Visualizar para crear

Por: | 17 de septiembre de 2014

Dream

Si quieres conseguir algo, primero suéñalo. Así lo recomendaba uno de los grandes psiquiatras del siglo XX, Viktor Frankl. Durante la II Guerra Mundial, estuvo prisionero en campos de exterminio. Cuando se sentía muy hundido utilizaba una técnica: se veía a sí mismo dando una conferencia en una sala bien iluminada y cómoda frente a un atento auditorio, que escuchaba sus reflexiones. De este modo, Frankl estaba definiendo cómo le gustaría verse en unos años, se distanciaba de su amarga situación y se sentía más aliviado. Como decía el psiquiatra: “el prisionero que perdía la fe en el futuro -en su futuro- estaba condenado”. Y la explicación, volvemos a encontrarla en la ciencia.

Científicos de la Universidad de Northwestern en Chicago han descubierto que lo que imaginamos se superpone a aquello que realmente hemos vivido, lo que hace que nuestro cerebro no sea capaz de diferenciar entre lo que ha vivido y lo que ha imaginado. Dicho estudio, publicado por la revista Psychological Science, levantó un debate interesante en la comunidad científica entre partidarios y detractores, que todavía sigue abierto. Independientemente de ello, parece ser que la visualización tiene un poder que muchos desconocen pero que los deportistas de élite dominan a la maravilla. De hecho, los especialistas en tiro con arco aseguran que visualizar tan solo 10 minutos puede ser tan efectivo como 100 flechas tiradas, igual sucede con los motoristas de élite e incluso con los pilotos de fórmula uno. Su entrenamiento visual consiste en proyectar con su imaginación determinados hechos que más tarde tomarán cuerpo en la competición real. Si lo trasladas a tu vida privada, cuando quieres lograr algo, conviene primero soñarlo, en especial cuando se están atravesando momentos difíciles. Imagina cómo serías en un nuevo trabajo, con una nueva pareja, en un nuevo proyecto o cambiando de forma de ser… En definitiva, imaginando una nueva vida. Soñarla es el primer paso para alcanzarla, aunque haya personas que lo evitan. “Soñar es peligroso” me comentó un hombre después de una conferencia. Cuando le pregunté el motivo me argumentó que era para evitar la frustración: “Si sueñas mucho y luego no lo logras, ¿qué ocurre?”, dijo.

Personalmente, creo que hay que ser ambiciosos con los sueños y, luego, tener la capacidad para gestionar la frustración (o las sorpresas), porque la vida se encarga de ponernos a cada uno en nuestro sitio. El objetivo de soñar no es marcar objetivos imposibles, sino definir rutas de navegación.Si no tienes una visión personal, es como si estuvieras en medio del océano sin mapa ni rumbo o incluso, lo que es peor, que formes parte de la visión de otro. Si no tienes tu propio sueño, puedes formar parte del de otro. Y lo mejor es tomar conciencia de ello antes de despertar un día y percatarse de todo el tiempo perdido. Por eso, primero sueña y luego ponte manos a la obra. Del sueño no se vive, pero a veces es un buen pulmón para seguir adelante.

Si has construido un castillo en el aire, no has perdido el tiempo, es allí donde debería estar. Ahora debes construir los cimientos debajo de él.

George Bernard Shaw, escritor irlandés, Premio Nobel (1856-1950)

Basado en el libro: Jericó, P. (2010): Héroes Cotidianos. Planeta

Imagen: Licencia Creative Commons, Moyan Brenn

 

¿Los hijos nos hacen más felices?

Por: | 14 de septiembre de 2014

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Hoy vamos a tocar un tema controvertido: ¿Tener hijos aumenta nuestra felicidad? A priori, podemos suponer que sí; sin embargo, desde que en 1957 se publicara un estudio llamado “la paternidad como crisis”, hay dudas sobre esta respuesta tan contundente. Como solemos hacer en el Laboratorio, vamos a acudir a investigaciones y a distintos puntos de vista para intentar responder. Pero aclaremos algo: tener hijos no depende de estadísticas. Es una decisión más íntima, a veces más inconsciente, otras resultado de nuestras creencias, el amor o el instinto, pero casi nunca es el producto de análisis cuantitativos. Así pues, una vez definido el punto de partida, nos metemos en harina para ver qué nos aporta la ciencia en un tema tan universal como es la paternidad o la maternidad.

Martin Seligman, uno de los impulsores del pensamiento positivo y profesor en la University of Pennsylvania, concluye que las personas que tienen hijos son más felices que las que no. Sin embargo, existen otros estudios que cuestionan dicha afirmación, como el que realiza Jennifer Senior.

La autora de uno de los libros recomendados por New York Times analiza el grado de felicidad que tienen los padres. Sus conclusiones se pueden resumir del siguiente modo: quienes son padres sufren más estrés que quienes no lo son y su satisfacción conyugal es más baja. Ahora bien, el motivo no son los hijos (¡pobres!), sino todo lo que gira alrededor de su crianza: los cambios sociales, en los hábitos, en las aficiones, en la reducción de tiempo con la pareja… Además, cuando se tienen hijos se comienzan a visitar emociones con un grado de intensidad desconocida tanto en sentido positivo como en el opuesto.

Más estudios: investigadores de la Open University de Reino Unido encontraron que las parejas sin hijos tienen mayores índices de satisfacción que los padres. Motivo: una vez más la carga de estrés o el trabajo extra que implica.

Ahora bien, los puntos anteriores los matizan varios autores en un reciente artículo muy interesante. Un equipo liderado por Katherine Nelson de la University of California revisó docenas de estudios de culturas occidentales sobre la materia desde tres perspectivas: comparación de los niveles de felicidad de los padres con los que no tienen hijos, cambio del bienestar durante la transición a la paternidad, y análisis de cómo se sienten los padres cuando están con sus hijos y cuando están en otras actividades diarias. La conclusión es la siguiente: la felicidad como padres depende de los rasgos tanto de los padres como del niño (personalidad o edad), así como del contexto (situación socioeconómica o estructura familiar). En otras palabras, hay caracteres o contextos que ayudan más que otros. Veámoslo con algo más de detalle:

¿Qué características de los padres ayudan a que estos sean más felices en su paternidad?

  • Edad de los padres. Los padres primerizos de edad media o avanzada suelen ser igual o más felices que los que no tienen hijos; sin embargo, los menores de 25 años se sienten más infelices que sus coetáneos. Tiene cierta lógica: a medida que ganas años, se gestiona mejor las emociones y se tiene una situación económica más desahogada (se supone). Además, ya se han vivido muchas cosas y no existe tanto la fantasía de lo que se deja de ganar. Por el contrario, hay menos energía. Pero en términos de felicidad, la edad ayuda como ya hemos hablado en otra ocasión.
  • Género. Los padres se muestras más felices que las madres. Por la revisión de los estudios realizados, el tiempo que dedican los hombres a los niños en general suele ser inferior al de las madres. Eso provoca que lo inviertan en ocio, mientras que las madres asumen más cargas de trabajo y de responsabilidad en la educación. Así pues, no es de extrañar que los autores recomienden que los padres contribuyan más en dichas tareas, en especial, en determinadas culturas.

  ¿Qué características de los niños ayudan a que los padres sean más felices en su paternidad?

  • Temperamento y problemas. Hay hijos que nos hacen más felices que otros, así lo demuestra la investigación. Cuando el niño se adapta con facilidad a los nuevos cambios y su carácter no es difícil, ayuda a que los padres sean más felices. Si el hijo tiene algún tipo de discapacidad limitante o enfermedad o tiene problemas con las drogas, por ejemplo, los índices de felicidad de los padres se resienten.
  • Edad del niño. Los padres con niños menores de siete años registran menos índices de felicidad que los padres con hijos mayores. Los motivos son fáciles de suponer: trastornos en el sueño, mayor dedicación de tiempo… Sin embargo, aquí existen otras investigaciones que apuntan que la adolescencia no es precisamente un camino de rosas. En cualquier caso, cuando los hijos crecen y las relaciones son buenas con ellos, los niveles de felicidad aumentan considerablemente.

 ¿Qué situación familiar ayuda a que los padres sean más felices?

  • Soporte social, empleo y estatus socioeconómico. Como es fácil de intuir, el soporte social ayuda a que los padres sean más felices (¡benditos abuelos!). Estar empleado, sin embargo, no está tan claro. Por un lado, se reduce la tensión económica, pero por otra parte, se aminora el tiempo de estar con ellos. Curiosamente, las personas con un alto nivel socioeconómico se benefician menos de ser padres, por la sencilla razón de que a menudo, tienen compromisos u obligaciones, que le restan el tiempo de estar con sus hijos. 
  • Estado civil y custodia. Los casados o en pareja registran mayores índices de felicidad que los que están solos, debido al reparto de la carga económica y de las preocupaciones. Igualmente, parece que los padres que tienen la custodia son más felices que los que no. Si bien es cierto que estos últimos disponen de más tiempo, también la pérdida de sus hijos disminuye su bienestar.

 En definitiva, no podemos decir que ser padres nos haga más felices o infelices. Todo depende, como hemos visto. Pero más allá de los puntos anteriores, lo que los investigadores remarcan es que la felicidad de los padres repercute directamente en la de los hijos durante su crianza. En la medida que sepamos buscarla en nosotros mismos, seremos capaces de trasladársela a nuestros hijos y a construir relaciones más plenas. La paternidad o la maternidad desgasta sobre todo al principio. Muchas veces es ingrato, se visitan ciertos infiernos si nuestros hijos, además, tienen problemas; sin embargo, si contamos con un contexto favorable y trabajamos también nuestra felicidad, podemos ser capaces de sentirnos profundamente realizados.

 

Imagen: Licencia Creative Commons, Frank de Kleine

Autocompasión o el arte de no machacarse

Por: | 08 de septiembre de 2014

Autocompasion

Recuerda aquel momento en el que has deseado que la tierra te tragase por algo que has dicho desafortunado: un mensaje de whatsapp que no ha hecho gracia, un malentendido en casa o un trabajo que no ha gustado… En ese momento, se despierta el juez que llevamos dentro y comenzamos a maldecirnos: “Mira que soy tonto” o subimos el tono con palabras más “bonitas”. Y lo peor de todo ello es que, además, lo podemos recordar durante días, meses o, incluso, años. No hace falta decir que este tipo de comentarios nos pueden hacer profundamente infelices. Pero tenemos buenas noticias al respecto. Existe un antídoto, que las investigaciones han corroborado: entrenar la autocompasión o la autoaceptación, que no hemos de confundir con la autoestima.

La autocompasión significa ser amable y comprensivo con nosotros mismos, en especial ante nuestros errores. En vez de machacarnos por lo torpes que somos, aceptar que no somos perfectos y que nos podemos equivocar. Eso no significa ser condescendientes, “pasar de todo” o no desarrollar la empatía para reconocer que podemos hacer daño sin querer. No, la autocompasión está relacionado con la responsabilidad de nuestros actos, pero sin el sufrimiento innecesario como ha demostrado la ciencia.

Investigadores de las universidades de Texas y Kentucky analizaron el grado de autocompasión de los estudiantes. Midieron cuál era su nivel de optimismo y de felicidad. Pues bien, los jóvenes que encajaban mejor sus errores mostraban más niveles de felicidad y de optimismo. Pero no solo eso, estaban además más capacitados para ver las cosas en su justa medida (es decir, no abrir dramas innecesarios), sentir compasión por otras personas y ser extravertidos. También se comprobó que los estudiantes más autocompasivos tenían la capacidad de aprender mejor de sus errores. Esto es una gran noticia: a veces sentimos que necesitamos machacarnos para no relajarnos y dar el “do de pecho” en todo cuanto hacemos. Sin embargo, las investigaciones demuestran que cuanto más autocompasivos seamos, más capacidad de mejora tenemos. Por ello, desmontemos un mito innecesario.

Mark Leary y sus colegas analizaron casos de personas que estaban atravesando una mala racha y llegaron a una conclusión interesante: “En momentos complicados la autocompasión es más efectiva que la autoestima”.

“Si una persona aprende a sentirse mejor consigo misma pero sigue castigándose cada vez que fracasa o comete un error, será incapaz de superar sus dificultades sin ponerse a la defensiva”, Mark Leary.

Una última investigación. Hace unos años, Kristin Neff  y Roos Vonk publicaron un artículo en una revista de gran relevancia científica en el que medían las diferencias de la autoestima con respecto a la autocompasión. Resultado: la autocompasión tiene la capacidad de hacernos prever sentimientos positivos de un modo más estable que la autoestima. La capacidad de saber perdonarnos nos ayuda a dejar de compararnos tanto con otros y a reducir nuestra rumia interna o nuestro enfado. Así pues, si queremos ser felices, puede ser más eficaz entrenar la autocompasión que la autoestima.

¿Cómo podemos entrenar nuestra autocompasión?

  • Amabilidad con nosotros mismos. Si una persona que apreciamos, hubiera cometido el error por el que nos estamos castigando, ¿le trataríamos del mismo modo? Seguramente, no. Y no creo que necesitemos hacernos tanto daño para prestar más atención en el futuro. Por lo tanto, añade un poco de amabilidad en lo que te dices.

  • Reconocer “la humanidad compartida”, como dicen Kristin Neff  y Roos Vonk. Al fin y al cabo, todos nos equivocamos. Es maravilloso darse cuenta de que no eres el único que puede mandar un whatsapp desafortunado o el que dice una bobada en un grupo de amigos. En la medida que uno sea capaz de perdonarse a sí mismo, es capaz de mirar con más dulzura los errores del resto, en especial, aquellos que afectan a uno mismo.

  • Relativizar. Si revisamos los errores de nuestro pasado que parecían auténticas hecatombes como suspender un examen o que nos dijera que no un chico o una chica, podemos darnos cuenta que algo muy sano es equilibrar el error. Ante nuestros errores, si además sabemos ponerlos en su justa medida, aprenderemos a sufrir menos. 

Breins, J.G, Chen, S. (2012). Self-Compassion Increases Self-Improvement Motivation. Personality and Social Psychology Bulletin, 38, 1131 – 1143.

K. D. Neff, & R. Vonk. (2009). Self-compassion versus global self-esteem: Two different ways of relating to oneself. Journal of Personality, 77(1), 23-50. doi: 10.1111/j.1467-6494.2008.00537.x

Leary, M. R., Tate, E. B., Adams, C. E., Allen, A. B., & Hancock, J. (2007). Self-compassion and reactions to unpleasant self-relevant events: The implications of treating oneself kindly. Journal of Personality and Social Psychology, 92, 887- 904

Imagen: Licencia Creative Commons, Lotus Carroll

Se buscan héroes cotidianos

Por: | 05 de septiembre de 2014

Heroes

Lejos de las salas de cine no tenemos muchos Clark Kent solucionando los problemas de ahí fuera... pero no todo está perdido. Mira a tu alrededor, echa un vistazo a los que tienes más cerca y dedica unas horas a mantener una charla con ellos. Seguro que descubres que en tu vagón de metro o en la cola del supermercado hay gente con poderes más asombrosos que la Kryptonita. 

Quiero empezar este "curso académico" dando un espacio en este blog, a esas personas que lejos de ser "supermanes" o "superwomans", consiguen llevar a su día a día fórmulas de nuestro particular Laboratorio de la Felicidad. 

Busco a personas con historias de superación, que quieran compartir con nosotros esos momentos que hacen un poco más épico lo cotidiano. Te invito a compartir tu experiencia, tu aprendizaje, o algo de lo que te sientas especialmente orgullos@ en tu camino a la felicidad. 

Si eres un héroe cotidiano y quieres compartir tu historia con nosotros, no lo dudes, tu experiencia es un gran aprendizaje para todos. Escríbeme un mensaje privado a mi página de FaceBook, y me pondré en contacto contigo para ampliar la información, elaborar una pequeña entrevista y finalmente publicar tu historia. 

"Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos", Mahatma Gandhi.

Muchas gracias 

Imagen: Dermont Flynn para la portada de Héroes Cotidianos, Pilar Jericó, Alienta Editorial 2010

Comenzar septiembre sin perfeccionismos

Por: | 31 de agosto de 2014

Perfeccionismo

El perfeccionismo es poco amigo de la felicidad. Buscamos el trabajo, la pareja o el viaje perfecto y, sin embargo, la realidad se encarga de “fastidiar” nuestras maravillosas expectativas. Y esto es especialmente importante ahora, en septiembre, ya que junto a diciembre, es el mes clásico para las listas de los buenos propósitos, la compra de abonos de gimnasio, la búsqueda de nuevos trabajos o de pareja. Pues bien, en todo lo que apuntemos tendremos que gestionar nuestro perfeccionismo para comenzar el otoño con buen pie. ¿Solución? Una buena alternativa nos la propone Tal Ben-Sharar, profesor de Harvard y quien se define a sí mismo como un ex perfeccionista empedernido. En su libro “La búsqueda de la felicidad” sugiere convertirnos en “optimalistas”, un palabro un tanto extraño que recoge una esencia muy interesante: Más que buscar que las cosas sean perfectas, busquemos una vida óptima con nuestros recursos y limitaciones y con la propia realidad.

¿Cómo haríamos una lista “optimalista” de nuestros deseos para comienzo del año “escolar”? Veamos algunas claves propuestas por Ben-Sharar, aplicadas a nuestro septiembre (y a nuestra vida en general):

Ponte objetivos que te ilusionen

Algunas personas para evitar frustrarse rebajan sus expectativas al máximo, que es una manera de ponerse listones medios para no sufrir. “Para qué voy a buscar otro trabajo si todos son malos”, “No me planteo ni tan siquiera ir al gimnasio, porque, total, lo voy a dejar”, “O más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Pero este remedio se convierte en un problema, porque más que aceptar la realidad lo que hacemos es resignarnos a ella y damos la bienvenida a la frustración.

La resignación es la enemiga del entusiasmo y por tanto, de la felicidad, que es lo que todos anhelamos. Por ello, dibuja objetivos que te hagan vibrar. No seas tacaño contigo mismo… La vida ya nos “ayudará” a ajustarnos.

Disfruta del camino y no solo con la meta

El perfeccionista se caracteriza por disfrutar solo y exclusivamente de la meta que consigue. Si me he propuesto perder esos kilos que he ganado con las tapitas del verano, no contemplo ninguna satisfacción en el deporte que necesito hacer. Sin embargo, las metas del “optimalista” son igual de ambiciosas, pero incluye también las del propio proceso. Es posible que esa actitud del perfeccionista sea porque su mentalidad es de todo o nada: O pierdo kilos o no vale para nada. No hay zonas grises… Fíjate qué cantidad de cosas perdemos por el camino. Así pues, plantéate el objetivo y el proceso como un reto en sí mismo.

Acepta los contratiempos… Son parte del juego

Uno de los motivos de frustración más importante es no aceptar la realidad tal y como es. Creemos que las cosas son como aparecen en las películas de Hollywood que suelen terminar con final feliz, pero que obvian la cotidianidad del día después (momento “desorden en la habitación”, esa segunda presentación al cliente que no sale bien…). La vida está llena de contrariedades pero la actitud perfeccionista entra en cortocircuito con ella. Es entonces, cuando surge la rabia, la tremenda autocrítica porque uno piensa que ha fallado algo en su planificación. En el fondo es porque tenemos un concepto platónico de las cosas. Creemos que hay un ideal, algo que podemos alcanzar con esfuerzo y dureza… Pero me temo que aquí nos topamos con un “fallo del sistema”. Tenemos que aceptar que aunque seamos muy, muy felices en septiembre, habrá momentos tristes o contratiempos que no nos esperemos. Pero ahí reside la magia del entusiasmo: no consiste en que todo sea de color de rosa, sino en saber renacer cuando nos topamos con un obstáculo. Por ello, no te rindas fácilmente.

“La idea de que se puede disfrutar de un éxito ilimitado o vivir sin dolor emocional ni fracaso puede convertirse en un ideal inspirador, pero no es un principio sobre la base del cual se pueda vivir la vida, ya que, a la larga, producirá insatisfacción e infelicidad”

Tal Ben-Sharar, profesor de Harvard

Incluye también los aprendizajes en tu listado (y no solo los éxitos)

Y llegamos al ogro más temido para los que tenemos actitudes perfeccionistas: el fracaso. Pues sí: aceptémoslo. Puede que algunas de las cosas que nos plantearemos en nuestros buenos deseos de septiembre no lo lograremos tal cual lo imaginamos a priori. El problema del escozor del fracaso es que no lo aprovechamos como aprendizaje. Lo negamos, lo escondemos, culpamos a otros, pero no asumimos la responsabilidad de los que nos ocurre (hablaremos sobre ello con más detalle en otro artículo). Por ello, si pasado un tiempo revisamos los objetivos que hemos definido, incluyamos también los aprendizajes ganados. “No me he quitado los kilos, pero he conocido otras personas”. “No he conseguido ese trabajo, pero me he dado cuenta donde me equivoco cuando hago entrevistas”. Además, quién sabe dónde está la buena suerte… 

En definitiva, septiembre es un mes idóneo para emprender nuevos proyectos con entusiasmo. Ahora bien, es recomendable sustituir la actitud perfeccionista por la “optimalista”, para disfrutar del camino, aprender de nuestros errores y aceptar los contratiempos que puedan surgirnos. En otras palabras, para ser más felices.

 

Imagen: Banksy, Custard Pie 

Libro recomendado: Tal Ben-Sharar, “La búsqueda de la felicidad”, editorial Alienta. 

 

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

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