Ladrones de fuego

Vicente Ameztoy: una isla entre artistas

Por: | 20 de mayo de 2013

VICENTE AMEZTOY   (1946-2001)

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     Con motivo de la reciente aparición del libro Hablan los artistas (son cien los entrevistados:  alaveses-guipuzcoanos-navarros-vizcaínos), traigo al recuerdo  a uno de ellos, Vicente Ameztoy, muerto varios años atrás. Lo hago a través del obituario publicado en El Paìs, al día seguiente  de su desaparición. Así lo sentí entonces y sigo sintiéndolo ahora: "El seis de noviembre de 2001 murió Vicente Ameztoy, poeta del sueño y la infancia perdida. Ni en lo estrictamente creativo ni en lo personal es posible encontrar parecido alguno con el resto de los artistas del País Vasco, tanto en el presente como en el pasado. Él era una isla entre artistas".
     "Fue un artista precoz. Poseía una mano muy dotada para la pintura. En sus jóvenes años vivió la vida con un vendalavesco frenesí. En ese tiempo probó la experiencia de pintar bajo la influencia de alucinógenos, opiáceos y toda clase de drogas. Hizo cuadros enteros con ácidos lisérgicos. Todo le servía para colmar su arrebatadora pasión por el arte, a la vez que le ayudaba a explorar en derredor de su geografía interior. Pero por encima de todo le importaba el hecho artístico".
     "No aspiró nunca a estar dentro de los circuitos comerciales, como tampoco movió un dedo por convertirse en un pintor de éxito. Por esa razón realizó pocas exposiciones individuales en su vida". 
     "En los últimos veinte años, tan sólo expuso de manera individual en dos ocasiones: la antológica de Arteleku (San Sebastián), bajo el título Karne & Klorofila (recopilación 1976-1990), y la celebrada en el centro Koldo Mitxelena, en octubre de 2000, donde se pudo contemplar el encargo que le hicieran siete años antes los propietarios de la Bodega Remelluri (Rioja Alavesa), para que pintara varios retratos de santos y un Paraíso ubicados en el interior de la ermita de esa heredad".
     "Hay dos efemérides sustantivas en el arte de Ameztoy. Destaca en la primera el esplendor de su certera mano, sobre todo en las obras fechadas en 1977. En esos trabajos surge una suerte de éxtasis, hasta el punto de que su alada mano le impele a querer desaparecer como persona para convertirse y llegar a ser la totalidad del lienzo, repleto de formas y colores. En esas obras, vividas en un estado de latencia extática, ahí es donde Ameztoy era incomparable e insuperable. En la segunda, y en referencia a las obras de Remelluri, se nota que el artista había perdido parte del dominio y seguridad de su mano, sin embargo, continuaba en posesión de una sutil e inteligente sensibilidad que atesoraba desde muy temprana edad. Mas continuaba siendo el artista isla". 
     "Mientras vemos pasar de manera regular y velocísimamente a no pocas generaciones de jóvenes artistas vascos camino de la gloria del talonario y la ubicación apoltronada en museos localistas, cobra un valor especial la actitud que mantuvo en vida Vicente Ameztoy, ajeno al deseo de medrar a costa de perder independencia. La voluntad de querer ser pintor, por encima de todo lo demás, le llevó a alzarse a mucha distancia de la mayoría pululante y populosa".
     "Su arte fue su refugio recurrente. Allí se palpa lo más parecido a una búsqueda hacia la cueva o fondo primigenio, que viene a ser simbólicamente el útero materno. Años atrás se lo indiqué al propio Ameztoy, y él dijo estar completamente de acuerdo. De igual modo aceptó sentirse poseído por la abundancia de la flora, para refugiarse en la hierba, en los cloroplastos de los órganos de las plantas, en una imperiosa necesidad de volver a la infancia como quien busca con ansiedad una protección irrestañable. Todo su arte estuvo preñado de verdad. Era su imperiosa verdad".
    "En mi fervorosa despedida hacia él, encuentro un breve epitafio tejido por un poeta del sueño, el mexicano Jaime Sabines (1926-1999), semejante a lo que fue en vida Vicente Ameztoy: Madre generosa / de todos los muertos, / madre tierra, madre, / vagina del frío, / brazos de intemperie, / regazo del viento, / nido de la noche, / madre de la muerte, / recógelo, abrígalo, / desnúdalo, tómalo, / guárdalo, acábalo".

      **  Fotografió a Ameztoy  la pintora Rosa Valverde, interviniente en el libro Hablan los artistas (quienes me concedieron el inmerecido honor -como diría Borges- de ser el preguntador de todos ellos)

                              [siguiente personaje Asunción Balaguer: 27-5-2013]

         

Krystian Zimerman: pianísimo

Por: | 13 de mayo de 2013

KRYSTIAN ZIMERMAN   (1956)

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     Entrevisté al pianista polaco Krystian Zimerman en la Sociedad Filarmónica de Bilbao, donde iba a dar un concierto. Estábamos en una sala reducida con las paredes llenas de fotografías de un sinnúmero de intérpretes, solistas famosos como Pau Casals, Rubinstein, Zabaleta, Rostropovich, entre otros, quienes habían dejaron huella indeleble en aquel ámbito musical. 
     En uno de los pasajes de nuestra conversación, dijo Zimerman: “Para afrontar conciertos duros como puedan ser los de Rachmaninov, Bartok o Tchaikovski hay que estar dotado de gran fondo físico, además de talento. Aunque es verdad que también depende de la acústica del local, como depende del piano y de cuántas veces hayas tocado cada pieza. Si la has tocado pocas veces, necesitas invertir más energía que si la has tocado muchas veces. En los primeros conciertos de cada pieza siempre se hacen muchos movimientos innecesarios, que luego van desapareciendo”.
     Casi seguido añadió la siguiente confesión: “Los miedos, las dudas, las vacilaciones pueden darse antes del concierto, dentro del propio concierto y aún después de haberlo realizado. No creo que el artista exista sin esas dudas, vacilaciones y miedos. Si estuviésemos seguros de cuanto hacemos, sería cosa de repetirse, serían fotocopias de lo mismo”.
    Parecía que el entrevistado, en vez de dirigirse a quien le preguntaba, se estaba dirigiendo a aquellos grandes intérpretes que lo miraban –en blanco y negro–, con ojos atentos, fijos, expectantemente petrificados por encima del tiempo y del espacio. 
    Su imagen, recordó Zimerman, en algunos países puede verse como alguien que interpreta dando más valor a la mente que al corazón. Sin embargo, es todo lo contrario: “cuando estoy absorbiendo la música nunca utilizo el cerebro, sino el corazón; cuando tengo bien estudiada y preparada la interpretación, entonces es cuando empiezo a utilizar la cabeza”.
    Le pregunté si al tocar obras de sus compatriotas Chopin, Lutoslawski y Szymanowski eso suponía para él rozar su infancia, la tierra polaca, la familia, los amigos, el lugar de la memoria y hasta de los sueños. Contestó así: “Para mí todo eso surge con naturalidad. No le preguntemos al pez qué es nadar o por qué nada”.
    Creía firmemente que la música puede convertirse en un órgano del conocimiento de nosotros mismos, un documento indispensable para construir nuestro universo humano.
Antes de terminar, Zimerman tuvo tiempo de emitir un par de respuestas más en torno a la música y su íntima relación con ella: 
    “Podría decir que cuando estoy sentado ante el teclado es mi manera más plena de estar en el mundo. No obstante, la cuestión no es el teclado, o para decirlo de manera más filosófica, no sé dónde acaban mis dedos y empieza el teclado”.
    “Lo que es fascinante, y lo que diferencia a la música de las otras artes, es el factor tiempo. La gente que está en un concierto se da cuenta de lo frágil que es aquello que está escuchando”.
    Nada más despedirnos, mientras yo enfilaba la puerta de salida, él se trasladó al escenario. Volví la cabeza. Le vi sentarse frente al piano y empezar a ensayar sobre el concierto que iba a desarrollar horas más tarde. Las notas del piano lo eran todo en ese momento. La música brotaba como viento dormido que vagara por el espacio de los sentidos.

                                   [siguiente personaje Vicente Ameztoy: 20-5-2013]

El supremo saber de Roa Bastos

Por: | 06 de mayo de 2013

AUGUSTO ROA BASTOS   (1917-2004)

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     “Siento que se escribe por compulsiones hondas que vienen de lejos o que uno empieza a sentir a partir de ciertas mutaciones del espíritu y del cuerpo, pues de alguna manera todos los seres vivos somos mutantes mucho antes de que se inventara la ingeniería genética. El dolor físico, la locura, los grandes sufrimientos morales, al menos no impiden y muchas veces exasperan paroxísticamente –sin que se note–, la necesidad de escribir. Dante (el exiliado perpetuo), Cervantes, Dostoiesvski, Céline (el desollado vivo). Una robusta mala salud es siempre un poderoso estimulante. ‘Llevar la vida sobre el deseo que tiene uno de vivir’. La frase es de Cervantes, escrita dos días antes de su muerte. Podrían haberla escrito Stevenson, Kafka, Musil”.
     “Cada línea que escribimos pretende resumir los grandes libros de la humanidad, esos que escriben los pueblos para que los particulares lean. No es en modo alguno una pretensión maximalista”. 
    “Respecto a qué sería la literatura sin su condición de desmesura, diría que tal vez nada si la desmesura no está condensada en la naturaleza de los mitos y los símbolos que expresa; o sea, en el ‘arte bien temperado’ de un Cervantes, de un Kafka. En un arte de perfección semejante, la desmesura dominada es la materia misma de su trama, de su incandescencia, de su desdicha soterrada, de la felicidad que entraña el arte de la palabra cuando expresa las aspiraciones y necesidades más profundas del espíritu y se confunde con ellas restaurando el equilibrio entre arte y vida”.
     Estas contestaciones son pequeñas muestras de las respuestas a preguntas que le formulé al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos.
     La represión de la dictadura militar de Paraguay obligó a Augusto Roa Bastos a iniciar un largo exilio. Dijo años después: “No me quejo, al contrario, a pesar de las tristezas que me causó, sin el exilio nunca hubiera sido escritor”.
     La mayor parte de ese irredimible exilio transcurrió en Argentina, para más tarde, cuando la dictadura militar hizo presencia en ese país de acogida, trasladarse a Europa, concretamente a Toulouse.
     Cuando contacté con él, Roa Bastos era ya un autor consagrado. En 1989 recibió el Premio Cervantes. Sus tres principales libros son El trueno entre las hojas (1953), Hijo de hombre (1960) y Yo, el Supremo (1974). Ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y ha ejercido como guionista de cine.
     Releo muy a menudo sus contestaciones. Me gustan todas y, muy en especial, su respuesta a mi pregunta sobre si el auténtico escritor es aquel que trata de romper una y otra vez toda convención artística. “El auténtico escritor (la autenticidad es una cuestión de grados; no existe en estado puro) es aquel que escribe no para romper inacabablemente toda convención artística (la escritura misma, es una convención) sino para decir lo suyo con la mayor profundidad posible; es aquel que escribe –como lo sabía Kafka–, viendo el rayo de luz donde estuvo siempre sin que los demás lo vieran antes que él. Si logra esto, las convenciones se deshacen solas”.

                                    [siguiente personaje Krystian Zimerman: 13-5-2013]

El gentilhombre Julian Barnes

Por: | 29 de abril de 2013

JULIAN BARNES   (1946-    )

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     El escritor inglés Julian Barnes se disculpó en una carta manuscrita –de letra bella y puntiaguda, semejante a la de un gentilhombre de Stratford–, con estas palabras: “Lo siento, pero he sido entrevistado tanto en estos últimos doce meses, que no puedo ni ver ninguna pregunta más”. 
     Me puse a pensar si su negativa obedecía a un hastío real o si el verdadero motivo de su renuncia a responder sería porque mis preguntas no tenían nada que ver con los temas de sus novelas. También era probable que, como me ocurriera con Doris Lessing, las preguntas le podían haber parecido absurdas y sin sentido...
     Esa simetría de silencio puede llevarnos al mundo egolátrico del creador. Todo lo ajeno a la propia creación es prescindible. En sus obras se ve como el único habitante del planeta. En cada pasaje, la precisión será tal que hará pensar en los secretos de la naturaleza...
     La escritura produce no pocas patologías, sobre todo durante la gestación de las obras. No importa que se trate de grandes logros o de ínfimos resultados. Si el creador es artista de verdad se verá impulsado por demonios. Cuando sus ideas sean dulces, lo serán más allá de la mermelada. En tanto sus sentimientos bajen hasta lo más abyecto, conseguirá ponernos en disposición de aceptarlo por bueno o, por el contrario, pasaremos rápidamente la página para librarnos de su efecto repulsivo. Transitará de la idiolalia a la afasia sin apenas darse cuenta.
     Julian Barnes es uno de los siete novísimos novelistas británicos de la llamada Generación Granta, junto a Martin Amis, Ian McEwan, William Boyd, Kazuo Ishiguro, Graham Swift y Salman Rushdie. Las dos novelas de mayor éxito de Barnes son El loro de Flaubert (1984) y Una historia del mundo en diez capítulos y medio (1989). Le siguieron otras, Hablando del asunto (1991), El puercoespín (1992), junto a dos novelas, finalistas del Premio Booker, Inglaterra, Inglaterra (1998) y Arthur & George (2005), además del libro ganador del Premio Booker, El sentido de un final (2011).  
     Este racimo de autores podrían ser los primeros en asegurar que la vida de las palabras y la de los que viven de ellas es un respirar continuo, mientras el mundo va fabricando sus días sin fin. Todos estamos inmersos en ese barro. 
     De todo ese barro, distingo la figura del poeta, como alguien que inspira más compasión que la del novelista y, aún mayor, que la del filósofo. Al poeta le importa, por encima de todo, sentir que expresa por medio de palabras todos los movimientos que no puede realizar. Sabe, o cree saber, que en el arte de escribir hay un objeto que solo se encuentra en el escrito mismo. Y por saber todavía más, él –que se mueve dentro del no saber–, sabe que a nadie se le obliga escribir. Se escribe porque está en la sangre de cada cual o porque no se vale para otra cosa...
     Alejé de mí la evocadora ausencia de Julian Barnes, reafirmándome en que su negativa a contestar las preguntas que le envié a su casa de Londres –debidamente traducidas al inglés–, era por no haberle preguntado sobre sus novelas o por las obsesiones vividas en ellas... 
    La mayoría de los novelistas o aquellos adscritos al yo-me-amo-a-mí literario piensan que fuera de su universo de ideas y proyectos lo demás no existe. Toman la novela como el cetro máximo de la literatura. No siendo así, me cuesta creer que Barnes haya pensado que si accediera contestar iba a notarse que tiene los pies planos o cosa parecida.

                                [siguiente personaje Augusto Roa Bastos: 6-5-2013]

Caballero Bonald y los Cervantes

Por: | 22 de abril de 2013

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD (1925-    )

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     El Premio Cervantes (premio anual de literatura en lengua española), otorgado en noviembre de 2012 a JM Caballero Bonald, se lo entregarán mañana, 23 de abril, día de la muerte de Miguel de Cervantes. Según me informa un pajarito radiofónico, el discurso del escritor jerezano en el acto de Alcalá de Henares, versará sobre “Miguel de Cervantes perdedor”. La palabra perdedor invita-obliga a recordar, entre otros, a tres “perdedores” del Premio Cervantes. Pienso en José Bergamín, excluido del premio, en tanto se lo concedían a otros de su misma generación, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti. Me acuerdo de Jorge Luis Borges, a quien le concedieron el Premio en 1979, pero rebajado a  compartirlo con alguien (Gerardo Diego) de menor entidad. Sin olvidarnos de la flagrante injusticia por haber dejado sin premio a Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo, una de las mejores piezas de la novelística en lengua española, de Cervantes a nuestros días. ¡Ay, jurados indoctos-magancieros-inquisidores-fierabrases y peores cosas!
     No es el caso referido a Caballero Bonald. Con este premio vienen a la memoria aquellos poetas de su generación, quienes, además de amigos, estuvieron unidos por afinidad ideológica. Ellos son (todos desaparecidos): Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Blas de Otero. Este 23 de abril, Caballero Bonald los recordará y vivificará, con amor infinito, a todos ellos. Estoy seguro.
     Aprovecho la ocasión para mostrar un breve cruce de palabras con JMCB:
    ¿Por qué no basta tener razón, si la cara es de malicia?
     Los que alardean de tener razón son con toda probabilidad los más necios. Y si además pretenden poner cara de malicia, resultan ya unos marmolillos.
     En una jaula vacía iban tres pájaros libres. ¿La viste?
     La vi. Fue algo muy parecido a una cabeza a pájaros. Las cabezas a pájaros y las jaulas vacías suelen ser episodios consecutivos.
     ¿El auténtico escritor sería aquel a quien le da vergüenza llamarse hombre de letras?
     El escritor y el hombre de letras no tienen por qué coincidir en la misma persona. Las vergüenzas del escritor van por otros caminos.
     ¿La locura es ese exiguo territorio que nos queda para poder alcanzar la libertad suprema?
     La locura es un estado de inocencia, o eso dicen. Pero a veces también puede ser un estado de necesidad. 
     Quien dice encontrarse a gusto en plena naturaleza, ¿será porque la naturaleza no tiene opinión ni puede tenerla acerca de él?
     La armonía del hombre con la naturaleza no depende de la naturaleza. Lo que pasa es que el hombre nunca bebe dos veces en el mismo río.
     ¿Por qué el que oye mal, por lo general oye siempre demasiado?
     Será porque los sordos pueden hacer su propia selección de sonidos, lo que no deja de ser una falta de delicadeza.
     ¿Es verdad que cada respuesta es lo malo de toda pregunta?
     Lo malo de toda pregunta es tener que contestar con otra pregunta. Nunca es del todo cierto lo que admite dudas.
     ¿Las canas son las condecoraciones del tiempo?
     El tiempo no merece un trato tan grosero. Claro que todo depende de lo que se haya bebido entre cana y cana.

                                        [siguiente personaje: Julian Barnes: 29-4-2013]

Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

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