Cuidado con las ventanas rotas en nuestra vida

Por: | 20 de abril de 2015

Ventanas_rotas

“Me ha humillado en público y no es la primera vez que lo hace”, me decía una persona respecto a su jefe. Le había insultado a él y a varios de su equipo por un trabajo que no estaba a su gusto. Sus gritos coléricos se habían escuchado fuera de su despacho mientras el resto de compañeros clavaban sus ojos en el ordenador, como si no pasara nada. El problema de lo que me contaba no era solo el hecho en sí, totalmente reprochable, sino el tono con el que me lo estaba narrando, con una desconcertante naturalidad. “Es habitual. Así nos trata a todos cuando se enfada”. Y es ahí donde está el problema. No podemos confundir lo habitual con lo normal. Si nos tragamos una ofensa, sea en el trabajo, entre amigos o pareja, sin decir nada, estamos dañando una parte esencial de nosotros mismos: nuestra dignidad. Posiblemente, en ese momento es muy difícil poner límites sin correr el riesgo de un enfrentamiento con la inevitable escalada en violencia y un posible despido con los problemas que acarrea, pero al menos, después, con los ánimos calmados vale la pena abordar el tema. Y si no es posible, al menos tomemos medidas como buscar otro trabajo, elevarlo si es posible o poner límites en el ámbito del que se trate, ya sea laboral o de pareja. No podemos encajar ofensas reiteradas pensando que son normales, porque la psicología demuestra que una vez dado el primer paso, “todo el campo es orégano”, como se dice tradicionalmente. Y un ejemplo de ello, es la teoría de las ventanas rotas.

El psicólogo social de la Universidad de Stanford Philip Zimbardo llevó a cabo en 1969 un interesante experimento que acabó siendo una teoría que todavía hoy se estudia como forma de comportamiento. La primera parte de su experimento tuvo lugar en el barrio neoyorkino de Bronx. En esa época la delincuencia y la pobreza eran las características más destacables de esa degradada zona donde Zimbardo decidió dejar un coche abandonado con la placa de matrícula arrancada y las puertas abiertas. ¿Qué ocurrió? Pues, efectivamente, lo que estaba previsto que sucediera: nada más abandonar a su suerte aquel vehículo, hacia él se acercaron varias personas y comenzaron a desvalijar todo lo que pudiera servirles hasta dejarlo casi en esqueleto. Hasta aquí poco reseñable. Si abandonas un coche en una zona degradada, cuando vuelvas no estará como lo dejaste… casi ni haría falta hacer la prueba.

Pero lo interesante del experimento llega cuando Zimbardo realiza la misma operación en un barrio rico y tranquilo. Mismo vehículo, pero cerrado y abandonado en Palo Alto, California. Nadie se acercó durante siete días. Los acomodados vecinos de la zona lo respetaron escrupulosamente, pero Zimbardo no se conformó y decidió dejar el coche en peor estado. Lo golpeó en varias partes, entre ellas las ventanas, que dejó rotas (de ahí el nombre de la teoría). ¿Qué ocurrió? Exactamente lo mismo que en el Bronx. En tiempo récord el coche quedó desvalijado por completo.

De “La teoría de las ventanas rotas” se desprende que no depende de la renta, sino de otras circunstancias psicológicas, el hecho de que nos animemos a traspasar los límites cívicos. Si dejamos una pintada en nuestra fachada y no la limpiamos, a los pocos días se llenará de muchas más. El primer paso atrae a los siguientes. Si no actuamos correctamente en nuestras relaciones sociales, poco a poco asumiremos esos comportamientos como normales y romperemos muchas más “ventanas” sin que el cargo de conciencia haga acto de presencia. Y todo ello ocurre en muchos otros órdenes de la vida: corrupción, abusos en los colegios, degradación de las ciudades o nacimiento de regímenes totalitaristas, como sucedió en la Alemania nazi cuando millones de personas asumieron de manera natural una situación que hoy se estudia con horror. Esas ventanas rotas, esos cristales rotos, dieron paso a una situación bárbara admitida con naturalidad por millones de personas. Pero no todo el mundo cayó en esta locura colectiva. Todos podemos elegir, tenemos la capacidad de poner límites y no seguir la corriente, como hizo el obrero August Landmesser donde aparecía con los brazos cruzados en mitad de cientos de personas que realizaban el saludo nazi.

Ir de héroe en determinados contextos es peligroso, sin duda. Pero aprender a poner límites en nuestras relaciones personales tanto de amigos o de familia no lo son tanto. Si transigimos una vez, se corre el riesgo de que el otro piense que hay posibilidad de romper muchas más “ventanas”, utilizando la metáfora. Como sociedad tenemos que aprender a decir “basta”, a no dejarnos llevar por la corriente y a arreglar nuestras ventanas en nuestro pequeño ámbito. Servirá como grano de arena y, aunque la cosa siga parecida, al menos podremos vivir con la serenidad que otorga la honradez y la dignidad… y que el ‘sabio de Baltimore’, el escritor Henry-Louis Mencken, definió como “una manera de vivir en la que puedas mirar fijamente a los ojos de cualquiera y mandarlo al diablo”.

Los celos, ese incómodo compañero de viaje

Por: | 14 de abril de 2015

Celos

Hace pocas semanas me dejó sorprendida una situación que observé en un hospital: un hombre reprochaba a su mujer de forma amarga y vehemente que dejara de mostrarse tan provocativa ante el joven enfermero que se encarga de su atención médica. Los celos habían hecho acto de presencia, estaba claro. Pero lo sorprendente del asunto es que se trataba de una pareja de 91 años, él y 89, ella. Esta escena, que si bien resultaba cómica a ojos del enfermero y de los pocos que la presenciamos, no lo era en ningún caso para sus protagonistas, y me llevó a hacerme una pregunta: ¿Hasta cuándo nos acompañan los celos en nuestra vida?

Los celos ya aparecen desde que somos pequeños. Puede que sea por los famosos complejos de Edipo y de Electra o por el disgusto de no ser únicos en el maravilloso amor de nuestros padres. Pero los celos no se quedan solo en la familia y nos acompañan con nuestros primeros amores, con las amigas o amigos, durante el matrimonio o en el puesto de trabajo ante la presencia de alguien brillante… Hacen acto de presencia en muy diferentes situaciones y, a veces, aparecen sin tan siquiera avisar, como también les ocurre a otros mamíferos.

Los celos no son exclusivos de los humanos. Un estudio de la Universidad de California San Diego concluye que los perros llegan a sentir celos como un instinto para proteger sus relaciones sociales con sus dueños. Así, en esta investigación, analizaron cómo los 70 dogos que participaron en el experimento reaccionaban de forma mucho más negativa contra los perros de peluche que contra otros objetos que les rodeaban.

¿Pero por qué nos ponemos celosos? Más allá de la base “mamífera”, hace un siglo Sigmund Freud decía que existían otros motivos de mar de fondo: por un lado, por la tristeza de la pérdida. Así sucede cuando al hermano mayor de apenas pocos años no le hace nada de gracia su recién llegado hermanito. Los celos también pueden surgir por la propia frustración o por la envidia hacia lo que han logrado otros. Este es el caso cuando criticamos a personas que han tenido más éxito que nosotros. Pero en cualquiera que sea su expresión, los celos esconden el miedo a no ser queridos, a no ser suficientes o a ser abandonados y la inseguridad personal los acrecienta. Por eso, las personas que son compulsivamente celosas suelen esconder una profunda inseguridad hacia sí mismas, aunque se disfracen de argumentos aparentemente muy justificados.

Los celos suelen sacar lo peor de nosotros y, como no podía ser de otra forma, son la primera causa de las rupturas conyugales en el mundo, al igual, que como decía Groucho, el matrimonio es la principal causa de divorcio. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto controlarlos?

La reconocida crítica literaria Parul Sehgal, en su conferencia TED, Una oda a la envidia, hace un repaso a los celos a través de la literatura universal. Sehgal concluye que nos hacemos daño porque nos contamos la historia de otra gente a nosotros mismos y no hay nada peor que alimentar la imaginación dejando de lado la realidad (en otras palabras, nos montamos guiones no demasiado positivos). Los celos son una emoción agotadora y miope… Si aquel anciano del hospital pudiese mirar con precisión se daría cuenta de lo absurdo de su sentimiento, pero cuando nos invaden cuesta mucho ganar perspectiva.

Los celos están mutando al igual que la sociedad de la información. Hoy más que nunca tenemos a nuestro alcance la vida de los demás, y las redes sociales nos lo ponen en bandeja a golpe de clic. Según un estudio de la Universidad de Missouri-Columbia, el hecho de comparar nuestras vidas con las de amigas o amigos exitosos en Facebook (o no necesariamente exitosos pero que cuelgan fotografías de vacaciones lujosas o anuncios positivos), aumenta de forma importante el riesgo de caer en depresión.

Así pues, si no podemos separarnos de esta obsesión, veamos qué seis pasos podemos dar a sabiendas que es un terreno realmente complicado:

  1. Lo primero de todo es aceptarlo. No vale con decir “no soy celoso” y, al mismo tiempo, hacer la vida imposible a la pareja porque está hablando con otro hombre u otra mujer más atractiva.
  2. Comenzar a revisar los motivos con honestidad: ¿Es por miedo al rechazo, al abandono? ¿Es envidia? La base del problema nos da mucha información.
  3. Si se puede, aprovecharse de la brillantez de quien nos pone celosos. Si es por un compañero de trabajo con mucho talento, en vez de macharlo con nuestros comentarios, cambiar la perspectiva sobre qué se puede aprender de él o de ella.
  4. Reforzar nuestra autoestima con claves que hemos ido compartiendo en este laboratorio, como revisar nuestras fortalezas. Quizá no seamos tan atractivos, pero somos divertidos, por ejemplo. Puede que no seamos tan brillantes en el trabajo, pero nos sentimos satisfechos con nuestras vida…
  5. Negociar con la pareja, si se trata de celos amorosos. Compartir nuestras inseguridades, explicar qué nos duele y buscar alternativas saludables para ambos.
  6. Pedir ayuda. Si es algo que persiste en el tiempo, quizá haya que buscar una ayuda profesional. Es motivo de ruptura de parejas, ya lo hemos dicho, y de mucha infelicidad. Y como el lema de este laboratorio siempre es recordar que la vida es breve, no vale la pena arrastrar una emoción tan viscosa.

Dostoievski afirmó que sufrimos por dos clases de celos: los del amor y los del amor propio. Vamos a vivir con los celos toda nuestra vida. En algunas personas, llamarán más veces y con más intensidad a su puerta y en otras, serán viajeros ocasionales. En cualquier caso, aprendamos a convivir con ellos y a que no nos molesten demasiado utilizando el sentido común como mejor antídoto.

Fuente imagen: zastavki

Ya puedes escuchar en Las mañanas de RNE - Los celos, una emoción innata, que podemos combatir.

 

 

 

 

 

 

Un día sin reír es un día perdido

Por: | 07 de abril de 2015

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Así de simple y así de difícil a la vez. Sonar el despertador, madrugar, escuchar quejas de jefes o clientes, cenar mientras saboreas las ‘agradables’ noticias del informativo, fregar… y a dormir. ¿Te resulta familiar este tipo de día? Visto así no parece que haya mucho espacio para reír a carcajadas. Ahora bien, reconozcamos algo. Por muy ajetreada que sea nuestra agenda, seguro que es posible en 24 horas encontrar ese momento y esa situación para sonreír o hacer más agradable la vida a los demás. Muchas veces, esperamos al fin de semana para relajarnos y para reírnos en compañía de los nuestros. Pero es un error, aunque sea solo por una cuestión estadística. Dos días de sonrisa en comparación a cinco laborales serios es demasiado tiempo perdido. Así pues, un lunes puede ser un gran día para reír. ¿Por qué no?

El trabajo nos evoca a algo serio. De hecho, el origen de la palabra “trabajo” proviene de un instrumento de tortura (casi nada) o el término negocio significa en latín “no ocio”. Con este punto de partida, no parece que haya mucho espacio para la distención. Pero, ¿qué pasa si cambiamos las reglas?

“No he trabajado ni un día en toda mi vida. Todo fue diversión”. Thomas 

Albert Einstein le escribió una carta a su hijo y le recomendó que hiciera lo que hiciera, no olvidara de ponerle pasión, que disfrutara con lo que hiciera. Esa había sido la clave de su aprendizaje del gran genio y que, además, confirma la ciencia. Cuando estamos de buen humor, según estudios de la Universidad de Harvard, somos más productivos en el trabajo. De hecho, realizamos progresos en el 76% de los días en los que estamos contentos. A este respecto, otro estudio, esta vez de la Universidad de Ohio, concluye que un buen estado de ánimo de los agentes comerciales a los que observaron su comportamiento durante tres semanas fue sinónimo de un crecimiento del 10% en sus ventas con respecto a los vendedores malhumorados. También la Universidad de Amsterdam, junto con la de Nebraska, analizó 54 reuniones de empleados en dos empresas alemanas. Se observó que de los encuentros distendidos que añadían el componente humor-risa, salían propuestas e ideas mucho más constructivas. Y como las empresas lo saben, se afanan en generar espacios donde las personas se sientan bien y trasmitan emociones positivas… Incluso conozco el caso de una compañía en donde, por iniciativa de los propios empleados, en el departamento de atención al cliente, han colocado espejos. De manera que antes de coger una llamada, se miran y ven si están sonriendo. Son conscientes que la sonrisa llega aunque sea a través del teléfono.

Esto no quiere decir que antes de ir al trabajo escuchemos todos los chistes que corren por la red y martiricemos a nuestros compañeros, ni que hablemos como Chiquito de la Calzada o que lo confundamos con el sarcasmo o el humor a costa de otros. Como decía Shakespeare, “puede uno sonreír y sonreír… y ser un canalla”. El mejor humor comienza con uno mismo y para eso, necesitamos dejar de sentirnos “tan importantes” y desarrollar la empatía inteligente.

En definitiva, el humor ayuda en el ámbito laboral y personal. Genera un sinfín de beneficios: Mejora la salud, la capacidad respiratoria, reduce la hipertensión, fortalece el corazón, elimina el estrés y la depresión, frena el insomnio, mitiga el dolor… y además ayuda en gran medida a encontrar pareja. Para Eduardo Jáuregui, autor del libro ‘Amor y humor’, el segundo es uno de los fundamentos principales del arte de amar. Si alguien nos hace reír nos caerá mejor y nos atraerá más y, en el ámbito de la pareja, además, mejora la comunicación, el respeto y la confianza. No está mal.

¿A qué esperamos? ¡Animemos esas caras tan serias!

Prepárate para una santa desconexión en vacaciones

Por: | 31 de marzo de 2015

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Ya están aquí, ya llegan. Esos días de vacaciones que llevamos esperando tanto tiempo  asoman la nariz. ¡Santas vacaciones! Pero, ¿estamos preparados para afrontar unos días libres? ¿Realmente sabemos vivir sin trabajar? O mejor dicho, ¿sabemos desconectar del trabajo? Un reciente estudio de la empresa tecnológica BQ reflejaba una triste realidad: nueve de cada diez españoles no son capaces de desconectar del trabajo durante sus días libres. Una lástima, más si cabe, cuando los esperamos con tanta ilusión durante todo el año. Y no olvidemos algo, las vacaciones las necesitamos por salud (no digo las de Semana Santa, sino las que cada uno pueda tomarse). Según el Farmingahm Heart Study, las personas que no desconectan del trabajo durante todo el año, o que directamente no quieren irse de vacaciones, tienen un 32% más de probabilidades de sufrir un ataque al corazón. Por ello, deberíamos aprender a desconectar aunque nos cueste.

El concepto de vacaciones ha ido cambiando a lo largo de los últimos años y no hace falta remontarse al siglo XVIII cuando solo estaban reservadas para una élite. Hoy, afortunadamente, casi todos asumimos la necesidad de poner el freno de mano en algún momento. Pero desde que Internet nos cambiara la vida, también modificó la forma de afrontar la desconexión total, una situación que ya casi parece una utopía. Reservamos billetes y hoteles por Internet, repasamos la prensa en la red, hacemos rutas guiadas a través de nuestras apps, subimos nuestras fotos a las redes sociales e incluso pagamos a través del móvil. El concepto desconexión ha cambiado porque ya no estamos desconectados nunca... A no ser que vayamos a un monasterio de clausura en busca de otro tipo de conexión.

Sin embargo, durante unas vacaciones convencionales también hay fórmulas para no seguir pegados al trabajo a través del móvil, el portátil o la tableta. Un estudio publicado por Harvard Business Review Press aconseja romper las rutinas de conexión cuando salimos de la oficina a través de pequeños trucos que no nos separan del móvil, pero sí del trabajo. Una de las ideas que nos ofrece es la de crear un correo electrónico alternativo para estas fechas, de forma que no haga falta tirar el móvil a la piscina para evadirnos, y seguiremos conectados solo con quien consideremos adecuados para nuestros días sagrados. En el caso de que haya necesidad de seguir en contacto con ciertos clientes o jefes, podremos desviar los mails a este nuevo, pero no nos llegará el enorme volumen habitual. Si optamos por activar el mensaje automático de ‘fuera de la oficina’, este curioso estudio nos aconseja hacerlo con una frase que no deje lugar a dudas al remitente. Ha de dejar claro que hasta que no regresemos no necesitamos que nos carguen el mail de tareas. Así la vuelta a la producción será progresiva y alejaremos la ansiedad.

Si los días de vacaciones los pasas con la pareja o amigos y necesitas consultar algunos mails o tareas pendientes, es bueno acordar momentos determinados para hacerlo. Puede ser durante el desayuno, después de cenar… cuando mejor consideréis, pero dejando claro previamente un marco que no interfiera ni desespere a los demás durante los días de disfrute. Al fin y al cabo ellos no tienen la culpa.

Por último, conviene modificar el habitual sonido de las alertas. Ya sean de mail, WhatsApp… todo lo que nos evoque trabajo lo debemos cambiar, ya que está comprobado que nuestra cabeza reacciona con ansiedad cuando escuchamos sonidos que nos llevan mentalmente a la oficina. Por eso, podemos poner la opción de que no salten automáticamente, sino cuando tú desees. De ese modo, tú eres el dueño de tu tiempo y no el resto del tuyo.

En definitiva, si cuando estás a dieta colocas lejos el chocolate… cuando estés de vacaciones, coloca lejos tu trabajo. Tu pareja, tu mente y tu corazón lo agradecerán.

 

Las 5 claves para disfrutar en vacaciones

-       Saboréalas incluso antes de que lleguen. La ilusión con la que se viven las situaciones que nos gustan antes de que se produzcan incrementan nuestra motivación. Soñar es gratis y nos hace sentirnos vivos. Soñemos.

-       Realiza lo que más te gusta. Aprovecha para dar rienda suelta a tus pasiones, ya sea viajar, pintar, leer, tirarte a tomar el sol… o aumentar tu colección de piedras. Lo que más te guste, pero aprovecha para hacerlo.

-       Sal de tu entorno habitual. Intenta cambiar tus horarios y rutinas y, si el dinero te lo permite, de escenario. Si puedes escapar de tu ciudad, mejor. Si en el bolsillo hay telarañas, al menos intenta hacer planes diferentes.

-       No intentes arreglar los problemas de pareja esos días. Que el disfrute os una. No es el momento de intentar solucionar lo que no hemos sabido durante el año. Suele acabar en reproches y con unas vacaciones para olvidar.

-       El regreso duele, pero relativízalo. No hace falta estar haciendo una cuenta atrás constante, acaba en depresión seguro. Siempre hay un regreso, así que disfrutemos los días que tenemos sin pensar más allá. Y a la vuelta… a soñar con el verano.

Resumen: Cuando estés de vacaciones, coloca lejos tu trabajo. Tu pareja, tu mente y tu corazón te lo agradecerán.

Hoy a las 11.45 en @LasMananas_rne

 

El perdón, entre el amor y el egoísmo

Por: | 29 de marzo de 2015

Sorry

“Esto no tiene perdón de Dios”, “perdono pero no olvido”, “es mejor pedir perdón que pedir permiso”… Son solo algunos ejemplos que escuchamos casi a diario como latiguillo lingüístico y que ilustran de manera clara que el perdón está muy presente en la sabiduría popular pero, a pesar de ello, todavía es una de las palabras que más nos cuesta pronunciar de forma sincera. Hay quienes equiparan la dificultad de decir ‘perdón’ a decir ‘te quiero’ o, como Martin Luther King, que las integró cuando aseguró que “el que es incapaz de perdonar es incapaz de amar”.

Lo cierto es que el perdón es un acto de ida y vuelta importantísimo, tanto para el emisor como para el receptor. En él reside un componente de dificultad si cabe mayor porque, si ya nos cuesta pedir perdón, en muchas ocasiones nos resulta mucho más complicada la acción de concederlo.

No todos los perdones están en el mismo nivel de dificultad. Lo mismo que hay diferentes grados de agravios, existen diferentes grados de perdón. Es obvio que no tiene la misma dificultad perdonar a quien te roba cinco euros que a quien te es infiel… y mucho menos para quien pierde a un familiar porque un copiloto decide estrellar el avión contra los Alpes, como lo que ha sucedido desgraciadamente esta semana, por reflejar algunos casos. Pero en todos esos perdones hay un patrón que los une: siempre, sin excepción, el acto de perdonar ofrece una sensación de libertad a quien lo ejerce.

La escritora, oradora y coach Colleen Haggerty cuenta con desgarro su historia personal en su ponencia del TED, ‘Perdonar lo imperdonable’. Haggerty sufrió un pequeño accidente de tráfico que se transformó en un trauma que le acompaña desde entonces. Tras un ligero golpe trató de salir de su vehículo para pedir ayuda. Fue entonces cuando vio llegar sin remedio un coche descontrolado que la arrolló a toda velocidad. Perdió una pierna. Desde entonces, cuenta, vivió en compañía de una amargura constante y de un dolor que le dio la mano durante quince años. El rencor hacia ese hombre le comía por dentro y más aún cuando en ningún momento se interesó por ella. Pero un día decidió mirarle a los ojos. Decidió mirar hacia delante. Quizá lo hizo para descargar al fin toda su ira contra él, pero lo cierto es que esa experiencia le salvó.

Se citó con él y en ese momento, cara a cara, aquel hombre le detalló entre sollozos la amargura que  le había acompañado desde ese fatídico día, una amargura que le llevó a una profunda depresión y que afectó a su matrimonio hasta el punto de divorciarse. Colleen ni siquiera pudo descargar todo ese discurso acumulado de reproches infinitos hacia él. Tras escucharle, decidió perdonarle.

Según cuenta, fue ese acto el que le proporcionó libertad. “Y fue cuando sentí compasión. Seguía sin pierna pero todo lo demás en mi interior había cambiado. Desde ese momento dejé de ser una víctima porque ya no me dolía que me recordaran lo sucedido. Y no fue casualidad que un año después de perdonarle conociera a mi marido. Cuando me levanté de esa carretera y perdoné el pasado, tuve la oportunidad de crear futuro. Sé que es difícil perdonar cuando no hay empatía o arrepentimiento, pero finalmente la decisión de perdonar es un regalo que damos nosotros”.

La acción del perdón otorga poder. Quizá un poder que no quisimos tener, pero pensemos que en ese momento se nos ofrece una situación no buscada, pero privilegiada al fin y al cabo. Recordemos la famosa escena de ‘La lista de Schindler’ donde el protagonista trata de hacer ver al sanguinario nazi que no hay mayor poder que el de conceder perdón, aunque en este caso no sirviera para mucho.

Según el doctor en Psicología de la Universidad de Wisconsin, Robert D. Enright, perdonar es beneficioso incluso para nuestra salud. Si acumulamos odio o rencor, si no lo liberamos a través del perdón, corremos el riesgo de aumentar la cadena, ya sea desde dentro en forma de enfermedades o hacia fuera, contagiando a los demás nuestra ira constante. Porque si no estamos cómodos en nuestro interior lo pagaremos con los que tenemos cerca y habitualmente lo hacemos con los seres que más queremos.

Podemos perdonar o no. Es un acto personal, respetable y voluntario. Si decidimos afrontar con valentía el desprendernos de la ira o el enfado, podremos perdonar por muchos motivos, ya sea por piedad, por lástima, por cariño, por convicciones religiosas, por amor, por solidaridad, por convivencia… pero también podemos hacerlo por nosotros. Porque como dijo Dalai Lama:

“Si no perdonas por amor, perdona al menos por egoísmo, por tu propio bienestar”

 

Imagen: Butuca, creative commons.

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

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