Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

Menos es más

Por: | 24 de noviembre de 2015

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En los supermercados hay dos tipos de personas: los que analizan al detalle cada uno de los productos para escoger el mejor bote de tomate o el mejor congelado o los que echan un vistazo entre varios productos y se deciden por el que más les dicta su intuición. Los primeros no actúan así porque necesiten ahorrar hasta el último céntimo o porque quieran echar la tarde en el supermercado. No, lo hacen porque quieren pensar que son los reyes del mambo en cada una de las decisiones que tomen, aunque sea en el bote del kétchup. Este tipo de perfil son “maximizadores”, según el profesor de psicología Barry Schwartz, frente a los “satisfactores”, es decir, los del segundo grupo, que buscan algo razonablemente bueno y con ello, se conforman. Y lo más interesante, ser maximizador o satisfactor tiene consecuencias más allá de la lista de la compra que hagamos.

Schwart publicó un famoso libro con un título tan desconcertante como “Por qué más es menos”. Parece que los seres humanos somos seres racionales, pero hasta un límite. Nuestra capacidad de procesar información no es ilimitada, así como no lo es nuestra capacidad de esfuerzo. Los maximizadores tienen la fantasía de que si buscan y buscan, encontrarán la excelencia, pero en un mundo como el actual, que todo van tan rápido, que siempre sale algo nuevo que sorprende, es una actitud poco recomendable. Porque su forma de pensar les lleva a que una vez han tomado una decisión, siguen con el “run run” pensando que quizá habría otra opción mejor. Según Schwart los maximizadores terminan siendo más infelices porque actúan así en todos los ámbitos de la vida donde se presenta la dificultad de elegir. Les ocurre con la pareja, en el trabajo, con el piso… Nunca están del todo satisfechos con lo que tienen debido a esa sensación insaciable, esa incertidumbre que contrasta con la felicidad que logra el satisfactor cuando cree haber encontrado algo que se ajusta a sus pretensiones. Una breve matización: ser satisfactor no significa ser un pasota, que todo vale. Significa analizar, que no escrutar, decidir con criterios racionales o intuitivos, pero no abrir la caja de las dudas una vez tomada la decisión.

Reconozcámoslo: todos convivimos en nuestro interior con un maximizador  y un satisfactor (y lo siento por las palabrejas). En algunas personas el maximizador tiene una fuerza tal que deja eclipsado al otro, pero no olvidemos un lema. En lo que tiene que ver con la felicidad, menos es más. Llenarnos de artilugios no nos ayuda a ser felices, como tampoco el tiempo que invirtamos en devanarnos los sesos en decisiones intrascendentes. Nuestro tiempo y la energía de nuestros pensamientos son recursos realmente escasos y tenemos que ser conscientes en qué lo invertimos (dudo mucho que cuando nos estemos muriendo nos arrepintamos de no haber comprado un mejor bote de kétchup). Lo que nos da plenitud son otras cosas, pero si estamos entretenidos buscando la excelencia en el cien por cien de lo que hacemos, estamos lejos de sentirnos bien con nosotros mismos. El pepito grillo de nuestra mente necesitamos aprender a acallarlo un poco y confiar más en nuestra intuición, aceptar que habrá veces que acertemos, otras que fallemos, pero esto es vivir y no hay que estresarse por ello. 

Fuente imagen: Flickr

Cuando un jefe no se merece a su equipo

Por: | 17 de noviembre de 2015

FuenteFotalia

Cuando la Organización de las Naciones Unidas celebró su 50 aniversario, organizó una jornada que duró dos días. Invitó a grandes ponentes para tratar sobre el liderazgo y cada participante pagó la friolera de 5.000 dólares por asistir. Al finalizar el evento, rellenaron una evaluación sobre qué mensaje había gustado más. Y como cuenta Brian Bacon, presidente de Oxford Leadership Academy, el más valorado no fue ninguno de los grandes conferenciantes, sino una mujer que no estaba en el programa y a la que la organización invitó a dar un discurso improvisado. Dicha mujer fue la madre Teresa de Calcuta, quien apenas en unos segundos dijo lo siguiente:

 "Así que queréis cambiar a la gente, pero ¿conocéis a vuestra gente? ¿Y les queréis? Porque si no conocéis a las personas, no habrá comprensión, y si no hay comprensión, no habrá confianza, y si no hay confianza, no habrá cambio.

¿Y queréis a vuestra gente? Porque si no hay amor en lo que hacéis, no habrá pasión, y si no hay pasión, no estaréis preparados para asumir riesgos, y si no estáis preparados para asumir riesgos, nada cambiará.

Así que, si queréis que vuestra gente cambie, pensad: ¿conozco a mi gente?, ¿y quiero a mi gente?…"

En un discurso tan breve se resume el principio de cualquier líder: Conocer y apreciar a su equipo, algo que no todos los jefes saben hacer. Es imposible conocer a los equipos si nos quedamos parapetados en los despachos bajo mil argumentos. El poder es la excusa perfecta para quedarnos solos. Conocer a la gente es preguntarles por sus cosas, más allá de solo mandar tareas (o marrones). Significa escuchar, tener tiempo para ellos, tiempo que se ha de incluir en la agenda. Porque ya sabemos, lo que no está en la agenda no existe en el día a día de un profesional. Y no hablamos de intenciones, sino de hechos concretos. Recuerdo una vez en un taller de liderazgo que una persona que trabajaba con un equipo de doce personas confesaba que no sabía casi nada de dos de ellos, ni tan siquiera de sus aficiones o familia. Eran auténticos desconocidos. Pues así es difícil que lograra su confianza o un minúsculo cambio por su parte.

Apreciar al equipo o quererlo, en palabras de Teresa de Calcuta, significa reconocer su trabajo y aún más importante, luchar por ellos. Aquí no vale ponerse medallas que no corresponden, tapar los éxitos de tu gente delante del superior o sucumbir a la primera de cambio a peticiones de otras áreas. Defender al equipo es quererlo. Así de simple. Podrás enfadarte con algunas cosas, pero un buen líder no puede traicionarles fuera del departamento. Recuerdo a un director de una gran empresa que jamás daba visibilidad a su gente. ¿Motivo? El de siempre: inseguridad encubierta. Por mi experiencia, ese tipo de personas terminan cayendo en su propia trampa al cabo de un tiempo, como le ocurrió de repente a este director, que fue relegado del comité de dirección y a quien se le asignó a otra persona por encima a la que reportar. Se lamentaba a su equipo diciendo que “el nuevo” no se iba a poner sus medallas. Cuando su gente lo escuchó, comentaron entre ellos: “Eso es lo que él ha estado haciendo durante todo este tiempo”. Y es curioso, un mal jefe no siempre es consciente de los errores que comete.

Tenemos auténticas zonas ciegas de nosotros mismos (todos, todos), por lo que hace falta tener la humildad y crear la posibilidad de que las personas de tu equipo te den su opinión sobre lo que haces. Y por supuesto, aguantar el tipo. No siempre es fácil. Pero tenemos dos opciones: o escuchamos las opiniones de nuestro equipo para mejorar o es muy difícil que nosotros tomemos conciencia de nuestros errores o de nuestras zonas ciegas. Y si queremos apreciar, reconocer o querer a nuestra gente, necesitamos mejorar nosotros mismos como profesionales y como personas. Solo así lograremos la pasión que da fuerza al cambio.

En definitiva, a lo largo de los años he conocido líderes brillantes y jefes que tenían brillantes equipos, pero que no estaban a su altura o que no se lo merecían. Como todos somos humanos y por ello, no siempre sabemos si estamos en un lado o en otro, deberíamos comenzar con el consejo de la madre Teresa de Calcuta: Conocer y querer, es decir, escuchar, luchar por ellos y estar abiertos con humildad al aprendizaje constante de ser mejores profesionales.

Fuente imagen: Fotalia.

Objetivo deseado de los gobiernos: La felicidad interior bruta

Por: | 10 de noviembre de 2015

Feliz

“El cuidado de la vida humana y la felicidad... es el único objetivo legítimo de un buen gobierno”. Thomas Jefferson 

Los gobiernos deberían incluir un nuevo objetivo en sus agendas: La felicidad interior bruta. De acuerdo, puedes pensar que esta afirmación está sujeta a la moda de este concepto, pero me temo que no es así. La felicidad se ha convertido en uno de los objetivos más universales y ya en 1776, la Declaración de Independencia de Estados Unidos defendía que todos los hombres tienen derecho a perseguir la felicidad. Por tanto, no parece que sea una moda, sino una necesidad inherente del ser humano y ha sido en el pasado siglo cuando se ha comenzado a incluir en la agenda de los gobiernos de las naciones. Y el país que ha dado el paso no ha sido uno hiperdesarrollado, sino todo lo contrario: uno chiquitito y aislado en el Himalaya. Fue el rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, quien en su discurso de coronación, promulgó y sembró la semilla: "La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto". Era el 2 de junio de 1974 y desde entonces no ha parado de ganar seguidores, desde simples ciudadanos a premios nobel, economistas afamados, escritores, políticos…

Hoy la felicidad nacional bruta es un indicador que se debería tener en cuenta además del Producto Interior Bruto (PIB). El famoso PIB surgió en el Departamento de Comercio estadounidense, en la década de 1930, como medida de cálculo que permitiera evaluar la recuperación económica tras la Depresión. Así que no es de extrañar que tenga sus problemillas. Como asegura un pensador de la talla de Jeremy Rifkin en su libro La civilización empática, el PIB solo mide el valor de la suma total de bienes y servicios económicos generados durante un período de doce meses, que está muy bien, pero que no significa que refleje la felicidad de las personas.Es más, incluso el creador del cálculo del PIB, Simon Kuznets, escribió al Congreso estadounidense en 1934, sobre el riesgo de medir el bienestar de un país solo por sus ingresos nacionales. Treinta años después, Kuznets, el padre de la criatura, volvió a arremeter contra su propia medida diciendo que “es necesario tener en mente varias distinciones entre la cantidad y la calidad del crecimiento [...]. Los objetivos que marquen un mayor crecimiento deberían especificar un crecimiento en términos de qué y para qué”. En otras palabras, un país puede ser muy rico en términos de PIB, pero gran parte de la población sentirse profundamente desgraciada: porque el dinero no da la felicidad superado un umbral, como hemos escrito varias veces; porque las diferencias de clases sociales tampoco se recogen en la medida que sirvió para salir de la Depresión de hace casi un siglo y porque toda esa riqueza se puede distribuir a decisiones que nos dejen completamente infelices.

Hemos ganado en esperanza de vida y en capacidad para acceder a una mayor información. En los países occidentales donde no sufrimos epidemias o guerras, nos hacemos más preguntas sobre la felicidad y el sentido de nuestras vidas que no nos habíamos formulado antes. Y los gobiernos también han de tener en cuenta estas inquietudes. Es cierto que cuando las crisis económicas están encima de una mesa, es difícil plantearse cuestiones de otro tipo. Pero ahora, quizá sea el momento de ir incorporando el concepto de Felicidad Nacional Bruta en las agendas de los dirigentes, como está impulsando la ONU y la OCDE. Desde 2012, se publica anualmente World Happiness Report a iniciativa de Naciones Unidas y en 2011, la OCDE creó el índice OECD Better Life Index. Y ¿qué es lo que hace feliz a las personas y qué países tienen los niveles más altos de felicidad?

Según el Informe mundial sobre la felicidad 2015, los datos que revelan el grado de felicidad de los ciudadanos de un país incluyen la esperanza de vida saludable, el apoyo social, el PIB per cápita, la felicidad de los niños, el capital social, la economía civil, la ausencia de corrupción y el bienestar subjetivo. En la comparación con los resultados del OCDE Better Life Index se descubre que los países más felices son aquellos en los que se promueve la construcción de lazos sociales fuertes, con servicios públicos bien gestionados y con un fuerte sentido de comunidad.

¿Sorpresas en cuáles son los países con mayores índices de felicidad? No las hay. Los diez primeros son Suiza, Islandia, Dinamarca, Noruega, Canadá, Finlandia, Países Bajos, Suecia, Nueva Zelanda y Australia.

¿España? En el 36 de entre 158 países.

 “No son las riquezas ni el esplendor, sino la tranquilidad y el trabajo, los que proporcionan la felicidad”. Thomas Jefferson

 

Ponle banda sonora a tu vida

Por: | 02 de noviembre de 2015

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¿Te imaginas que el primer contacto con el mundo, antes incluso de nacer, fuera escuchar la guitarra de Paco de Lucía o la música de John Lennon, Freddie Mercury o Bach? ¿No sería un mal inicio, verdad? Desde hace tiempo sabíamos que mientras estamos en el vientre escuchamos la música que oyen nuestras madres. De hecho, allá por los ochenta se llegó a observar que los bebés recién nacidos de madres enganchadas a la famosa telenovela Dinastía cesaban su llanto con la música de la serie. Pues bien, ahora hemos dado un paso más. El Institut Marquès de ginecología de Barcelona ha conseguido un hito extraordinario: comunicarse con el feto a través de la música. Lo han hecho con un prototipo de altavoz de silicona introducido en un centenar de embarazadas que se prestaron a este curioso y musical ensayo clínico. ¿Qué ocurrió? Que las ecografías demostraron cómo las criaturas se despertaban, movían la boca e incluso la lengua ante los estímulos musicales. Además de servir para descartar problemas auditivos en fetos de más de 16 semanas, el estudio reveló que sus hits musicales preferidos son piezas de Mozart, Bach o Queen.

Esta investigación no es la primera ni será la última en este sentido. A lo largo de la historia se han determinado muchas relaciones positivas entre la música y los neonatos o recién nacidos (Mozart suele estar presente en ellas de forma recurrente), pero esta nos sirve, una vez más, para darnos cuenta de su importancia desde la mismísima concepción.

Por otro lado, el director de la orquesta sinfónica de San Francisco, Michael Tilson Thomas, relató en TED con emoción cómo se sorprendió cuando acudió a visitar a su anciano primo al asilo donde pasaba el último tramo de su vida. El hombre era realmente mayor y apenas podía moverse, pero al ver a su sobrino llegar se incorporó como pudo y trató de alcanzar, entre temblores, el piano de su habitación. Allí balbuceó unas palabras que juntas, y junto al piano, cobraban sentido (“yo… muchacho… sinfonía… Beethoven”), y se dispuso a interpretar una melodía. Fue Tilson quien, al reconocerla, le ayudó a finalizarla con maestría. Ese encuentro le hizo reflexionar al músico sobre la enorme importancia que puede llegar a tener la música en los seres humanos, hasta el punto de movilizar a personas que están impedidas.

Así pues, podemos decir que nacemos y morimos acompañados de la música.

Durante el período de tiempo que va desde el minuto cero a la tablilla de descuento vital, la música nos ha de servir para vivir mejor y para propagar nuestros momentos de felicidad. Nos acompaña en los primeros viajes de vacaciones con nuestros padres, casi todos tenemos una canción para recordar aquel amor, un tema que se hizo universal durante nuestra época de juventud, la canción que elegimos para nuestra boda,  la que utilizamos para cocinar… o ese estribillo que acabamos odiando si lo utilizamos para despertarnos cada mañana. La música nos evade, nos emociona, nos inyecta energía... Pero no solo eso. Si atendemos a diferentes estudios, la música sirve para mejorar nuestra activación cerebral y, en concreto, las áreas auditivas, motoras y límbicas. En este sentido la música de Vivaldi y de los Beatles se lleva la palma.

¿Quién no ha cantado en la ducha? ¿Quién no ha hecho su propia, y casi siempre esperpéntica coreografía delante del espejo y con un peine como micrófono? No hace falta ser Plácido Domingo o Madonna para hacerlo. Es gratis. La música es así de democrática (ahora, ya que hace no muchos años estaba reservada al disfrute de unos pocos privilegiados adinerados). Pues bien, cantar, según el estudio de Karen M. Ludke publicado en ‘Memory and cognition’, también nos sirve para mejorar nuestra memoria… Y para aprender con más facilidad nuevos idiomas.         

La música también se utiliza en medicina para que la cabeza mejore tras sufrir traumatismos craneoencefálicos y, no solo eso, sino que la música es un teletransportador barato: Nos lleva cuando queramos a ese primer amor, a ese viaje o a ese lugar donde fuimos felices. También nos puede evocar malos momentos, por supuesto, pero mejor si tarareamos en estas líneas los positivos.

La música es nuestra voz. Nos sirve para decir esas cosas que no nos atrevemos con palabras y, ¿qué sería del cine sin la música? Resulta difícil imaginar a Rocky entrenando por las calles de Philadelphia sin el ‘Gonna fly now’ de fondo, como resulta complicado ver a Di Caprio y Kate Winslet abrazados a la proa del Titanic sin ‘My heart will go on’ de Celine Dion.

No te hundas como el barco porque cuando parece que no nos queda nada, queda la música, nuestra música, la banda sonora de nuestras vidas. Como dijo Nietzche, sin música la vida sería un error

El País

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