Cuando prefieres el teléfono móvil a un amigo

Por: | 18 de julio de 2016

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Estás conversando con un amigo. Estáis los dos solos y le estás contando algo importante para ti: un problema, algo que te ha impactado… y de repente, suena su móvil. Te sonríe y te dice: “perdona, es fulanito. Le digo que no puedo atenderle”. ¿Cómo te quedas tú en ese momento? Supongo que no muy bien, aunque él cuelgue en treinta segundos. Motivo: la tecnología ha boicoteado ese momento de intimidad, que para ti era importante. Seguro que lo has vivido en ambos lados. Es solo un ejemplo, pero es más habitual de lo que nos imaginamos. Si revisamos datos, según un estudio publicado en la revista Psychology Today, el 70 por ciento de las mujeres recién casadas aseguran que sus parejas suelen interrumpir sus conversaciones cara a cara con llamadas o mensajes de texto… Algo que, lógicamente, fastidia un poco.

La tecnología nos hace más libres como seres humanos y como sociedad, pero también corremos algún riesgo en nuestras relaciones personales si no sabemos utilizarla bien. Cuando estamos con alguien nos enfrentamos a un dilema: el interés de lo que nos cuenta o el aparente mundo de las infinitas posibilidades que nos ofrece un Smartphone. A través de la pantalla, tenemos las noticias, las redes sociales, los juegos y tantas y tantas cosas (ahora Pokemons dando saltos por las ciudades), que pueden resultar mucho más emocionantes que cualquier debate… Sin embargo, cuando escogemos las posibilidades tecnológicas por encima de todo, caemos en una trampa. Por un lado, nuestras conversaciones son más superficiales y menos profundas. No tenemos tanto tiempo. Digo cuatro cosas, quedo bien y enseguida curioseo a ver qué sucede en Facebook. Esta actitud, por cierto, es más habitual en la gente joven y ya se están desarrollando terapias para combatirla. La segunda consecuencia, según el psicólogo Kenneth Gergen es que caemos en el “síndrome de la presencia ausente”, es decir, tu cuerpo está en medio de una conversación, pero tu mente se ha quedado vagando en el último email recibido o ese comentario de twitter. Quizá tú no seas consciente, pero el otro, me temo, se da está dando cuenta. De hecho, incluso se ha estudiado qué nos pasa cuando “estamos sin estar”: la entonación pasa a ser metálica, se reduce el contacto visual y te cuesta un infierno seguir la conservación. En otras palabras, cuando caemos en dicho síndrome, parecemos una maceta. Y lo que es peor, lo acariciamos aún cuando no hagamos uso del móvil pero lo tengamos cerca de nosotros tentándonos.

Shalini Misra y su equipo estudiaron las conversaciones de las parejas en una cafetería y descubrieron que cuando el smartphone estaba encima de mesa, aunque fuera sin utilizarse, la empatía y la profundidad de las conversaciones se reducía. A esto lo llamaron el “efecto iphone”, aunque suponemos que no hace falta que sea de la marca Apple para sufrirlo.

En definitiva, los smartphones nos abren un mundo maravilloso de posibilidades sociales (dificultan los golpes de estado o las injusticias) y personales (confieso que a mí se me haría también difícil desprenderme del mío), pero también corremos el riesgo de caer en la superficialidad de nuestras conversaciones. Por ello, como sugerencia para el verano, dejemos el móvil un tiempo fuera de nuestra vista. Tampoco va a pasar nada si no estamos conectados todo el tiempo o si paseamos sin él.

Vivir el momento presente significa también abrirse a las infinitas posibilidades que tenemos frente a nosotros: observar los comportamientos de quien nos habla, registrar nuestras emociones, hacer sentir importante al otro mientras se expresa o, simplemente, ver una puesta de sol sin necesidad de hacer una foto para compartirla en Instagram. Porque como dijo un chico en Facebook, apenado: “tengo cien amigos, hoy es viernes y, sin embargo, no tengo a nadie con quien tomar una cerveza”. La tecnología no sustituye la fuerza de la presencia, los bailes con amigos o el sabor de los besos, por mucho que los fotografiemos. Ese se almacena en otro lugar de nosotros mismos. Hagamos esto también con nuestras conversaciones y con el placer de la intimidad compartida.

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Cómo reescribir tu vida

Por: | 12 de julio de 2016

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“Nunca es tarde para tener una infancia feliz”, dijo Milton Erickson, uno de los mejores psicólogos del siglo pasado (o al menos, es a él a quien se le atribuye esta cita). Y se ha demostrado que es cierto. Todos tenemos la capacidad de reescribir nuestro pasado. Reescribir nuestra vida no significa cambiar los hechos, sino la interpretación de los mismos. Todo cuanto nos ocurre lo sometemos a unos patrones previos inconscientes que catalogan lo que vivimos. Veamos un ejemplo: recuerdo una vez con quince años que nos invitaron a todos los compañeros de mi clase a asistir de público a un programa de televisión. Una vez en el plató, a un grupo de ellos se les pidió que dejaran libre la primera fila. En ese momento una compañera comenzó a llorar amargamente porque pensaba que se lo habían pedido porque ella era fea. Ese era su patrón: sentirse el patito feo de los grupos. Y es curioso, por mucho que la enfocaran después las cámaras y por mucho que el resto intentáramos animarla, su memoria obvió ese hecho y solo se quedó con el recuerdo amargo. Esa es la potencia de un patrón. Los patrones no reflejan nuestra personalidad, sino que la crean para hacernos sentir el patito feo, el más torpe, la más lista o el más comprometido con las causas perdidas. Cada cual tiene el suyo y, por supuesto, los hay más amables que otros. No es lo mismo sentirse una persona con suerte que el más desastre del mundo.

Pues bien, reescribir nuestra vida significa ampliar los patrones con los que contemplamos lo que nos sucede. Aquí está la magia. Cuando cambiamos nuestros patrones, transformamos nuestro pasado y comenzamos a vivir un futuro un poco más liberador. Y la buena noticia es que podemos conseguirlo. Vamos a ver tres claves para cambiar nuestro patrón o para reencuadrar lo que nos sucede, como diría Robert Dilts:

  1. Ampliar el punto de vista: volviendo al ejemplo anterior, mi antigua compañera de clase incurrió en un problema clásico. Tuvo una visión miope de la realidad. En vez de darse cuenta de que a una fila entera le habían pedido moverse, ella lo vivió como una ofensa personal. Ampliar el punto de vista significa ganar perspectiva, comprender que todos podemos ser torpes y que a cualquiera le puede suceder lo que te está pasando a ti. De algún modo, significa dejar de sentirnos tan absolutamente especiales, para comprender que sencillamente somos humanos y que cada cual tiene lo suyo. Por ello, ante algo que te suceda, pregúntate: ¿me pasa solo a mí?, ¿qué le está ocurriendo a la persona que me está haciendo algo que me molesta? Ya se sabe, dejar de sentirnos el “obligo del mundo” para ser parte del mundo.
  2. Cambiar el marco problema por oportunidad: un ejemplo clásico es la manera de interpretar un fracaso. Aquí podemos caer en el típico automachaque o bien vivir la experiencia pasada desde una actitud de explorar o aprender. Recordemos: si pensamos que somos torpes, evitaremos arriesgar para no fracasar y esa parálisis es en sí misma un fracaso. Por ello, ante un error, quédate con los mensajes que responden a estas preguntas: ¿qué he aprendido?, ¿me he dado permiso para experimentar?, ¿qué aspectos positivos te permite darte permiso?
  3. Amplía la perspectiva temporal: la miopía del primer punto también está relacionada con el tiempo. Vivimos la realidad como fotos sueltas, cuando es una película. Lo que te ocurre en un momento dado te sirve para ganar fuerza, habilidades, aprendizaje… para las siguientes experiencias que te aguardan. Por eso, ante un error o algo doloroso, ampliar la perspectiva significa preguntarte: ¿para qué me sirvió?, ¿en qué me ayudó? Gracias a ello, ¿cómo influyó en lo que me pasó después?

Y todo ello sin olvidar algo importante: revisar nuestros patrones y nuestras conversaciones interiores es también una forma de cuidarnos. La realidad no es algo fijo, sino que depende de la manera en la que queramos contemplarla. Y esto, una vez más, es una decisión personal.

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Ante los problemas, busca tu spa personal

Por: | 04 de julio de 2016

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“¡Paren el mundo que me quiero bajar!” gritaba Mafalda. Y hay veces que muchos de nosotros querríamos que así ocurriera: que los problemas frenaran, que nos dejaran de dar la lata el jefe, la pareja, la familia o el banco. Hay tantos y tantos frentes por los que los problemas pueden adentrarse, que es casi imposible estar en un estado de armonía donde todo sea perfecto. Así que hagámonos a la idea: hemos de aprender a convivir con los problemas, nos guste o no. Es más, los conflictos forman parte de los avances, a veces aparecen como oportunidades vestidas de faena, pero que nos ayudan a progresar.

Pero dicho esto, aunque racionalmente sepamos que es así, nos cuesta mucho exclamar: ¡qué bien, un nuevo problema! La racionalidad va muchas veces por un lado y las emociones, por otro. Nos enfadamos cuando abrimos un email que vaticina una dificultad. Y hay veces que incluso nos vemos asfixiados por tantos frentes. En estas situaciones, podemos acudir a varias alternativas, pero veamos un truco que, si bien no te soluciona el problema, te ayuda a tomar más fuerzas para contemplarlo de un modo más saludable: crear un spa personal. ¿En qué consiste?

Un spa personal es un espacio físico o emocional que nos da fuerzas. Todos necesitamos uno. Y no consiste solo en ponerse la televisión para anestesiarse y que Juego de Tronos o lo que sea nos lleve a un mundo de muchísimos más problemas que el nuestro para sentirnos aliviados. No. Un spa personal es algo que nos conecta con nuestra serenidad interior, nos impulsa energía y los hay de diferentes tipos. Veamos algunos:

  1. Amistades SPA. La amistad genera endorfinas, un neurotransmisor que nos ayuda a que la vida sea más fácil. De hecho, como ha demostrado Katerina Johnson en la Universidad de Oxford, las endorfinas pueden ser mejor que la morfina para evitar el dolor y estas las generamos cuando estamos con amigos con los que nos sentimos bien. Esto último es importante. Aquí, en las amistades SPA no podemos incluir amigos por compromiso o tóxicos, sino aquellos con los que nos divertimos, conversamos o nos reímos de nosotros mismos. O como dice Ecequiel Barricart un amigo llorador, con aquel que eres capaz de desnudarte interiormente sin pensar que te va a juzgar. ¿Quiénes son tus amigos SPA?
  2. Aficiones SPA. El deporte es una de las aficiones que más energía nos produce y con el que generamos un sinfín de neurotransmisores y hormonas, como la adrenalina, endorfina y serotonina. Pero no hace falta matarse corriendo, podemos escoger aquel que nos haga sentirnos bien o incluso, si no eres de los que te atrae mover el cuerpo, existen otras aficiones SPA además del deporte que vacían la mente como son los trabajos manuales. Curiosamente, cuando cosemos, construimos maquetas, cocinamos o plantamos macetas, nuestra mente se focaliza en la acción y no en las preocupaciones. Pero aún hay más. El movimiento de las manos requiere una activación de circuitos neuronales de tal intensidad que incluso somos más permeables al aprendizaje. Por eso, no es de extrañar que después de realizar trabajos manuales, puedan haber surgido nuevas ideas o enfoques para resolver ese problema que te preocupa.
  3. Espacios SPA. En este apartado la naturaleza es la reina, ya que nos conecta con sentimientos oceánicos, como diría Maslow, que nos hacen sentirnos pequeños y grandes al mismo tiempo. Escaparnos al mar, a la montaña o a un parque que nos desconecte de nuestra rutina es un buen hábito para recuperar la energía. También hay lugares especiales, como determinados templos o espacios que te conectan con emociones agradables de tu pasado, por ejemplo. Pero si no tienes esa posibilidad, crea tu propio espacio SPA en casa. Un “sitio sagrado”, que respeten el resto, con tu música, una luz especial, quizá una lectura amable, pero algo que sea tuyo, solo tuyo, y que distraiga a tu mente de las preocupaciones.

En definitiva, los problemas nos ayudan a crecer, pero mientras encontramos la solución, necesitamos recuperar energía y conseguir nuevos enfoques para contemplarlos. Y estos son los SPA personales: amigos, aficiones o espacios que nos ayudan a conectar con nosotros mismos y a sentirnos bien. ¿Cuáles son los tuyos?

Qué hacer cuando a tu trabajo no le encuentras sentido

Por: | 27 de junio de 2016

Verywell.com

Imagina que consigues tu trabajo ideal. Siempre soñaste con ser pintor y te contratan en un estudio, donde puedes pintar lo que te gusta, te rodeas de los mejores, ganas una pasta y se te reconoce lo maravilloso que eres. Todo perfecto, excepto un “pequeño detalle”. Cada noche, cuando te vas a casa, tu obra se destruye y al día siguiente, has de comenzar una nueva. Pregunta: ¿te motivaría ese trabajo? Difícilmente. Y el motivo es muy simple: todos necesitamos encontrar un sentido a lo que hacemos y si este no existe, la desmotivación campa a sus anchas. No es de extrañar que la principal tortura de las supervivientes de los campos de concentración en Siberia fuera precisamente esta. Más allá de la hambruna o el frío atroz, era construir un muro para al día siguiente deshacerlo, volver a construirlo de nuevo y así sucesivamente, como si estuvieran atrapadas en la película “El día de la marmota”, donde el protagonista un día tras otro vive exactamente lo mismo sin posibilidad de cambiarlo. Salvando las “kilométricas distancias”, la sensación de estar atrapados nos puede suceder a cualquiera de nosotros cuando nos enfrentamos a trabajos que creemos que no sirven absolutamente para nada. Pero la buena noticia es que no está todo perdido. Vamos a ver qué tres claves están en nuestras manos para salir de esta sensación incómoda.

  • Primero, el sentido depende de ti. No es algo que esté escondido y que una persona desde fuera te lo tenga que desvelar como si fuera un oráculo (un jefe normalmente). Está en tus manos. Por supuesto que sería más fácil si tuviéramos un jefe majo, que nos explicara con detalle el por qué hacemos lo que tenemos que hacer; o que el departamento de al lado, que nuestro cliente o quien fuera, valorara nuestro esfuerzo y nunca lo tiraran por la borda. Pero esto no siempre ocurre. Y cuando no sabes el para qué haces lo que haces, has de ser tú quien le des la respuesta. O como resume Xavier Guix, no tenemos que buscar el sentido “de” la vida, sino el sentido “en” la vida o en el trabajo, podríamos añadir.
  • Segundo, encuentra tus puntos fuertes y aplícalos en tu trabajo (hasta en los rutinarios). Así lo explica Martin Seligman, psicólogo y profesor en la Universidad de Pensilvania. Seligman trabajó con una persona que estaba frustrada con su empleo. Se trataba de una profesional de un supermercado cuya función era introducir en bolsas las compras de los clientes. Un trabajo un tanto aburrido, sin duda. Pero Seligman le ayudó a entenderlo de un modo distinto. Primero, identificó cuáles eran sus puntos fuertes como persona. En este caso, su capacidad para las relaciones sociales. Y segundo, los aplicó a su puesto de trabajo. De esta forma, la mujer se puso como objetivo lograr que sus clientes tuvieran una magnífica experiencia social cuando interaccionaran con ella. Su motivación cambió y su satisfacción en el trabajo, también.
  • Y una última clave: piensa en terceros. El sentido más poderoso es cuando afecta a otros: familia, amigos o clientes, como el ejemplo de la anterior profesional. Cuando uno se ancla en el impacto positivo de lo que va a hacer (a veces es mostrar una cara amable a personas queridas en situaciones difíciles), encuentra más recursos en sí mismo. Cuando uno piensa: “cuando todo esto pase, contaré a terceros cómo lo viví con dignidad”, también encuentra fuerzas de flaqueza, como recomienda Viktor Frankl, psiquiatría judío superviviente de Auschwitz.

Así pues, el sentido depende de ti. Hay trabajos y momentos donde es más fácil vivirlo, pero el desafío surge cuando te enfrentas a la rutina, a la frustración de partida o al desánimo. Es entonces cuando has de recordar que el sentido de trascendencia está en tus manos y en la manera en la que vives lo que te ha tocado vivir. Ahí está tu margen de libertad y tu capacidad para encontrarle el sentido.

  “El hombre no necesita vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o misión que merezca la pena”

 Viktor Frankl

 Fuente: verywell.com

 

¡Socorro, me ataca el narcisismo!

Por: | 19 de junio de 2016

Codigonuevo.com

Hace quince años descubrí unos personajes curiosos en las discotecas de Los Ángeles. Eran los “paparazzi aficionados”, personas apostadas a las salidas de los clubs para tomar fotos de los famosos. No eras periodistas ni fotógrafos del corazón. Sencillamente, chavales que tenían ese deporte nocturno y coleccionaban fotos de sus perseguidos famosos. Y no hablo de cuatro que no tuvieran otra cosa que hacer, sino de más de treinta o cincuenta, que huían de los porteros de discotecas, siempre tan simpáticos en cualquier parte del mundo. Pues bien, años después, hay personas que llegan a contratar a unos cuantos de estos paparazzi con el simple objetivo de aparentar ser famosos. Con eso no se libran de los porteros de discotecas, sino que se convierten en la mirada de los que están haciendo la fila. Es la moda en Los Ángeles y otras ciudades que refleja un síntoma de nuestra sociedad: el narcisismo ha aumentado y los datos así lo avalan.

Existe un test que evalúa el nivel de narcisismo en nuestra personalidad y este se ha duplicado entre los estudiantes universitarios desde 2002 hasta 2009, en comparación con la media de entre 1982 y 2006, según Jean Twenge y Joshua Foster. Curiosamente, los hombres suelen ser más narcisistas, pero parece que las mujeres estamos “trabajando duro” para alcanzarles y nos estamos aproximando a ellos, en opinión de estos profesores de las universidades de San Diego y de Alabama.

El narcisista está encantado de conocerse. Le preocupa su imagen, su prestigio y tiene una alta desconexión con las emociones del resto. Vamos, la empatía no es precisamente su fuerte. Y el narcisista se esconde detrás de muchas caras: desde una persona muy agradable que cae bien a todos, el que siempre cuenta chistes o el que “yo, yo, primero yo y nadie me entiende”.

Posiblemente, todos tengamos algo de narcisistas y eso no significa que debamos irnos corriendo a terapia. De hecho, como explican Twenge y Foster, la edad lima este impulso: en el famoso test solo el 3 por ciento de las personas mayores de 65 años tenían rasgos acentuados narcisistas frente al 10 por ciento que ocurre en los veinte. Por tanto, es algo que se va sanando. El problema surge cuando se convierte en algo enfermizo o cuando tenemos que soportarlo en otros.

Muchos políticos parecen narcisistas (en campaña electoral tenemos material muy interesante de análisis y me temo que es independiente del partido político en cuestión); al igual que unos cuantos jefes y directivos que he conocido, tan preocupados por su poder y muy poco por lo que les ocurría al resto. Y quizá tengas algún amigo o pareja (o ex) que también lo fuera.

El problema del narcisista es que va a lo suyo. Como le ocurrió al actor Alec Baldwin en 2011. Le expulsaron de un avión porque se negó a apagar su iPad antes de despegar. Motivo: estaba en pleno videojuego y acabó encerrado en el baño para no perderse la partida, como si nadie se fuera a dar cuenta. Las celebrities son carne de narcisismo (no todas, pero muchas). Y las redes sociales en las que mostramos nuestra mejor cara y nuestra imagen siempre maravillosa, para que nos den muchos likes, nos refuerzan esta conducta.

El gran Woody Allen lo resume así: “Yo me crié en la confesión israelita, pero al hacerme adulto me convertí al narcisismo”. Así pues, como el narcisismo nos puede “atacar” a cualquiera, ¿qué debemos hacer? (para no convertirnos en insoportables y desarrollar un poquito más la empatía).

  1. No te tomes tan serio. Estamos de paso. El éxito y la fama son pasajeras. Incluso nuestro cuerpo. Si nos obsesionamos con ello, dejamos de perder el contacto con el resto de personas y con valores mucho más profundos, lo que sí que es un síntoma de fracaso.
  2. Humildad, siempre. Rafa Nadal es y será uno de los deportistas más apreciados en España, precisamente por su humildad y por su respeto hacia los otros.
  3. Actitud abierta al aprendizaje. El eterno aprendiz no es narcisista. No mira hacia sí mismo, sino hacia lo que puede alcanzar.
  4. Un poco de sentido del humor con uno mismo. Reírnos de nosotros, de nuestros fracasos, sin esperar que el resto nos aplauda, es una manera de aterrizar nuestras tendencias a ser el epicentro del mundo.

 “Quien sólo vive para sí, está muerto para los demás.”

Publio Siro

Foto: Código nuevo. 

Cuatro claves para romper con una amistad tóxica

Por: | 12 de junio de 2016

Kampaii.com

 

Cada vez que quedas con un cierto amigo o amiga (o hablas por whatsapp), te quedas con sabor amargo. Puede que sea por sus comentarios sutiles, bromas pesadas que no te hacen ni pizca de gracia o porque abre el muro de las lamentaciones que te dejan agotado. Sea lo que sea, te hace sentirte mal. Pues bien, ha llegado el momento de darte cuenta de que quizá te estés enfrentando a una relación tóxica, aquella que te desgasta de energía y que no aporta en ambos sentidos. Las personas cambiamos y aquella amiga o amigo del alma, con el que compartías penas y glorias, ya no es el mismo y se ha convertido en alguien que es mejor evitar. Veamos cuáles pueden ser los motivos para que una amistad se haya convertido en “tóxica”:

  1. Porque tu “amigo” te tiene envidia. Puede que sea la principal causa. Es una emoción profundamente escurridiza. Quizá ni hayas sido consciente de que esa persona a lo largo del tiempo ha ido labrando una envidia hacia a ti, que le lleva a darte malos consejos en tu relación con hombres o mujeres, que se alegra de que hayas fracasado en algo o que critica cualquier cosa que te haya ido bien.
  2. Porque te coge de chivo expiatorio para hacerse el gracioso. Le gusta el poder en el grupo y se aprovecha todo el tiempo de ti para quedar por encima de todos. Te puede hacer comentarios, que te dejan en un mal lugar o llega a ridiculizarte bajo la excusa: “son bromas, no te lo tomes así”. Normalmente, ese tipo de personas van con su séquito, que le ríen las gracias aunque sea a costa de ti. Y, cuidado, tanto su séquito como él son tóxicos.
  3. Porque tiene una gran rigidez mental y no para de cuestionarte. Esto ocurre si tu “amigo” es de los que se sienten jueces del mundo y carecen de autocrítica para ellos mismos. Puede que en el pasado los dos estuvierais más alineados en gustos o en formas de ver la vida (de pequeños todos somos más parecidos). Sin embargo, uno ha cambiado profundamente y la diferencia con el otro es abrumadora. En vez de entenderlo tu “amigo” o “amiga” como respeto o aprendizaje, la diferencia la convierte en una crítica constante. ¿Motivo? Puede ser de nuevo envidia, nostalgia o inseguridad. En cualquier caso, los comentarios y los constantes juicios vuelven a ser tóxicos.
  4. Porque es cansino con sus problemas. Se apoya en ti para contar lo mal que va su vida y no para de hablar de sus desgracias, no escucha, su vida siempre es peor que la tuya y etc., etc., etc. Normalmente, las personas que refuerzan su autoestima en dar pena a otros necesitan de alguien que les escuche. Si te ha escogido a ti y tú no compartes esta tendencia, las conversaciones te pueden agotar profundamente.

 Todo lo anterior puede que no sea ni la primera ni la segunda vez pero tú sigues viéndole, por diversos motivos. Pues bien, veamos qué podemos hacer para comenzar a cuidarte un poco más:

  1. Deja de fantasear con que tu “amiga” vaya a cambiar. Las personas somos lo que somos y, con el tiempo, vamos acentuando una de nuestras facetas. Es posible que tu “amiga” o “amigo” sea muy simpático, te rías mucho pero te tiene envidia, por ejemplo. Esto último no lo puedes tú cambiar y es lo que te lleva a aguantar muchos comentarios incómodos. Por lo tanto, acepta que él es así y acepta también que esa parte te hace daño.
  2. Pon límites. Aunque compartáis una misma pandilla, quizá sea el momento de decir basta. Tienes derecho a que se te respete. Ni aceptes bromas que no te gustan ni comentarios a tus espaldas. Confróntale. Puedes quedar un día con él o con ella, se lo dices y le das una oportunidad. Si no lo reconoce o si persiste, es mejor buscar otros amigos que aguantar el dolor de no ser respetado (y al fin y al cabo, a los amigos los escogemos, ¿no?).
  3. Desahógate y agradece. Escríbele una carta aunque no se la mandes para agradecer el pasado, desearle suerte en el futuro y comenzar una vida separados. La rabia tampoco es una buena emoción para ti y no vale la pena mantenerla hacia nadie.
  4. Y sé firme en tu decisión. Puede que te hayas dicho muchas veces que no querías volver a verlo o verla, pero por influencia de otros o porque te da pena la situación, tiendes un puente y pasado un tiempo vuelves a las andadas. En ese momento te enfadas con él y contigo mismo por haber recaído. Por ello, y si ya te ha ocurrido más veces, sé firme. Nada es eterno, ni la amistad. Y esa persona perteneció a tu pasado y muy probablemente, el futuro te aguarde mejores amigos para crear relaciones mucho más saludables si eres capaz de romper con las tóxicas.

 

La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad.

Sir Francis Bacon

Fuente: Kampaii.com

Cuidado con el amor ciego hacia nuestros hijos (o padres)

Por: | 05 de junio de 2016

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No todos las formas de amar son sanas. Cuando los dos crecemos, es saludable. El problema surge cuando quieres y quieres, pero es a costa de perder una parte de ti mismo importante. Ese es un amor ciego, que nos lleva a espirales que pueden llegar a ser autodestructivas para ti o para la otra persona. En el caso de la pareja, lo reconocemos fácilmente cuando uno está tan “coladito” por alguien que le lleva a perder la cabeza (menos mal que el enamoramiento tiene sus hormonas oscilantes que pasado un tiempo nos hacen recuperar la razón). El problema surge en espacios mucho más sutiles, más controvertidos, como son la relación entre padres e hijos. Hay padres que quieren a sus hijos profundamente, con toda la buena fe del mundo, pero sin embargo, están creando relaciones que no son positivas para ninguno de los protagonistas. Querer y querer pero sacrificando todo cuanto tenemos, es un flaco favor que nos hacemos como padres y que le hacemos a nuestro hijo. Es un tipo de amor ciego, muy difícil de reconocer en uno mismo y, como siempre, muy fácil de ver en otros y sobre todo en quien se ha separado o al que no le va bien la relación con su pareja. Veamos cuándo vivimos el riesgo de caer en el amor ciego:

  1. Cuando te va mal en la pareja y proyectas de manera inconsciente la falta de cariño en uno de tus hijos. Se genera un vínculo muy especial, pero hay dos riesgos: no dejas espacio a reconstruir tu vida con una nueva pareja (el espacio que no le corresponde lo ocupa tu hijo) y segundo, se corre el riesgo de que ese hijo crea que sus futuras parejas no están a la altura del cariño que le dio su papá o su mamá (lo que llamamos vulgarmente enmadrado o empadrado, solo que ya con pelo en pecho). Y seguro que conocemos a más de uno con un vínculo excesivo a sus padres y posiblemente sea por un amor ciego entre su progenitor y él o ella. Si alguien está muy empadrado o enmadrada o “hijodrado e hijadrada” (perdón por el vocablo inventado) es difícil que tenga espacio para una relación de pareja saludable.
  2. Cuando vives una separación y por culpa o por soledad, colocas a tu hijo en el absoluto epicentro de tu vida a costa de sacrificar cualquier proyecto personal y profesional. Es una variante de la anterior, que ocurre muchísimo en las separaciones y, en especial, en el progenitor que ha perdido la custodia (normalmente, el padre). Los hijos se convierten en una obsesión, muy superior a cuando incluso vivían juntos en familia, y vuelven a colocar en ellos un amor ciego que no les corresponde con un altísimo sacrificio personal.
  3. Cuando como padre le recuerdas una y otra vez lo durísimo que fue haberle tenido, la cantidad de sacrificio que te supuso, las renuncias que tuviste que hacer y etc… Se busca un constante reconocimiento absurdo. Seamos sinceros: la decisión es personal. Si tenemos un hijo no es porque él nos haya escrito una carta pidiéndonos nacer o ser adoptados. Lo hemos decidido (o hemos asumido un riesgo sabiendo cuál podría ser la consecuencia). ¿Cuál es el precio desde esta actitud que le hacemos pagar a nuestro hijo? La culpa. Desde la culpa hacemos muchas tonterías, como rechazar al padre que te repite la misma cantilena de lo mucho que sufrió o evitar tener hijos o tantas otras decisiones inconscientes, que pueden ser también igualmente absurdas.
  4. Cuando esperas que tu hijo cumpla con tus sueños no conquistados por ti mismo. Otra tontería inconsciente que nos lleva a sobredimensionar la agenda extraescolar de los niños y a hacerles vivir una vida que ellos no han escogido. No olvidemos que los hijos, sobre todo de pequeños, buscan agradar a sus padres y pueden estar dispuestos a sacrificar sus propios deseos en aras de sus progenitores… y esa decisión de adultos les puede pasar factura a la relación.

En definitiva, el amor hacia los hijos es posiblemente el más intenso y el más puro que podamos sentir. Llegaríamos a dar la vida por ellos, pero dicho esto, reconozcamos algo políticamente incorrecto: además de padres, somos algo más, somos personas que tienen parejas, familia, amigos, proyectos profesionales, aficiones…, aunque podamos pensar que esa parte de nosotros no sea tan importante. Hacer girar absolutamente toda nuestra vida en torno a nuestros hijos (al igual que toda nuestra atención), tiene consecuencias negativas para ellos y para nosotros mismos como hemos visto. Si queremos tener hijos autónomos y libres en sus decisiones, aprendamos a controlar nuestros amores ciegos, porque les hacemos un flaco favor a ellos y también a nosotros mismos.

Tener salud es sexy

Por: | 31 de mayo de 2016

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En Asia las mujeres se cubren la cara para no tomar el sol mientras que en Europa nos tostamos en la playa en cuanto podemos. Está claro: los cánones de belleza varían con la cultura, pero también con el tiempo. Si no, contemplemos el cuadro de las Gracias de Rubens lo lejos que queda de lo que ahora anhelaríamos por un cuerpo 10. Sin embargo, la ciencia nos aporta un nuevo enfoque y nos dice que más allá de los gustos, los hombres y las mujeres con salud resultan más sexys que aquellos que no gozan de una salud de hierro. Y aún más, según un reciente artículo publicado por los psicólogos canadienses Daniel Re y Nicholas Rule, la salud la llevamos escrita en la cara. Como concluyen los investigadores, cualquier observador no experimentado (léase, cualquier mortal) podemos identificar tres rasgos faciales que nos dan pistas sobre la salud del que tenemos enfrente: dos de ellos están relacionados con el color de la piel y el tercero, con la adiposidad o grasa acumulada.

El primer rasgo es el enrojecimiento de la piel. Si tenemos una piel oxigenada gozamos de un color rojizo, bien diferente a la palidez o a la piel azulada que se nos pone cuando estamos enfermos. El rojo es un color sexy en la naturaleza y no solo para los humanos, sino para nuestros primos, el resto de primates. ¿Motivos? Varios. Como apuntan distintos primatólogos, el rojo está relacionado con la receptividad sexual de las hembras, con la fruta madura o con el color saludable de la cara de los chimpancés o bononos, por ejemplo. En cualquier caso, los humanos hemos heredado este color como algo sexy y no es de extrañar que el rojo sea el “rey del mambo” en los colores preferidos en sus distintas versiones para los lápices de labios y colorete. Pero más allá de los maquillajes y de una manera mucho más saludable, según los psicólogos Re y Rule, podemos lograr un mayor enrojecimiento si dedicáramos al menos una hora a la semana de ejercicio aeróbico.

El segundo rasgo que identificamos de manera innata de una persona sana es el brillo amarillo de la piel, distinto una vez más a la palidez. Lo que otorga este brillo son los carotenoides de las frutas y de las verduras, que son antioxidantes y que ayudan al sistema inmune y a frenar el envejecimiento. Ambos rasgos, el color rojizo y el brillo amarillo han de tener una medida adecuada, porque un exceso deja de gustar y se convierte en enfermedad, como quemaduras del sol o problemas hepáticos. Por eso, Re y Rule recomiendan (y como era de esperar), que comamos tres piezas de fruta al día para tener una piel sana y resultar más sexys a los ojos del resto.

Y el último rasgo es la grasa acumulada. Si tenemos obesidad se refleja en nuestra cara y los demás lo perciben de manera innata. La obesidad implica problemas de hipertensión, coronarios…, más allá de cuestiones atractivas, por lo que no es de extrañar que una persona se considere más sexy si no tiene un índice de obesidad preocupante (otra cosa es caer en cuerpos anoréxicos, que parece que es una de las tendencias de los últimos años y que resultan igualmente preocupantes en términos de salud física y psicológica).

En definitiva, cuidar nuestro cuerpo nos hace resultar sexys y eso lo percibimos de una manera innata, porque tenemos una piel más oxigenada, porque contamos con un sistema inmunitarios más poderoso y porque no tenemos problemas de hipertensión o coronarios. Por ello, aprender a cuidarnos es también aprender a ganar belleza, independientemente de la edad que tengamos.

No creas todo lo que recuerdas

Por: | 22 de mayo de 2016

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Quizá te has pasado toda la vida recordando que de pequeño te pasó tal cosa y un buen día, pasado el tiempo, en una conversación con un hermano, te das cuenta de que no era cierto, de que tu memoria quizá te había fallado.  Motivo: nuestra colección de archivos del pasado está llena de defectos. Y esto es una mala y una buena noticia al mismo tiempo. Veamos qué le pasa a nuestra memoria para no ser tan fiable, como explica la psicóloga Julia Shaw.

  1.  Podemos evocar recuerdos que nunca ocurrieron. Los investigadores hicieron el siguiente experimento con estudiantes universitarios: les indujeron a imaginar una infracción que no habían cometido, como un robo o un asalto. Durante dicha persuasión, además, mezclaron hechos reales de alta carga emocional que habían obtenido de sus propios familiares con sucesos que nunca sucedieron. Y después de crear ese cóctel, les entrevistaron a ver qué recordaban. Pues bien, el 70 por ciento de los estudiantes dieron detalles del incidente que nunca habían vivido. Parece que así funciona nuestra mente… y lo que consigue, por cierto, la persuasión social (como la publicidad o mensajes subliminales)
  2. Nuestra memoria es selectiva. En los años 60 se hizo una encuesta entre hombres y mujeres acerca del porcentaje de las tareas domésticas que hacía cada uno. El resultado fue curiosamente el mismo para ambos sexos. Tanto las mujeres como los hombres consideraban que hacían el 70 por ciento de las tareas de la casa. Como las matemáticas no engañan, no cabe duda de que somos expertos en organizar los armarios de la memoria conforme a unos criterios previos y que recordamos aquello que más nos interesa (aunque sea en detrimento de otras personas).
  3.  Diferenciar los recuerdos verdaderos de los inventados a veces es difícil. Científicos de la Universidad de Northwestern en Chicago han descubierto que lo que imaginamos se superpone a aquello que realmente hemos vivido, lo que hace que nuestro cerebro no sea capaz de diferenciar entre lo que ha vivido y lo que ha imaginado. Eso significa que si visualizamos algo con muchísima intensidad podemos confundirlo con algo que realmente haya existido. Esta investigación publicada en la revista Psychological Science levantó un debate interesante en la comunidad científica entre partidarios y detractores, que todavía sigue abierto… pero lo que parece que hay consenso es que podemos llegar a confundir la realidad con la imaginación.

En definitiva, los resultados anteriores podemos leerlo como una mala o una buena noticia. La “mala”: nuestra memoria no es tan fiable como nos imaginamos, por lo que posiblemente necesitemos revisar ciertas cosas que “recordamos” con datos, fotografías u opiniones de otros, aunque sean tan subjetivas como las nuestras. Y la “buena noticia”: si nuestra memoria es un tanto caprichosa eso significa que podemos adaptarla a entender la vida de un modo más amable. Podemos seguir machacándonos con aquello que vivimos en nuestra infancia o bien, enmarcarlo en un contexto más favorable para nosotros. En la medida que podamos reescribir nuestra memoria, podemos reescribir nuestra vida. Como resume, Milton Erickson:

 “Nunca es tarde para una infancia feliz”

 Así que atrevámonos a revisar los armarios de nuestra memoria.

Hablemos de nuestros errores

Por: | 15 de mayo de 2016

Everythingonbusiness.com

- ¿Cuántas veces has fracasado en tu empresa? – le preguntó un posible inversor a un emprendedor, que se afanaba en hablar de las excelencias de su producto.

- He montado antes dos empresas que no funcionaron. Esta es la tercera – respondió, serenamente.

El inversor le sonrió y le dijo: “Está bien, sigamos hablando”.

Esta conversación la escuché en una ronda de inversores en Silicon Valley, uno de los lugares más innovadores del mundo. Es la cuna de las empresas más punteras de Internet, como Google, Facebook o Airbnb, entre las más conocidas; además de otras más entradas en años, como Visa, Levi´s o Häagen-Dazs. Allí el fracaso se vive como algo inherente al aprendizaje y está tan asumido, que los emprendedores tienen a gala sus anteriores errores. De hecho, se calcula que en Silicon Valley fracasan el 78 por ciento de las start-ups (o empresas jóvenes digitales). No está mal. El fracaso está a la orden del día de la realidad empresarial, pero también de la personal y de la propia naturaleza.

En los famosos documentales donde vemos cómo la leona caza a la gacela en una carrera, la estadística demuestra que la leona solo acierta en el 10 por ciento de las ocasiones (precisamente, lo que se ve en el documental). Y la leona no deja de intentarlo aunque le suponga fracasar el 90 por ciento de las veces. Sería absurdo. Moriría, como nos pasa a cualquiera de los mamíferos que vamos vestidos. Si el error nos impide volver a intentarlo, “morimos”, quizá no físicamente, pero sí nuestro espíritu de aprendizaje o de exploradores. Por eso, no es de extrañar que cualquier iniciativa que ponga de manifiesto que detrás de nuestros aciertos hay un sinfín de errores, tiene un éxito increíble. Así ha ocurrido con Johannes Haushofer, un profesor de Princeton, universidad de gran prestigio. Ha publicado su curriculum vitae de errores, donde recoge las universidades donde no fue aceptado como docente, los artículos que escribió que le rechazaron las revistas científicas y las becas o los fondos de investigación que le fueron denegados. En fin… lo habitual que contiene un curriculum que no solo mostrara los éxitos, sino también los esfuerzos y los errores. Y curiosamente, su CV de fallos ha tenido muchísimo más impacto en las redes sociales que todo su trabajo durante años. Y es que quizá, estamos cansados de mostrar una máscara sobre el éxito que nos cuesta mucho de mantener.

Todos nos equivocamos, porque somos mamíferos, porque la vida no se somete a las hojas de Excel o a lo que debería ser. La vida es y punto. Podemos dejarnos la piel y no conseguir nuestros objetivos, pero quizá lo importante sea otra cosa, sea avanzar, atrevernos, aprender y saber que nuestros resultados también están sujetos a un porcentaje de azar o de decisión de otros. Y esto nos pasa absolutamente a todos. A mí incluida. Yo tampoco conseguí trabajos a los que optaba, he fracaso en dos empresas anteriores que monté, he perdido dinero en inversiones que han sido un desastre, he escrito algún libro que ha pasado sin pena ni gloria (por no hablar de algún post de este Laboratorio que no gustó demasiado aunque a mí me entusiasmara) y me he equivocado en conferencias, en las que no he sabido llegar al público. Sí, he vivido muchos errores y confío en vivir muchos más, porque significará que estoy viva. Dejemos de dar una imagen de éxito a toda costa, porque es falsa, porque es cansina y porque, además, es mentira. Somos eternos aprendices de un proyecto que se llama vida. Así que atrevámonos a experimentar y a aprender, en vez de obsesionarnos con el éxito y con el fracaso en nuestra vida profesional y personal.

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

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