Lo que hacen los mejores jefes según Google

Por: | 21 de octubre de 2014

Google

Si una empresa de este planeta sabe estrujar los datos para extraer conclusiones esa es Google. Y si esta empresa se toma en serio estudiar qué dicen sus datos internos para saber cómo son sus mejores jefes, tenemos como resultado un perfil detallado del mejor líder. Pues bien, eso fue lo que hizo hace unos años esta compañía clásica de ingenieros y se llevaron alguna grata sorpresa.

El proyecto en cuestión se llama Oxígeno, que no deja de tener cierta inspiración. Para ello, se aprovecharon de su poder de análisis y tomaron 10.000 datos de las evaluaciones del desempeño, las encuestas de 360º (en la que se miden lo que dicen los colaboradores de sus superiores) y los premios a los mejores responsables de personas. Manejaron más de cien variables, pero se quedaron solo con los datos numéricos (para eso son Google, ¿no?), sino que tomaron frases, palabras, elogios, quejas y comentarios en general. Al principio, ellos iban pensando que iban a encontrar una correlación directa entre “mejor jefe” con confianza y libertad. No olvidemos que en las empresas de Silicon Valley no se estila el control y que no hay que fichar todos los días. Por lo tanto, el punto de partida no dejaba de tener cierta lógica. Sin embargo, se equivocaron.

Según los resultados del análisis, los ocho hábitos que crean un buen líder son:

1. Ser un buen coach: ayudar al equipo a triunfar

En este apartado se incluye la capacidad de dar feedback a los empleados y de sentarse uno con uno para atender sus dificultades.

2. Facultar a los colaboradores o empowerment y no hacer micro-administración

Muchos jefes se adentran en tareas cotidianas, incordiando a sus equipos y olvidan lo más importante: Gestionar la estrategia, darles poder, libertad y seguimiento a su trabajo.

3. Interés por el éxito del equipo y por su bienestar personal

A veces se cree que la persona puede dividirse dentro o fuera de la organización. Es un error. Un buen jefe se ha de preocupar porque la persona se sienta bien en su conjunto. En este apartado, Google también incluyó la transición de los nuevos empleados.

4. Ser productivo y orientación a los resultados

En este apartado se incluye la productividad y todos los medios que ha de brindarle el jefe para que el colaborador alcance sus resultados. Un jefe majo pero que no logra resultados, es un mal jefe. No lo olvidemos.

5. Comunicar y escuchar al equipo

Puede que esta sea una de las habilidades más complejas de desarrollar, ya que la comunicación ha de ser bidireccional, tanto del jefe hacia el colaborador como viceversa. Y lo que es más importante: Comunicar no significa solo informar, sino verificar que se ha comprendido.

6. Apoyar a los colaboradores en el desarrollo de sus carreras

Las personas con talento quieren mejorar y un buen jefe les brinda los medios para que todo ello ocurra.

7. Visión y estrategia clara para el equipo

Un buen líder es aquel que además sabe contar con todo su equipo para alcanzar la estrategia prevista.

8. Habilidades técnicas para ayudar al equipo

Y “curiosamente” el último hábito de los mejores líderes de Google era que estos ayudaran técnicamente a sus empleados.

Pues bien, lo más impactante fue que dichos resultados no siempre coincidían con las políticas de selección y desarrollo de sus empleados. Es decir, buscaban cualidades para futuros jefes que no coincidían con lo que los empleados luego valoraban, según Tina Malm del equipo de People Analytics de Google. Por ello, hicieron un cambio de estrategia y comenzaron a formar a sus jefes en los ocho hábitos anteriores y el resultado volvió a sorprender. Después de un año, los gerentes de peor desempeño mejoraron un 75 por cierto la satisfacción de sus equipos. Un éxito, sin duda.

En resumen, un buen jefe es crucial para que los empleados estén motivados y quieran continuar en una empresa. Han corrido ríos de tinta sobre las cualidades de los líderes, pero no siempre se han jugado con datos científicos bajo el brazo. Por ello, un proyecto como el de Oxígeno no deja de ser inspirador. Ojala en el futuro las compañías puedan embarcarse en esta labor y sean capaces de seleccionar y de formar a sus líderes no bajo criterios subjetivos, sino con datos científicos.

Imagen: Licencia Creative Commons, Carlos Luna

Fuentes: Tina Malm, The Talent Strategy Summit, Congreso en Berkeley el 6 de febrero de 2014.

Artículo en el New York Times.

Cómo evitar los malentendidos

Por: | 17 de octubre de 2014

Escalera_inferencia

Imagínate que existiera un pequeño truco para reducir los malentendidos. Es difícil de que desaparezcan al 100 por cien, lo sé, pero imagina que algunos al menos se evitan. ¿Y en qué podría consistir dicho truco? En verificar si nuestras interpretaciones son realmente hechos. Así de simple. Veamos algún ejemplo para explicarlo mejor.

Suponte que es viernes y has tenido una discusión con alguien en la oficina, con algún vecino o con algún compañero de la universidad. Te has enfadado. No ha sido una discusión acalorada, pero lo suficiente para haberte molestado. Llega el sábado y te encuentras a esta persona por la calle. Le saludas y él o ella no lo hace. Hasta aquí, todos son hechos. El problema es que la mente no se queda tranquila con los simples hechos, comienza a elucubrar y a escribir su propio guión de película. El motivo ya lo hemos comentado alguna vez. Nuestro cerebro está preparado para la supervivencia, pero no para la felicidad. De este modo, tenemos tendencia a comprender los motivos para preverlos en un futuro aunque sea inventándonoslo. Por supuesto, hay algunos que resultan más expertos que otros, ya sabemos. El proceso es muy sencillo:

Del hecho “no me saludó” paso a la interpretación de: “me ignoró cuando le saludé”. Es decir, ya presupongo que la otra persona no ha querido decirte nada. Pero el guión de nuestra película solo está empezando.

  • De la interpretación pasamos a intentar comprender las causas: “Está claro que fue por la discusión del otro día y etc., etc…” Ya comenzamos a alejarnos de la realidad.
  • Como además, buscamos controlar el futuro, pasamos al capítulo de la generalización: “Siempre que me enfado con él, se pone así”…
  • Y como es de imaginar, tomamos una decisión para acometer en el futuro: “La próxima vez le saludará otro…” o decimos expresiones peores. 

Y quizá la otra persona simplemente no te vio porque es miope y no llevaba gafas.

Pues bien, este proceso mental es lo que Argyris denominó la “escalera de inferencia”, porque nos alejamos de la realidad. Cada pensamiento que no se ciña al hecho es un peldaño para sufrir nosotros. Y aunque a veces intuimos cosas, en muchas otras ocasiones, creamos en nuestra cabeza guiones que luego no se cumplen y que nos hacen daño. Por ello, si fuéramos capaces de romper la escalera, podríamos recuperar un poco más de tranquilidad a nuestra querida cabeza.

¿Cómo evitar las escaleras de inferencia? Lo primero de todo es distinguir un hecho de una interpretación. De lo que ocurre a lo que yo opine hay un trecho que pueden ser de milímetros o de metros, dependiendo de nuestra “creatividad” o de la intensidad emocional que incorporemos.

Segundo, si hay dudas, pregunta. A veces no lo hacemos por timidez o por orgullo, pero quizá el sabor amargo sea peor que cualquiera de los motivos anteriores.

Otra alternativa es de nuevo tomar la decisión. Insistir. Quizá no te haya oído.

Y por último, evitar generalizaciones. Es poco recomendable irse al mundo del “siempre, nunca”. Es un trampa mental que hace mucho daño.

En definitiva, nuestra mente también es un músculo que se puede entrenar. Cuando nos ocurren ciertos contratiempos, si no paramos de darle vueltas, podemos sufrir en exceso. Por ello, es mejor verificar si estamos en el camino correcto, reducir nuestras interpretaciones, evitar generalizaciones o la búsqueda de causas que quizá no existan y, por supuesto, poner un poco de templanza a nuestras acciones. En este punto, me gusta la síntesis que hacía Santa Teresa:

“La mente es la loca de la casa”. Y, muy posiblemente, tenga razón en buena medida de nuestros contratiempos.

Imagen: Escalera de inferencia de Chris Argyris

Niños superdotados y el precio de la inteligencia

Por: | 12 de octubre de 2014

Superdotados

¿Tienes un hijo que aprendió a leer deprisa, le gustan los números, prefiere estar con niños mayores o adultos, es hiperactivo mentalmente, imaginativo y cuestiona las normas? Si es así, es posible que sea un niño o niña superdotada intelectualmente. Y si eso sucede, cuidado, su inteligencia puede entrañarle alguna dificultad. Esta es una de las conclusiones del II Congreso del Mundo Superdotado, organizado por la Fundación del Mundo del Superdotado, que se celebró en Madrid el pasado viernes.

Una persona se considera superdotada cuando su cociente intelectual es superior a 130, lo que supone el 2 por cierto de la población mundial. No ha de confundirse con precocidad. Un niño es precoz cuando aprende más deprisa que el resto, lo que puede haberse producido por una estimulación de los padres, por ejemplo. Sin embargo, a lo largo de los años, las personas precoces se acercan progresivamente a la media. Muchos superdotados pueden ser precoces, pero no todos los niños precoces llegar a ser superdotados. La llave de acceso para la superdotación es el cociente intelectual. Así de simple.

Hagamos una matización previa: Detrás de 130 de cociente intelectual existe un amplísimo espectro de posibilidades. No todos los superdotados son iguales ni todos son genios. Pero sí existen diferencias significativas con el resto de los mortales, lo que no deja de entrañar ciertos desafíos para maestros, para sus familias y para ellos mismos.

Joseph Renzulli, profesor de psicología de la universidad de Connecticut y una de las personas que más ha investigado sobre el tema, afirma que un superdotado posee la combinación de tres elementos: Inteligencia elevada, alta creatividad y pensamiento divergente y motivación para materializar su talento. Todo lo anterior se aterriza en algunas cualidades, que suelen ser comunes en todos los superdotados:

  • Aprenden a leer rápidamente y les gustan los números. Tienen buena memoria y manejan más información que el resto de los de su edad.
  • Les gusta estar con niños mayores o adultos con el fin de elevar el nivel de conversación.
  • Tienen intereses variados y se muestran muy apasionados con lo que les atrae, que suele ser en tareas intelectuales.
  • Están en su mundo y suelen ser despistados.
  • Tienden a cuestionar las normas, lo que hace que sea difícil que encajen en escenarios muy estrictos.
  • Son hiperactivos mentalmente, curiosos y muy imaginativos, que se observa en sus respuestas.
  • Suelen ser más sensibles que la media e independientes. Les apasiona su libertad.
  • Su nivel de exigencia es muy alto tanto para ellos mismos como para el resto.
  • Se aburren con la monotonía, la repetición y todo aquello que no le suponga ningún estímulo intelectual.

Con respecto a las habilidades sociales, no se puede generalizar pero sí parece que se suelen sentir incomprendidos. Como cualquier persona, desean ser queridos y aceptados por el resto y buscan estrategias para ello. Por ello, a veces pueden ser el “gracioso” del grupo o incluso, esconder su inteligencia para no destacar, como sucede en niñas superdotadas. Una de las mujeres más inteligentes que he conocido me reconoció un día que prefería sacar peores notas en la carrera que su futuro marido para él que no se sintiera mal… Lo sé, es cuestionable, pero es una tendencia en este tipo de mujeres.

La superdotación no significa éxito ni felicidad. Si prestamos ayuda a personas con dificultades, los superdotados las tienen y la inteligencia no siempre les ayuda a ser felices. A veces ser demasiado consciente de todo lo que nos rodea o realizarse determinadas preguntas a edades tempranas no ayuda a encontrar un estado de serenidad. Y la infancia tampoco les resulta un camino de rosas. Son conscientes de que ellos son diferentes y presentan problemas de inadaptación con el resto, que les lleva a poder ser agresivos o pasivos. No tienen por qué tener un alto rendimiento escolar, es más, pueden incluso fracasar. El motivo es sencillo: Se aburren y se desmotivan. Seguro que has conocido a alguno en clase, que parecía estar en otra cosa y de repente, sorprendía con su respuesta. Tampoco necesitan una medicación porque sean hiperactivos o tengan un Trastorno por Déficit de Atención. Simplemente requieren hacer cosas que les inspiren y les interesen y si no encuentran reto, su inteligencia se dedica a otras cosas. Por ello, es imprescindible saber reconocerlos a tiempo para ayudarles, lo que podría comenzar a hacerse a partir de los dos años de edad, aunque hay estudios que aseguran que no pueden distinguirse de la precocidad hasta los doce.

Y lo que es muy importante, los niños superdotados requieren una enseñanza especial, pero no parece que las leyes educativas españolas sean sensibles a este colectivo con tanto potencial. Al igual que hay centros de alto rendimiento deportivo, no lo existe para el intelectual. En las carreras de magisterio apenas se enseña a los profesores a cómo tratarlo. Tampoco existe la posibilidad de avanzar cursos más rápidamente que otros, como sucede en Estados Unidos (tampoco hay un consenso sobre si es lo más adecuado). Existen colegios que están poniendo en marcha algunas iniciativas para desarrollar su talento. Hay compañías que ya comienzan a ser conscientes de esta diversidad y están lanzando iniciativas específicas, como es el caso de Microsoft, por ejemplo. Desde esta empresas se está formando a las reclutadoras para identificar personas con altas capacidades, se han puesto en marcha programas de mentoring y se están realizando proyectos de consultoría interna, según Blanca Gómez, la directora de Recursos Humanos de Microsoft en España.

En definitiva, si queremos que las sociedades avancen necesitaremos que las personas sean capaces de desarrollar su talento, contemplando toda la diversidad existente. Y un colectivo poco contemplado son los superdotados. Es posible que esta falta de sensibilidad en las culturas latinas se deba a que no se contemplan las dificultades a las que se enfrentan o que se penaliza al que destaca, en vez de apoyarles. Estados Unidos es individualista, mientras que nosotros somos más grupales. Nos dan alergia lo que creemos que pueden pertenecer a una élite y nos guste o no, las sociedades y las economías las impulsan mentes brillantes. Por ello, en la medida que podamos brindar esta ayuda a los niños y los adolescentes superdotados, ganaremos todos.

 

Imagen: Licencia Creative Commons, Steven S.

Cómo superar el mayor contagio: el miedo al ébola

Por: | 10 de octubre de 2014

Ebola

Con el ébola hemos mirado al miedo a los ojos. A los occidentales nos parecía lejos. Sabíamos que estaba castigando a varios países africanos pero nos sentíamos seguros en nuestros continentes, soñando con que el mundo podía estar parcelado. Pero esta semana hemos comprobado que no es así: que los riesgos de la salud no entienden de fronteras y que podemos infectarnos sin ir a lugares remotos. Y es ahora cuando se despierta el miedo y se expande por las redes sociales o por las conversaciones de café. Es una emoción escurridiza, vírica y que puede agrandarse si no ponemos medios. Pero también podemos conseguir que no nos contagie con fuerza. Veamos algunas claves para que no nos controle.

  • Acepta el miedo y no te pelees con él. El miedo es una emoción innata, ya que nos ha ayudado a salir de los peligros. Fundamentalmente, se procesa en una zona de nuestro cerebro límbico que se llama amígdala (almendra, en griego). Desde nuestra amígdala procesamos emociones básicas como la alegría, la ira, la tristeza o el miedo; emociones que compartimos con el resto de mamíferos. Todos los mortales podemos sentirlas… a no ser que mintamos o que tengamos una lesión cerebral, cosa poco recomendable. Es absurdo negar que exista o que deba existir frente a un peligro. Por ello, si el ébola te inquieta, es normal. No te enfades por ello. La emoción reina de nuestra evolución se ha despertado.
  • Pon calma. El tálamo es la torre de control de nuestro cuerpo, que centraliza las informaciones que recibimos. De ahí se distribuyen los datos a dos sistemas cerebrales: amígdala, desde donde sentimos, y neocórtex, desde donde razonamos. Y, curiosamente, la información pasa antes por la amígdala que por el neocórtex. Es decir, sentimos antes que pensamos. Esto significa que un exceso de emocionalidad nos hace tener respuestas poco prácticas, como cuando uno recibe un email que le enfada, contesta rápido y no precisamente, cosas bonitas que luego se arrepiente. Y el motivo está en el cerebro: la amígdala ha secuestrado nuestra capacidad de ver las cosas con frialdad. La buena noticia es que podemos evitarlo. Como decían las abuelas, hay que contar hasta diez, darse un paseo, hacer deporte, pensar en cosas placenteras… Por ello, cuando sientas un miedo intenso por un posible contagio, haz cualquier actividad que reduzca la inflamación de la amígdala para contemplarlo con más calma.

Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y los impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emocional.

Rita Levi-Montalcini, premio Nobel de Medicina en 1986

  • Adquiere conocimientos fiables. Una de las peculiaridades del miedo es que genera muchas leyendas urbanas. Se ve muy bien en las empresas cuando llega un nuevo jefe. En las máquinas de café o en los pasillos se comentan cosas que tienden a agrandar la realidad. Las personas necesitamos tener un cierto control sobre lo que nos sucede, por ello, es natural que necesitemos información. Pero dicha información ha de ser fidedigna y científica. Hace siglos nuestros antepasados creían que los terremotos eran castigo de los dioses. La ciencia desmontó todas estas teorías y nos dio un respiro. El ébola está abriendo muchas incógnitas y es habitual que surjan charlatanes dando respuestas. Nuestra necesidad de control nos puede hacer abrazar algunas de estas locas creencias. Por ello, sé crítico, lee información seria y cuestiona comentarios que no provengan de estudios médicos.
  • Ocupado, que no preocupado. Hoy por hoy mueren más personas en accidentes de tráfico que por infectados por ébola y no solemos tener miedo a montarnos en un coche. Hay que poner las cosas en su justa medida. Eso no significa reducir la prudencia o meter la cabeza en un agujero, sino tomar acciones, ocuparse. Pero no vivir angustiados o en una constante preocupación que nos mina por dentro. La humanidad ha sido capaz de afrontar pandemias muy difíciles con menos medios. En este apartado, es bueno recordar el proverbio chino (y siempre difícil de aplicar): “Si tiene solución, ¿por qué te preocupas?; y si no tiene solución, ¿por qué te preocupas?”.
  • Confía en el futuro. Ahora estamos inmersos en una espiral. La noticia nos ha sorprendido y nos sentimos vulnerables. Pasado el tiempo, nos iremos acostumbrando y seremos capaces de vivir con una relativa tranquilidad. Eso se debe a nuestro sistema de adaptación, que ocurre hasta en los periodos de guerra, como recogió MacCurdy en su libro “La estructura de la moral”, después de estudiar el comportamiento de los ingleses tras los sucesivos bombardeos de Londres. Llegó un momento en el que las personas que no tenían víctimas cercanas, se sentían fuertes y no vivían precisamente angustiados. Seguramente, eso nos ocurrirá en un futuro.

Por último, agradezco a todos los sanitarios que están ayudando a combatir esta enfermedad en España y en todas las partes del mundo. Mi más sincero agradecimiento por su valentía. Es triste que a veces tengamos que tener encima el problema para ser sensibles al sufrimiento en otros países. Esperemos que ahora que el ébola acosa a occidente podamos encontrar soluciones válidas también para África.

Basado en el libro: NoMiedo (Editorial Alienta)

Imagen: Licencia Creative Commons, European Commission DG

Cinco fantasías para ser infeliz

Por: | 05 de octubre de 2014

Happiness

Nuestra cabeza está llena de fantasías sobre la felicidad que, en vez de ayudarnos, nos dificultan alcanzarla. Vamos a ver algunas de las más habituales:

Si estoy triste, no soy feliz

La felicidad no es un punto al que llegar, sino un estado emocional que cultivarEstá más cerca de la serenidad que de otras emociones, porque si te duelen las muelas, por mucha felicidad que tengas, estás fastidiado, decía el gran escritor José Saramago. Sin embargo, los occidentales asociamos felicidad a placer y pensamos que cualquier emoción negativa es una hecatombe para nuestro objetivo. Negamos la tristeza, el enfado… no nos gustan y creemos que son malas compañías. Sin embargo, esa fantasía es un error de partida. Si negamos algo tan básico en nosotros como son las emociones poco sexys, estaremos perdiendo brújulas para alcanzar un estado de serenidad, como diría Saramago.

Siempre quiero más

Otra fantasía: pensamos que cuando tengamos esto o aquello, seremos más felices. Piensa en ti en algún momento de tu vida. ¿Quizá soñaste que cuando tuvieras ese trabajo, esa pareja o consiguieras ese coche te ibas a sentir mejor o, incluso, ser más feliz? Y después de conseguirlo, ¿qué sucedió? Pues seguramente, nada. Tuviste una satisfacción temporal, pero luego te llegaste a acostumbrar a él o a ella y necesitaste otro estímulo que te “garantizara” ser más feliz. Así somos. Cuando conseguimos algo muy anhelado, después queremos más y más. Esto es lo que Sonja Lyubomirsky, una de las grandes expertas mundiales en felicidad, denomina nuestra “adaptación hedonista”, que es una manera de expresar que nos adaptamos a lo bueno y una vez conseguido, nos deja de motivar. Y si no, piensa cuando has estado enfermo. Sabías que lo más importante era la salud y te prometías tenerlo muy en cuenta. Sin embargo, una vez curado, tu mente dijo: “a otra cosa, mariposa”.

(Por supuesto, hace falta alcanzar un umbral. Si estamos en una situación de pobreza, por ejemplo, resulta más difícil ser feliz.)

“Como me suceda esto…”

Existen pensamientos que construyen miedos maravillosos, que nos ahogan por dentro. Pensamos que si pierdo ese trabajo, que si suspendo ese examen, que si mi pareja me deja… sufriremos muchísimo y quizá no sepamos remontarlo. Y, por supuesto, que existen acontecimientos que nos hacen daño, pero muy probablemente nuestra fantasía es superior a lo que la mayoría de las veces sucede. Simplemente, echa un vistazo a tu pasado y mira esos miedos tan terribles que tuviste si eran tan grandes como imaginabas. No somos buenos jueces previendo el dolor, porque no somos conscientes que tenemos un sistema inmunológico afectivo, como dice Dan Gilbert, profesor de la Universidad de Harvard, que nos hace recuperarnos más rápido de lo que nosotros pensamos. Por ello, un buen método consiste en confiar un poco más en uno mismo para salir de situaciones difíciles.

A mí las cosas

En línea con la segunda fantasía de querer siempre más, Tom Gilovich, de la Universidad de Cornell, nos habla de otra: la búsqueda de la acumulación de cosas, en vez de experiencias. Llegó a esta conclusión a través de un estudio. Le pidió a un grupo de personas que gastaran una cantidad determinada de dinero comprando cosas o que lo gastaran viviendo una experiencia. Pasado el tiempo, analizó quiénes habían sido más felices. Y como es de esperar, aquellos que lo invirtieron en experiencias se mostraron mucho más.

Vayamos a ti mismo. Echa un vistazo atrás y enumera qué acontecimientos te han hecho sentirte más feliz. ¿Poseer cosas o vivir determinadas experiencias con personas o en viajes o en conexión con la naturaleza? Date tú mismo o tú misma la respuesta.

De aquí, no me muevo

Una última fantasía está relacionada con mi nivel de felicidad genético. Pensamos que nacemos con un numerito en la escala de la felicidad y que de ahí no nos movemos. Creemos que podemos vivir acontecimientos positivos o negativos, pero que regresaremos al mismo punto de partida. Pues bien, según investigaciones de Sonja Lyubomirsky o de Martin Seligman nacemos con una determinada predisposición a la felicidad, pero sin embargo tenemos un margen de maniobra lo suficientemente amplio que podemos cambiar el numerito con el que pensamos que venimos a este mundo. Así pues, destierra frases como “yo no puedo ser feliz”. La ciencia afirma que está en tus manos.

 

Basado en Emiliana Simon-Thomas, Universidad de Berkeley

Imagen: Licencia Creative Commons, Chris Halderman

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

Archivo

octubre 2014

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31    

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal