Para cambiar tu mundo, cambia tu conversación

Por: | 07 de febrero de 2016

Pareja conversando

Tenemos un problema y no paramos de hablar de él con amigos o con la almohada. Podemos llegar a ser obsesivos y repetir una y otra vez la misma cantinela. El hecho de hablar de ello nos alivia (cuidado que es peor tragárselo todo y no compartirlo con nadie). Pero quizá la solución pase porque una vez hayamos hablado de nuestros problemas, comencemos a transformar los temas de nuestras conversaciones. Las conversaciones que mantenemos nos definen. Todos tenemos personas en nuestro entorno que sabemos que si quedamos con ellas nos hablarán de lo mismo: que si sus hijos, que si el fútbol, que si las enfermedades… Son parte de sus pasiones o de sus obsesiones porque lo que hablamos nos atrapa. Nuestras palabras configuran nuestro mundo de realidades. Si pensamos que nuestro jefe es una pesadilla y lo repetimos a sol y sombra, será muy difícil observar algo distinto de él o de ella. Como hemos dicho en alguna ocasión: el objetivo para la felicidad no es tener la razón, sino ser prácticos con nuestras propias emociones. Y nuestras conversaciones nos encienden ciertas emociones. O si no, piensa cómo te quedas después de hablar de lo mal que va el país, la empresa, la pareja o lo que sea… Por ello, si quieres sentirte bien contigo mismo necesitas revisar cuáles son las conversaciones que mantienes. Veamos tres claves para ello:

  1. Hablar no es conversar. Hablar es solo una parte. Hablar no cambia necesariamente los sentimientos, las ideas propias o de los demás; sin embargo, la conversación nos ayuda a transformar nuestra forma de entender el mundo, como sostiene Theodore Zeldin, en su libro “Conversación”. La conversación es más permeable. Implica escucha, tener la curiosidad sobre el otro y estar dispuesto a cambiar nuestras propias ideas iniciales (por eso, quizá las conversaciones más estériles entre conocidos son las políticas… es difícil que alguien varíe el punto de vista, por otros motivos que no son conversacionales). Por ello, ¿qué porcentaje del tiempo hablas y cuánto conversas?
  2. ¡Necesitamos amigos conversadores! A veces cuando vivimos un problema con la pareja, las mujeres solemos llamar a amigas (y los hombres a amigos) para contar lo mal que nos va y los errores que cometen “siempre” los hombres (o las mujeres). Esas conversaciones nos alivian. Total, todos estamos en el mismo barco… pero no necesariamente nos ayudan a crecer. Una conversación te reta internamente. Cuando tengamos un problema, sea cual sea, necesitamos que no nos den continuamente la razón y escuchemos otros puntos de vista para ampliar nuestro enfoque. ¿Con qué personas tienes la posibilidad para compartir buenas conversaciones?
  3. Abramos nuestros temas de conversación. En la China antigua había asociaciones poéticas que reunían a mujeres para conversar de otros temas diferentes a las tareas domésticas. Es un buen ejemplo para comprender que hagamos lo que hagamos, necesitamos incluir temas de conversación más allá de nuestros problemas u obsesiones, que nos alivien de lo que nos duele o simplemente, para comenzar a contemplar la vida de una manera más amable. Piensa, por ejemplo, en la última semana de qué has estado conversando con la pareja, familia o amigos…

Recordemos: los cambios se producen con nuevas conversaciones y aunque tengamos la tendencia o la necesidad de insistir en algo una y otra vez, tomemos conciencia de si eso nos ayuda o no. Tengamos la fuerza para “obligarnos” a abrirnos a conversaciones diferentes y más amplias primero con otras personas y segundo, con nosotros mismos. La conversación crea nuestro mundo y a pesar de lo que nos suceda, tenemos la capacidad de construir realidades más agradables si somos capaces de cambiarlas.

 Fuente de la foto: Pixabay

¡Cuidado, la mente confunde "amor" con subidón de adrenalina!

Por: | 31 de enero de 2016

Foto Canadá

¿Queremos resultar más atractivos? Tenemos un pequeño truco: que la otra persona nos conozca después de haber vivido alguna emoción “intensa positiva”. Así lo demostraron en 1974 dos psicólogos, Donald Dutton y Arthur Aron. Les pidieron a dos grupos de voluntarios (solo hombres, es importante el dato), que cruzaran dos tipos de puentes: el primer grupo tenía que atravesar un puente cortito y seguro; y el segundo grupo debía caminar por un puente colgante de 137 metros sobre el cañón del Capilano en Canadá. Este último puente había sido construido en 1889, es de madera, se tambalea con el viento y “solo” tiene una caída de 70 metros, como se ve en la foto. En fin… un puente de infarto.

Pues bien, al final del puente les esperaba una atractiva mujer que les hacía una encuesta sobre el paisaje a cada uno de los voluntarios. Y lo más importante: les daba un número de teléfono por si querían llamarla otro día para comentar los resultados de la encuesta. Y ¿qué grupo llamo más, el primero o el segundo? Curiosamente, los voluntarios que atravesaron el puente colgante llamaron en tropel. Y no solo eso, sino que sus explicaciones eran mucho más emocionales. Sin embargo, los voluntarios del primer grupo apenas llamaron y los que lo hicieron fueron mucho más neutros en sus conversaciones. ¿Motivo? Los hombres del segundo grupo sufrieron lo que se conoce por el “sesgo de atribución”, algo que nos pasa a todos los mortales.

Los voluntarios que atravesaron el puente colgante contestaron a la encuesta con la respiración entrecortada, los nervios a flor de piel y suponemos que con grandes dosis de adrenalina en el cuerpo (los primeros estaban tan tranquilos). Y todas esas reacciones les llevaron a confundir las cosas e interpretar una cierta atracción física por la señorita de la encuesta por haber atravesado con éxito un puente de infarto. El experimento demuestra que nuestra mente necesita justificar lo que nos ocurre y funciona asociando conceptos, “si me pasa tal cosa será por esto”, pero el problema es que a veces se equivoca a la hora de identificar las causas. Ese es el motivo por el que surge el sesgo de atribución y que es importante tener en cuenta cuando nos enfrentamos a situaciones físicas intensas. Por cierto, tiempo después este experimento se hizo también con voluntarias y ocurrió el mismo resultado.

Pues bien, si nuestra querida mente se equivoca, necesitamos ser conscientes de ello y aprovecharlo a nuestro favor. Veamos algunas claves:

  1. Si queremos seducir, tendremos más éxito si la persona a la que queremos impresionar vive emociones intensas positivas, que pueden ser desde un descenso de esquí, un parque de atracciones o, incluso, una película que produzca adrenalina. Ahora bien, ha de tener final feliz. Forzar las reacciones físicas y llevarlas al extremo, tampoco es una gran idea. Si los pobres voluntarios hubieran pasado mucho miedo a la hora de cruzar el puente, el resultado hubiera sido bien distinto.
  2. Si estamos en el otro lado, en el mundo de los seducidos, ¡cuidado! Aprendamos a diferenciar las reacciones físicas de las emocionales. A veces las cosas no tienen tantas explicaciones como nosotros pretendemos dar y, simplemente, son el resultado del juego de neurotransmisores que tenemos en el cerebro. Si sentimos la respiración entrecortada, pensemos que no es porque nos atraiga la otra persona sino porque hemos vivido una experiencia intensa en el esquí, el buceo o la actividad que sea.
  3. Y como hemos mencionado en otras ocasiones, si las emociones afectan en el cuerpo, el cuerpo también afecta a las emociones. Si estamos tristes, aunque no nos apetezca, es una buena idea “forzarnos” a generar adrenalina aunque sea corriendo para ir transformando los estados de ánimo.

En definitiva, somos más grandes que nuestras emociones y podemos influir en ella positivamente, solo necesitamos saber cómo.

 

Foto: Tim Welbourn, Flickr, creative commons.

Cómo utilizar las circunstancias adversas a tu favor

Por: | 20 de enero de 2016

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Te dejas la piel en un trabajo, pero te despiden. O tienes una enfermedad, o suspendes un examen, o tu pareja te deja… o tantas cosas que de repente suceden, aunque tú hubieras intentado por todos los medios evitarlas. Pues bien, cuando eso ocurre tienes dos opciones muy sencillas: o quejarte o aprovecharlo. La primera alternativa no sirve para mucho. La segunda es la más inteligente y práctica. Por eso, una buena idea es convertirnos en nuestros propios recicladores emocionales, que toman cualquier circunstancia adversa para convertirla en algo de lo que aprender y salir fortalecido. No es fácil, aunque es posible pero para ello necesitamos tener presente tres claves muy sencillas.

  1. Resetea la mente: la vida no es “justa”

Cuando ciertas cosas ocurren te puedes machacar pensando que no es justo, que no te lo mereces, que eres buena persona y todo eso… pero abandona rápido ese pensamiento. Creemos que las cosas deberían ser de un determinado modo, pero no es cierto. La vida no se somete a la justicia que nosotros pensamos que nos merecemos. A veces nos enfrentamos a intereses opuestos, somos malos jueces de nosotros mismos o el futuro nos aguarda con pequeñas sorpresas escondidas en “marrones” o en “injusticias”. Piensa en el archiconocido Steve Jobs y cuando en 1985 fue despedido de la empresa que él mismo había fundado. No fue un plato de buen gusto. Sin embargo, aquello le sirvió para reflotar Pixar, la empresa de animación, lanzar películas como Toy Story y embolsarse 7.000 millones de dólares cuando se la vendió a Disney en 2006, además de regresar triunfal a Apple. ¿Fue justa la salida de Jobs de la empresa en 1985? Para él no, como cuentan sus biógrafos. Sin embargo, supo sacar partido del problema, porque un reciclador emocional no se queda lamiendo las heridas. Pasa a la acción.

  1. Aprende: “Si te caes del árbol, recoge las manzanas”

Muchos de los batacazos que podemos sufrir no son fáciles de explicar como una enfermedad, por ejemplo. Quizá el error consista en preguntarnos el por qué: por qué caigo enfermo, por qué me deja mi pareja… El reto es cambiar la pregunta: Sustituir el por qué al para qué me sucede lo que estoy viviendo. Mientras que el por qué te lleva al pasado y puede que hasta la época de los romanos, el para qué mira al futuro. Un ejemplo clarísimo es Milton Erickson, uno de los grandes psiquiatras del siglo XX y padre de la hipnosis. Con diecisiete años sufrió de poliomielitis y les dijeron a los padres que moriría al día siguiente. Estuvo tres días en coma, tuvo dificultades en el habla, pero su fuerza de voluntad y sus ganas de vivir le ayudaron a recuperarse. Gracias a aquel periodo de tiempo de silencio, desarrolló la capacidad de escucha y la introspección, habilidades cruciales para la terapia centrada en la relación personal que creó años después. Por ello, si algunos problemas parece que te tiran de lo alto del árbol donde estabas, abre los ojos y recoge las manzanas que encuentres en el suelo. Porque un reciclador emocional aprende de todo cuanto le sucede.

  1. Trabaja y confía en el futuro

La vida no es lineal y está llena de sorpresas. Por ello, nuestro margen de maniobra ha de ceñirse a nuestro presente, no obsesionarse con el futuro, pero confiando en él. Recuerdo que con veintitantos viví una ruina familiar, un despido y una separación. Todo en el mismo año. Aquello me hizo no llegar a fin de mes durante una larga temporada. Tuve mucho miedo, lo confieso. Me monté por mi cuenta y me rompía a trabajar pero las cosas no salían. Un buen día un amigo me dijo una frase que siempre recordaré: “Lo que entregues al universo, el universo te lo devuelve”. Aquello no tenía ninguna base científica, lo sé, pero me ayudó a confiar. Y pasado un tiempo, las cosas cambiaron. El miedo que había vivido me sirvió para escribir el libro de NoMiedo, que cambió mi trayectoria profesional. Por eso, nunca se sabe… Puedes perder tu dinero un día y de repente, esa experiencia te ayuda a ganarlo en un futuro. Pero todo ello se consigue si trabajas y si confías. La confianza en ti y en el futuro es esencial para reciclar las emociones negativas.

"Lo que no te mata te hace mas fuerte”

Friedrich Nietzsche

Fuente foto: Flickr

Pexels-photo

En plena Guerra Fría se desarrolló el método de aprendizaje más revolucionario de las últimas décadas. Era la época de los espías, que necesitaban aprender idiomas a marchas aceleradas. En Bulgaria había un médico psiquiatra, Georgi Lozanov, bastante curioso que había desarrollado un método, que el gobierno estaba muy interesado en testar. En 1960 seleccionaron a quince personas de distintas profesiones entre veintidós y sesenta años que no hablaban ni papa de francés y les pidieron que fueran a pasar un día al “Centro de Sugestiología” que dirigía Lozanov. Los escogidos no fueron nada emocionados. Debían pensar que era una pérdida de tiempo o un “marrón”, pero que no podían rechazar.

Cuando llegaron a una agradable sala, se sentaron en unos cómodos butacones en círculo. Durante los primeros minutos les enseñaron un tipo de respiración muy relajante y, posteriormente, comenzaron a escuchar música clásica. Mientras la música sonaba, una mujer entonaba frases en francés con distintas tonalidades: a veces en un tono susurrante, otras de un modo más duro o imperativo. Así durante horas y horas. Los alumnos estaban muy relajados, no tomaban notas sino que sencillamente estaban tumbados o incluso con los ojos cerrados… Vamos, la antítesis de lo que nos imaginamos de una clase típica de idiomas. Cuando terminó la sesión, les hicieron un examen de lo aprendido y aquí llegó la sorpresa. El noventa y cinco por ciento de los alumnos había aprendido 1.000 palabras en solo un día. No fue un milagro, sino el resultado de un nuevo método: el superaprendizaje.

Podemos ser muchísimo más de lo que somos, lo que necesitamos son otras vías distintas para aprender, más eficaces, menos agotadoras y que están a nuestra disposición incluso de adultos. No hace falta retroceder al colegio para disfrutar de un aprendizaje acelerado de idiomas, en el deporte, de habilidades sociales… Podemos vivirlo a cualquier edad, lo que es esperanzador. Sin embargo, hay que introducir claves nuevas: El superaprendizaje y el miedo son opuestos. Solo cuando retiramos el temor a fallar, la competición, los esfuerzos titánicos y accedemos a estados mentales y corporales muchos más relajados, aprendemos mucho más y recordamos con mayor claridad (en el experimento los quince voluntarios recordaron palabras francesas después de varios meses. Casi nada).

Y segunda clave importante de partida: toda persona tiene un cuerpo, una mente lógica y una mente creadora y solo cuando integramos los tres centros, logramos el superaprendizaje. Por eso, no es de extrañar que los voluntarios comenzaran la sesión aprendiendo a respirar con técnicas basadas en el raja yoga, porque el objetivo era que el cuerpo entrara en ondas alfa.

El método de Lozanov trabajaba también con la mente creativa (o lo que tradicionalmente se ha asociado al hemisferio derecho) a través de la música clásica. Ahora bien, no vale cualquiera, sino aquella que tiene una cadencia especial: 60 pulsos por minuto. La barroca era la preferida para este tipo de sesiones.

Y por último, la mente lógica (o tradicionalmente denominado hemisferio izquierdo) se alimentaba de las nuevas palabras pero con otro pequeño truco, con distintas tonalidades y una cadencia armoniosa.

El método de Lozanov fue tan revolucionario que la URSS puso el ojo en él y pasaron por el centro de sugestiología espías, militares y personas del gobierno, junto con gente de a pie que quería mejorar su aprendizaje. Y no solo eso. Occidente se fijó en el método de Lozanov, después de que impartiera una conferencia en Roma en 1.966 y que uno de sus colaboradores se escapara de las garras de la KGB a Estados Unidos. Y aunque el pobre Lozanoz vivió una década arrestado en casa porque sus conocimientos eran “secreto de Estado”, eso no impidió que en Occidente se comenzara a aplicar también su método con resultados sorprendentes: en la Universidad de Iowa se consiguió que los estudiantes aprendieran un año de español en diez días con clases de cuatro horas de duración, que en Colorado State University se acelerara el aprendizaje de lectura a alumnos con ciertas dificultades o que empresas como IBM lo aplicaran a sus profesionales, como detallan Ostrander y Schroeder en sus libros.

Todo esto ocurrió hace cincuenta años y todavía es un campo con mucho potencial. Sin embargo, en la actualidad la neurociencia ha confirmado las propuestas de Lozanov: nuestro cerebro es plástico, podemos aprender a cualquier edad y solo necesitamos otras vías para ello.

El superaprendizaje depende del cociente potencial del individuo, no del cociente intelectual y este solo se consigue cuando recuperas algo que no es nuevo, sino algo que conoces: a ti mismo, a ti misma, sin miedos, con el potencial de tu creatividad, tu cuerpo y tu mente lógica, dispuesto a relajarse y a disfrutar del placer de aprender cosas nuevas. ¿Te apuntas?

Basado en los libros: Sheila Ostrander y Lynn Schroeder (1980): Superaprendizaje, Grijalbo. Las mismas autoras tienen otro más reciente: Superlearning 2000, 1994.

Fuente foto: Pexels

 

Hand

Es un buen momento para hacer un balance del Laboratorio de la Felicidad del 2015 y repasar los post que más han gustado medidos por el número de “likes” por Facebook. También vamos a repasar los que menos se han valorado porque, ya se sabe, todo siempre tiene dos caras. Veámoslos a continuación:

 

Los cinco artículos más valorados del año (de más a menos):

  1. El peligro de la comodidad emocional

Gracias por el impacto que sigue teniendo (más de 42.000 "me gusta"). Y el mensaje es muy claro: si buscamos la comodidad emocional en todo cuanto sentimos, tenemos un problema. Las emociones "incómodas" también tienen un por qué y anularlas en nuestra vida nos vacían por dentro. Me reí mucho escribiéndolo y recordando la experiencia de mi primer viaje a Estados Unidos.

  1. ¡Gracias!

El agradecimiento es una de las actitudes que más felicidad nos da. Es lo que permite que veamos la vida desde la abundancia y no desde lo que nos falta. Una buena recomendación también para el 2016. Y gracias por leer el Laboratorio.

  1. ¿Por qué ante los problemas de una mujer el hombre da soluciones y pone cara de póquer?        

Basado en un libro que me encantó: El cerebro masculino. Ayuda a comprender cómo son nuestros procesos mentales tanto de hombres y de mujeres. Y la comprensión es el primer paso para una convivencia en armonía.

  1. Cuatro trucos para frenar la rumia mental

Supongo que todos sufrimos la rumia mental, pero la buena noticia es que puede reducirse con algunas pequeñas claves como abandonar la bola de cristal y asumir que todos sufrimos el mismo síndrome… más que nada para no llevar a la espalda a un pesado que nos está diciendo continuamente lo mal que hemos hecho algo. 

  1. Un día sin reír es un día perdido

El sentido del humor como otra recomendación muy muy saludable. El sentido del humor nos hace más longevos, nos permite tener una mejor salud y le da sentido a los días que no son buenos. Así que mucho un buen consejo para el 2016.

 

Y ahora los cinco menos valorados (de menos a más):

  1. Prepárate para una santa desconexión en vacaciones

Cómo desconectar en unas vacaciones… El que menos éxito ha tenido.

  1. Los celos, ese incómodo compañero de viaje

Tema que hemos sufrido de niños y algunas veces de adultos.

  1. Objetivo deseado de los gobiernos: La felicidad interior bruta                

¿Y si los gobiernos lo pusieran como algo importante en sus agendas?

  1. La mayor verdad es que todos mentimos

Otro tema feo del cual no nos gusta hablar: la mentira y eso que todos mentimos, aunque sean “mentirijillas”.

  1. Cuál es la materia de nuestros sueños

Quizá no fue un buen título pero se centra en la naturaleza de nuestros sueños que nos hacen grandes.

 

Y ya no me queda más que desearte un Feliz 2016. Nos vemos a la vuelta de la Navidades con más investigaciones y reflexiones para que nuestra vida sea un poquito más amable. 

 

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

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