Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

Cuando la inteligencia es una amenaza en la pareja

Por: | 27 de septiembre de 2016

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¿Preferimos compartir nuestra vida sentimental con alguien más brillante socialmente que nosotros? Muchas mujeres parece que no tenemos demasiado problema en estar con una pareja más exitosa socialmente. Incluso, es un gran atractivo. Pero ¿y los hombres? Pues depende, depende de la seguridad en sí mismos que tengan. A algunos la inteligencia de una mujer les atrae y a otros les supone una amenaza aunque no lo reconozcan. En el primer grupo parece estar George Clooney, quien reconoce abiertamente que su esposa es más inteligente que él. O Juan Roig, presidente de Mercadona, quien dijo que pasó de ser un estudiante gris a un buen estudiante en la universidad gracias al talento de su futura pareja, Hortensia Herrero, a la que quería impresionar. Sin embargo, para otros la brillantez de la mujer es un peligro a la autoestima, como se observó en un curioso experimento de la psicóloga Lora Park y su equipo de la State University of New York en Buffalo.

Se pidió a un estudiante que hiciera un examen en matemáticas y en lenguaje. Cuando supo su nota, también conoció la que había obtenido una bella y atractiva compañera que estaba sentada en la mesa de al lado. Cuando él conseguía mejor resultado, se acercaba y comenzaba a mostrar interés romántico, es decir, “intentaba ligar” en términos de andar por casa. Sin embargo, “curiosamente” cuando su nota era inferior a la de su compañera, el pobre chico se mostraba poco interesado en ella e, incluso, llegaba a alejar su silla. Todo ello son reacciones no meditadas, porque el inconsciente protege la autoestima y esta también se refuerza en la comparación con el resto.

Tanto hombres como mujeres tenemos miedo a no sentirnos queridos, a que nos rechacen nuestras parejas o nuestro entorno. Para evitarlo, inconscientemente nos hemos construido un rol de lo que tenemos que ser: tengo que tener mucho éxito, he de ser muy guapa, muy buena madre o muy simpático. Cada cual tiene su propia “neura”, que se acentúa con el nivel de seguridad en uno mismo. Cuanto más inseguro sea un hombre, menos atracción sentirá por una mujer más brillante que él para formar pareja o más tenderá a bombardear sus éxitos con mil y unas excusas: minusvalorándolos, haciéndole sentir culpable o prefiriendo otro tipo de mujer para compartir su vida. Por eso, no es de extrañar que Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook y considerada una de las mujeres más poderosas del mundo, diga que una decisión crucial para una mujer que quiere ser directiva es saber escoger un marido que la apoye (por supuesto, esto también es viceversa).

¿Y qué hacer si sentimos que nuestra pareja tiene más éxito socialmente que nosotros? Lo primero de todo, las personas cambiamos. Uno a priori no sabe cuál va a ser el éxito que va a conseguir el otro. Por ello, si de repente el otro ha logrado un resultado extraordinario, hemos de comprender que la pareja es un equipo y mientras uno brilla en algo, el otro lo hace en otra cosa. Cuanto más cambie el término “yo” por “nosotros”, menos comparación existirá y más conseguirá reducir los conflictos internos, como demostró Rebecca Pinkus, psicóloga de la Universidad de Sydney.

Segundo, dentro la pareja no se ha de hacer constante automarketing de lo que se ha conseguido. Además de resultar aburrido, es poco práctico y un signo de falta de autoestima. No significa esconder los éxitos propios, sino poner en valor lo que el otro consigue… Además, tampoco hay darle demasiada importancia al éxito. Ya sabemos que es tremendamente pasajero.

Y tercero, rodearse de talento es un estímulo, como le ocurrió a Juan Roig. Por ello, si quieres tener éxito, busca personas que lo tengan, que sean ambiciosas y que trabajen para conseguirlo. No olvidemos: somos animales sociales, dependiendo de con quién estemos construiremos también nuestro carácter. Y una pareja es un gran estímulo y un gran reto para nosotros mismos.

Gracias a todos los comentarios por Twitter y por Facebook, que me han inspirado para este artículo.

 Fuente imagen: Pixabay.

Los cinco estilos de influencia: ¿Cuál es el tuyo?

Por: | 20 de septiembre de 2016

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Si eres de los que les gustaría mejorar tu capacidad de influencia en el grupo de amigos o en tu trabajo, existe una buena noticia: puedes hacerlo si conoces algunas claves. Un buen comienzo es saber cuáles son los estilos de influencia posibles, identificar en cuál te sientes más cómodo y cuál te cuesta una barbaridad. En la medida que lo sepas, tendrás más recursos para adaptarte a cada circunstancia y a cada persona que tengas enfrente. Veámoslos con detalle, tomando la clasificación de DLI:

  •  Estilo asertivo

Insistes para que tus ideas sean escuchadas y no tienes problemas para retar y cuestionar las ideas de los otros. Frases que puedes decir: “Hemos de tener esta conversación”, “estoy seguro de que este es el mejor camino”, “mi posición me otorga autoridad para…”.

Muchos jefes utilizan este estilo, pero no es necesario tener poder jerárquico para ello. El amigo provocador se encuadra dentro de este apartado. Es un estilo muy útil cuando tienes realmente poder formal, cuando hay una crisis o aprieta el tiempo. Sin embargo, cuidado en abusar de él si buscas colaboración o desarrollar el liderazgo en los otros. Las personas se acaban aburriendo de los “súper asertivos” y pueden llegar a boicotearlos.

  • Estilo racional

Para convencer a otros de tus ideas ofreces razonamientos lógicos y datos.  Tus frases podrían ser: “Nuestro análisis demuestra que…”, “la única solución lógica es…”, “los expertos creen”, “los números nos dicen…”. Los departamentos financieros o el mundo científico son buenos hábitats para este estilo de influencia. Entre nuestros amigos se identifica a quien le gusta estar a la última de lo que dicen las noticias, los estudios o el último informe sobre el cambio climático.

Es un estilo muy útil cuando se puede tener una discusión lógica o existen datos. Ahora bien, si hay conflictos emocionales, falta de credibilidad o de evidencias, no es un estilo que funcione.

  • Estilo conector

Tiendes puentes, escuchas activamente, comprendes la posición del otro y construyes coaliciones de beneficio mutuo. ¿Cuáles podrían ser los comentarios de un conector? “Creo que entiendo tu problema, ¿cómo puedo ayudarte”, “parece que tres de nosotros tenemos una agenda común, veamos cómo podemos juntos conseguirlo”, “me ocurrió lo mismo el año pasado, déjame explicarte cómo…”.

Como tiene altas dosis de empatía, es un estilo muy recomendable para conseguir colaboración o para abordar temas complejos con muchos puntos de vista. Sin embargo, no es el mejor si hay poco tiempo para tomar decisiones o si no hay un objetivo común.

  • Estilo negociador

Buscas compromisos y haces concesiones para alcanzar acuerdos que satisfagan tu interés principal. Frases típicas de un negociador: “Si tú haces esto, yo haría…”, “te apoyaré en la próxima reunión y cuando me toque mi turno, te pido que…”, “discutamos esto más tarde cuando todos estemos más calmados”.

Ponerse el sombrero de negociador es muy útil si no hay una respuesta correcta y existen divergencias de puntos de vista tanto en el mundo de los amigos, las empresas o las parejas (en el último caso, el asertivo te generaría algún que otro problema). Sin embargo, es complicado que funcione cuando no existen intereses comunes o cuando hay diferencias jerárquicas considerables.

  • Estilo inspirador

Defiendes tu posición y animas al resto para encontrar un propósito común ilusionante. Las frases que podrías utilizar son “Si supusiéramos que funciona, qué impacto tendría…”, “solo piensa qué resultado podría tener para el futuro si…”, “nunca he conocido nadie mejor para esto como tú…”. 

Utilizar el estilo inspirador requiere tocar emociones y funciona cuando hay intereses compartidos y se requiere energía y optimismo. Sin embargo, es mejor dejarlo aparcado si existe falta de confianza o hay relaciones adversas.

En definitiva, la influencia positiva es de las habilidades más anheladas tanto en nuestra vida personal como en la profesional. De hecho, es una de las básicas de los líderes, como explica Ramón Oliver“Todos podemos mejorar en nuestra capacidad de influencia si somos capaces de adaptar nuestro estilo a cada una de las circunstancias que nos enfrentemos”. Y la buena noticia es que podemos conseguirlo.

Si quieres mejorar tu memoria, haz trabajos con las manos

Por: | 13 de septiembre de 2016

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Imagínate que vas a una escuela de negocios de mucho prestigio a estudiar un máster en economía y uno de los profesores te dice que hay dos requisitos en sus clases: no puedes tomar apuntes y has de llevar agujas de tejer y un ovillo de lana. Motivo: mientras él va explicando la asignatura, tú has de tejer una bufanda. El primer día, te enseña a cómo hacerlo después de que, lógicamente, tú hayas superado el susto inicial… ¿Imposible? No, en absoluto. Eso es lo que vivió un amigo hace más de veinte años en la escuela de negocio de Kelloggs, al norte de Chicago, y según él es la asignatura de la que más recuerda su contenido. Podría pensarse que tejer una bufanda era una excentricidad del profesor, que realmente este docente era muy bueno, pero la neurociencia demuestra que existen además otras explicaciones. Veamos cuáles para poder aplicar en tu día a día.

Allá por los años 50 el neurocirujano Wilder Penfield comprobó que una de las tareas más complejas para nuestro cerebro y que implicaba más áreas del mismo era precisamente el movimiento del pulgar. Años después, la tecnología PET (tomogragía de emisión de protones) ha demostrado que cuando escribimos, tejemos una bufanda o montamos un mueble de IKEA, activamos varias zonas del cerebro distantes y no solo las relacionadas con el movimiento, sino también con las áreas visuales, auditivas… que ayuda a que recordemos y aprendamos mejor lo que estamos haciendo o escuchando. Por ello, no es de extrañar que fijemos mejor en la memoria aquello que escribimos a mano, que lo que tecleamos en el móvil o en un teclado, como explica Marta Romo, autora de Entrena tu cerebro. O que haya métodos de enseñanza, que incluyen amasar pan o moldear con cera para facilitar el aprendizaje en matemáticas, como promueven las escuelas Waldorf.

El vínculo movimientos corporales y memoria se ha estudiado en gestos aún más simples, como cuando cerramos los puños. Según un curioso estudio realizado por Ruth Propper de la Universidad de Montclair (New Jersey, EEUU), si apretamos el puño derecho durante al menos 90 segundos ayudamos a que nuestra memoria sea más eficiente. Y si apretamos el izquierdo mientras escuchamos o vemos algo, conseguimos recordarlo durante más tiempo (una matización: el experimento se hizo con diestros, por si no lo fueras). En este caso, se debe a la activación del lóbulo frontal, el director de orquesta de nuestro cerebro e implicado también en la memoria.

Por tanto, si quieres aprender algo nuevo, ¿qué puedes hacer? Tres claves:

  1. Escoge alguna actividad manual que te distraiga y que no te preocupe en exceso hacerlo bien o mal, como en el caso de los alumnos de Kelloggs de hace años. De hecho, cuando los estudiantes habían tejido una bufanda de tamaño considerable, el profesor les pedía que la deshicieran y la volvieran a tejer. Lo importante no es el resultado final, sino el proceso y el estado “neuronal” que se consigue para que seamos más permeables al aprendizaje.
  2. Al mismo tiempo, escucha lo que quieres recordar, como puede ser un audiolibro o una clase (lógicamente, si estás en clase el profesor no ha de verlo como una ofensa… y si no, explícale qué dice la neurociencia).
  3. Ten confianza y recuerda que tu cerebro es plástico, como hemos contado en alguna otra ocasión. Sabemos que las conexiones neuronales desaparecen con el tiempo pero se ha descubierto que también se crean otras nuevas. Eso significa que tienes una gran capacidad para aprender independientemente de la edad y algunos pequeños trucos ayudan.

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¿Por qué nos cuesta tanto colaborar?

Por: | 05 de septiembre de 2016

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Si pretendes negociar con una comunidad de vecinos, ya puedes armarte de paciencia. Pero no solo ocurre en esas situaciones, sino que se traslada al día a día de las empresas y, por supuesto, en la política. No sabemos colaborar porque no sabemos ceder. Preferimos tener la razón, salirnos con la nuestra aunque sea a costa de perjudicarnos también a nosotros mismos. Con tal de que el otro no gane, yo estoy dispuesto a perder. Así es nuestra cultura latina.

Preferimos defender nuestro orgullo que conseguir nuestros objetivos. Y eso nos hace inflexibles: la sensación de tener la razón nos alimenta por dentro y nos da fuerzas para no ceder ni el uno por ciento de nuestras intenciones. Todo esto es lo opuesto a lo que ocurre en otras culturas como la estadounidense, por ejemplo. El objetivo está por encima del orgullo. Si he de ceder para conseguir resultados en un porcentaje satisfactorio, lo hago encantado. Lo importante es que ganemos los dos y evitemos perder el tiempo y la energía en el proceso y para ello, necesitamos ir más allá del orgullo o de la estupidez, como diría Cipolla.

Carlo Cipolla publicó un libro sobre la estupidez humana. En él recogía cómo interaccionamos dos personas, pero que puede ampliarse a dos grupos humanos, ya sean departamentos de una empresa, grupos de vecinos o partidos políticos y que recogió en cuadrantes. Veamos cada uno de ellos:

- Inteligente: busca el beneficio propio y del otro. Este punto es el de la máxima colaboración. Asumo que no puedo ganar el 100 por ciento de todo, sobre todo si hay intereses contrapuestos, pero estoy dispuesto a ceder mientras que el otro también ceda. La inteligencia es por ambas partes. Si uno renuncia a su parte y el otro no da su brazo a torcer, es difícil una solución. Ejemplo típico: cuando dos personas prefieren ir a una mediación antes que ir a la guerra cada uno con su abogado.

- Bondadoso: estoy dispuesto a perder yo con tal de que tú ganes. Por cierto, Cipolla los llamó incautos, aunque quizá bondadoso tiene una connotación más amplia. No hay tantos por la vida, pero quizá se vea más en las familias. Un ejemplo se observa cuando la madre o la abuela se sacrifica por el bien del resto. Acepta ir a ese sitio aunque no le guste nada. También puede haber bondadosos en una negociación a largo plazo. Pienso que si me “inmolo” yo en esta ronda, la próxima lo harás tú. Pero, vamos, no hay tantos por el mundo.

- Malvado: gano yo a costa de ti. Aquí sobran los ejemplos. La gente que le gusta el poder pueden caer en esta actitud. Disfrutan con ganar hasta el último uno por ciento y se inventan mil y una estrategias para ello.

- Estúpidos: me perjudico a mí mismo con tal de que tú no ganes. Y aquí los hay de muchos tipos y colores. Son las personas que buscan tener la razón por encima de todo, rompen negociaciones aunque se perjudiquen, siempre tienen todos los argumentos a su favor. Y me temo que esta actitud campa por sus anchas en las empresas, en la política, incluso en los amigos y, por supuesto, en las comunidades de vecinos.

 ¿Y qué podemos hacer para tener una actitud más colaborativa? Pues simple: dejar aparcado el orgullo a un lado, ganar un poco más de empatía y orientarnos a los objetivos. Sí, de acuerdo, puedes tener la razón pero con ello no consigues ni el uno por ciento de lo que podrías obtener en una actitud más colaborativa. De algún modo, el objetivo es dar más prioridad al bien común que al propio, aunque implique ceder un poco y ser un poquito más flexible. Todas las personas podemos atravesar cualquiera de los cuadrantes anteriores en algún momento de nuestra vida, pero si montamos nuestra tienda de campaña en cualquier otro que no sea la inteligencia, caemos en la amargura, en el enfado (a veces incluso con nosotros mismos) y en las justificaciones vacías tipo: yo tengo razón. Así pues, pregúntate cuando te sientes a negociar con otro: ¿estás dispuesto a ceder en algo con tal de que los dos ganéis aunque sea tiempo y energía?

 

Cómo disfrutar de unas vacaciones muy felices

Por: | 25 de julio de 2016

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Ya ha llegado el gran día: ¡¡Estás de vacaciones!! Haces las maleta y te vas a ese lugar maravilloso que tanto deseabas. Sin embargo, pasa el tiempo y puede que no lo estés disfrutando como esperabas. O porque te cuesta desconectar del estrés del trabajo, o porque piensas que podrías tener un mejor plan o porque estás con la familia y las cosas no son tan idílicas como pensabas. De hecho, se calcula que más de la tercera parte de los divorcios en España se producen a la vuelta de las vacaciones. Y no solo ocurre en nuestro país, sino que incluso la Universidad de Stanford ofrece consejos para sobrevivir con éxito a unas vacaciones familiares

Así que no te preocupes si te machacas por no ser tannnn feliz como las imágenes que aparecen en Instagram de los famosos. A todos nos ocurre y ya sabemos: las vacaciones son maravillosas, nos las merecemos, las necesitamos y podemos disfrutarlas mejor si somos capaces de quedarnos con la parte amable. Para ello, veamos tres ideas de este laboratorio que han sido las más valoradas en la primera parte del año y que podemos aplicar a estos anhelados días.

  1. Para cambiar tu mundo, cambia tu conversación

 Las conversaciones con otras personas o con nosotros mismos nos definen.  Como veíamos en este artículo, nuestros pensamientos, emociones y palabras configuran nuestro mundo de realidades. Por eso, si estás pensando todo el tiempo: “menudo rollo”, conseguirás tener razón y ver que todo cuanto te rodea es realmente aburrido. Así que si quieres tener unas vacaciones más amables, di no a conversaciones agotadoras y ábrete a otras mucho más agradables.

  1. Cómo utilizar las circunstancias adversas a tu favor

Llegas a un hotel y no es lo que tú te esperabas. Desastre. Te enfadas y lo comparas además con los de al lado, que tienen una habitación con mejores vistas, por ejemplo. ¿Qué hay que hacer? Es el momento de utilizar las circunstancias adversas a nuestro favor, como se explica en el artículo. Ante un contratiempo, necesitamos reciclar las emociones negativas e identificar qué aprendizajes podemos extraer. Y cualquier ocasión es buena, aunque sea durante los días estivales.

  1. ¿Y si realmente pudieras? La fuerza de tu determinación

Y por último, la felicidad es más que una decisión, es una determinación. La mayor parte de las veces somos nosotros mismos nuestros principales boicoteadores, incluso, en auténticos paraísos. Así que en estas vacaciones ten la determinación de regalarte unos días bonitos estés donde estés; y eso pasa por desearlo sinceramente y por tener la convicción para ello, como se explica en el artículo.

Por último, ya solo me queda desearte una felicísimas vacaciones con conversaciones amables, con capacidad de reciclar los contratiempos y con la firme determinación de disfrutar cada instante.

Nos vemos a la vuelta del verano con más artículos y más sorpresas.

Gracias por estar ahí.

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Cuando prefieres el teléfono móvil a un amigo

Por: | 18 de julio de 2016

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Estás conversando con un amigo. Estáis los dos solos y le estás contando algo importante para ti: un problema, algo que te ha impactado… y de repente, suena su móvil. Te sonríe y te dice: “perdona, es fulanito. Le digo que no puedo atenderle”. ¿Cómo te quedas tú en ese momento? Supongo que no muy bien, aunque él cuelgue en treinta segundos. Motivo: la tecnología ha boicoteado ese momento de intimidad, que para ti era importante. Seguro que lo has vivido en ambos lados. Es solo un ejemplo, pero es más habitual de lo que nos imaginamos. Si revisamos datos, según un estudio publicado en la revista Psychology Today, el 70 por ciento de las mujeres recién casadas aseguran que sus parejas suelen interrumpir sus conversaciones cara a cara con llamadas o mensajes de texto… Algo que, lógicamente, fastidia un poco.

La tecnología nos hace más libres como seres humanos y como sociedad, pero también corremos algún riesgo en nuestras relaciones personales si no sabemos utilizarla bien. Cuando estamos con alguien nos enfrentamos a un dilema: el interés de lo que nos cuenta o el aparente mundo de las infinitas posibilidades que nos ofrece un Smartphone. A través de la pantalla, tenemos las noticias, las redes sociales, los juegos y tantas y tantas cosas (ahora Pokemons dando saltos por las ciudades), que pueden resultar mucho más emocionantes que cualquier debate… Sin embargo, cuando escogemos las posibilidades tecnológicas por encima de todo, caemos en una trampa. Por un lado, nuestras conversaciones son más superficiales y menos profundas. No tenemos tanto tiempo. Digo cuatro cosas, quedo bien y enseguida curioseo a ver qué sucede en Facebook. Esta actitud, por cierto, es más habitual en la gente joven y ya se están desarrollando terapias para combatirla. La segunda consecuencia, según el psicólogo Kenneth Gergen es que caemos en el “síndrome de la presencia ausente”, es decir, tu cuerpo está en medio de una conversación, pero tu mente se ha quedado vagando en el último email recibido o ese comentario de twitter. Quizá tú no seas consciente, pero el otro, me temo, se da está dando cuenta. De hecho, incluso se ha estudiado qué nos pasa cuando “estamos sin estar”: la entonación pasa a ser metálica, se reduce el contacto visual y te cuesta un infierno seguir la conservación. En otras palabras, cuando caemos en dicho síndrome, parecemos una maceta. Y lo que es peor, lo acariciamos aún cuando no hagamos uso del móvil pero lo tengamos cerca de nosotros tentándonos.

Shalini Misra y su equipo estudiaron las conversaciones de las parejas en una cafetería y descubrieron que cuando el smartphone estaba encima de mesa, aunque fuera sin utilizarse, la empatía y la profundidad de las conversaciones se reducía. A esto lo llamaron el “efecto iphone”, aunque suponemos que no hace falta que sea de la marca Apple para sufrirlo.

En definitiva, los smartphones nos abren un mundo maravilloso de posibilidades sociales (dificultan los golpes de estado o las injusticias) y personales (confieso que a mí se me haría también difícil desprenderme del mío), pero también corremos el riesgo de caer en la superficialidad de nuestras conversaciones. Por ello, como sugerencia para el verano, dejemos el móvil un tiempo fuera de nuestra vista. Tampoco va a pasar nada si no estamos conectados todo el tiempo o si paseamos sin él.

Vivir el momento presente significa también abrirse a las infinitas posibilidades que tenemos frente a nosotros: observar los comportamientos de quien nos habla, registrar nuestras emociones, hacer sentir importante al otro mientras se expresa o, simplemente, ver una puesta de sol sin necesidad de hacer una foto para compartirla en Instagram. Porque como dijo un chico en Facebook, apenado: “tengo cien amigos, hoy es viernes y, sin embargo, no tengo a nadie con quien tomar una cerveza”. La tecnología no sustituye la fuerza de la presencia, los bailes con amigos o el sabor de los besos, por mucho que los fotografiemos. Ese se almacena en otro lugar de nosotros mismos. Hagamos esto también con nuestras conversaciones y con el placer de la intimidad compartida.

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Cómo reescribir tu vida

Por: | 12 de julio de 2016

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“Nunca es tarde para tener una infancia feliz”, dijo Milton Erickson, uno de los mejores psicólogos del siglo pasado (o al menos, es a él a quien se le atribuye esta cita). Y se ha demostrado que es cierto. Todos tenemos la capacidad de reescribir nuestro pasado. Reescribir nuestra vida no significa cambiar los hechos, sino la interpretación de los mismos. Todo cuanto nos ocurre lo sometemos a unos patrones previos inconscientes que catalogan lo que vivimos. Veamos un ejemplo: recuerdo una vez con quince años que nos invitaron a todos los compañeros de mi clase a asistir de público a un programa de televisión. Una vez en el plató, a un grupo de ellos se les pidió que dejaran libre la primera fila. En ese momento una compañera comenzó a llorar amargamente porque pensaba que se lo habían pedido porque ella era fea. Ese era su patrón: sentirse el patito feo de los grupos. Y es curioso, por mucho que la enfocaran después las cámaras y por mucho que el resto intentáramos animarla, su memoria obvió ese hecho y solo se quedó con el recuerdo amargo. Esa es la potencia de un patrón. Los patrones no reflejan nuestra personalidad, sino que la crean para hacernos sentir el patito feo, el más torpe, la más lista o el más comprometido con las causas perdidas. Cada cual tiene el suyo y, por supuesto, los hay más amables que otros. No es lo mismo sentirse una persona con suerte que el más desastre del mundo.

Pues bien, reescribir nuestra vida significa ampliar los patrones con los que contemplamos lo que nos sucede. Aquí está la magia. Cuando cambiamos nuestros patrones, transformamos nuestro pasado y comenzamos a vivir un futuro un poco más liberador. Y la buena noticia es que podemos conseguirlo. Vamos a ver tres claves para cambiar nuestro patrón o para reencuadrar lo que nos sucede, como diría Robert Dilts:

  1. Ampliar el punto de vista: volviendo al ejemplo anterior, mi antigua compañera de clase incurrió en un problema clásico. Tuvo una visión miope de la realidad. En vez de darse cuenta de que a una fila entera le habían pedido moverse, ella lo vivió como una ofensa personal. Ampliar el punto de vista significa ganar perspectiva, comprender que todos podemos ser torpes y que a cualquiera le puede suceder lo que te está pasando a ti. De algún modo, significa dejar de sentirnos tan absolutamente especiales, para comprender que sencillamente somos humanos y que cada cual tiene lo suyo. Por ello, ante algo que te suceda, pregúntate: ¿me pasa solo a mí?, ¿qué le está ocurriendo a la persona que me está haciendo algo que me molesta? Ya se sabe, dejar de sentirnos el “obligo del mundo” para ser parte del mundo.
  2. Cambiar el marco problema por oportunidad: un ejemplo clásico es la manera de interpretar un fracaso. Aquí podemos caer en el típico automachaque o bien vivir la experiencia pasada desde una actitud de explorar o aprender. Recordemos: si pensamos que somos torpes, evitaremos arriesgar para no fracasar y esa parálisis es en sí misma un fracaso. Por ello, ante un error, quédate con los mensajes que responden a estas preguntas: ¿qué he aprendido?, ¿me he dado permiso para experimentar?, ¿qué aspectos positivos te permite darte permiso?
  3. Amplía la perspectiva temporal: la miopía del primer punto también está relacionada con el tiempo. Vivimos la realidad como fotos sueltas, cuando es una película. Lo que te ocurre en un momento dado te sirve para ganar fuerza, habilidades, aprendizaje… para las siguientes experiencias que te aguardan. Por eso, ante un error o algo doloroso, ampliar la perspectiva significa preguntarte: ¿para qué me sirvió?, ¿en qué me ayudó? Gracias a ello, ¿cómo influyó en lo que me pasó después?

Y todo ello sin olvidar algo importante: revisar nuestros patrones y nuestras conversaciones interiores es también una forma de cuidarnos. La realidad no es algo fijo, sino que depende de la manera en la que queramos contemplarla. Y esto, una vez más, es una decisión personal.

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Ante los problemas, busca tu spa personal

Por: | 04 de julio de 2016

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“¡Paren el mundo que me quiero bajar!” gritaba Mafalda. Y hay veces que muchos de nosotros querríamos que así ocurriera: que los problemas frenaran, que nos dejaran de dar la lata el jefe, la pareja, la familia o el banco. Hay tantos y tantos frentes por los que los problemas pueden adentrarse, que es casi imposible estar en un estado de armonía donde todo sea perfecto. Así que hagámonos a la idea: hemos de aprender a convivir con los problemas, nos guste o no. Es más, los conflictos forman parte de los avances, a veces aparecen como oportunidades vestidas de faena, pero que nos ayudan a progresar.

Pero dicho esto, aunque racionalmente sepamos que es así, nos cuesta mucho exclamar: ¡qué bien, un nuevo problema! La racionalidad va muchas veces por un lado y las emociones, por otro. Nos enfadamos cuando abrimos un email que vaticina una dificultad. Y hay veces que incluso nos vemos asfixiados por tantos frentes. En estas situaciones, podemos acudir a varias alternativas, pero veamos un truco que, si bien no te soluciona el problema, te ayuda a tomar más fuerzas para contemplarlo de un modo más saludable: crear un spa personal. ¿En qué consiste?

Un spa personal es un espacio físico o emocional que nos da fuerzas. Todos necesitamos uno. Y no consiste solo en ponerse la televisión para anestesiarse y que Juego de Tronos o lo que sea nos lleve a un mundo de muchísimos más problemas que el nuestro para sentirnos aliviados. No. Un spa personal es algo que nos conecta con nuestra serenidad interior, nos impulsa energía y los hay de diferentes tipos. Veamos algunos:

  1. Amistades SPA. La amistad genera endorfinas, un neurotransmisor que nos ayuda a que la vida sea más fácil. De hecho, como ha demostrado Katerina Johnson en la Universidad de Oxford, las endorfinas pueden ser mejor que la morfina para evitar el dolor y estas las generamos cuando estamos con amigos con los que nos sentimos bien. Esto último es importante. Aquí, en las amistades SPA no podemos incluir amigos por compromiso o tóxicos, sino aquellos con los que nos divertimos, conversamos o nos reímos de nosotros mismos. O como dice Ecequiel Barricart un amigo llorador, con aquel que eres capaz de desnudarte interiormente sin pensar que te va a juzgar. ¿Quiénes son tus amigos SPA?
  2. Aficiones SPA. El deporte es una de las aficiones que más energía nos produce y con el que generamos un sinfín de neurotransmisores y hormonas, como la adrenalina, endorfina y serotonina. Pero no hace falta matarse corriendo, podemos escoger aquel que nos haga sentirnos bien o incluso, si no eres de los que te atrae mover el cuerpo, existen otras aficiones SPA además del deporte que vacían la mente como son los trabajos manuales. Curiosamente, cuando cosemos, construimos maquetas, cocinamos o plantamos macetas, nuestra mente se focaliza en la acción y no en las preocupaciones. Pero aún hay más. El movimiento de las manos requiere una activación de circuitos neuronales de tal intensidad que incluso somos más permeables al aprendizaje. Por eso, no es de extrañar que después de realizar trabajos manuales, puedan haber surgido nuevas ideas o enfoques para resolver ese problema que te preocupa.
  3. Espacios SPA. En este apartado la naturaleza es la reina, ya que nos conecta con sentimientos oceánicos, como diría Maslow, que nos hacen sentirnos pequeños y grandes al mismo tiempo. Escaparnos al mar, a la montaña o a un parque que nos desconecte de nuestra rutina es un buen hábito para recuperar la energía. También hay lugares especiales, como determinados templos o espacios que te conectan con emociones agradables de tu pasado, por ejemplo. Pero si no tienes esa posibilidad, crea tu propio espacio SPA en casa. Un “sitio sagrado”, que respeten el resto, con tu música, una luz especial, quizá una lectura amable, pero algo que sea tuyo, solo tuyo, y que distraiga a tu mente de las preocupaciones.

En definitiva, los problemas nos ayudan a crecer, pero mientras encontramos la solución, necesitamos recuperar energía y conseguir nuevos enfoques para contemplarlos. Y estos son los SPA personales: amigos, aficiones o espacios que nos ayudan a conectar con nosotros mismos y a sentirnos bien. ¿Cuáles son los tuyos?

Qué hacer cuando a tu trabajo no le encuentras sentido

Por: | 27 de junio de 2016

Verywell.com

Imagina que consigues tu trabajo ideal. Siempre soñaste con ser pintor y te contratan en un estudio, donde puedes pintar lo que te gusta, te rodeas de los mejores, ganas una pasta y se te reconoce lo maravilloso que eres. Todo perfecto, excepto un “pequeño detalle”. Cada noche, cuando te vas a casa, tu obra se destruye y al día siguiente, has de comenzar una nueva. Pregunta: ¿te motivaría ese trabajo? Difícilmente. Y el motivo es muy simple: todos necesitamos encontrar un sentido a lo que hacemos y si este no existe, la desmotivación campa a sus anchas. No es de extrañar que la principal tortura de las supervivientes de los campos de concentración en Siberia fuera precisamente esta. Más allá de la hambruna o el frío atroz, era construir un muro para al día siguiente deshacerlo, volver a construirlo de nuevo y así sucesivamente, como si estuvieran atrapadas en la película “El día de la marmota”, donde el protagonista un día tras otro vive exactamente lo mismo sin posibilidad de cambiarlo. Salvando las “kilométricas distancias”, la sensación de estar atrapados nos puede suceder a cualquiera de nosotros cuando nos enfrentamos a trabajos que creemos que no sirven absolutamente para nada. Pero la buena noticia es que no está todo perdido. Vamos a ver qué tres claves están en nuestras manos para salir de esta sensación incómoda.

  • Primero, el sentido depende de ti. No es algo que esté escondido y que una persona desde fuera te lo tenga que desvelar como si fuera un oráculo (un jefe normalmente). Está en tus manos. Por supuesto que sería más fácil si tuviéramos un jefe majo, que nos explicara con detalle el por qué hacemos lo que tenemos que hacer; o que el departamento de al lado, que nuestro cliente o quien fuera, valorara nuestro esfuerzo y nunca lo tiraran por la borda. Pero esto no siempre ocurre. Y cuando no sabes el para qué haces lo que haces, has de ser tú quien le des la respuesta. O como resume Xavier Guix, no tenemos que buscar el sentido “de” la vida, sino el sentido “en” la vida o en el trabajo, podríamos añadir.
  • Segundo, encuentra tus puntos fuertes y aplícalos en tu trabajo (hasta en los rutinarios). Así lo explica Martin Seligman, psicólogo y profesor en la Universidad de Pensilvania. Seligman trabajó con una persona que estaba frustrada con su empleo. Se trataba de una profesional de un supermercado cuya función era introducir en bolsas las compras de los clientes. Un trabajo un tanto aburrido, sin duda. Pero Seligman le ayudó a entenderlo de un modo distinto. Primero, identificó cuáles eran sus puntos fuertes como persona. En este caso, su capacidad para las relaciones sociales. Y segundo, los aplicó a su puesto de trabajo. De esta forma, la mujer se puso como objetivo lograr que sus clientes tuvieran una magnífica experiencia social cuando interaccionaran con ella. Su motivación cambió y su satisfacción en el trabajo, también.
  • Y una última clave: piensa en terceros. El sentido más poderoso es cuando afecta a otros: familia, amigos o clientes, como el ejemplo de la anterior profesional. Cuando uno se ancla en el impacto positivo de lo que va a hacer (a veces es mostrar una cara amable a personas queridas en situaciones difíciles), encuentra más recursos en sí mismo. Cuando uno piensa: “cuando todo esto pase, contaré a terceros cómo lo viví con dignidad”, también encuentra fuerzas de flaqueza, como recomienda Viktor Frankl, psiquiatría judío superviviente de Auschwitz.

Así pues, el sentido depende de ti. Hay trabajos y momentos donde es más fácil vivirlo, pero el desafío surge cuando te enfrentas a la rutina, a la frustración de partida o al desánimo. Es entonces cuando has de recordar que el sentido de trascendencia está en tus manos y en la manera en la que vives lo que te ha tocado vivir. Ahí está tu margen de libertad y tu capacidad para encontrarle el sentido.

  “El hombre no necesita vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o misión que merezca la pena”

 Viktor Frankl

 Fuente: verywell.com

 

¡Socorro, me ataca el narcisismo!

Por: | 19 de junio de 2016

Codigonuevo.com

Hace quince años descubrí unos personajes curiosos en las discotecas de Los Ángeles. Eran los “paparazzi aficionados”, personas apostadas a las salidas de los clubs para tomar fotos de los famosos. No eras periodistas ni fotógrafos del corazón. Sencillamente, chavales que tenían ese deporte nocturno y coleccionaban fotos de sus perseguidos famosos. Y no hablo de cuatro que no tuvieran otra cosa que hacer, sino de más de treinta o cincuenta, que huían de los porteros de discotecas, siempre tan simpáticos en cualquier parte del mundo. Pues bien, años después, hay personas que llegan a contratar a unos cuantos de estos paparazzi con el simple objetivo de aparentar ser famosos. Con eso no se libran de los porteros de discotecas, sino que se convierten en la mirada de los que están haciendo la fila. Es la moda en Los Ángeles y otras ciudades que refleja un síntoma de nuestra sociedad: el narcisismo ha aumentado y los datos así lo avalan.

Existe un test que evalúa el nivel de narcisismo en nuestra personalidad y este se ha duplicado entre los estudiantes universitarios desde 2002 hasta 2009, en comparación con la media de entre 1982 y 2006, según Jean Twenge y Joshua Foster. Curiosamente, los hombres suelen ser más narcisistas, pero parece que las mujeres estamos “trabajando duro” para alcanzarles y nos estamos aproximando a ellos, en opinión de estos profesores de las universidades de San Diego y de Alabama.

El narcisista está encantado de conocerse. Le preocupa su imagen, su prestigio y tiene una alta desconexión con las emociones del resto. Vamos, la empatía no es precisamente su fuerte. Y el narcisista se esconde detrás de muchas caras: desde una persona muy agradable que cae bien a todos, el que siempre cuenta chistes o el que “yo, yo, primero yo y nadie me entiende”.

Posiblemente, todos tengamos algo de narcisistas y eso no significa que debamos irnos corriendo a terapia. De hecho, como explican Twenge y Foster, la edad lima este impulso: en el famoso test solo el 3 por ciento de las personas mayores de 65 años tenían rasgos acentuados narcisistas frente al 10 por ciento que ocurre en los veinte. Por tanto, es algo que se va sanando. El problema surge cuando se convierte en algo enfermizo o cuando tenemos que soportarlo en otros.

Muchos políticos parecen narcisistas (en campaña electoral tenemos material muy interesante de análisis y me temo que es independiente del partido político en cuestión); al igual que unos cuantos jefes y directivos que he conocido, tan preocupados por su poder y muy poco por lo que les ocurría al resto. Y quizá tengas algún amigo o pareja (o ex) que también lo fuera.

El problema del narcisista es que va a lo suyo. Como le ocurrió al actor Alec Baldwin en 2011. Le expulsaron de un avión porque se negó a apagar su iPad antes de despegar. Motivo: estaba en pleno videojuego y acabó encerrado en el baño para no perderse la partida, como si nadie se fuera a dar cuenta. Las celebrities son carne de narcisismo (no todas, pero muchas). Y las redes sociales en las que mostramos nuestra mejor cara y nuestra imagen siempre maravillosa, para que nos den muchos likes, nos refuerzan esta conducta.

El gran Woody Allen lo resume así: “Yo me crié en la confesión israelita, pero al hacerme adulto me convertí al narcisismo”. Así pues, como el narcisismo nos puede “atacar” a cualquiera, ¿qué debemos hacer? (para no convertirnos en insoportables y desarrollar un poquito más la empatía).

  1. No te tomes tan serio. Estamos de paso. El éxito y la fama son pasajeras. Incluso nuestro cuerpo. Si nos obsesionamos con ello, dejamos de perder el contacto con el resto de personas y con valores mucho más profundos, lo que sí que es un síntoma de fracaso.
  2. Humildad, siempre. Rafa Nadal es y será uno de los deportistas más apreciados en España, precisamente por su humildad y por su respeto hacia los otros.
  3. Actitud abierta al aprendizaje. El eterno aprendiz no es narcisista. No mira hacia sí mismo, sino hacia lo que puede alcanzar.
  4. Un poco de sentido del humor con uno mismo. Reírnos de nosotros, de nuestros fracasos, sin esperar que el resto nos aplauda, es una manera de aterrizar nuestras tendencias a ser el epicentro del mundo.

 “Quien sólo vive para sí, está muerto para los demás.”

Publio Siro

Foto: Código nuevo. 

El País

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