Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

Ladrones de fuego

Homenajes de Antonio Gala

Por: | 24 de septiembre de 2012

ANTONIO GALA   (1936)

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     En cierta ocasión pasó por Bilbao el escritor andaluz Antonio Gala. Venía para asistir al estreno de una obra suya de teatro. Acudí a la rueda de prensa, junto a otros colegas. Terminado el encuentro, le propuse hacerle una entrevista, a lo que accedió. 
     Gala fue desplegando su azucarado verbo con modulada voz. En primer lugar no se veía como un hombre de teatro, sino como un escritor que de vez en cuando escribe teatro. Reconocía que la primera dama de su compañía era la palabra. Reprochaba a los críticos profesionales del teatro que juzgaran en un rato lo que el autor ha rumiado durante mucho tiempo. Le gustaría escribir un teatro en el que los personajes hablaran por entero literariamente. Respecto a la magia de las palabras en vuelo, creía que era el momento de dedicarse a elaborar un teatro, no como un verso rimado, pero sí volver a ese teatro de verso interior...
     A mi pregunta sobre si escribía para que le quieran, contestó: “Parece que García Lorca fue el que dijo eso. Yo escribo por una absoluta necesidad. Mientras venía a Bilbao he leído unas declaraciones de Borges, en las que decía, ‘lo bueno de llegar a esta edad es que uno ya tiene claro su destino’. Mi forma de vivir es escribir, añado yo”.
     Como hiciera alusión a Borges, le dije que en mis tiempos de crítico de teatro escuché en su obra Anillos para una dama una imagen que parecía extraída de una página del escritor argentino. Cuando Mineya le dice a Jimena (la mujer del Cid): “nuestros cuerpos tienen miedo, nosotros no”. Borges lo expresa en un relato en forma singular: “mi cuerpo tiene miedo, yo no”.
     Se puso lívido como una aguja de plata (o me lo pareció), al tiempo de responder a toda prisa: “Hay un homenaje a Borges, cierto. También hay un homenaje a Chejov, en El cementerio de los pájaros, donde un personaje dice: “la vida está vivida y la canción cantada”.    
     Aunque han trascurrido unos cuanto años de aquella entrevista, desde el primer momento pensé que la palabra homenaje se convertía en celestina de lujo de la verdad. Se consideraba como algo malo y reprobable tomar una idea –sea un verso, un axioma, una imagen–, que a otro se le ocurrió antes y la expresó de la mejor manera posible (debería decir, de la mejor manera imaginable).
    Nada hay de malo en ello. Lo único malo es la gestión de ese ocultamiento. Me inclino por definir al verdadero escritor como un tipo solitario que no se conforma solo con la amistad de las palabras. Aunque encuentre en muchas de ellas un encanto neurótico fuera de sitio, no puede trabajar sin ellas.     Todas las palabras son prestadas. Nada es nuestro. Las palabras y la literatura son de todos. Digo una cosa y la contraria, en la seguridad de que las contradicciones son el motor del mundo. 
    En el escritor, el plagio o la copia surge por instinto, en su afán por ofrecer al lector lo que sin eso no hubiera podido ver en sí mismo. Si asumiera esa realidad no tendría que utilizar la palabra homenaje, porque es una palabra trampa, que lleva dentro una mentira flagrante. 
    Opuesta a esa mentira, surgirá la verdad sin paliativos: alguien hizo por nosotros la tarea de condensar lo vago en preciso. Agradezcámoslo abiertamente. Ocultarlo equivale a morder la mano de quien nos acaricia. Importa la emoción poética que lleva implícito todo gran texto, porque ésa es la señal del conocimiento alcanzado.

                                            [siguiente personaje Julio Cortázar: 1-10-2012]

        

Chillida Leku

Por: | 17 de septiembre de 2012

EDUARDO CHILLIDA   (1924-2002)

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     El pasado 19 de agosto se cumplieron diez años de la muerte del escultor donostiarra Eduardo Chillida. Por causas deficitarias, el 31 de diciembre de 2010 se cerraba al público el Museo Chillida-Leku (ubicado en la finca del caserío Zabalaga, del municipio de Hernani). El museo fue inaugurado el 16 de septiembre de 2000, con obras exclusivamente de Chillida. La familia tramitó el cierre a través de un expediente de regulación de empleo temporal (ERE), al tiempo de entablar conversaciones con el Gobierno vasco sobre la posibilidad de establecer algún tipo de ayuda, para conseguir su  reapertura...
     Al día de hoy, las conversaciones aludidas no han fructificado, por lo que el museo permanece cerrado. La falta de entendimiento entre las partes quizá tenga que ver con la intención de la familia de poner a la venta en Sothebys (casa de subastas londinense) doce piezas monumentales de su propiedad. Según palabras de Luis Chillida, director del museo, desean que la obra de su padre siga moviéndose por el mundo. Para lograrlo han puesto el punto de mira en China, Corea del Sur y Japón. 
     La familia Chillida está en su derecho para hacer lo que le venga en gana. Pero deben saber que con el sugerido mercadeo, Chillida Leku pierde intrínsicamente valor estético, como para presuponer, o parecerlo, que se va lo bueno y queda lo menos bueno. 
    Si llegaran a buen término los acuerdos con el Gobierno vasco, la familia desea mantener el control sobre las exposiciones futuras, puntualizando: “El caserío no lo vemos como un lugar en el que puedan exponerse obras de otros artistas”.
     En este punto la familia permanece en el error llevado a cabo durante los diez años de vida del museo, olvidándose de los afectos del propio Eduardo Chillida. En esos años le hubieran podido acompañar al escultor vasco los afectos de artistas amigos suyos. Hablo del montaje de pequeñas exposiciones -de carácter simbólico por así decirlo- de artistas guipuzcoanos que le admiraban y querían, tanto como él mismo los quería y admiraba. Ellos son, y no cualquier cosa, Amable Arias, Bonifacio, Rafael Ruiz Balerdi, José Luis Zumeta, Andrés Nágel, Vicente Ameztoy, además de su hermano Gonzalo Chillida.
     En este sentido parece como si su propia familia le hubiera robado los afectos. Por otra parte, esas exposiciones   ayudarían a dar vida al museo, de modo que todos saldrían ganando: el propio  museo, los visitantes, la provincia, el país, los artistas, y cuanto quiera decirse. Será una inmejorable manera de dotar de dinamismo al museo, conformándolo como un ente vivo, en continuo y estimulante movimiento (el arte no vale tanto por lo que define, como por lo que estimula).
     En cuanto a la desmalazada y confusa prisa por “conquistar el mundo”, sepan que también se llega lejos poco a poco, paso a paso, segundo a segundo- Acuérdense de la memorable advertencia de W.B. Yeats: “Lo local es el guante que nos ponemos para alcanzar el universo”. Ajilimójili. A la familia de Eduardo Chillida tal vez le convendría cambiar de doctrina, haciendo de su deudo algo menos de ellos, para convertirlo en algo más de todos.

    * Eduardo Chillida, en el centro de la imagen, en la inauguración de su muestra antológica en el Guggenheim bilbaíno (1999). A su derecha, el antropólogo Joseba Zulaika y una joven desconocida. A su izquierda, Teresa Merino y su padre José Luis Merino. Foto Erika Barahona Ede  Copyright: FMGB Bilbao 1999

                                           [siguiente personaje Antonio Gala: 24-9-2012]

Eduardo Chillida y Heidegger

Por: | 10 de septiembre de 2012

EDUARDO CHILLIDA   (1924-2002)

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     En un momento de sus conversaciones con Eckerman, Goethe le confidenciaba lo siguiente: “Ahora, de veinte años a esta parte, le ha dado a la gente por discutir sobre quién es más grande, si Schiller o yo, en vez de alegrarse de contar con dos hombres como nosotros sobre quienes poder discutir”. 
     Estas palabras del maestro de Weimar vienen pintiparadas para relacionarlas con el enconado duelo mantenido durante demasiados años entre los partidarios de los escultores vascos Jorge Oteiza y Eduardo Chillida. 
     La discusión por otorgar hegemonía a uno por encima del otro la han fomentado aquellos que se mueven dentro del arte. Para ganar las simpatías reales o las migajas de amistad de cada uno de ellos, se trenzó el encumbramiento de uno a costa de arremeter torpemente contra el otro.
     Falta saber si los propios Oteiza y Chillida fueron responsables, directa o indirectamente, de ese trueque de filias y fobias. No lo sabemos; mas sí es sabido que la pugna entre gallos del mismo corral es tan antigua como el hombre mismo. Unos cuantos miles de años atrás, Hesíodo tejió una sentencia lapidaria, muy oportuna para esta historia: “Todo hombre envidia al vecino atareado en enriquecerse. El alfarero envidia al alfarero, y el carpintero al carpintero; como el pobre está envidioso del pobre y el cantor del cantor”.
     Alfareros, carpinteros y pobres aparte, los dos escultores vascos fueron de una generación luminosa en la que el arte tenía sentido. Diría más: ellos eran el sentido mismo. En tanto Oteiza formuló unas declaraciones que eran su despedida del arte: “mi conclusión en 1958 fue con un espacio vacío puramente receptivo que me dejó sin escultura en las manos”, Chillida siguió elaborando sin pausa, para llegar a aducir concluyentemente: “dentro de lo que se tiene por lo conocido está implícito lo desconocido; o sea, aquello que está metido dentro, y siempre estará más profundo de lo que nosotros podemos excavar; esa batalla es hermosa, tonificante y positiva; a esto algunos lo llaman romanticismo, y tal vez lo sea”.
     Junto a obras terminadas de Oteiza, vagabundean minúsculos bocetos suyos donde se vive el análisis profundo del concepto. Son como pensamientos puros extasiados; en otros momentos parece como si estuviéramos frente a entes imaginarios que pueden perder su magia si llegaran a crecer. Todo lo contrario sucede con Chillida, donde se percibe cómo en lo grande se vive una emoción y un sentido profundos, capaces de volverse tan dinámicos y reales como los poros de su cuerpo.
     En cuanto a sus actitudes personales existen divergencias notables. Y así, al modo del acreditado equilibrio con el que Chillida supo adaptar la vida a su manera de ser, se oponía la rebeldía a borbotones de Oteiza. Mientras al primero su manera de comportarse le granjeó la estima y el respeto de todos, la radicalidad del segundo le fue proporcionando numerosos enemigos. 
     Con todo, algún día los veréis inseparablemente unidos para siempre, porque ellos representan las dos potentes alas del arte vasco. En tanto Chillida lleva muchos años en vuelo imparable hacia lo universal, llegará el momento propicio para constatar cómo lo universal vendrá, no menos imparablemente, hasta Oteiza. Lo digo apoyándome en Heidegger –muy presente en la obra de los dos escultores–, a través de su furtiva apelación: “El futuro es la anticipación del pasado”.

    *En la imagen, Eduardo Chillida en una rueda de prensa (Bilbao, 1986). A su lado, José Luis Merino

                                    [siguiente personaje: Eduardo Chillida (II): 17-9-2012]

Arnold Wesker: enojo y compromiso

Por: | 03 de septiembre de 2012

ARNOLD WESKER    (1932)

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     “Recibo muchas preguntas de estudiantes escribiendo la tesis sobre mi obra. Invariablemente, me piden que conteste preguntas que ellos deberían contestar por sí mismos. Al menos, yo no puedo contestar”.
     “Si escribe al THEATRE QUARTERLY, 31 Shelton Street, London WC2H 9HT y pregunta por el ejemplar nº 28 de 1977, quizá lo encuentre de utilidad y también las hojas anexas”. “Buena suerte”, firmado: Arnold Wesker. 
     Esa fue la contestación del dramaturgo inglés Arnold Wesker, en referencia a una entrevista que le propuse. Al ver que mis preguntas llevaban todas ellas signos interrogativos, probablemente creyó que se trataba de alguien solicitando respuestas en torno a sus obras escénicas. Tampoco excluyo imaginar que al no encontrar en las preguntas alusión alguna hacia sus escritos, la ocasión le vino al pelo para quitarme de en medio con esa carta. 
     Empiezo a sospechar que estoy predestinado a no entenderme con escritores británicos, se llamen Doris Lessing, Julian Barnes o Arnold Wesker. 
     Realmente me interesaba tanto el autor teatral inglés que hubiera renunciado a hacerle preguntas más o menos “creativas”. Él es uno de los autores dramáticos del potentísimo teatro inglés de los años cincuenta y sesenta. Corresponde a la generación de los Nigel Dennis, N. F. Simpson, John Osborne, John Arden y Harold Pinter. (1).
     Nacido en 1932 (Londres), de padres judíos, proletarios y comunistas. Recibió una educación deficiente por falta de recursos. Tras la Segunda Guerra Mundial “cultivó” diversos oficios como pinche de cocina, pastelero, obrero de campo, carpintero, lampista y dependiente de librería. 
     Sus primeras obras dramáticas giran en torno a la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría. Durante un lustro escribió compulsivamente y sin dilación una obra al año. La cocina (1957), Sopa de pollo y cebada (1958), Raíces (1959), Hablo de Jerusalén (1960) y Patatas fritas a voluntad (1961). 
     Sus personajes no son marionetas ni meros portavoces de las ideas político-sociales del autor. Están trenzados por una creación artística que insufla vida a unos seres humanos de carne y hueso –no obstante sean producto de su imaginación–, que poseen unos ideales apegados a la realidad de la vida misma. Esos personajes se tornan creíbles porque les acosan dudas, inquietudes, se ven envueltos en fracasos y en la necesidad de salir de ellos con esfuerzo y coraje.
     He encontrado unas palabras del propio Arnold Wesker que van directamente al meollo de su teatro: “Mis personajes no son caricaturas, sino verdaderos, aunque ficticios, son seres humanos. Pese a que las imágenes que he trazado de ellos es áspera, no me ha dictado, ni muchísimo menos, la repugnancia. Yo estoy al lado de esas gentes; lo que pasa es que me siento enojado con ellas y, consecuentemente, conmigo mismo”. 
     Además de agradecerle la buena suerte que me deseaba en su carta, le devolví por escrito esos mismos deseos para él.

(1).- El Premio Nobel de Literatura concedido a Harold Pinter en 2006 supuso premiar a la generación del teatro inglés de los cincuenta y sesenta, como el Nobel otorgado al poeta Vicente Aleixandre en 1977 equivalía premiar a la generación española del 27 (García Lorca, Guillén, Alberti, Salinas, Altolaguirre, Dámaso Alonso, Cernuda, Bergamín...).

                                 [siguiente personaje Eduardo Chillida: 10-9-2012]

El País

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