40 Aniversario

No creas todo lo que recuerdas

Por: | 22 de mayo de 2016

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Quizá te has pasado toda la vida recordando que de pequeño te pasó tal cosa y un buen día, pasado el tiempo, en una conversación con un hermano, te das cuenta de que no era cierto, de que tu memoria quizá te había fallado.  Motivo: nuestra colección de archivos del pasado está llena de defectos. Y esto es una mala y una buena noticia al mismo tiempo. Veamos qué le pasa a nuestra memoria para no ser tan fiable, como explica la psicóloga Julia Shaw.

  1.  Podemos evocar recuerdos que nunca ocurrieron. Los investigadores hicieron el siguiente experimento con estudiantes universitarios: les indujeron a imaginar una infracción que no habían cometido, como un robo o un asalto. Durante dicha persuasión, además, mezclaron hechos reales de alta carga emocional que habían obtenido de sus propios familiares con sucesos que nunca sucedieron. Y después de crear ese cóctel, les entrevistaron a ver qué recordaban. Pues bien, el 70 por ciento de los estudiantes dieron detalles del incidente que nunca habían vivido. Parece que así funciona nuestra mente… y lo que consigue, por cierto, la persuasión social (como la publicidad o mensajes subliminales)
  2. Nuestra memoria es selectiva. En los años 60 se hizo una encuesta entre hombres y mujeres acerca del porcentaje de las tareas domésticas que hacía cada uno. El resultado fue curiosamente el mismo para ambos sexos. Tanto las mujeres como los hombres consideraban que hacían el 70 por ciento de las tareas de la casa. Como las matemáticas no engañan, no cabe duda de que somos expertos en organizar los armarios de la memoria conforme a unos criterios previos y que recordamos aquello que más nos interesa (aunque sea en detrimento de otras personas).
  3.  Diferenciar los recuerdos verdaderos de los inventados a veces es difícil. Científicos de la Universidad de Northwestern en Chicago han descubierto que lo que imaginamos se superpone a aquello que realmente hemos vivido, lo que hace que nuestro cerebro no sea capaz de diferenciar entre lo que ha vivido y lo que ha imaginado. Eso significa que si visualizamos algo con muchísima intensidad podemos confundirlo con algo que realmente haya existido. Esta investigación publicada en la revista Psychological Science levantó un debate interesante en la comunidad científica entre partidarios y detractores, que todavía sigue abierto… pero lo que parece que hay consenso es que podemos llegar a confundir la realidad con la imaginación.

En definitiva, los resultados anteriores podemos leerlo como una mala o una buena noticia. La “mala”: nuestra memoria no es tan fiable como nos imaginamos, por lo que posiblemente necesitemos revisar ciertas cosas que “recordamos” con datos, fotografías u opiniones de otros, aunque sean tan subjetivas como las nuestras. Y la “buena noticia”: si nuestra memoria es un tanto caprichosa eso significa que podemos adaptarla a entender la vida de un modo más amable. Podemos seguir machacándonos con aquello que vivimos en nuestra infancia o bien, enmarcarlo en un contexto más favorable para nosotros. En la medida que podamos reescribir nuestra memoria, podemos reescribir nuestra vida. Como resume, Milton Erickson:

 “Nunca es tarde para una infancia feliz”

 Así que atrevámonos a revisar los armarios de nuestra memoria.

Hablemos de nuestros errores

Por: | 15 de mayo de 2016

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- ¿Cuántas veces has fracasado en tu empresa? – le preguntó un posible inversor a un emprendedor, que se afanaba en hablar de las excelencias de su producto.

- He montado antes dos empresas que no funcionaron. Esta es la tercera – respondió, serenamente.

El inversor le sonrió y le dijo: “Está bien, sigamos hablando”.

Esta conversación la escuché en una ronda de inversores en Silicon Valley, uno de los lugares más innovadores del mundo. Es la cuna de las empresas más punteras de Internet, como Google, Facebook o Airbnb, entre las más conocidas; además de otras más entradas en años, como Visa, Levi´s o Häagen-Dazs. Allí el fracaso se vive como algo inherente al aprendizaje y está tan asumido, que los emprendedores tienen a gala sus anteriores errores. De hecho, se calcula que en Silicon Valley fracasan el 78 por ciento de las start-ups (o empresas jóvenes digitales). No está mal. El fracaso está a la orden del día de la realidad empresarial, pero también de la personal y de la propia naturaleza.

En los famosos documentales donde vemos cómo la leona caza a la gacela en una carrera, la estadística demuestra que la leona solo acierta en el 10 por ciento de las ocasiones (precisamente, lo que se ve en el documental). Y la leona no deja de intentarlo aunque le suponga fracasar el 90 por ciento de las veces. Sería absurdo. Moriría, como nos pasa a cualquiera de los mamíferos que vamos vestidos. Si el error nos impide volver a intentarlo, “morimos”, quizá no físicamente, pero sí nuestro espíritu de aprendizaje o de exploradores. Por eso, no es de extrañar que cualquier iniciativa que ponga de manifiesto que detrás de nuestros aciertos hay un sinfín de errores, tiene un éxito increíble. Así ha ocurrido con Johannes Haushofer, un profesor de Princeton, universidad de gran prestigio. Ha publicado su curriculum vitae de errores, donde recoge las universidades donde no fue aceptado como docente, los artículos que escribió que le rechazaron las revistas científicas y las becas o los fondos de investigación que le fueron denegados. En fin… lo habitual que contiene un curriculum que no solo mostrara los éxitos, sino también los esfuerzos y los errores. Y curiosamente, su CV de fallos ha tenido muchísimo más impacto en las redes sociales que todo su trabajo durante años. Y es que quizá, estamos cansados de mostrar una máscara sobre el éxito que nos cuesta mucho de mantener.

Todos nos equivocamos, porque somos mamíferos, porque la vida no se somete a las hojas de Excel o a lo que debería ser. La vida es y punto. Podemos dejarnos la piel y no conseguir nuestros objetivos, pero quizá lo importante sea otra cosa, sea avanzar, atrevernos, aprender y saber que nuestros resultados también están sujetos a un porcentaje de azar o de decisión de otros. Y esto nos pasa absolutamente a todos. A mí incluida. Yo tampoco conseguí trabajos a los que optaba, he fracaso en dos empresas anteriores que monté, he perdido dinero en inversiones que han sido un desastre, he escrito algún libro que ha pasado sin pena ni gloria (por no hablar de algún post de este Laboratorio que no gustó demasiado aunque a mí me entusiasmara) y me he equivocado en conferencias, en las que no he sabido llegar al público. Sí, he vivido muchos errores y confío en vivir muchos más, porque significará que estoy viva. Dejemos de dar una imagen de éxito a toda costa, porque es falsa, porque es cansina y porque, además, es mentira. Somos eternos aprendices de un proyecto que se llama vida. Así que atrevámonos a experimentar y a aprender, en vez de obsesionarnos con el éxito y con el fracaso en nuestra vida profesional y personal.

Cuidado con los momentos de la verdad

Por: | 08 de mayo de 2016

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Cuidado cuando estés con alguien que esté atravesando un periodo delicado. Puede que sea un momento de la verdad y conforme tú actúes, él o ella te lo recordará durante mucho tiempo. Veamos un ejemplo.

Hace años realicé un estudio sobre el compromiso de los profesionales. Tuve la oportunidad de entrevistar a una persona que trabajaba en un banco. Había sido un buen trabajador, pero llevaba un tiempo “decepcionado con la empresa”, como él me dijo. En aquella entrevista me explicó el porqué: era director de una oficina bancaria y, un buen día, entró un ladrón. Les amenazó a los clientes y a los empleados y aunque no ocurrió nada grave, lo pasó realmente mal. Cuando llamó a su jefe para contarle lo ocurrido, lo primero que escuchó fue: “¿Cuánto se ha llevado? ¿Lo sigue la policía?”. Su jefe no preguntó nada sobre ellos, si estaban bien, si les había pasado algo o cómo estaban recuperándose del susto. Sin duda, fue una metedura de pata, pero este profesional se lo tomó tan a pecho, que estaba realmente decepcionado. Y el motivo era porque para él había sido un momento de la verdad.

Vivimos un momento de la verdad cuando estamos especialmente vulnerables y esperamos que el otro tenga una respuesta a la altura de nuestras circunstancias. Puede ser que estemos muy fastidiados con algo, una enfermedad, una ruptura o que hayamos pasado un día muy aciago, y nuestro jefe, amigo o pareja nos diga algo realmente desafortunado. No ha de ser enfrentarnos a un ladrón, como el caso del ejemplo. Pueden ser cosas menos importantes, pero que a nosotros se nos hagan un mundo. Son momentos muy sensibles y que además se nos pueden quedar grabados en la memoria por “los siglos de los siglos”. Así que veamos algunas claves para saber gestionarlos adecuadamente:

  • Identifica los momentos de la verdad de quienes nos rodean. Lógicamente, necesitamos tener algo de empatía y ponernos en el lugar del otro. Un momento de la verdad, no es un periodo de tiempo. Es un momento puntual, de alta intensidad emocional, como un funeral, que nos cuente que se está divorciando o que haya recibido una notificación de Hacienda que le haya caído como una losa.
  • Muestra afecto en un momento de la verdad. Lo que la otra persona espera es comprensión y apoyo, no exigencia. Por ello, es bueno dejar espacio a que el otro se exprese y nos cuente lo que le está pasando hasta donde quiera explicar. En el caso del jefe del director de la oficina hubiera sido mejor si se hubiera interesado por cómo estaban… y al final de la conversación, muy al final, preguntar por el dinero. Por ello, si alguien está en un momento de la verdad y necesitamos pedirle algo, es mejor posponerlo o dejarlo para el final de la diálogo.
  • Si has metido la pata, discúlpate. Todos recordamos qué estábamos haciendo cuando nos enteramos del 11S y del 11M. Motivo: la memoria emocional. Recordamos fuertemente las experiencias de alto impacto emocional. Pues bien, nuestros momentos de la verdad son experiencias que se quedan grabadas en la memoria sean positivas o no. Por ello, si no has sabido reconocer en el otro su momento de la verdad, es bueno una conversación de disculpas. Al menos, le otorgas un reconocimiento de la situación vivida.
  • Y relativiza lo vivido. Y si eres tú quien has vivido un momento de la verdad y la otra persona no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, relativízalo. Todos somos humanos, nos equivocamos y quizá andamos demasiado despistados con lo nuestro. La memoria es selectiva y de nosotros depende guardar un recuerdo más amable o no.

Nuestros queridos autoboicots: Cómo identificarlos

Por: | 29 de abril de 2016

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Comer de manera compulsiva, comprarse muchos bolsos o ropa sin necesitarla o hacer un exceso de deporte.
Todos los casos anteriores son ejemplos de comportamientos de compensación, en términos refinados; o de la ley de la venganza, en términos de andar por casa. Es decir, como no me gusta lo que vivo, pues intento equilibrarlo a mi manera, con bolsos, bollos o machacando mi cuerpo, sin duda. Y todo ello son señales de que algo no va bien, aunque no sepamos el qué.

Tenemos grabado a fuego el concepto de justicia, que nos lleva a medir lo que yo hago y lo que yo recibo en comparación con otros. Y si no, piensa en los niños que están continuamente comparándose con el hermano o recuerda al resto de primates de un zoo y sus discusiones sobre quién tiene el juguete. El motivo también es biológico, según Sapolsky, profesor de Stanford.

Nuestros ojos tienen células en la retina que no responden a un solo color, sino a un color en relación con los otros que lo rodean (como el rojo contrapuesto al verde y si no, que se lo digan a los daltónicos). Eso significa que no buscamos ser solo listos e inteligentes o lo que sea, sino ser más listos e inteligentes que el vecino. Es decir, comparación, comparación y más comparación. Y esto ha sido crucial para la supervivencia: ¿Cuán rápido he de correr para librarme de un león? Como dice Sapolsky, “la respuesta es siempre la misma: Más que la persona que está a mi lado”. Pues bien, tenemos internamente un radar que está continuamente escaneando lo que yo hago versus lo que las otras personas hacen por mí. Y si por cualquier motivo creemos que es injusto, compensamos, y esa es la señal de que algo no va bien. Así ocurre a veces con el alcohol o con el tabaco. Paso un mal día, pero tengo mi copita o mi cigarrito de descanso.

 Sospecha de comportamientos tuyos repetidos que te hacen un agujero en la cuenta económica, emocional o en la báscula.

Además de la compensación, existen otros comportamientos “sospechosos” de autoboicots. Para decir “no” o, mejor dicho, para que nuestra cabeza racional se entere de que estamos hartos de algo, a veces necesitamos traspasar nuestros límites. Por eso, hay personas que para dejar un trabajo necesitan quemarse mucho, mucho y contar a todo el mundo y a sí mismo: “¿Ves cómo tengo razón?”. Buscan enfadarse por cualquier nimiedad y con ello construyen la catedral de la queja. O se quedan trabajando hasta el infinito y mucho más en la empresa aunque sea innecesario. En el fondo, el problema no es el email ni las horas, sino que están acumulando “quesitos” del trivial para completar el juego y decir: ¡Necesito un cambio! Así se animan a ir a Recursos Humanos o a actualizar el perfil de LinkedIn y buscar trabajo. También sucede en el plano personal: Personas que, inconscientemente, buscan bronca tras bronca para dejar o para ser abandonados por la pareja y decir a todos: “¿Ves cómo tengo razón? No se podía convivir con él o con ella”. De algún modo, parece que en determinadas situaciones necesitamos llegar al límite de lo que no queremos para identificar lo que sí deseamos.

 En determinadas situaciones necesitamos llegar al límite de lo que no queremos para identificar lo que sí deseamos.

Puedes creer que tienes el trabajo que quieres, la pareja que quieres… y, sin embargo, no paras de comprarte bolsos o necesitas comer todos los bollos de chocolate que se ponen en tu camino o llegas a situaciones límites. Por eso, ante rutinas que son un agujero en la cuenta económica, emocional o en la báscula, es bueno preguntarse con calma ¿qué estoy viviendo que no quiero? (y no respondas ¡me encantan los bolsos o los bollos!… nos estaríamos engañando). El cuerpo expresa muchas de las cosas que te están ocurriendo aunque ni tu cabeza sea consciente. Es bueno prestarle atención, ser muy honestos con nosotros mismos y tomar una determinación para vivir un cambio.

Fuente de la imagen: Pexels.

¿Sufres el síntoma de la rana hervida?

Por: | 20 de abril de 2016

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¿Alguna vez has aguantado una situación hasta un límite que ni tan siquiera tú te imaginabas que podías ser capaz, como un estrés inmenso o una relación muy desgastante? Si lo has vivido, tranquilo, tranquila. No eres el único y simplemente has sido presa del síndrome de la rana hervida.

Si se pone una rana en una olla con agua, que se va calentando poco a poco, a razón de 0,02 grados por minuto, la pobre se queda tan tranquila y muere achicharrada. Sin embargo, si la rana entra en el agua hirviendo, directamente salta. Este es el denominado síndrome de la rana hervida y el que, inconscientemente, sufrimos las personas. Somos capaces de aguantar y aguantar más y más bajo mil excusas ante situaciones que nos hacen daño, que nos vacían de fuerza y luego, con el tiempo, cuando hemos salido de la olla caliente, miramos atrás y nos preguntamos: ¿Cómo he podido soportar tal tormento? Pues porque tu capacidad de aguante puede llegar a ser inmensa, aunque ni tan siquiera lo sepas. El miedo y la comodidad es el agua que nos va hirviendo por dentro. Pensamos que es lo “normal”. “Es normal que me haga esperar una hora”, “es normal trabajar todos los fines de semana” “es normal…”. Y mientras nos decimos todo ello, vamos quemándonos por dentro. La buena noticia es que existe otro modo de afrontar la vida: La determinación de ser uno mismo y decir basta a aquello que no nos conviene. Veamos algunas ideas para conseguirlo:

  1. Identifica cuando algo te está quemando. Parece fácil decirlo pero, recuerda, la mente es muy traicionera y se busca muchas excusas para seguir enredada en lo mismo. Una buena manera es a través del cuerpo: dolores de cabeza continuados, malestar en general o agendas imposibles que no te dejan descansar y, por tanto, pensar. Cuando algo de lo anterior sucede, vives una situación que quizá te esté superando y necesitas ser sincero contigo mismo.
  2. Analiza qué ventajas te aporta la situación que “te quema”. Todo, absolutamente todo cuanto hacemos nos aporta un beneficio. Hasta el dolor. Lo que es importante es hacerse la pregunta y responder con sinceridad: ¿Qué me aporta de positivo esta relación que me desgasta o este estrés? A veces, los beneficios ocultos son difíciles de identificar, pero si lo consigues, es un gran paso para librarte de ellos.
  3. Pon límites. Un buen truco son los cables trampas, es decir, límites que no estás dispuesto a tolerar sobrepasarlos. “Como me haga otra vez esto, rompo con nuestra relación...”; “como tenga que volver a quedarme otra noche trabajando hasta las mil, digo que no continúo con el proyecto”. Y una vez que lo definas, cúmplelo… No valen las excusas. El agua seguirá ardiendo y si tú no reaccionas te acabarás achicharrando.
  4. Despierta la determinación. Comienza a acariciar el deseo de vivir de otro modo. ¿Qué pasaría si trabajara en otro sitio?, por ejemplo. Cuando uno está muy enfrascado en una situación que le duele se le olvida que existen otras maneras de vida. A veces, nuestro único margen de maniobra es la actitud, tomarnos las cosas de otro modo. En la medida que comencemos a acariciar la alternativa, tendremos más fuerza para parar la situación que nos desgasta.

Y recuerda, una vez que has tomado la decisión de ser tu mismo, salta porque aunque no tengamos mapas de la vida, sí podemos entrenar nuestras brújulas.

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

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