Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

Victimistas profesionales

Por: | 29 de abril de 2013

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Tomas el ascensor y te encuentras con ese compañero del trabajo que comienza a criticar todo cuanto sucede en la empresa, en el país, en la sociedad… Y en los pocos minutos que estás con él, sales agotado. Si conoces esta actitud, solo falta ponerle un nombre: “victimista profesional” y cuidado, porque todos podemos serlo en algún momento. Podemos decir que nos convertimos en victimistas profesionales cuando sentimos que lo que nos rodea es negativo, somos "inocentes" de absolutamente todo, no hacemos nada para cambiar y la crítica constante la practicamos como "deportistas de élite".

España es el país de la queja, me dijo hace varios años un empresario estadounidense. Y razón no le faltaba y más ahora, con la crisis que estamos viviendo. Las cosas están difíciles, nadie lo discute. Pero una cosa es comentar, hacer críticas constructivas y otra bien distinta, quedarnos en la queja sin tomar ninguna acción. A veces nuestro margen de maniobra resulta pequeño y solo podemos cambiar nuestra manera de ver las cosas. Pero ya es algo. Sin embargo, el victimista profesional no asume dicho desafío, porque salirse de la queja requiere valentía.

La queja nos aporta derechos adquiridos: Por un lado, nos posiciona en un lugar de “inocencia” al no tener que asumir ninguna responsabilidad, posición cómoda pero poco práctica para ser feliz (y para hacer feliz a las personas que le rodean). Por otra parte, con ello conseguimos que el resto nos siga prestando atención o se apiaden de nosotros. Ese es el motivo por el que las personas con actitud de “victimista profesional" montan un templo portátil de quejas y lamentos allá donde van y a la mínima ocasión nos enumeran sus enfermedades, lo mal que lo han pasado, lo dura que ha sido su vida o lo terriblemente que se ha portado la empresa con ellos... Sin embargo, no es más que un espejismo. Solo el dolor genuino genera compasión. Lo demás nos aleja del resto y peor aún, de la auténtica capacidad de ser felices.

Por último, salir de ese tipo de conversaciones también requiere valentía. A veces en España la máquina de café de las empresas se convierten en el muro de las lamentaciones colectivo y alguien que se atreva a dar un punto de vista distinto, puede ser rechazado. Así que hay que desarrollar una nueva habilidad: tener cintura. No confrontarse con los compañeros si no es necesario pero tampoco sucumbir a ello.

 

Recetas

  1. Presta atención a lo que dices, valora las veces que te quejas de tus vivencias y repara en la lista de ofensas que guardas hacia otros. Si a veces caes en la actitud de “victimista profesional”, indaga sobre cuál crees que son los beneficios que consigues con ello: ¿qué ventajas me aporta estar ahí? ¿qué perdería si cambiara la manera de vivir el problema? Y sobre todo piensa, ¿qué podría comenzar a partir de ahora de modo diferente?
  2. Identifica las personas que tienen una actitud de “victimista profesional” y analiza su influencia sobre ti: ¿Alimentas su conversación? Si es así, abres una espiral con la que le haces un flaco favor a dicha persona y a ti mismo.
  3. Evita en la medida que puedas las conversaciones que te resten energía. Si puedes, introduce el sentido del humor, pero al menos intenta tomar distancia.

 

Fórmula

Evita la actitud de “victimista profesional”, aquella que todo lo que ve a su alrededor es negativo, se queda en la queja constante y no hace nada para comenzar un cambio.

Por qué a veces tomamos decisiones tan tontas

Por: | 25 de abril de 2013

Decisiones


Imagina que recibes un email y solo con leer un par de líneas te empiezas a disgustar. El disgusto se convierte en enfado conforme sigues leyendo. Terminas tan enfadado que en ese momento te armas de teclado y ratón, incluso te arremangas y comienzas a contestar en un tono nada diplomático... Y cuando le das a la tecla de envío una idea, muy pequeña, se te ilumina en la mente y te dices… “ay, quizá no tendría que haberlo enviado”. Si te ha ocurrido algo así, tranquilo, no eres el único o única que lo ha vivido. A veces somos “presas” de nuestras emociones que nos hacen jugar malas pasadas. El motivo está en nuestro cerebro.

Paul McLean, científico estadounidense, sugirió allá por los años 60 una teoría para entender cómo funciona nuestro querido cerebro. De un modo sencillo podríamos decir que tenemos tres sistemas neuronales interconectados, resultantes de nuestro proceso evolutivo: El más antiguo es el reptiliano o tallo encefálico. Es el responsable de ciertos patrones de agresividad, de la defensa de nuestro territorio o de los instintos sexuales básicos y que por supuesto, tienen también los reptiles.

En el segundo sistema neuronal, el límbico, reside la amígdala y es el que compartimos con el resto de mamíferos. Ahí es donde se procesan principalmente las emociones básicas como la ira, el miedo, la alegría o la tristeza.

Y el tercer y último cerebro en la evolución es el neocórtex, el que nos diferencia del resto de los animales. Gracias a él hablamos, pintamos cuadros o somos críticos. Según Paul McLean este último no actúa cual “llanero solitario”. Trabaja en colaboración con el resto de cerebro, especialmente con la amígdala. Y somos afortunados de que así sea. De otro modo, las madres no se sentirían vinculadas a sus hijos. Las crías de animales sin neocórtex, como las serpientes, tienen que esconderse de su progenitora para no ser devoradas. En ese sentido la relación es positiva. Pero también tiene otras actividades no tan beneficiosas: la amígdala es capaz de cortocircuitar nuestra capacidad de pensar con frialdad.

Aunque la teoría del cerebro triuno ha quedado superada por otras investigaciones más recientes, no cabe duda que ofrece una explicación interesante: cuando somos presa de emociones muy intensas no siempre tomamos decisiones racionales adecuadas, como la de responder a ese email estando enfadados. Nuestro segundo cerebro, el límbico, se hace con el control racional. Y el motivo es evolutivo. Si de repente veíamos un mamut corriendo hacia nosotros, para sobrevivir no era necesario pensar, tan solo actuar... es decir, salir por piernas. Sin embargo, si el problema es un email, la decisión de actuar inmediatamente no es tan inteligente. Pero ya se sabe, es el precio de un cerebro cultivado durante siglos en las cavernas. Como diría Rita Levi-Montacini, premio Nobel de Medicina en 1986:

Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y los impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emocional.

Así pues, si aceptamos esta realidad, veamos qué podemos hacer:

 RECETAS

  1. Identifica cuándo estás superado por las emociones (alegría, tristeza, miedo o ira) y activa internamente una señal de alarma.
  2. Cuando estés muy enfadado, sigue el consejo que nos daban las abuelas: Cuenta hasta diez segundos, date una vuelta o consulta con la almohada. Pero enfría la emoción.
  3. Si has de tomar una decisión en plena burbujeo emocional contrarréstalo con otra en sentido contrario. Si estás muy enfadado, piensa en algo amable; si estás eufórico, en algo que te calme.

 FÓRMULA

Enfriar las emociones es un buen antídoto para evitar decisiones poco adecuadas.

 

El síndrome de la felicidad aplazada

Por: | 22 de abril de 2013

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¿Pospones tu ocio por el trabajo?¿Crees que mañana serás más feliz que ahora? Si hemos contestado afirmativamente a alguna de las preguntas anteriores, es posible que seamos “procrastinadores” (no suena como un piropo, precisamente). Procrastinar significa dejar de hacer cosas importantes y sustituirlas por otras situaciones más irrelevantes y agradables. Hay de dos tipos: Una relacionada con las cosas cotidianas (planchar, hacer la declaración de la renta…) y otra que afecta a cuestiones más fundamentales, como cambiar de trabajo, de ciudad o, incluso, de pareja… Y es precisamente este último tipo el que está relacionada con el “síndrome de la felicidad aplazada” (deferred happiness syndrome), que afecta al 40 por ciento de los profesionales de países desarrollados como Australia. Identifiquemos sus síntomas:

  1. ¿Buscas una vida con mejores comodidades (casa, automóvil, colegios, vacaciones...) y eso te obliga a trabajar más horas y más duramente?
  2. ¿Tienes la necesidad de ahorrar todo cuanto puedas para tu jubilación, momento quizá sublimado?
  3. ¿Tienes miedo a cambiar de trabajo aun teniendo la posibilidad y prefieres seguir con el estrés con el que vives
Las consecuencias del síndrome son varias. Por una parte, se sacrifica la felicidad presente trabajando y trabajando porque se piensa que en el futuro todo cambiará. Por otra parte, se tiene pánico a tomar riesgos que impliquen perder la seguridad de lo que se tiene. Si me permito ciertos caprichos en la actualidad, puedo poner en peligro mi estilo de vida futuro. Solo los problemas de salud o una crisis laboral o personal consiguen empujar a la persona a buscar otras alternativas. Esto se traslada también al mundo de la empresa. ¡No puedo lanzarme a inversiones futuras que resten esfuerzos a lo que actualmente estoy logrando! ¡No puedo dejar de conseguir los objetivos ni evitar dejarme la piel todos los días! Mientras tanto, estoy perdiendo mi calidad de vida por el camino y mi competitividad si soy empresa.

Por cierto, nos falta otra víctima del síndrome de la felicidad aplazada: los hijos, quienes ven a sus padres en fotografía durante la semana. Por supuesto, ellos trabajan duramente para darles un nivel de vida que consideran adecuado. Como comentó un directivo: “Trabajo y viajo mucho, pero lo hago por mi hijo. De esta forma, mi mujer no trabaja y así él puede estar más con su madre”. Pero parece que los hijos prefieren más tiempo de ambos padres que otro tipo de regalos. Así se evidencia en un estudio realizado por Pocock y Clark. Los niños entrevistados eran conscientes del esfuerzo de sus progenitores, pero al mismo tiempo afirmaban que cuando ellos llegaran a esa situación escogerían dedicar más tiempo a sus hijos antes que buscar el éxito en el trabajo. Habrá que verlo.

Como diría John Lennon: La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. Y es posible que la felicidad también.

 

RECETAS:

  1. Identifica si sufres del síndrome de la felicidad aplazada, trabajando un exceso de horas y pensando que en un futuro las cosas irán mejor.
  2. Valora qué aspectos de tu presente te hacen feliz y cómo podrías seguir reforzándolos.
  3. Define un plan de acción para tomar las posibles decisiones difíciles.

 

FÓRMULA

Aprender a disfrutar el presente es una de las características para evitar el síndrome de la felicidad aplazada. 

Si crees que puedes, tienes razón

Por: | 19 de abril de 2013

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Suponte que vas a una entrevista de trabajo, a buscar un cliente o conquistar a una persona. Recomendación: Ante de enfrentarte a la situación, piensa en la cita de Henry Ford, fundador de Ford (1863 – 1947): “Si crees que puedes, tienes razón. Si crees que no puedes, también tienes razón”.

La frase es bonita, nadie lo duda, pero más allá de ello, la ciencia ha demostrado que es cierta. Nuestro cerebro tiene una plasticidad de tal magnitud, que somos capaces de condicionar incluso lo que percibimos a través de los sentidos… algo que ya venía diciendo el budismo desde hace más de veinte siglos. Los principios budistas aseguraban que no hay una única realidad, sino tantas como observadores. La física cuántica y las investigaciones neurológicas así lo han demostrado. La realidad la creamos con nuestros órganos sensoriales, pensamientos y experiencia, defiende Humberto Maturana, el científico chileno. No existe un mundo allá fuera y un nosotros separado de él. Tú creas el mundo a través de tus modelos mentales, lo que significa, trasladado a nuestros día a día, que lo que pienses del futuro condicionará el resultado obtenido… como ya decía Henry Ford.

Las expectativas que tengan las personas sobre nosotros también nos influyen, como demostraron los doctores Rosenthal y Jacobson en un colegio allá por los años 60. A los profesores les informaron antes de empezar el curso de que uno de sus grupos de alumnos era excelentes y el otro, no demasiado bueno. Cuando terminó el año, el grupo aparentemente mejor alcanzó muy buenas notas y el otro, se quedó en la media, como era de esperar. Sin embargo, la información de partida era falsa. Ambos grupos tenían el mismo nivel académico y la elección de los grupos fue puramente aleatoria. Con este experimento se demostró el Efecto Pigmalión, es decir, que las expectativas que depositen en ti o que tú pongas en ti mismo condicionan el resultado y, por supuesto, que los maestros son humanos, aunque cuando íbamos al colegio parecíamos olvidarlo.

Así pues, si queremos conseguir ese puesto de trabajo, ese cliente o esa persona que a la que se pretende conquistar, tendremos más posibilidades de lograrlo si realmente creemos que podemos conseguirlo. Nuestras propias autoexpectativas nos ayudarán (o nos perjudicarán) a ello.

Receta:

  1. Ante algo que te cuesta, reflexiona sobre tus posibles “auto-boicots”. Date argumentos racionales para desmontarlos. ¿Por qué no puedes conseguir dicho empleo?, por ejemplo.
  2. Relájate y recuerda una situación en la que hubieras conseguido lo que buscaste. Quédate con esa satisfacción personal y piensa entonces en el problema actual.
  3. Antes de comenzar algo que te resulta difícil busca refuerzo positivo como imaginar una situación o ponerte música. Muchos de los que damos conferencias, por ejemplo, escuchamos canciones para subir al escenario con buen pie. Otros llevan un amuleto, un símbolo o un anclaje. Así pues, busca aquello que te da fuerza y cree en ti. Y recuerda lo que dijo el maestro Sun Tzu en el siglo II a.C., en su libro el Arte de la Guerra: “el vencedor antes de entrar en la batalla ya ha ganado”. Lo que te digas a ti mismo antes de hacer algo que no te resulte sencillo, condicionará tus resultados. 

Fórmula:

Lo que te digas antes de comenzar un proyecto influirá en su resultado final.

 

Para escuchar:

Explicación en inglés del peso de las expectativas de los profesores sobre los alumnos.

 

 

Para profundizar:

Libro sobre cómo creamos la realidad a través de la percepción: Maturana, H. y Varela, F. (1984). El árbol del conocimiento. Editorial Debate: Madrid.

 

Nuestras fortalezas o cómo dejar de ser bonsáis

Por: | 17 de abril de 2013

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Imaginemos por un momento que podemos volver a nuestra infancia y en el colegio nuestro profesor nos dice el primer día de clase: “Todos tenéis un 10 de nota. Lo único que tenéis que hacer es no perderlo”. Seguro que algo hubiera cambiado en nosotros. Así comienzan sus clases algunos profesores de escuelas estadounidenses bajo un lema poderoso: hemos de impulsar nuestras fortalezas personales para convertirnos en la mejor expresión de nosotros mismos. Este concepto es el opuesto a estar preocupándonos continuamente en nuestras áreas de mejora, es decir, en nuestras limitaciones. De algún modo, parece que nuestra educación nos ha tratado como bonsáis, para estar siempre alineados con lo que deberíamos ser en todo momento y podarnos aquellas “ramas” que se salían de la norma. Con dicha filosofía, es imposible desarrollar nuestro talento innovador. No es de extrañar que personas muy creativas tengan infancias diferentes a las tradicionales. Así ocurrió con Steven Spielberg. Sus padres eran peculiares, le permitieron grabar a los doce años con la cámara de video que se había comprado imágenes de cómo quedaba la salsa de tomate sobre sus hermanas imitando a la sangre de las películas –hablamos de los años 50-. En nuestra cultura,  hubiera habido mayor preocupación por las manchas en la ropa que por la creatividad de los niños.

Así pues, si queremos que nuestros hijos desarrollen al máximo su talento, debemos crear los espacios para que puedan expresar todas sus fortalezas y jugar con la realidad. E igual en el mundo laboral. Si queremos desarrollar todo nuestro talento, no debemos solo fijarnos en nuestras áreas de mejora, sino impulsar también nuestras fortalezas. Cuando se aplica este cambio de actitud en las empresas, se obtienen resultados sorprendentes, como ha demostrado Jack Zenger después de estudiar a 24.657 directivos y mandos medios. A lo largo de un año de trabajo de desarrollo de liderazgo, aquellos que pusieron foco en sus fortalezas en vez de en sus áreas de mejora consiguieron duplicar la valoración en la satisfacción de sus empleados, mejoraron el ambiente de trabajo y, sobre todo, los resultados de negocio. No cabe duda que vale la pena el cambio.

Veamos algunas recetas de cómo desarrollar nuestras fortalezas.

Receta

  1. Identifica tus fortalezas personales. Seguro que hay algo que se te da especialmente bien. Piensa en algo que hiciste en el pasado y de cuyos resultados estés especialmente orgulloso y recoge qué tipo de habilidades pusiste en juego. Por ejemplo: haber aprobado aquel examen por tu constancia; haber conseguido aquel proyecto o aquella relación, que implicó gran confianza en ti mismo…
  2. Llama a tres personas que te conozcan bien y pregúntales qué tres habilidades destacarían de ti. Por favor, que no te hablen de las áreas de mejora, sino de aquello en lo que eres realmente bueno. A veces cuesta incluso preguntarlo, pero atrévete. La experiencia es bonita. Y si es posible, incluye a alguien de la familia, un amigo o un compañero de trabajo.
  3. Imagina, si pudieras desarrollar al máximo las fortalezas identificadas, qué cosas nuevas podrías hacer. Por ejemplo, si la confianza en mí mismo la desarrollara aún más, a qué me atrevería. Con todo ello, define después un plan de acción, es decir, qué nuevos pasos puedo hacer para desarrollar aún más lo que se me da bien.

Fórmula

Comienza a pensar en tus fortalezas, en aquello en lo que destacas, y piensa qué cosas nuevas podrías hacer si las desarrollaras aún más.

Cambiar los hábitos, una misión posible

Por: | 10 de abril de 2013

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Un día quieres cambiar algo en tu vida. Deseas hacer más deporte, retomar las clases de inglés o dejar de fumar. Pagas la cuota del gimnasio (¡además por un año), te apuntas a una academia o te compras cigarrillos mentolados. Sin embargo, pasan los días y lo que se comenzó con mucho entusiasmo se va desdibujando en el tiempo. ¿Motivo? Nos cuesta cambiar los hábitos.

Aristóteles dijo hace veinticinco siglos que somos seres de hábitos. Y la neurociencia está profundizando en ello. Gracias a los hábitos, conseguimos que nuestro cerebro ahorre energía y de ese modo, somos capaces de realizar, al mismo tiempo, diferentes tareas (no podemos manejar más de cuatro conceptos/tareas a la vez y si una de las tareas es nueva, solo se puede compaginar con tres inconscientes o ya conocidas). Si no, pensemos cuando aprendimos a conducir. Los primeros días nuestra concentración sólo está puesta en el cambio de marchas o en las reglas en las que nos han insistido en la autoescuela. Después de un tiempo, ni somos conscientes de cuándo cambiamos la marcha y lo que es más interesante, mientras conducimos, podemos ir pensando además en otras cosas. Todo ello se logra a través de una nueva agrupación neuronal.

Cuando se analiza la formación de un hábito en nuestro cerebro, se comprueba que es una agrupación de neuronas que necesita de varios elementos. Por un parte, una intención, un deseo, que en realidad es fruto de una necesidad. Cuando todo ello ocurre, nuestras neuronas se aproximan gracias a la dilatación de las células de Schwann que recubren el axón. Sin embargo, lo que permite que dicha agrupación tenga consistencia es la repetición en el tiempo. Cada vez que repetimos una acción, como conducir, nuestras neuronas van desprendiendo vainas de mielina que ayudan a que dicha agrupación se afiance con fuerza. Pues bien, en la actualidad se sigue estudiando el número de veces que necesitamos repetir una acción para convertirla en hábito. Se habla de veintiún días de repetición para hábitos sencillos como la práctica de algunos deportes, por ejemplo. Sin embargo, para hábitos más complejos como cambiar una actitud o desarrollar algunas habilidades, se necesita más tiempo, en torno a 24 semanas mínimo. Así pues, si no hay repetición, no habrá nunca cambio de hábitos. Y cuidado, los hábitos antiguos no se olvidan, como ha demostrado Ann Graybiel, investigadora del MIT.

Nos cuesta tanto memorizar una rutina que, aunque no se utilice, por si acaso guardamos una copia de seguridad -en terminología informática- en algún rincón de nuestra cabeza. Gracias a esta “prudencia almacenística”, cuando un exfumador enciende un cigarro, diciéndose a sí mismo que sólo es una caladita, tiene muchísimas probabilidades de volver a caer. Se ha demostrado en pequeños mamíferos y sin necesidad de tabaco. Graybiel investigó con ratas que debían atravesar un laberinto complejo en donde tenían que encontrar una chocolatina mientras los investigadores medían su actividad neuronal. En un momento dado, les quitaron la chocolatina y las ratas se dedicaron a otras cosas. Sin embargo, pasado el tiempo, cuando los investigadores volvieron a poner el premio, rápidamente se activó en las ratas el patrón de comportamiento que les recordaba el camino. Tenían su copia de seguridad bien almacenada. En otras palabras, un hábito aprendido nunca se borra del todo y, en especial, si te ha dado placer o ha dado contenido a tu tiempo.

 

Receta

  1. Para cambiar un hábito se necesita intención de querer hacerlo. Puede ser por deseo o por obligación, como comenzar una nueva dieta por motivos de salud. Lógicamente, si es por deseo será a priori más fácil, aunque no está exento de dificultades.
  2. Los hábitos antiguos no se olvidan. Así pues, si queremos cambiar algo tenemos que pensar qué nuevas rutinas hemos de comenzar a hacer.
  3. Frecuencia, frecuencia y frecuencia. Es el gran mantra del cambio de hábitos.

 

Fórmula

Para cambiar un hábito necesitamos = intención + saber cómo hacerlo + frecuencia. Y cuidado, los hábitos antiguos no se olvidan.

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Imagínate que vienes con tu pareja a nuestro “laboratorio de la felicidad” en el que se os pide que discutáis durante una hora sobre algo cotidiano (canal de televisión preferido, quién saca al perro, el fútbol… Lo normal, vamos). Se os graba, se os mide la frecuencia cardíaca, el sudor, las posiciones del cuerpo y la temperatura de la piel… Un científico analiza después esa grabación junto con el resto de los datos y predice con un 95% de acierto si os vais a separar en los próximos 15 años. ¿Ciencia ficción? John Gottman, profesor emérito de la Universidad de Washington, lo ha conseguido después de estudiar a más de 3.000 parejas desde 1980. Tiene una fórmula casi infalible: analizar aquellas emociones que no son “tan evidentes”, como explica Malcolm Gladwell en su libro Inteligencia Intuitiva.

Exteriorizamos algunas emociones sin ser conscientes de ello. Según Gottman, existen veinte tipos de posibilidades y algunas de ellas son tan fugaces que su reconocimiento solo es posible analizando las grabaciones con sumo detalle. Gottman ha profundizado aún más en aquellas emociones que provocan las rupturas entre las parejas y las ha clasificado en cuatro tipos: la defensiva, la crítica, la obstruccionista y la desdeñosa. Y si una de ellas tuviera que ganar el Oscar como responsable del mayor número de separaciones, sin duda alguna, lo obtendría el desdén. Desdeñar no es solo criticar, es mucho más. Es responder desde un lugar de superioridad, lo que hace disminuir al otro como persona haciéndole sentirse excluido. Resulta especialmente doloroso, ya que incluso afecta a nuestro sistema inmunológico, haciéndonos más propensos a tener resfriados, por ejemplo. El desdén es una respuesta de “jerarquía” y no ha de ser necesariamente agresiva en la forma. Puede esconderse en comentarios sutiles tipo: “Sí, sí… ¿y tú qué sabrás?”. Seguro que a todos nos resulta conocida.

Según Gottman, ante un problema las mujeres tendemos más a la crítica y los hombres, al obstruccionismo. Pero en lo que se refiere al desdén, parece que no hay diferencia de géneros. Por último, Gottman nos da un último consejo en los momentos de discusión: Hagamos sentir importante al otro. Aún en los enfrentamientos, debemos saber expresar reconocimiento y refuerzo sincero a la otra persona. El ratio que él sugiere entre emociones positivas y negativas en ese tipo de momentos debe de ser de cinco a una.

Así pues, una vez más, tenemos una buena noticia: Si queremos que nuestra relación de pareja perdure en el tiempo, tenemos margen de maniobra y está en cómo hacemos sentir al otro con lo que decimos o mejor aún, con lo que expresamos sin que seamos necesariamente conscientes de ello.

 

RECETAS:

  1. Hemos de ser honestos con lo que sentimos y hacemos. Nuestras emociones muchas veces son sutiles pero las exteriorizamos (conscientemente o no) y la otra persona las percibe. Por ello, después de una discusión y con los ánimos más calmados es recomendable conversar con la pareja no tanto del problema, sino de las emociones que había debajo. Lo que hicimos sentir al otro y lo que el otro sintió con lo que dijimos.
  2. Evitar el desdén. En dicha conversación a toro pasado, es interesante identificar si en algún momento la otra persona utilizó el desdén o lo hicimos nosotros. 
  3. Analicemos el ratio de emociones positivas con respeto a negativas que hemos expresado durante la discusión. Si no es de cinco a uno, cuidado (siempre y cuando queramos que nuestra pareja perdure en el tiempo). 

 

FÓRMULA

Para que una relación de pareja sobreviva es necesario que en una discusión la relación de emociones positivas respecto a las negativas sean de cinco a una. Y evitar, por supuesto, el desdén.

 

PARA ESCUCHAR:

Gottman explica en inglés cómo es el laboratorio donde se estudian las discusiones de pareja.

 

Autora de la imagen: Sue Byford

El optimismo, la mejor crema antiedad

Por: | 06 de abril de 2013

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Si queremos ser más longevos, tenemos a nuestro alcance un pequeño truco: ser más optimistas. Así lo demostró la clínica Mayo, una de las más prestigiosas de Estados Unidos, después de estudiar a 839 pacientes. Aquellos catalogados como optimistas vivían por término medio un 20% más que los encuadrados en el bando del pesimismo, además de disfrutar de una mejor calidad de vida. No está nada mal como argumento publicitario para una crema interna antiedad. Ahora bien, más de uno puede pensar que el optimismo es una cuestión genética y que si hemos crecido en una familia pesimista, poco podemos hacer. Si alguien lo opina, me temo que está equivocado. Martin Seligman, padre de la Psicología Positiva, después de varias décadas estudiando el optimismo afirma que sólo en un 25% de los casos responde a factores hereditarios... ¡Lo que significa que en un 75% depende de nosotros!  Así pues, no hay muchas excusas para no ponerse manos a la obra.

El optimista tiene una visión más amable de la realidad, encuentra oportunidades hasta en los momentos difíciles y tiene un patrón de respuesta ante las contrariedades muy claro. Seligman analizó dicho patrón resumiéndolo en dos claves. Veásmoslo.

EJEMPLO: 

Piensa en algo que se te da bien como hacer un informe, realizar un determinado ejercicio o cocinar un plato. Si crees que es algo habitual o que depende de tu esfuerzo fundamentalmente, tendrás una actitud optimista. Sin embargo, si lo sueles explicar basándote en la suerte o como algo puntual o excepcional, tu tendencia será más pesimista.

Ahora piensa en algo que no te haya salido tan bien. Si en este caso crees que es algo coyuntural y que además, puedes actuar en un futuro para evitarlo, tus rasgos son más  optimistas. Un ejemplo de este tipo de pensamientos es decirse a uno mismo “qué torpe estoy hoy”. No piensas que siempre vaya a ser así. Sin embargo, el pesimista opina de un modo contrario. Cree que lo que le sale mal es habitual y podrá decirse cosas como: “siempre me tiene que pasar a mí todo lo peor” (frase, por cierto, muy manida en nuestra cultura).

Así pues, el cómo interpretemos nuestra realidad, nuestros éxitos y nuestros fracasos, nos permitirá quedarnos encerrados en el pesimismo o por el contrario, ser más optimistas y como consecuencia, más longevos y más felices. Vale la pena prestar atención a ello.

RECETAS:

  1. Presta atención a lo que te dices cuando las cosas no salen como hubieras esperado. ¿Consideras que es algo habitual o por el contrario crees que es fruto de una situación que puedes cambiar? Si eres más partidario del segundo tipo de pensamiento, ya sabes, acumulas puntos para el optimismo.
  2. Si te asaltan pensamientos pesimistas porque crees que siempre te ocurren cosas negativas, crea una mesa redonda contigo mismo y rebátete. Todos tenemos motivos por los que sentirnos satisfechos y de todo se puede aprender. Si te ha salido algo mal, ¿seguro que es lo habitual? ¿No te están saliendo bien también otras cosas? ¿podrías evitarlo en un futuro?... Date argumentos de tal peso que silencies la voz pesimista. Pregunta a amigos o familiares para darte una visión más amable de tu realidad.
  3. Repite los pensamientos optimistas. El optimismo también es un hábito que requiere frecuencia. Cuanto más lo entrenemos, más posibilidades tenemos de que se interiorice y llegue a ser automático en un futuro.

FÓRMULA:

El optimista tiende a pensar que las cosas positivas son permanentes y las negativas, transitorias y sobre las que puede actuar en un futuro para evitarlas.

PARA ESCUCHAR: 

 

El País

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