JOAQUÍN VIDAL (1935-2002)
Mientras que en otros tiempos la fiesta brava se manifestaba como un rito de vida y muerte, y era considerada como emblema de breves pasadas glorias, en la actualidad no es sino un reducto de presentes largos males. Estos males los fue denunciando el inolvidable e irrepetible Joaquín Vidal. En sus crónicas, plenas de conocimiento, gracia e ironía, ponía al descubierto las argucias fabricadas por la dominante tríada compuesta por empresarios-ganaderos-toreros.
Vidal vivía apartado del trasmundo de los toros. Huía del taurinismo como de la peste. Él asistía a las ferias más importantes de España para dar fe de lo que acontecía en los ruedos. Enviaba las crónicas a su periódico y no quería saber más nada hasta el inicio de otro nuevo ciclo torero.
Por eso, y por decir la verdad sin paliativos, se le consideró un detractor de la fiesta. Ahí estaban los profesionales del halago, palmeros sempiternos de las figuras, para corroborarlo, capaces de crear tumescentes campañas en su contra. Pero como si decían misa con capuz de esmeraldas. Vidal los despreciaba con su silencio a todos y a cada uno.
Guardo recuerdos estupendos del no menos estupendo Joaquín Vidal Vizcarro. A partir de mediados de 1998 hasta su muerte, acaecida el 10 de abril de 2002, me convertí en ayudante suyo en las ferias de San Sebastián y Bilbao. Mi labor consistía en estar atento a cualquier circunstancia que se diera en torno a cada corrida. Lo mismo acudía a la enfermería, cuando había heridos, a recoger los partes médicos, para que Joaquín los diera en sus crónicas, como escribía una pequeña columna sobre tal o cual curiosidad relacionada con esas ferias compartidas.
En determinadas ocasiones le vi emocionarse cuando algo excepcional pasaba en el ruedo. Allí estaba el aficionado que llevaba dentro, sintiendo los muletazos puros que ponían de manifiesto en ese momento la verdad del toreo. La eternidad es verdaderamente el instante. Vidal lo sabía, porque sabía escuchar la música callada del toreo y los gritos suaves de los mejores pases. Mas esto ocurría muy de tarde en tarde.
Ante la abundosa mediocridad de la crítica taurina, nada extraño contenía el bolígrafo azul de Vidal que no estuviera impregnado de verdad. Nada ni nadie le hizo cambiar. Su muerte supuso para los buenos aficionados una pérdida mayúscula. Se quedaron sin la referencia profunda, seria, cabal de aquel que contaba la verdad, sin ambages ni camelancias.
A partir de la muerte de Joaquín Vidal, volvieron a cobrar vuelo los reyes de la coba, esos aguamaniles de la fiesta. Algunos bajo el estigma de críticos corruptos y otros como críticos alondra (esos que escriben permanentemente para las madres de los toreros).
Además de la relación periodística mantenida, conseguimos trenzar en lo personal un nexo de buena amistad. Todos los inviernos estábamos al corriente de nosotros y de nuestras familias respectivas, a través de cartas cruzadas. Tengo en mi poder una docena de cartas suyas. En ellas se palpa su manera de ser tierna, abierta, entrañable, trufada de seria cabalidad. Expresaba noticias y afectos con una prosa clara, honda, precisa. Sus cartas se convertían en bellas crónicas de amistad. ¡Qué pena más grande sentí cuando la muerte se lo llevó por delante!
[siguiente personaje Alfonso Navalón: 27-8-2012]