, han ido llegando y renovándose los miembros de esta formación que se fundó el día que Chávez vino al vertedero para hacer un experimento de reciclaje ambiental con algunos de sus alumnos, en su época de maestro. Cuenta que los padres de Cateura, al verles allí, “quisieron que sus hijos también pudieran tocar música con esos instrumentos reciclados”. Sin duda una oportunidad jugosa para unas familias cuyas viviendas, en gran parte de los casos, se valorizan por debajo del precio de un violín o una trompeta profesional en el mercado.

Poco a poco la tropa sinfónica se fue nutriendo. Hoy son más de 130 los jóvenes de Asunción -la mayoría del propio barrio- los que ensayan con esta basura reconvertida en instrumentos gracias al rebusque que hacen ellos mismos en los montones de desechos, a la habilidad como lutier de Nicolás Gómez y a la ayuda de decenas de profesores voluntarios de todo el mundo que se acercan por aquí por temporadas para colaborar con el proyecto.

“Apenas hay apoyos oficiales para la orquesta”, afirma Thomas Lecouset, un músico francés de 25 años de edad y 18 de práctica melódica que dona sus nociones a los chicos altruistamente. “Me enteré de que existía esta orquesta aquí y me pareció un proyecto tan fascinante que decidí venir para echar una mano”. Hugo Irrazabal, el veinteañero que maneja el violonchelo de barril, suma sus palabras al enamoramiento colectivo: “No hay otra idea como ésta, yo estuve en otras tres orquestas y decidí quedarme aquí”. 

A Andrés Riveras, de 18, no le importó dejar sus conocimientos de guitarra de lado el día que le dieron la oportunidad de soplar por un saxofón abollado en esta agrupación. Y Mikaela Cardoso, de 14, se afana en quitar un rayón en la chapa hendida del violín con el que pasa horas ensayando.

Como recompensa a esos ratos de trabajo musical estos chicos no esperan nada, solo tocar. Sin embargo, el ejemplo de superación y la maestría con la que tañe las notas la orquesta de Chávez -quien abandonó su trabajo para dedicarse por entero al proyecto- empezó a abrirles puertas hasta ese momento ni siquiera enmarcadas. “Primero con conciertos por todo el país y después con intervenciones en el extranjero”. La consecuencia económica de su éxito, según explica el director, se queda en apenas unos 400 dólares por acto que se reparten entre los padres de los chavales en dosis de 10 por familia. “Aquí incluso eso es una ayuda”. 

El día que conocí a este grupo en el suelo embarrado de Cateura la formación ya había tocado para la Cumbre Río +20 y recibido invitaciones para lucirse en países como España, Canadá, India o Palestina.

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Ana Mesa, los dedos finos de 16 años que poetizan el primer violín de la orquesta, me contaba entonces que “no hace falta tener nada material para progresar”, y que “en otras orquestas tienen de todo y no progresan”. Y que esos eran “los realmente pobres”. Señalaba con el arco al conjunto de compañeros que ensayaban en el viejo patio y decía que la mayoría eran de Cateura, y que casi ninguno había tenido nunca suficiente dinero en su casa “para poder comprar un instrumento real”. También dijo que “soñaba” con que la Orquesta de Instrumentos Reciclados llegase algún día a “un gran escenario. Uno de los grandes, grandes”. “Porque esa es la riqueza de la música”.

Concierto_washingtonHace pocas semanas me enteraba por un reportaje de Eva Saiz, periodista de EL PAÍS en Estados Unidos, que la orquesta se había subido al escenario del “decano y exigente Kennedy Center de Washington”. Quizás esté allí Ana, pensé, junto a los otros 18 miembros de la agrupación que fueron desplazados hasta allá para dar ese concierto. Y también habrá viajado hasta allí todo ese montón de basura reciclada de Cateura. Me invadió un ajeno sentimiento de orgullo. El mboriahu kuara paraguayo estaba poniendo en pie al público de uno de esos “grandes escenarios” que soñaba la joven violinista. Esa versión acústica de la desigualdad paraguaya. Una obra maestra de la superación humana.

El País

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