LOLA FLORES (1923-1995)
Cuando fui a entrevistar a Lola Flores ella era una institución en el mundo del espectáculo. Pero no todo fue fácil en su vida. Para llegar “arriba” tuvo que fatigar mucho. Sus inicios artísticos le vinieron de la mano de uno de los más grandes cantaores de flamenco de todos los tiempos, Manolo Caracol (Manuel Ortega Juárez –1910-1973–, hijo del cantaor del mismo sobrenombre; tataranieto de El Planeta, por parte de madre, y biznieto de Curro Dulce, por parte de padre).
En 1943, siendo muy joven Lola Flores, Caracol la eligió como pareja para dar forma a la estampa escenificada, convertida por él en una gran creación artística. La estampa ponía de relieve la amplia gama del cante jondo que atesoraba Caracol, en tanto Lola Flores bailaba subordinadamente a su compás. Un año después de la creación como pareja llevaron a escena el espectáculo Zambra. A partir de ese momento fueron surgiendo estampas antológicas del repertorio, tales como La niña del fuego, La salvaora, Manuela, Compañera y soberana, Morita mora, Romance de Juan Teba, entre otras bullentes obras.
El productor de cine César González contrató a la pareja para varias películas, de las que la mejor fue, sin duda alguna, La niña de la venta (1948). Dos años más tarde, llegó la ruptura de la pareja.
A partir de ese momento, Lola Flores fue construyendo su propio camino artístico. Pasó de ser un “adorno” de Caracol a convertirse en una estrella de la copla. Montó espectáculos donde ella se erigía como principal intérprete. Cantaba y bailaba, esforzándose al máximo. Grabó discos e intervino en películas como suma protagonista. Su popularidad fue creciendo con el paso de los años. Fue conocida como Lola de España y a veces por La Faraona. Tras la muerte de Caracol, y para no olvidarse de sus orígenes, Lola Flores no tuvo reparo alguno en reconocer: “Manolo Caracol me hizo bailaora, aunque él no era bailaor. Me decía cómo tenía que mover los brazos. Cómo y cuándo había que taconear o en qué tercio cogería mi pelo”.
Sentada frente a mí en el salón de un hotel bilbaíno, Lola Flores contestaba, con su saliva al borde de los labios, a preguntas mías en torno a los toros. Estábamos en plena Semana Grande bilbaína. [Lamento no poder ofrecer más del espontáneo torrente de palabras de esta madre coraje del espectáculo, por falta de espacio]. Su espontáneo decir era contundentemente expresivo como las manos de un sordomudo:
Me han gustado los Gitanillos de Triana, Pepe Luis Vázquez, Curro Romero y, sobre todo, mi compadre Antonio Ordóñez...
Si hubiese sido hombre, habría sido torero. Mi alma y mi espíritu están ahí, para jugar al arte...
Cuando un hombre está toreando muy bien a un toro hay algo sexual en ello. Hay mucha sexualidad allí, muchísima, muchísima. Lo que pasa es que todas las mujeres que van a los toros no sienten lo mismo. Unas van por ir, otras por lucir un vestido nuevo. Cuando el torero le presenta al toro la muleta y le mete así la barriga al animal, eso es algo de muy macho, de un tío. Una mujer que sea femenina ve algo en ello que contiene mucha sexualidad...
Cuando murió Paquirri, me quité de ir a los toros. Me dio tanta pena, que ya no quise ir más a los toros...
Tras despedirnos, ella se dirigió hacia un grupo de informadores de prensa, radio y televisión que la esperaban expectantes. Me pareció que iba con la intención torera dispuesta a pasarse por la barriga a todos y cada uno de ellos.
[siguiente personaje: Fabio Biondi: 23-7-2012]