Libros recomendados para el verano

Por: | 27 de julio de 2014

Summerlibro

El verano es un buen momento para leer. Por eso, desde este laboratorio queremos sugerir algunos libros publicados en los últimos meses, que me han resultado muy inspiradores. Por supuesto, me dejo en el tintero muchísimos más que iremos revisándolos en las próximas semanas. También existe la posibilidad de compartir otros que te hayan resultado interesantes en el apartado de los comentarios. Muchas gracias

 “Entrena tu cerebro” de Marta Romo

En alguna ocasión hemos hablado del trabajo neurocientífico que lleva realizando desde hace tiempo y de su aplicación práctica en el día a día. Hablamos de la agenda arco iris para tener un cerebro sano, en donde se incluye el dulce placer de no hacer nada. Pues bien, Marta recoge en un maravilloso libro estas conclusiones junto con las últimas investigaciones en el conocimiento de uno mismo para poner en práctica y mejorar nuestra fuerza de voluntad, comprender nuevas claves para una nutrición más sana e inteligente y, por supuesto, claves para entrenar nuestro pensamiento y sentirnos mejor con nosotros mismos. Es un libro muy cercano, en donde todos nos sentimos reflejados y de muy fácil lectura.

  “David y Goliat” de Malcolm Gladwell

Lo confieso: Gladwell es de mis autores preferidos. Los temas que aborda, las investigaciones que recoge y su forma de escribir resultan de lo más cautivador. Su último libro analiza cómo el sufrimiento y la adversidad pueden forjar caracteres para alcanzar un éxito extraordinario. Por ejemplo, las relaciones difíciles con el padre, según Gladwell, fueron parte del motor que movió a figuras como Steve Jobs, el fundador de Apple. Es un libro plagado de historias empresariales, políticas, históricas y personales para hacernos reflexionar cómo a pesar de que en algún momento podamos sentirnos pequeños como David, podemos ganar a los goliats que nos encontremos.

 “Tú eres dios y tu marca personal, tu religión” de Ecequiel Barricart

Detrás de este título tan provocador y sugerente, se esconde un manifiesto para el encuentro de uno mismo y de la autenticidad para mostrarnos al mundo. Tuve la suerte de participar en el prólogo y reconozco que me encantó leerlo en su día porque invita a reflexionar sobre quiénes somos y qué deseamos alcanzar con mucho sentido del humor. El título se refiere a nuestra capacidad de crear la realidad conforme nosotros seamos capaces de contemplarla… en el fondo, según Ecequiel, todos llevamos un dios dentro. Un libro muy interesante para adentrarnos en el autoconocimiento con la marca personal como telón de fondo.

  "Los 88 peldaños del éxito" de Anxo Pérez

Anxo es una persona muy interesante y diferente. Además de hablar nueve idiomas y tocar otros tantos instrumentos musicales, tiene la fuerza de voluntad de haber luchado por sus sueños y de haber sido intérprete de Obama en la ONU, de haber participado en películas de Hollywood, de haber dirigido un grupo de góspel en Estados Unidos o de ser un empresario reconocido internacionalmente. Anxo es voraz en el aprendizaje y en su libro recoge cómo desarrollar una actitud abierta basado en su experiencia. Muy rompedor.

 “Focus” de Daniel Goleman

El padre mundial de la inteligencia emocional publicó este año un nuevo ensayo sobre la potencia de la atención. Hemos hablado en alguna ocasión sobre las tradiciones orientales que invitan a estar en el presente. En esta ocasión, Goleman presenta estudios que nos invitan a darnos cuenta del poder de la atención en un mundo plagado de mil y unas distracciones, donde la tecnología está conformando generaciones con dificultades de concentración. El libro me ha gustado porque además de aportar datos al más puro estilo Goleman, también incluyen ejercicios prácticos.

 ¡Feliz verano 2014! Regresamos en septiembre con más investigaciones y propuestas para sentirnos un poco más felices en nuestra vida. 

Imagen: Jose Castillofrawemedia, Licencia Creative Commons

Coaching para el día a día

Por: | 21 de julio de 2014

Climb

El coaching está de moda. Parece algo moderno, sin embargo, su origen (al menos, el de la palabra) se remonta al siglo XV y a un pueblo húngaro llamado Kocs. Por aquella época, y según cuenta la historia, se desarrolló en esa localidad de manera artesanal y luego magistral, amplios carruajes tirados por caballos, que muy pronto se hicieron populares en toda Europa. El transporte se llamaba “kocsi szeker”, que significa “Carros de Kocs”. Kocsi, la abreviatura del nombre húngaro, dio origen a las palabras coach en el inglés, kutsche en alemán y coche en francés y español. En la actualidad, coach significa carruaje, coche de caballos y también entrenador o profesor particular. Ambas acepciones tienen conceptualmente un significado común: son facilitadores para llegar más rápido a un destino. Y ese también es el objetivo principal del coaching: ayudar a un cliente a que alcance antes sus objetivos. Por supuesto, la persona podría lograrlos por él mismo, pero el coach ayuda a que sea más rápido, al igual que los coches nos llevan más deprisa de un punto a otro que si fuéramos andando.

Hace más de una década el coaching se centraba en el mundo de la empresa y, en la actualidad, se está aplicando a muchos otros terrenos como el familiar o el musical… Un proceso de coaching se apoya en reuniones periódicas de un coach con su cliente para desarrollar habilidades, fundamentalmente, como capacidad de tomar decisiones, gestionar mejor el tiempo, definir estrategias o trabajar mejor en equipo, por ejemplo. Para ser un buen coach se requiere entrenamiento y una formación específica.  Sin embargo, el coaching es un método en sí mismo que podemos aplicar en nuestro día a día con amigos o familiares sin necesidad de abrir un proceso profesional completo. Por supuesto, no será un “verdadero coaching”, podríamos decir, pero al menos, nos puede servir para brindar una ayuda. Veamos cómo hacerlo a través de cuatro sencillos pasos 

Definir objetivos. Primero, hemos de concretar qué metas queremos alcanzar. Para ello, necesitamos tomar consciencia sobre un área de mejora determinada o sobre alguna inquietud que nos preocupa. Dichos objetivos pueden ser de muy diversa índole pero han de estar relacionados con algo que esté en nuestras manos. Como me pasó una vez con un cliente cuando le pregunté qué objetivo tenía. Me dijo: “Que mi jefe cambie”. Me temo que esa respuesta es exactamente lo contrario de lo que se pretende. El objetivo ha de estar en tu margen de maniobra. Es decir, puedes cambiar tú para que tu entorno también lo haga. Recordemos que el cambio es una puerta que se abre desde dentro y en estos terrenos no existen fórmulas mágicas para obligar a alguien a abordar una transformación si no quiere… (y menos, un jefe).

Cambiar el enfoque. Una vez que hemos definido el objetivo, viene uno de los puntos más complicados de todos y en donde se define la maestría del coach: el arte de preguntar para cambiar el enfoque ante el problema. Seguro que todos tenemos la experiencia de escuchar a un amigo contándonos una dificultad y nosotros, desde fuera, creemos tener la solución y nos lanzamos al mundo del consejo. Sin embargo, él no lo ve y por mucho que se lo digamos, no significa que vaya a aceptar lo que le digamos. Y el motivo es muy sencillo: cada uno de nosotros vemos la realidad con unas determinadas gafas que nos dificultan comprender más alternativas. El método más eficaz para contemplar más opciones ante un problema es el método socrático, es decir, el de las preguntas. El coach ayuda a cuestionar el punto de vista del cliente a través de preguntas abiertas ante el problema (por ejemplo, “¿qué te impide conseguir tu objetivo?”, “¿qué papel has jugado en todo ello?”…). Es decir, no da consejos. Solo ayuda a pensar de un modo distinto y más eficaz.

Normalmente, detrás de los problemas existen miedos que nos cuesta reconocer. Por ejemplo, recuerdo un caso muy sencillo, el de una alumna extraordinaria, recién casada, que había venido a realizar un master a España y estaba teniendo un pésimo desempeño porque no estudiaba demasiado. Se había aficionado a las series de televisión cuando en su país no solía hacerlo. Cualquiera podría pensar que la solución era obvia: “No te pongas la tele”. Ella lo sabía de sobra, por lo que dicho consejo no le iba a servir de mucho. Durante aquella clase y a través de preguntas de uno de sus compañeros que se entrenaba como coach, la estudiante se dio cuenta de que su principal motivo era la soledad y no su afición a las telenovelas. Ya lo decimos. Ante nuestros problemas somos muchas veces ciegos y nos hace falta que alguien nos pregunte para cuestionar nuestras propias creencias.

Dibujar alternativas. Cuando se amplía el punto de vista y retiramos capas de cebolla, nos encontramos soluciones que antes ni tan siquiera habíamos podido reparar. En el caso anterior, cuando la chica comprendió que su problema no eran las telenovelas, sino su soledad, pudo esbozar alternativas más certeras que esconder el mando de la tele. Cuando uno comprende el miedo o la emoción de fondo, es capaz de dibujar soluciones más precisas ante sus problemas. En su caso, optó por estudiar con compañeros o con música. No olvidemos que detrás de nuestras frustraciones hay oportunidades de conocernos bien interesantes.

Definir un plan de acción. Una vez observadas las distintas alternativas, el cliente ha de optar por una, definir pasos concretos y comprometerse con ello. Posiblemente, esta es una de las grandes diferencias de una conversación basada en un método de coaching con respecto a otra para contar problemas. En el coaching se ha de terminar con un plan de trabajo, que si formara parte de un proceso, su revisión sería el primer paso para una segunda reunión.

En definitiva, el coaching se ha puesto de moda como término, pero se apoya en una metodología de más de dos mil años: el método socrático para ayudar a encontrar soluciones más allá de dar consejos. Por supuesto, es complejo, requiere tiempo y entrenamiento, pero podemos utilizar parte de esta técnica en nuestro entorno sin necesidad de dedicarnos profesionalmente a ello.

Basado en: Jericó, Pilar (2002): “El líder como coach” en Talento Directivo, Prentice Hall.

Imagen: EfrénCD. Licencia Creative Commons. 

 

Déjate fluir

Por: | 11 de julio de 2014

Flow

¿Recuerdas la última vez que sentiste que el tiempo volaba y el mundo parecía haber desaparecido? Seguramente estabas inmerso en una de esas tareas en las que cada paso surgía por sí solo o lo que es lo mismo: estabas en estado de “flujo” (flow en inglés), como propuso en la década de los 80 y los 90 el doctor croata Mihaly Csikszentmihalyi, director del “Quality of Life Research Center” de la Claremont Graduate University en California. Este autor de apellido impronunciable para un latino revolucionó el concepto de felicidad. Dijo que más allá de lo que somos para ser felices es importante analizar qué hacemos para lograrlo. Y estar en estado de flujo nos hace muy felices.

Csikszentmihalyi comenzó a estudiar a diferentes profesionales: artistas, científicos, deportistas… para tratar de entender qué les hacía entregarse tanto o por qué lo hacían con tanto esfuerzo sin que hubiera necesariamente un reconocimiento económico o social. Casi todos ellos coincidían en experimentar un estado diferente a lo que sucede en la vida cotidiana. Era un estado de éxtasis en el que los pasos iban surgiendo con fluidez, de ahí que lo bautizara como “experiencia de flujo”. El motivo es fácil: cuando estamos atentos a lo que estamos haciendo con una altísima concentración dejamos de darle vueltas a la cabeza, a los problemas, a si tenemos hambre o si el siguiente fin de semana tengo una visita que no me apetece demasiado. En el fondo, un estado de flujo nos conecta con el puro presente, pero requiere de un cierto esfuerzo que debemos poner en juego. Por eso, no es de extrañar que cuando se analizó a personas cotidianas en qué momento entraban en dicha sensación los de menor intensidad eran en los que nos apalancamos frente al televisor. Sin embargo, cuando mantenemos conversaciones estimulantes, cuando desarrollamos una afición que nos reta o cuando trabajamos en algo que nos gusta, entramos en ese dulce trance del flujo que nos hace sentirnos un poquito más felices. Veamos a continuación cuáles son las características de dicha experiencia para ver cómo podemos aplicarla en nuestra vida diaria:

  • Concentración: necesitamos centrar la atención en algo. Si nos distraemos con una mosca o con las preocupaciones que alimentan nuestra cabeza, es muy difícil que entremos en dicho estado. Por ello, la tarea que hagamos ha de requerir altos niveles de atención, como sucede con muchos deportistas de élite, que viven el partido como único.
  • Diferencia: la sensación de fluidez nos hace sentirnos fuera de la realidad diaria ya que formamos parte de algo más grande o al menos, distinto, como sucede cuando terminamos una conversación animada con los amigos. Se crea un espacio distinto al que vivimos en nuestras casas, por ejemplo.
  • Claridad: sabemos qué hay que hacer en cada momento y cómo hay que hacerlo. De ahí que sea especialmente importante tener indicadores de satisfacción. En el deporte resulta fácil; en otras actividades son  más sutiles, como el grado de disfrute que hayamos podido tener.
  • Capacidad: somos conscientes de que la tarea es realizable y que tenemos las habilidades necesarias para conseguirlo, aunque nos cueste. Curiosamente, el estado de flujo surge cuando hay un reto que nos obligue a dar lo mejor de nosotros mismos, aunque sea solo en el grado de atención que podamos poner.
  • Serenidad: no existen preocupaciones, porque estamos en el aquí y en el ahora.
  • Atemporalidad: el tiempo pasa rápido. Y si no, recuerda cuando te lo estás pasando bien si miras con frecuencia al reloj.
  • Recompensa interna: cuando una tarea nos hace entrar en estado de fluidez, no es necesario una recompensa externa. El premio es la propia experiencia.

La investigación que se ha llevado a cabo sobre el estado de flujo es tan rica que en las más de 8.000 entrevistas realizadas a profesionales de todo tipo, aparecen estas siete condiciones cuando las personas están en estado de flujo. Pero, ¿cómo es posible saber que todos ellos están hablando del mismo estado? Lo que Csikszentmihalyi y su equipo hacían es dar a las personas un dispositivo electrónico que sonaba diez veces al día, y cuando lo oían los participantes debían decir qué estaban haciendo, dónde estaban, cómo se sentían, en qué estaban pensando… Medían, además, el grado de desafío que la persona sentía en ese momento y las habilidades con las que contaban para afrontarlo. Y teniendo en cuenta toda esta información calculaban el promedio de su nivel de reto y habilidad. El estado de fluidez se alcanza cuando el desafío y las habilidades superan la media, y la persona tiene la capacidad de hacer cosas diferentes. Esto ocurría sobre todo cuando estaba haciendo lo que de verdad quería hacer y todas sus habilidades se entregan a la tarea.

El reto personal es saber qué tareas nos facilitan llegar a ese estado o cómo podemos unir los ingredientes necesarios para conseguirlo. Y, no olvidemos, que la felicidad tiene que ver con este tipo de decisiones que nos ayudan a fluir.

 

Referencias

Csikszentmihalyi, Mihaly (2003). Good Business: Leadership, Flow, and the Making of Meaning. New York: Penguin Books.

Csikszentmihalyi, M. (2008). Fluir (flow): una psicología de la felicidad. Barcelona: Debolsillo

Jugar para sentirnos vivos http://blogs.elpais.com/laboratorio-de-felicidad/2013/07/jugar-para-sentirnos-vivos.html

Imagen: the_tahoe_guy. Licencia Creative Commons

Lo que otorga una estabilidad feliz a la pareja

Por: | 05 de julio de 2014

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 Existen tres grandes ingredientes que garantizan una continuidad feliz de la pareja y que han de estar en un cierto equilibrio: el proyecto, la amistad y el sexo. Los ingredientes anteriores actúan cuando la química del enamoramiento nos deja espacio para pensar con algo más de claridad. No olvidemos que cuando nos enamoramos, caemos en una “ceguera transitoria” hacia la otra persona. Le vemos maravilloso o maravillosa, nos parece que la relación puede ser eterna y podemos llegar a tomar decisiones que cambien nuestra vida. El gran responsable es nuestro cerebro y la química en la que entramos, donde la dopamina es la protagonista invitada. Gracias a ella, nos sentimos plenos, eufóricos, muy optimistas y con una sensación de felicidad desbordante, como ha demostrado Helen Fisher, antropóloga de la Universidad de Rutgers en Estados Unidos. Sin embargo, dicho estado va evolucionando hacia formatos más estables, menos intensos y posiblemente más profundos en el autoconocimiento y conocimiento sincero del otro. Es en ese instante cuando el proyecto, la amistad y el sexo entran en escena con más fuerza de un modo equilibrado. Si uno de los anteriores falla, la pareja se desestabiliza; o si alguno tiene demasiada importancia, también puede ser difícil una continuidad satisfactoria. Veamos cada uno de ellos con algo más de detalle.

 El proyecto se refiere a los sueños compartidos a largo y corto plazo. En este apartado se incluyen los deseos de cada uno, si se quiere tener hijos, vivir en la playa o en la montaña o recorrer de la mano los casi doscientos países que tiene el mundo. Para que el proyecto tenga fuerza es necesario que sea de los dos, que no se base en el sueño de uno solo y en el sacrificio del otro. Esta última decisión acaba minando la relación a medio plazo de quien ha cedido una y otra vez. Ahora bien, como la estabilidad feliz se basa en el equilibrio de los otros ingredientes resulta igual de preocupante cuando solo existe proyecto o cuando hay una ausencia absoluta. Aunque no puedo apoyarme en datos estadísticos, parece que el mal de muchas parejas de años está en que su único sentido de permanecer juntos es el proyecto (y, posiblemente, la ausencia de recursos para separarse, porque no es de extrañar que en épocas de crisis los divorcios desciendan). Este tipo de parejas son aquellas que pudieron comenzar con mucha intensidad, pero que los años han ido consumiendo la pasión. Una de las frases preferidas es: “estoy con él o con ella por mis hijos”. Eso significa estabilidad, pero no necesariamente feliz. Quien lo sufre mantiene fantasías (o realidades) con otras personas o con otras opciones vitales, como la añoranza de la soltería o de aquella otra relación que quedó en la parte amable de la memoria.

 En el polo opuesto están las parejas donde no existe proyecto alguno y tienen la sensación de convertirse en un barco sin rumbo, lo que resulta muy desgastante a medio plazo si uno de ellos quiere vivir algo diferente. Es en ese momento donde se abre la veda de los reproches y quizá de las decisiones de agradar al otro a un precio personal a medio plazo… Ya lo hemos dicho: cuidado con los sacrificios a costa de uno mismo.

 La amistad es el segundo eje que aporta serenidad y fuerza a la pareja. Que él o ella sea un gran amigo aporta muchísima riqueza a la relación. Cuando alguien lo experimenta, las conversaciones cómplices pueden ser profundamente adictivas. La persona se llega a convertir en una maravillosa referencia o incluso, en alguien con quien se reflexiona cada una de las decisiones importantes a tomar. Como en el caso anterior, hay tipos de parejas que se caracterizan por exceso o por absoluto defecto de la amistad. En el primer caso, se enmarcan aquellas relaciones donde son amigos pero en las que ni hay intención de compromiso a un proyecto común ni pasión. Suelen ser difíciles de romper, ya que la amistad se basa en un tipo de amor y la ausencia del otro genera mucha tristeza. Sin embargo, son relaciones neutras, sin ilusión intensa por el mañana o por la intimidad. Es posible que llegado a cierta edad sea el gran ingrediente, porque muchos proyectos a largo plazo están ya cumplidos y el sexo ha quedado relegado. Sin embargo, si no se está en esa edad, la amistad por sí sola no garantiza una estabilidad feliz porque falta mirar hacia el futuro y la chispa de un presente.

 Las parejas sin amistad tampoco son recomendables. Su ausencia genera entornos donde el otro puede ser un extraño o extraña con el que se comparte proyectos y quizá, un buen sexo, pero las decisiones importantes son consultadas a otras personas. Cuando esto ocurre, las relaciones son más metálicas, más frías y, por ende, menos satisfactorias.

 El sexo aporta la pasión y la intensidad, además de muchas hormonas que nos hacen sentirnos bien, como la oxitocina. Cuando estamos en pleno proceso de conquista, el sexo tiene una intensidad desbordante. Según Fisher, en el caso de los hombres la atracción sexual se alimenta de la vista y en el caso de las mujeres, del oído. El sexo, además, puede ser la puerta de entrada para el amor romántico. Mientras que la atracción sexual no entiende necesariamente de exclusividades, el mundo de la pareja se suele apoyar en modelos más cerrados (aunque, por supuesto, hay excepciones). Cuando el sexo es el gran ingrediente y no existe proyecto ni amistad, la pareja tiene fecha de caducidad. Será algo divertido, posiblemente memorable, pero es difícil que continúe durante muchos años en un formato de pareja. Quizá esto le suceda a muchas relaciones que comienzan atraídas mutuamente, pero que llegado un momento se encuentran con que no hay muchos ingredientes más que los una. Sin embargo, cuando el sexo está ausente (y no hablamos de determinadas edades), es un síntoma de hastío. Se puede estar por el proyecto o por la complicidad de la amistad, pero la frialdad de la cama acaba minando la ilusión y dejando una puerta de entrada para otras miradas u otros susurros.

 En definitiva, la estabilidad que hace feliz a la pareja depende de muchas cosas: de nuestros sueños, nuestros valores, lo que hemos visto en nuestra familia y de los procesos de cambio en cada persona que se embarca. Sin embargo, el proyecto, la amistad y el sexo son tres ingredientes capitales que ayudan a que vivamos el amor en la pareja de un modo más pleno y continuado en el tiempo… Y en tu caso, ¿cómo es tu pareja o cómo lo ha sido?

Para más información escucha esta intervención en Las Mañanas de RNE. 

Cuando creemos que el mundo es justo

Por: | 27 de junio de 2014

Justicia

Si quisieras que un grupo de estudiantes ayudaran en acciones humanitarias, ¿cuándo sería un buen momento para proponérselo, antes de los exámenes o en medio del ciclo académico donde disponen de más tiempo? La psicología social ha demostrado que el mejor momento es cuando están a punto de examinarse. Motivo: muchas personas piensan que el “mundo es justo” y si ayudan a otros más desvalidos, creen que serán recompensados en sus notas. Evidentemente, todos sabemos que la injusticia habita a sus anchas en el planeta, que las personas que sufren la guerra o los maltratos, por ejemplo, no son culpables. Sin embargo, la creencia del “mundo es justo” se refiere fundamentalmente a los hechos que nos afectan a nosotros mismos o a personas que tenemos cerca. Desde este enfoque, pensamos que los actos buenos producen recompensas, mientras que los actos malvados derivan en castigos. Así lo observó Lerner en la década de los setenta después de observar cómo trataban los enfermeros de los hospitales psiquiátricos a sus pacientes. Eran amables y gente educada con ellos, sin embargo, les culpaban de sus males (!). Aquello dio pie a una investigación que demostró que las personas necesitamos justificar lo que ocurre a nuestro alrededor. El azar en sí mismo nos cuesta mucho de entender y nos llenamos de justificaciones que intenten explicar por qué las cosas suceden. Veamos algunas investigaciones que demuestran la creencia de que el mundo (o nuestro mundo) es “justo” o intentamos que así sea.

Lerner y su equipo hicieron un experimento en la Universidad de Kansas. Setenta y dos mujeres observaron cómo una persona recibía descargas eléctricas cuando contestaba mal a las respuestas del estudio del que formaba parte. Como nos podemos imaginar, las descargas eran falsas y quien las recibía era un actor cómplice con los investigadores. Al principio, las mujeres eran empáticas y se sentían mal con el sufrimiento del pobre torturado, pero a medida que las descargas eran mayores y al no poder hacer nada por evitarlo comenzaron a negar el sufrimiento de la persona, con pensamientos del tipo: “Quizá has hecho algo por lo que te lo mereces” o “puede que no sea tan doloroso”. Con este tipo de reflexiones, reducían su malestar.

La creencia de que el mundo es justo nos lleva a interpretar también la suerte, como demostraron Callan, Ellard y Nicol en 2006. Facilitó a los participantes de una investigación dos historias diferentes: en una de ellas el protagonista obtenía un evento positivo por azar (ganar la lotería), y en la otra pasaba por una situación negativa también por azar (ser víctima de un accidente de automóvil). A un grupo de personas se les ofreció datos para pensar que el protagonista de la lotería era “buena persona” y a otros, que no lo era en absoluto. Del mismo modo, se hizo con el protagonista del accidente. Pues bien, cuando se les pedía a los participantes que justificaran por qué a uno le había tocado la lotería ocurría algo interesante: si pensaban que era “buena persona”, decían que era porque se lo merecía; si creían que era “mala persona”, lo interpretaban por azar. Justo lo contrario del caso del accidente: el que había sido “mala persona” se lo merecía; mientras que el que tenía un comportamiento ejemplar había sido víctima de la mala suerte. Por tanto, según la creencia del mundo justo pensamos que si nos portamos bien, tendremos recompensas y que algo nos lo va a reconocer. Los guionistas de las series también tienen muy en cuenta dicha creencia. Curiosamente todos los que fallecen en la serie de “1000 maneras de morir” son “malas personas” o, incluso, los capítulos del doctor House terminan viéndose al protagonista en su soledad. De ese modo, pensamos “es duro, pero se lo merece”; o “es ácido pero, pobrecillo, no es feliz”. Nos sentimos más aliviados, nos caen mejor personajes irónicos y, por supuesto, seguimos viendo más capítulos de dichas series.

En definitiva, nuestra mente intenta justificar todo cuanto nos ocurre para poder anticipar el futuro o para sentirnos más aliviados y para ello, aludimos a todas las explicaciones posibles incluyendo temas de predestinación si hiciera falta. El problema es que esta necesidad encierra una trampa. El azar existe al igual que la injusticia o al menos la incomprensión de la realidad tal y como la analizamos. Somos frágiles y hemos de aceptar nuestra impotencia cuando nos topamos con situaciones que nos superan. Posiblemente, la mente se sienta más incómoda, pero es más honesto reconocer que el mundo no es necesariamente justo en el sentido en que en occidente entendemos por justicia, por mucho que nos empeñemos en querer verlo así: un mundo de buenos y malos, de premios y castigos.

Referencias 

Callan, M.J., Ellard, J.H. & Nicol, J.E. (2006). The belief in a just world and immanent justice reasoning in adultsPersonality and Social Psychology Bulletin.

Lerner, M.J. (1965). Evaluation of performance as a function of performer’s reward and attractiveness. Journal of Personality and Social Psychology.

Imagen: José Castillo 

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

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