Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

Cuando creemos que el mundo es justo

Por: | 27 de junio de 2014

Justicia

Si quisieras que un grupo de estudiantes ayudaran en acciones humanitarias, ¿cuándo sería un buen momento para proponérselo, antes de los exámenes o en medio del ciclo académico donde disponen de más tiempo? La psicología social ha demostrado que el mejor momento es cuando están a punto de examinarse. Motivo: muchas personas piensan que el “mundo es justo” y si ayudan a otros más desvalidos, creen que serán recompensados en sus notas. Evidentemente, todos sabemos que la injusticia habita a sus anchas en el planeta, que las personas que sufren la guerra o los maltratos, por ejemplo, no son culpables. Sin embargo, la creencia del “mundo es justo” se refiere fundamentalmente a los hechos que nos afectan a nosotros mismos o a personas que tenemos cerca. Desde este enfoque, pensamos que los actos buenos producen recompensas, mientras que los actos malvados derivan en castigos. Así lo observó Lerner en la década de los setenta después de observar cómo trataban los enfermeros de los hospitales psiquiátricos a sus pacientes. Eran amables y gente educada con ellos, sin embargo, les culpaban de sus males (!). Aquello dio pie a una investigación que demostró que las personas necesitamos justificar lo que ocurre a nuestro alrededor. El azar en sí mismo nos cuesta mucho de entender y nos llenamos de justificaciones que intenten explicar por qué las cosas suceden. Veamos algunas investigaciones que demuestran la creencia de que el mundo (o nuestro mundo) es “justo” o intentamos que así sea.

Lerner y su equipo hicieron un experimento en la Universidad de Kansas. Setenta y dos mujeres observaron cómo una persona recibía descargas eléctricas cuando contestaba mal a las respuestas del estudio del que formaba parte. Como nos podemos imaginar, las descargas eran falsas y quien las recibía era un actor cómplice con los investigadores. Al principio, las mujeres eran empáticas y se sentían mal con el sufrimiento del pobre torturado, pero a medida que las descargas eran mayores y al no poder hacer nada por evitarlo comenzaron a negar el sufrimiento de la persona, con pensamientos del tipo: “Quizá has hecho algo por lo que te lo mereces” o “puede que no sea tan doloroso”. Con este tipo de reflexiones, reducían su malestar.

La creencia de que el mundo es justo nos lleva a interpretar también la suerte, como demostraron Callan, Ellard y Nicol en 2006. Facilitó a los participantes de una investigación dos historias diferentes: en una de ellas el protagonista obtenía un evento positivo por azar (ganar la lotería), y en la otra pasaba por una situación negativa también por azar (ser víctima de un accidente de automóvil). A un grupo de personas se les ofreció datos para pensar que el protagonista de la lotería era “buena persona” y a otros, que no lo era en absoluto. Del mismo modo, se hizo con el protagonista del accidente. Pues bien, cuando se les pedía a los participantes que justificaran por qué a uno le había tocado la lotería ocurría algo interesante: si pensaban que era “buena persona”, decían que era porque se lo merecía; si creían que era “mala persona”, lo interpretaban por azar. Justo lo contrario del caso del accidente: el que había sido “mala persona” se lo merecía; mientras que el que tenía un comportamiento ejemplar había sido víctima de la mala suerte. Por tanto, según la creencia del mundo justo pensamos que si nos portamos bien, tendremos recompensas y que algo nos lo va a reconocer. Los guionistas de las series también tienen muy en cuenta dicha creencia. Curiosamente todos los que fallecen en la serie de “1000 maneras de morir” son “malas personas” o, incluso, los capítulos del doctor House terminan viéndose al protagonista en su soledad. De ese modo, pensamos “es duro, pero se lo merece”; o “es ácido pero, pobrecillo, no es feliz”. Nos sentimos más aliviados, nos caen mejor personajes irónicos y, por supuesto, seguimos viendo más capítulos de dichas series.

En definitiva, nuestra mente intenta justificar todo cuanto nos ocurre para poder anticipar el futuro o para sentirnos más aliviados y para ello, aludimos a todas las explicaciones posibles incluyendo temas de predestinación si hiciera falta. El problema es que esta necesidad encierra una trampa. El azar existe al igual que la injusticia o al menos la incomprensión de la realidad tal y como la analizamos. Somos frágiles y hemos de aceptar nuestra impotencia cuando nos topamos con situaciones que nos superan. Posiblemente, la mente se sienta más incómoda, pero es más honesto reconocer que el mundo no es necesariamente justo en el sentido en que en occidente entendemos por justicia, por mucho que nos empeñemos en querer verlo así: un mundo de buenos y malos, de premios y castigos.

Referencias 

Callan, M.J., Ellard, J.H. & Nicol, J.E. (2006). The belief in a just world and immanent justice reasoning in adultsPersonality and Social Psychology Bulletin.

Lerner, M.J. (1965). Evaluation of performance as a function of performer’s reward and attractiveness. Journal of Personality and Social Psychology.

Imagen: José Castillo 

Líderes del Siglo XXI

Por: | 20 de junio de 2014

Leader

Si buscáramos la palabra líder en google, encontraríamos más de cuarenta y siete millones de referencias. Y no es extraño. El liderazgo fascina, es necesario pero desgraciadamente, no siempre abunda en nuestras organizaciones y en nuestra sociedad. Los motivos son varios. Por un lado, liderar personas es posiblemente uno de los retos más complicados, ya que no somos máquinas predecibles; las escuelas tampoco nos enseñan a liderar ni es algo que se pueda adquirir estudiando un libro, y por último, el mundo cambia a una velocidad de vértigo y lo que nos servía en el pasado puede estar ahora obsoleto. Por ello, el liderazgo tanto político, social como empresarial requiere de nuevas habilidades capaces de adaptarse a los cambios que vivimos. ¿Imposible? En absoluto, aunque no siempre fácil. Veamos qué dicen algunos investigadores en la materia.

Cuando se hablan de las cualidades del líder, Peter Drucker, uno de los grandes referentes en el mundo de las organizaciones, afirma que el liderazgo es una cuestión de autoridad e influencia. El líder lo hacen sus seguidores, lo sabemos. En investigaciones que realizamos en España, se destacan otras habilidades: la capacidad de marcar objetivos, hacer sentir importante y útil a los colaboradores, así como ser ejemplo en los comportamientos (esta última cualidad, desgraciadamente, a veces brilla por su ausencia…). Y cuando he preguntado en twitter, las personas añaden más rasgos: flexibilidad, humildad, optimismo, visión a largo plazo o generar el entusiasmo en quienes les rodean, entre otras. Sin embargo, la insatisfacción en la sociedad y en las empresas por su líderes invita a pensar que todavía queda mucho por avanzar, como ha demostrado Roselinde Torres.

En un estudio que llevó a cabo junto a su equipo, preguntaron a 4.000 compañías por la efectividad de sus programas de desarrollo de liderazgo y el resultado fue que el 58 por ciento manifestaron no sentirse satisfechas con ellos, ya que eran muchos los casos en los que no sabían a quién destinar a los puestos críticos. Esto refleja que a pesar de la inversión en desarrollo del talento, más de la mitad de compañías muestran fallos a la hora de desarrollar líderes que cubran sus necesidades. Es posible que las organizaciones sigan formando a sus líderes bajo modelos del pasado, que no siempre ayudan a prepararles para un futuro tan incierto como el que vivimos. Así pues, veamos a continuación algunas de las cualidades que han de reunir los líderes, basándonos en la investigación de Torres y en lo que personalmente he observado en el desarrollo de liderazgo desde hace quince años, que nos pueda servir a todos nosotros independientemente de si tenemos equipo o no:

  1. Es cuestión de actitud. Ser líder requiere una serie de comportamientos que no solo se aprenden estudiando qué han hecho otras personas. Se desarrolla enfrentándose a situaciones donde pongan en juego el manejo de la incertidumbre y la toma de decisiones difíciles. Por ello, cuando te enfrentes a una situación compleja en donde no existan soluciones a priori, piensa que es un buen momento para entrenar tus habilidades de liderazgo.
  2. Abrir el campo de interés. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo libre, qué leemos, qué temas nos interesan…? Cuando he tenido la oportunidad de trabajar con líderes muy admirados por sus equipos, todos ellos coincidían en un interés por otras cuestiones más sutiles, como la literatura, la filosofía, la música o, incluso, la poesía. Los líderes se mantienen alerta, son curiosos y cultivan una parte de sí mismos más allá de los negocios o las organizaciones. ¿Cuáles son tus intereses?
  3. Diversidad de la red personal y profesional. La capacidad para desarrollar relaciones con personas que son diferentes a uno mismo es esencial en los futuros líderes. Y las diferencias pueden ser físicas, culturales, socioeconómicas… Y a pesar de la magnitud de las diferencias, el líder debe generar confianza para que todos cooperen en el logro de un objetivo común. Las buenas respuestas las darán los equipos diversos y eso solo se consigue si somos capaces de abrir nuestra red de contactos.
  4. Coherencia. Cada vez más habrá más transparencia en las redes sociales sobre cada uno de nosotros. Por ello, necesitamos ser coherentes con lo que decimos y hacemos. No consiste en comunicar adecuadamente a través de nuestras palabras, sino hacerlo a través de nuestros actos.
  5. Crítica constructiva y sincera. Si solo tenemos a nuestra alrededor personas que únicamente nos dicen lo maravillosos que somos, será muy difícil poder avanzar. Necesitamos gente que nos cuestione y que nos ayude a crecer. Para eso, es imprescindible tener una mente abierta y una actitud humilde… Sin humildad, es imposible el aprendizaje.
  6. Valentía. El pasado no justificará los éxitos del futuro (como ha quedado evidenciado esta semana por los resultados de la selección española). Por ello, los líderes han de saber renunciar a cosas en las que triunfaron y salir de la zona de confort. A veces puede resultar incómodo, pero es la única alternativa para poder navegar en aguas desconocidas.

 

Referencias

Jericó, Pilar (2008): La nueva gestión del talento, Pearson.

Intervención de Roselinde Torres en TED en 2013

Gracias a los comentarios en twitter: @luisarg, @danielsnchezrna, @bea_ruiz_c, @bgomezmicrosoft, @danivazquezdvr, @danieldiez, @patriciafersh, @claudiparis, @arturtallada... ¡entre otros!

 

Imagen VinothChandar. Licencia Creative Commons 

Éxito ≠ Felicidad

Por: | 14 de junio de 2014

Success

Comencemos con un pequeño ejercicio. Piensa qué necesitas para ser feliz: ¿Una pareja, un trabajo mejor, más dinero…? Muchas personas creen que si alcanzan algunos de los objetivos anteriores serán más felices, pero la ciencia ha demostrado que no es así. Cuando edificamos nuestra felicidad en base a los logros el resultado es muy efímero. Dijimos hace un tiempo que nos reconforta anticipar (de ahí que los viernes sean el día de la semana más deseado), sin embargo, en la medida que necesitemos alcanzar un objetivo para ser felices, después necesitaremos otro y así sucesivamente. Por lo tanto, algo se nos escapa, como ha demostrado Shawn Achor.

Achor ha cuestionado la fórmula tradicional del éxito (muy calvinista, por cierto, pero que en el mundo latino también acampa a sus anchas): “Trabaja duro y tendrás más éxito, si tienes más éxito serás más feliz”…. ¿Cuántos lo hemos pensado? Pues bien, Achor desmontó esta creencia el mismo día que entró a estudiar a Harvard. Ser aceptado por dicha universidad es ya un éxito y el resultado de mucho, muchísimo esfuerzo. Achor esperaba encontrarse con compañeros entusiasmados por el mero hecho de haberlo conseguido, pero no fue así. A las dos semanas de empezar el curso, los estudiantes no pensaban en la suerte de estar en Harvard sino en ser competentes, en la carga de trabajo, en el alto nivel de exigencia, en la presión… Y quizá muchos de nosotros actuemos del mismo modo pensando que el éxito es la causa de la felicidad. Como sugiere Achor, necesitamos partir con una posición de ventaja con respecto a la felicidad y esto se logra con un cerebro que funciona de un modo positivo.

Y, ¿cómo conseguimos dicha ventaja? Solemos creer que lo externo predice nuestra felicidad. Si disfrutamos de salud, éxito profesional, una economía que nos permita satisfacer nuestras necesidades… nuestro entorno e incluso nosotros mismos nos consideramos en la obligación de ser felices. Pero la realidad es que el mundo exterior predice tan solo un 10% de nuestra felicidad a largo plazo.  El otro 90% depende de cómo procesemos lo externo, y esto es una decisión propia.

Como hemos tratado otras veces en este laboratorio, el camino adecuado para encaminarnos hacia el éxito es trabajar nuestro nivel de optimismo, nuestra red de contactos para conseguir apoyo social, percibir retos donde otros ven amenazas… Estos factores tienen mucho más peso que otros menos controlables como la inteligencia académica.

Si queremos ser felices no tenemos que poner el foco en lo que no hay que hacer o hay que evitar, sino en las cosas que debemos hacer. Investigadores como Shawn Achor, Sonja Lyubomirsky, Laura King y Ed Diener, estudian qué hacer para ser más positivos y comenzar un camino en el que la felicidad sea el punto de partida y no la meta a la que llegar.

Veamos qué nos proponen para conseguir una ventaja de felicidad:

Desarrollar nuevos hábitos. El trabajo para entrenar a nuestro cerebro en un pensamiento positivo, es similar al trabajo que hacemos para entrenar nuestro cuerpo. Puede requerir esfuerzo y constancia, pero no hay que buscar tareas complejas. Para conseguir pensar en positivo podemos incorporar cositas muy simples diariamente, pero muy efectivas que luego, con el tiempo se vuelven inconscientes:

  • Buscar tres motivos para estar agradecidos.
  • Dedicar un mensaje positivo a una de nuestras personas queridas.
  • Meditar para aprender a enfocarnos en lo importante.
  • Tomarnos un espacio para pensar en las experiencias positivas que hemos vivido durante el día.

En un estudio experimental que Shawn Ancor llevó a cabo en 2008 con managers, vio como los que llevaban a cabo estas tareas durante tres semanas mostraban niveles más altos de satisfacción vital y optimismo.

Ayudar a las personas que nos rodean. Pueden ser familiares, amigos, personas que forman parte de nuestro equipo de trabajo… Fijémonos en algo importante, hablamos de dar apoyo y no de recibirlo. Ambas cosas son importantes, pero tal y como este investigador demostró en 2011, al considerar qué es lo que nos hace más felices el peso del respaldo social que damos es mayor que el del apoyo social que recibimos.

Cambiar nuestra relación con el estrés. Nuestra actitud hacia aquello que consideramos estresante, puede cambiar cómo nos afecta. Entre los factores estresantes, hay elementos que podemos controlar y otros que están fuera de nuestro control. Es algo muy lógico, solo tiene sentido centrarnos en los que controlamos y dar pequeños pasos para tratar de reducir el estrés que nos generan.

Tal y como señala la investigación de Lyubomirsky, un cerebro positivo consigue mejores resultados, es más preciso, más rápido, más productivo… Las compañías en las que trabajan personas positivas tienen mejores resultados de negocio. Las personas que cultivan una mente positiva afrontan mucho mejor los desafíos y esta es la ventaja de la felicidad. Por lo que tenemos que esforzarnos por invertir la fórmula tradicional del éxito.

Si encontramos la forma de ser positivos en el presente, estaremos trabajando en los éxitos del futuro.

 

Referencias

Achor, S. (2012). Positive Intelligence. Harvard Business Review.

Lyubomirsky, S., King, L. & Diener, E. (2005). The Benefits of Frequent Positive Affect:Does Happiness Lead to Success?. Psychological Bulletin.

Intervención de Shawn Acor en TED en 2011.

Cómo gastar tu dinero para ser más feliz

Por: | 06 de junio de 2014

Money

Imagen: photobunny. Licencia Creative Commons 

“El dinero no da la felicidad pero ayuda” dice el refranero español y ha validado el premio Nobel de Economía y psicólogo Daniel Kahneman. Este profesor de la Universidad de Princeton ha demostrado que disfrutamos de un mayor bienestar y de más emociones positivas cuando disponemos de unos ingresos que cubran nuestras necesidades con holgura. Ahora bien, llegado a un cierto nivel económico ganar más dinero no reporta más felicidad. Podemos mejorar nuestra satisfacción vital, pero existen otros factores en la balanza de la felicidad que tienen más peso que nuestra cuenta corriente. Sin embargo, ¿por qué asociamos felicidad a dinero por encima de un umbral mínimo? En este Laboratorio hemos hablado alguna vez de ello, pero podemos añadir la explicación que nos ofrece este economista-psicólogo: la felicidad es difícilmente medible y buscamos otra serie de indicadores objetivos como referencia, véase, por ejemplo, nuestros ingresos. Utilizando dicha medida, creemos que ganar más dinero nos aporta más felicidad, pero no es cierto. Existe un error en el sistema.

Ahora bien, ¿cómo podemos utilizar nuestro dinero para ser más felices? Michael I. Norton, profesor de la Harvard Business School, propone que una forma de hacerlo es invirtiéndolo en los demás en lugar de en uno mismo. Según su teoría, los comportamientos altruistas benefician a la sociedad y a uno mismo como se demostró en un experimento. Les entregaron a un grupo de participantes un sobre con dinero. Los del grupo A tenían que invertirlo en ellos mismos y los del grupo B tenían que gastarlo en otros. Al final del día los investigadores preguntaron a ambos grupos por la experiencia, para comparar cómo se sentían antes y después del experimento. Aquellos que habían dedicado todo el día a comprar cosas para otras personas se sentían más felices que antes de iniciar la jornada, sin embargo, aquellos que habían destinado el tiempo a invertir en sí mismos apenas se percibía ningún cambio.

Una matización importante: para sentirnos mejor con nosotros mismos no necesitamos comprar algo llamativo o caro. El mero hecho de compartir es lo que nos reporta felicidad sin importar tanto qué es lo que compartimos. Y junto con el hecho de compartir, el contacto social nos ayuda a sentirnos más felices. Podemos pensar que vivimos en una sociedad individualista y egoísta, sin embargo, estas investigaciones demuestran que estamos diseñados para compartir. Si no, pensemos en las redes sociales y en el dolor que a veces nos supone el hecho de que nos excluyan de algún grupo…

Si tuviéramos que definir las claves para gastar nuestro dinero y sentirnos felices, podríamos acudir al estudio de Elizabeth W. Dunn, Daniel T. Gilbert y Timothy D. Wilson, quienes proponen las siguientes ideas:

  • Comprar experiencias en vez de cosas materiales: las experiencias generan una huella en nuestra memoria por lo que cada vez que las recordemos podemos disfrutar de lo felices que fuimos.

  • Invertir en los demás en lugar de en nosotros mismos: como hemos señalado anteriormente esto nos ayuda a reforzar nuestras relaciones sociales e impacta en nuestras emociones.

  • Comprar varios pequeños placeres en lugar de uno muy grande: para la mayoría de nosotros es más fácil conseguir pequeñas cosas con las que sentirnos bien que hacer una gran inversión que conlleve un esfuerzo tanto en tiempo como en dinero.

  • Pagarlo ahora para consumirlo más tarde: retrasar el consumo supone que anticipemos la felicidad que sentiremos al disfrutar de aquello que hayamos comprado. Pensar en el acontecimiento futuro provoca emociones más fuertes que recordarlo. Pensemos en cómo nos sentimos ante la llegada de las vacaciones, el reencuentro con alguien a quien queremos… Antes de vivirlo saboreamos la experiencia de manera más intensa.

En resumen, el dinero en sí mismo no es la fuente de la felicidad, lo que nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos es decidir de un modo consciente cómo lo invertimos para generar más emociones positivas. 

Referencias

Dunn, E., Gilbert, D. & Wilson, T. (2011) If money doesn’t make you happy then you probably aren't spending it right. Journal of Consumer Psychology.

Kahneman, D. & Deaton, A. (2010) High income improves evaluation of life but not emotional well-being. Proceedings of the National Academy of Sciences.

Intervención de Michael I.Norton en REDES.

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