No dejes que tu paciencia coja el AVE

Por: | 19 de mayo de 2015

Paciencia

Estamos en la era del minuto a minuto, del resultado inmediato, de la conexión en directo, de las dietas milagro, de la comida rápida, de las descargas por Internet instantáneas, del tren de alta velocidad… La tecnología nos ha hecho la vida mucho más fácil, pero por otro lado también ha creado auténticos devoradores de satisfacción inmediata. Hoy más que nunca, en la edad de la impaciencia, es la paciencia la que emerge como virtud más que necesaria si no queremos que la frustración nos visite con frecuencia. Si revisamos uno de los experimentos con más ‘paciencia’ que se recuerdan, el psicólogo de la Universidad de Stanford Walter Mischel, realizó un estudio cuyas conclusiones llegaron muchos años después de iniciarse. Mischel reunió a un grupo de niños de cuatro años y les puso delante una golosina ante sus ojos. Un momento muy complicado y sin duda muy tentador para los pequeños. Antes de darles vía libre para devorarla, les propuso que si eran capaces de esperar veinte minutos sin comerse el dulce, les daría otro. Si por el contrario no podían controlar su primer impulso y se lo comían, no recibirían un segundo. Dos de cada tres pequeños no pudieron aguantar y se la llevaron a la boca rápidamente, mientras que solo uno de cada tres logró reprimir sus ganas, a pesar de sus miradas de sufrimiento. Ahí quedó la primera parte del testeo, en ‘stand by’, hasta que muchos años después, cuando los niños ya se afeitaban y estaban en la universidad, Mischel volvió a fijarse en ellos. El descubrimiento fue extraordinario cuando se dio cuenta de que los que en su día consiguieron esperar, obtenían mejores calificaciones y mejor empleo que aquéllos que años atrás no consiguieron controlar su paciencia. Este experimento, cuyo éxito también se basó en la espera, desembocó en el llamado Principio del éxito, que resume que las personas que tienen la habilidad de aplazar la gratificación son más propensas a tener éxito que los que buscan la recompensa a corto plazo. 

Hay más teorías y estudios al respecto de las bondades de la paciencia, pero quizá, lejos del panorama científico, lo podremos entender perfectamente si recordamos aquella ocasión en la que tratamos de montar un mueble de Ikea. Porque todos lo hemos hecho, o al menos lo hemos intentado alguna vez. Sin paciencia y relajación, el armario de diseño suele terminar empotrado… y no en la pared precisamente. 

Sin embargo no debemos caer en el error de simplificar el éxito del experimento de Mischel, ya que la paciencia no es buena por sí sola. No vale solo con tumbarse a esperar resultados, ya que esa espera debe estar siempre acompañada de trabajo y esfuerzo. Como recuerda el antropólogo Viesturs Celmins, “la paciencia no tiene porqué ser pasiva, sino que debe ser activa”.  

Hoy el éxito en la empresa se mide en niveles de velocidad, en resultados momentáneos. A veces se estrangulan los resultados a largo plazo por un corto plazo inmediato (y que conste que ambos son importantes). Esta inmediatez está tan instalada en la sociedad que incluso fuera del ámbito profesional, encontramos otro ejemplo en el amor. Buscamos pareja a través de las aplicaciones móviles. Para saltarnos pasos, por falta de tiempo, para simplificar los pasos del amor, para meter prisa a Cupido a la hora de lanzar la flecha. Puede ser una ventaja en algunos casos, pero en el fondo se trata de acortar el camino, lo que desnaturaliza las relaciones. Te quiero, pero ya, aquí, y rapidito.  

El deporte y la impaciencia también están reñidos. No se puede llegar a la excelencia si no hay insistencia y esto está relacionado con la paciencia, como ocurre en las disciplinas más rápidas como el atletismo, como los 100 metros lisos. La evolución de los atletas se consigue día a día, en los entrenamientos, bajo la lluvia, bajo el sol, sin público… Esa dedicación que hace que un día tus piernas lleguen un segundo más rápido a la meta. Todo un logro, toda una satisfacción, todo un éxito. 

En resumen: No frenes tu ritmo, no levantes el pie del acelerador del esfuerzo, pero no pidas “una limosnita y deprisita”, porque ni Zamora se tomó en una hora, ni hay auténtico genio sin paciencia.  

 

¡Gracias!

Por: | 12 de mayo de 2015

Gracias

Muchas de las teorías que hacen referencia a la felicidad, o más bien a ese punto que todos queremos alcanzar y no sabemos muy bien cómo definir y que llamamos felicidad, acaban por vincularla directamente con el concepto de gratitud. Pero en realidad, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

David Steindl-Rast, monje benedictino autor del exitoso ‘Gratefulness’,  lo tiene muy claro: Primero, el agradecimiento. Si somos agradecidos podremos alcanzar la felicidad, y nunca al contrario, es decir, las personas agradecidas no lo son por el hecho de ser felices, sino que son felices por el hecho de ser agradecidas. David lo cuenta en TED con ese tono sosegado que otorga la tranquilidad absoluta de no necesitar mucho de la vida, de recibir cada pequeña cosa, cada instante, como un regalo, y que al escucharle me hizo recordar un bonito hecho que un amigo me contó sobre su abuela:

Con 91 años, había sido trasladada a planta de un hospital tras sufrir una caída que le mantuvo varios días en ese hilo inapreciable que a veces separa la vida de la muerte. Había recuperado la consciencia, y lo primero que necesitó en ese tiempo extra que le concedió la vida fue dar las gracias.  Consiguió que su familia se las arreglara para publicar en la sección de cartas al director de un diario estas palabras que les dictó, y que quiso titular con un escueto y directo ‘¡Gracias!’:

Escribo esta carta desde el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, que se ha convertido en las últimas semanas en mi improvisado hotel en el que permanezco desde que tuve la mala suerte de sufrir una caída en mi casa.

Pero siempre hay buena suerte dentro de la mala, y en mi caso la buena, sin duda, ha sido venir a parar aquí. He pasado por una delicada operación en la que me extirparon el bazo. Tengo 91 años y sé que este tipo de situaciones no son fáciles para nadie, y menos para una persona de mi edad. Mi paso por la UCI lo recuerdo algo borroso, incluso mezclado con tintes oníricos.  Ahora, más tranquila en la octava planta, en Geriatría, sé que se trataba de ese momento en el que decidimos entre irnos o quedarnos, y yo decidí quedarme.
Y lo hice gracias a la ayuda de todos y cada uno de los trabajadores que aquí se dejan el alma cada día para cuidar a los demás. Son cuidados intensivos, doy fe.

Es por ello por lo que quería escribir estas líneas. Única y exclusivamente para agradecer todo lo que médicos, enfermeras, enfermeros, y demás trabajadores de este lugar hacen por todos los pacientes como yo. Porque a pesar del horrible puré que dan aquí, las bromas, la sonrisa y la paciencia de todos los cuidadores no se puede dejar de agradecer. Y eso quería hacer yo.
¡Muchas gracias! 
Feliciana Sánchez

Resulta sorprendente que precisamente su nombre fuera Feliciana, pero no deja de ser una curiosa coincidencia. Lo cierto es que se trataba de una mujer viva, alegre, viajera y con ganas de vivir cada instante… con ganas de agradecer cada momento extra que la vida le otorgaba. Porque según Steindl-Rast, a pesar de que “no todos los momentos son agradables o dignos de ser agradecidos, sí podemos encontrar siempre el momento de agradecer”.

La carta provocó un gran revuelo los días posteriores entre los trabajadores del centro, y el doctor que la atendía llegó a asegurar que en sus 30 años de profesión nadie le había dado las gracias, y menos de ese modo.

Entonces, si la conexión gratitud-felicidad es tan clara ¿Por qué vivimos tan apartados del camino? ¿Es posible que una persona que trabaja para salvar vidas nunca haya recibido unas palabras de agradecimiento en tanto tiempo? Es sin duda terrible cómo hemos perdido la costumbre de dar las gracias, de agradecer a los demás, o a la propia vida todo lo que nos rodea y olvidamos… Por no agradecer, ya ni siquiera las máquinas se acuerdan de decir el famoso: “Su tabaco, gracias”.

Buceando en esta conexión, la profesora de Harvard Francesca Gino realizó un experimento con 57 jóvenes a los que se les respondía a una carta de recomendación de dos maneras. A una parte de ellos se les incluía un “he recibido tu carta de recomendación”, mientras que a un segundo grupo añadieron al final un “muy agradecida, muchas gracias”. Las personas que recibieron el segundo mensaje sintieron unos niveles mayores de autoestima y, en una segunda fase del experimento, fueron mucho más propensos a echar una mano a otra persona que les pedía ayuda que los receptores del primer mensaje.

Por lo tanto la gratitud es contagiosa y nos hace sentir bien, pero gratitud no es solo dar las gracias cuando recibimos algo, va mucho más allá. Como dijo el presidente de EEUU John F. Kennedy, “cuando expresamos nuestra gratitud nunca debemos olvidar que el reconocimiento más grande no está en pronunciar las palabras, sino en vivirlas”.

Ser agradecido es una forma de vida, una manera de valorar cada momento, por muy cotidiano que nos parezca, como si fuera nuestro cumpleaños cada segundo. Así lo sentía David en África cada vez que el grifo de agua potable o la luz funcionaban, como un regalo inesperado. A su regreso al ‘primer mundo’, este monje creó un método de encontrar la felicidad a través de tres premisas: ‘Para, Mira, Sigue’. Es decir, utiliza tus propias señales de ‘Stop’ de vez en cuando para reflexionar, abre tus sentidos para observar la riqueza no material que nos rodea y sigue hacia delante con ganas de disfrutar y poder dar las gracias por ello.

También los psicólogos Emmons y McCollough, además de concluir que la gratitud también tiene efectos en el bienestar físico y emocional de las personas, crearon su método para expresarlas, en base a cuatro trucos como: escribir notas personales como recordatorio, a través de la comparación con gente con problemas graves, dando simplemente las gracias o controlando los pensamientos positivos.

Utiliza estos trucos o los que quieras para seguir el camino de la felicidad a través del agradecimiento. Yo, de momento empiezo por darte las gracias por utilizar tu tiempo en leer estas líneas.

Comprender la belleza es poseerla

Por: | 04 de mayo de 2015

Belleza

Joshua Bell no es un violinista cualquiera. Admirado por expertos y profanos de este arte, es uno de los músicos más virtuosos en su especialidad y ha recibido cientos de reconocimientos a nivel mundial. Su talento y sensibilidad con el violín hacen aflorar una de las múltiples manifestaciones de la belleza tal y como la entendemos la gran mayoría, pero ¿de verdad sabemos reconocer la belleza en nuestro día a día, o se nos escapa por falta de atención?

Hablo de Bell como podría citar a miles de personas que nos acercan maravillas en diferentes disciplinas, pero su caso es especial: En el año 2007 se prestó a un curioso experimento que impulsó el diario ‘The Washington Post’. Bell acudió a las 7:51 horas de la mañana a la estación de metro de L’Enfant Plaza, en pleno centro de la capital de Estados Unidos. Sin grandes alardes y vestido como cualquier músico callejero, desenfundó su violín, valorado en 3,5 millones de dólares, y comenzó a tocar.

¿Qué ocurrió? Pues que de las más de mil personas que pasaron con prisa hacia sus puestos de trabajo durante los 43 minutos de concierto subterráneo, solamente siete se detuvieron para escucharle, mientras que 27 aportaron algo de dinero, con lo que consiguió recaudar la ‘friolera’ de 32 dólares (ni un tercio de lo que suele costar una entrada normal para sus conciertos). Tan solo una chica le reconoció y se quedó a disfrutar la belleza de su arte durante todo el repertorio.

Bell, al día siguiente, acudía entre vítores y aplausos a recoger el galardón más importante que se otorga en el ámbito de la música clásica, pero esa mañana quizá sintiera la indiferencia en su máxima expresión. La conclusión del experimento fue que la belleza está presente solo en el ojo del que la mira. Está claro que lo que a uno le parece hermoso, a ojos de otro puede ser horrible, algo que parece bastante lógico. Sin embargo a mí este curioso ensayo me plantea otra duda, y es si de verdad sabemos apreciar la belleza que nos rodea, la diaria, la cotidiana.

Lo que hoy es aceptado como bello quizá no lo fuera en otras épocas, ya que el canon de belleza ha ido evolucionando a lo largo de la Historia. ‘Las Tres Gracias’ de Rubens, con sus michelines, serían hoy condenadas por muchos al peldaño más bajo de la hermosura, o el excesivo gusto por la simetría y perfección griega tampoco encajaría con el desorden artístico de ciertas creaciones modernas. Esa evolución de la belleza sorprende también si miramos a la cultura maya, donde el estrabismo era un signo claro de belleza, por lo que las madres hacían todo lo posible para que sus hijos tuvieran una mirada ‘distraída’.

Pero el análisis de lo que es belleza o no en cada tiempo no es a lo que me refiero, donde pretendo acercarme es a intentar comprender ese sentimiento que nos sale del alma cuando la encontramos, cuando nos sorprende y nos inunda de repente. Me refiero a esa belleza a la que se refería Picasso cuando decía que “el arte nunca es la aplicación de un canon de belleza, sino lo que el instinto puede concebir”.

El prestigioso diseñador Richard Seymour se hace una pregunta en su ponencia TED: ¿Pensamos en la belleza o la sentimos? Su respuesta es clara: desde luego que la sentimos. Para este profesional que trabaja con la presión de que sus creaciones sean juzgadas a golpe de vista, la belleza está relacionada con el placer. Son nuestros sentidos los que nos hacen vibrar con un cuadro, un atardecer, una melodía, una mujer hermosa o un hombre hermoso, un paisaje, un animal o la sonrisa de un bebé. La belleza está por todas partes, pero debemos tener nuestros sentidos predispuestos a ella, siempre alerta.

Y es aquí donde a veces fallamos y no nos damos cuenta de todo lo bello que nos rodea. España es un país que año tras año bate récords de turismo. Actualmente recibe 65 millones de visitantes que buscan sol, playas hermosas, comidas saludables, paisajes maravillosos… en definitiva vienen buscando el placer de la belleza, esa belleza que, aun viviendo aquí, muchas veces se nos escapa. Aunque no basta solo con coger la maleta en su búsqueda porque como dijo el filósofo Ralph Waldo, “de nada sirve viajar en busca de la belleza, porque si no la llevamos con nosotros, no la encontraremos”.

Los expertos en psicología positiva Peterson y Seligman afirmaron que las personas que tienen la capacidad de apreciar la belleza con más facilidad, extasiarse o emocionarse con ella, encuentran más alegría en sus vidas y pueden conectar profundamente con otras personas. A este respecto, según un estudio de la Universidad Complutense dirigido por la psicóloga María Dolores Avia, podemos concluir que la capacidad de apreciar la belleza en acciones humanas, en obras de arte, en la naturaleza o en el físico de otra persona mejora el bienestar, (no al nivel del agradecimiento, la capacidad de perdonar o el sentido del humor), pero en un porcentaje importante ayuda a mejorar nuestro bienestar, ya que apreciar lo bello nos hace sentir bien.

No pasemos de largo ante Joshua Bell. No nos centremos solo en los cánones de belleza establecidos, porque todos tenemos belleza y la belleza está en todos y en todo. Solo hay que reconocerla o entrenarnos para reconocerla. Está en una sonrisa, en una palabra a tiempo, en una mano tendida, en un guión, en un aguacero, en un regate, en una canción, en un sol espléndido, en unos dedos, en una silla, en una frase, en un poema, en una cicatriz... o en los ojos que leen este texto. Ábrelos bien porque, como dijo Kafka, “quien conserva la facultad de ver la belleza, no envejece”. 

Fuente imagen: washingtonpost

 

La mayor verdad es que todos mentimos

Por: | 28 de abril de 2015

Mentira-pixshark

Aseguro que no es mi objetivo en absoluto pero incluso en este texto, que trata de ser sincero y honrado, puede que haya trazas de mentira. Porque la verdad absoluta aplicada a los seres humanos no existe. Es así de duro y así de necesario a la vez. Por eso puede que la mayor verdad de todas sea precisamente esa, que todos, sin excepción, mentimos, maquillamos información o lo hemos hecho en alguna ocasión. Y quien se empeñe en negar esa afirmación… estaría mintiendo una vez más.

No es sencillo ni agradable admitir la mentira en nuestras vidas, de hecho, nos cuesta perdonar a una persona mentirosa o, por lo menos, la confianza hacia ella se ve seriamente afectada. Solo hay que recordar el reciente caso de la actriz Ana Allen cuando a partir de destaparse que no estuvo invitada a los Oscar, se supo que llevaba años inventándose su vida profesional. España la desenmascaró, la humilló y la sentenció hasta el punto de que esa mala reputación es probable que le acompañe durante muchos años. El hecho de que todos mintamos no significa que lo hagamos de la misma manera que Allen. Hay engaños incluso peores, terribles y masivos que hacen desplomar la economía mundial, hay mentiras absurdas, mentiras que tratan de ocultar infidelidades… un abanico enorme, pero también las hay sociales o piadosas, y son estas últimas a las que ninguno estamos dispuestos a renunciar.

Para la experta en detección de mentiras y MBA en Harvard, Pamela Meyer, estas pequeñas mentiras no tienen por qué ser dañinas ya que lo único que hacen es mantener nuestra dignidad social. Y si no, hagamos la prueba:

¿Qué pasaría si llegamos tarde a una reunión y somos tan sinceros de admitir que la noche anterior se alargó y nos hemos quedado dormidos? ¿Qué ocurriría si tuviéramos que contestar con la verdad por delante a esa persona que te pregunta qué tal le queda esa talla 36 a punto de estallar? ¿Y si en una entrevista de trabajo afirmásemos con honestidad que nuestro nivel de inglés no es medio/alto, sino bajo tirando a ‘relaxing cup of café con leche’? Podríamos seguir con miles de ejemplos diarios pero es evidente que socialmente está más aceptado decir que llegamos tarde a la reunión por un atasco imaginario, que a esa chica le realza su figura ese vestido, o que nuestro nivel de inglés es parecido al de Shakespeare. La sociedad nos obliga por nuestro bien, por nuestra imagen y por la de los demás… y así lo hacemos.

Esto lo explica bien Meyer cuando afirma que “estamos en contra de la mentira de cara a la sociedad, pero en secreto estamos a favor”. Y no solamente mentimos para mantener esa dignidad social de cara a los demás. También nos mentimos a nosotros  habitualmente porque “el engaño es un atajo para conectar nuestros deseos y fantasías, y sobre quién y cómo nos gustaría ser, con quien somos realmente. Para rellenar esas brechas estamos dispuestos a mentirnos”.

El hecho de que este tipo de mentiras no sean dañinas, o sean una condición de vida como afirmó Nietzsche, no debe suponer que nos relajemos y sigamos con la espiral. De hecho si reducimos este tipo de mentirijillas podría incluso mejorar nuestra salud física y mental, tal y como reflejó un estudio de la Universidad de Notre Dame donde los participantes, obligados a mentir con menos frecuencia, sintieron mejoras evidentes en su estado de ánimo. Asimismo, el presidente del Hospital Lenox Hill de Nueva York, Bryan Bruno, afirmó que “la mentira puede causar mucho estrés para las personas, lo que contribuye a la ansiedad e incluso a la depresión”.

La frecuencia con la que mentimos y nos mienten es brutal teniendo en cuenta datos objetivos de investigaciones científicas aportadas por Meyer. Cada día nos mienten entre 10 y 200 veces, siendo mayor el número de mentiras con personas que acabamos de conocer. En concreto mentimos hasta en 3 ocasiones en los 10 primeros minutos de interacción con desconocidos. Además, las personas más inteligentes y más extrovertidas son más propensas a la mentira y, en el caso del matrimonio convencional, se miente en una de cada 10 interacciones con la pareja. Tremendo.

El cantante Joaquín Sabina reflejó de forma brillante este último punto conyugal en su canción ‘Mentiras piadosas’, donde se reafirma en que “en historias de amor conviene a veces mentir, ya que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor”. Mentir es tan antiguo como respirar, y tan innato que incluso los bebés fingen el llanto en ocasiones para llamar la atención. Ya en la adolescencia llenamos la edad del pavo y a nuestros padres de mentiras casi compulsivas y, de mayores, hay quienes no son creíbles ni cuando dicen la verdad… Por no hablar de los programas electorales.

Pero no nos engañemos, si atendemos solo a este tipo de mentiras banales, no hay de qué preocuparse. En su justa medida tienen hasta su punto beneficioso y nos pueden evitar malos ratos y alguna que otra pelea. Porque la sinceridad compulsiva, sin control, siempre acaba en enfrentamiento. De verdad.

Fuente imagen: pixshark

 

Cuidado con las ventanas rotas en nuestra vida

Por: | 20 de abril de 2015

Ventanas_rotas

“Me ha humillado en público y no es la primera vez que lo hace”, me decía una persona respecto a su jefe. Le había insultado a él y a varios de su equipo por un trabajo que no estaba a su gusto. Sus gritos coléricos se habían escuchado fuera de su despacho mientras el resto de compañeros clavaban sus ojos en el ordenador, como si no pasara nada. El problema de lo que me contaba no era solo el hecho en sí, totalmente reprochable, sino el tono con el que me lo estaba narrando, con una desconcertante naturalidad. “Es habitual. Así nos trata a todos cuando se enfada”. Y es ahí donde está el problema. No podemos confundir lo habitual con lo normal. Si nos tragamos una ofensa, sea en el trabajo, entre amigos o pareja, sin decir nada, estamos dañando una parte esencial de nosotros mismos: nuestra dignidad. Posiblemente, en ese momento es muy difícil poner límites sin correr el riesgo de un enfrentamiento con la inevitable escalada en violencia y un posible despido con los problemas que acarrea, pero al menos, después, con los ánimos calmados vale la pena abordar el tema. Y si no es posible, al menos tomemos medidas como buscar otro trabajo, elevarlo si es posible o poner límites en el ámbito del que se trate, ya sea laboral o de pareja. No podemos encajar ofensas reiteradas pensando que son normales, porque la psicología demuestra que una vez dado el primer paso, “todo el campo es orégano”, como se dice tradicionalmente. Y un ejemplo de ello, es la teoría de las ventanas rotas.

El psicólogo social de la Universidad de Stanford Philip Zimbardo llevó a cabo en 1969 un interesante experimento que acabó siendo una teoría que todavía hoy se estudia como forma de comportamiento. La primera parte de su experimento tuvo lugar en el barrio neoyorkino de Bronx. En esa época la delincuencia y la pobreza eran las características más destacables de esa degradada zona donde Zimbardo decidió dejar un coche abandonado con la placa de matrícula arrancada y las puertas abiertas. ¿Qué ocurrió? Pues, efectivamente, lo que estaba previsto que sucediera: nada más abandonar a su suerte aquel vehículo, hacia él se acercaron varias personas y comenzaron a desvalijar todo lo que pudiera servirles hasta dejarlo casi en esqueleto. Hasta aquí poco reseñable. Si abandonas un coche en una zona degradada, cuando vuelvas no estará como lo dejaste… casi ni haría falta hacer la prueba.

Pero lo interesante del experimento llega cuando Zimbardo realiza la misma operación en un barrio rico y tranquilo. Mismo vehículo, pero cerrado y abandonado en Palo Alto, California. Nadie se acercó durante siete días. Los acomodados vecinos de la zona lo respetaron escrupulosamente, pero Zimbardo no se conformó y decidió dejar el coche en peor estado. Lo golpeó en varias partes, entre ellas las ventanas, que dejó rotas (de ahí el nombre de la teoría). ¿Qué ocurrió? Exactamente lo mismo que en el Bronx. En tiempo récord el coche quedó desvalijado por completo.

De “La teoría de las ventanas rotas” se desprende que no depende de la renta, sino de otras circunstancias psicológicas, el hecho de que nos animemos a traspasar los límites cívicos. Si dejamos una pintada en nuestra fachada y no la limpiamos, a los pocos días se llenará de muchas más. El primer paso atrae a los siguientes. Si no actuamos correctamente en nuestras relaciones sociales, poco a poco asumiremos esos comportamientos como normales y romperemos muchas más “ventanas” sin que el cargo de conciencia haga acto de presencia. Y todo ello ocurre en muchos otros órdenes de la vida: corrupción, abusos en los colegios, degradación de las ciudades o nacimiento de regímenes totalitaristas, como sucedió en la Alemania nazi cuando millones de personas asumieron de manera natural una situación que hoy se estudia con horror. Esas ventanas rotas, esos cristales rotos, dieron paso a una situación bárbara admitida con naturalidad por millones de personas. Pero no todo el mundo cayó en esta locura colectiva. Todos podemos elegir, tenemos la capacidad de poner límites y no seguir la corriente, como hizo el obrero August Landmesser donde aparecía con los brazos cruzados en mitad de cientos de personas que realizaban el saludo nazi.

Ir de héroe en determinados contextos es peligroso, sin duda. Pero aprender a poner límites en nuestras relaciones personales tanto de amigos o de familia no lo son tanto. Si transigimos una vez, se corre el riesgo de que el otro piense que hay posibilidad de romper muchas más “ventanas”, utilizando la metáfora. Como sociedad tenemos que aprender a decir “basta”, a no dejarnos llevar por la corriente y a arreglar nuestras ventanas en nuestro pequeño ámbito. Servirá como grano de arena y, aunque la cosa siga parecida, al menos podremos vivir con la serenidad que otorga la honradez y la dignidad… y que el ‘sabio de Baltimore’, el escritor Henry-Louis Mencken, definió como “una manera de vivir en la que puedas mirar fijamente a los ojos de cualquiera y mandarlo al diablo”.

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

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