ARNOLD WESKER (1932)
“Recibo muchas preguntas de estudiantes escribiendo la tesis sobre mi obra. Invariablemente, me piden que conteste preguntas que ellos deberían contestar por sí mismos. Al menos, yo no puedo contestar”.
“Si escribe al THEATRE QUARTERLY, 31 Shelton Street, London WC2H 9HT y pregunta por el ejemplar nº 28 de 1977, quizá lo encuentre de utilidad y también las hojas anexas”. “Buena suerte”, firmado: Arnold Wesker.
Esa fue la contestación del dramaturgo inglés Arnold Wesker, en referencia a una entrevista que le propuse. Al ver que mis preguntas llevaban todas ellas signos interrogativos, probablemente creyó que se trataba de alguien solicitando respuestas en torno a sus obras escénicas. Tampoco excluyo imaginar que al no encontrar en las preguntas alusión alguna hacia sus escritos, la ocasión le vino al pelo para quitarme de en medio con esa carta.
Empiezo a sospechar que estoy predestinado a no entenderme con escritores británicos, se llamen Doris Lessing, Julian Barnes o Arnold Wesker.
Realmente me interesaba tanto el autor teatral inglés que hubiera renunciado a hacerle preguntas más o menos “creativas”. Él es uno de los autores dramáticos del potentísimo teatro inglés de los años cincuenta y sesenta. Corresponde a la generación de los Nigel Dennis, N. F. Simpson, John Osborne, John Arden y Harold Pinter. (1).
Nacido en 1932 (Londres), de padres judíos, proletarios y comunistas. Recibió una educación deficiente por falta de recursos. Tras la Segunda Guerra Mundial “cultivó” diversos oficios como pinche de cocina, pastelero, obrero de campo, carpintero, lampista y dependiente de librería.
Sus primeras obras dramáticas giran en torno a la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría. Durante un lustro escribió compulsivamente y sin dilación una obra al año. La cocina (1957), Sopa de pollo y cebada (1958), Raíces (1959), Hablo de Jerusalén (1960) y Patatas fritas a voluntad (1961).
Sus personajes no son marionetas ni meros portavoces de las ideas político-sociales del autor. Están trenzados por una creación artística que insufla vida a unos seres humanos de carne y hueso –no obstante sean producto de su imaginación–, que poseen unos ideales apegados a la realidad de la vida misma. Esos personajes se tornan creíbles porque les acosan dudas, inquietudes, se ven envueltos en fracasos y en la necesidad de salir de ellos con esfuerzo y coraje.
He encontrado unas palabras del propio Arnold Wesker que van directamente al meollo de su teatro: “Mis personajes no son caricaturas, sino verdaderos, aunque ficticios, son seres humanos. Pese a que las imágenes que he trazado de ellos es áspera, no me ha dictado, ni muchísimo menos, la repugnancia. Yo estoy al lado de esas gentes; lo que pasa es que me siento enojado con ellas y, consecuentemente, conmigo mismo”.
Además de agradecerle la buena suerte que me deseaba en su carta, le devolví por escrito esos mismos deseos para él.
(1).- El Premio Nobel de Literatura concedido a Harold Pinter en 2006 supuso premiar a la generación del teatro inglés de los cincuenta y sesenta, como el Nobel otorgado al poeta Vicente Aleixandre en 1977 equivalía premiar a la generación española del 27 (García Lorca, Guillén, Alberti, Salinas, Altolaguirre, Dámaso Alonso, Cernuda, Bergamín...).
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