Las radiaciones ionizantes (aquellas que poseen la suficiente energía como para alterar los átomos) han estado siempre presentes en nuestra vida de forma pacífica. Estamos inmersos en una radiación natural, proveniente tanto desde el cosmos como desde nuestro interior, con la que convivimos desde nuestros más remotos orígenes. Sin embargo, el ser humano se volvió plenamente consciente del lado más oscuro de esta radiación con los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki y, más tarde, con el accidente de Chernóbil. La radiación ionizante perdió así cualquier apariencia inocente que pudiera tener, para convertirse en un demonio invisible.
Desde de esos trágicos sucesos, el conocimiento que poseemos sobre los efectos de la radiación sobre la salud del ser humano se ha incrementado sustancialmente. Sabemos muy bien cómo afecta la radiación a una persona, qué enfermedades le provoca a corto o largo plazo y cómo se relaciona con la aparición de malformaciones en fetos... a dosis medias y grandes. El panorama cambia radicalmente cuando la radiación extra que recibe una persona (además de la radiación natural) es pequeña, mínima o hasta casi imperceptible. ¿Cualquier mínima radiación adicional es peligrosa para el ser humano? Lo cierto es que no lo sabemos con certeza, pero el principio de precaución nos obliga a asumir de partida que sí. Muchas vidas humanas (trabajadores de centrales nucleares, radiólogos...) no deben ponerse en riesgo por lagunas de conocimiento y, ante la duda, la prudencia es la ley.