Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

Ladrones de fuego

El Guardián de las Moscas (y III)

Por: | 29 de julio de 2013

Manolo Gandía (1955-1990) (III)

 Dibujos 5 y 6

      Tercera y última entrega  del breve relato ilustrado con esplendente fantasía por el pintor Manolo Gandía (1955-1990). Por defecto reproductivo, la línea circular envolvente de la última ilustración aparece de color rojo, cuando el original es de color dorado. A un lado la fraticida pugna de los colores, y antes de dar por terminada la historia del Guardián de las Moscas, pienso en el artiista  desaparecido en la voz de Robert Browning: "Cuando nos sentinos seguros ocurre algo, una puesta de sol, la muerte de un amigo, el final de un coro de Eurípides, y otra vez estamos perdidos".  

                                                                 ***

     De tanto mirarla, consiguieron que la mujer lograra despertarse. En sus ojos corría un brote de miradas. Cuando las palabras pudieron juntarse razonablemente en su boca contó lo que le había sucedido. Lo dijo con palabras colocadas en fila, como si hubiera ido al bosque a recogerlas y se viera en la necesidad de ponerlas en una pila:
    -Cuando creí pensar que mi marido no estaba en casa salí de la habitación...
    -Entonces vi a un desconocido en la estancia...
    -Me acerqué al espejo...
    -En el espejo apareció una mujer que portaba el Aro de la Felicidad...
    -La mujer me insinuó con la mirada que me ciñera el Aro en la cabeza...
    -Sus ojos contenían una dulzura muy grande...
    -Me marché de allí asustada...
    -Más tarde volví al espejo sin apenas darme cuenta...
    -Y como atolondrada traté de buscar la Felicidad del Aro...
    -Pero la Felicidad no estaba en el Aro...
    -Luego volví a la habitación...
    -Recuerdo que lloré hasta el sueño...
    -Vuestra llegada me despertó.


    Una vez que la historia concluyó, al no haber más palabras en la pila, los tres celebraron al mismo tiempo el encuentro de los dos amigos y la vuelta a la realidad de la mujer de Toppopo. 
    En el decurso de la velada, la mujer tocó el laúd y sus labios memraron poemas de autores tan antiguos como la espuma de los mares. La estancia se pobló de aromas tenues y latencias en expansión que evocaban imágenes de gaviotas con voz de amante.

    Atardecía cuando Toppopo y su mujer despidieron al Guardián, y éste se alejó montado en el caballo del color del viento. Cabalgaba despacio. Recreaba en su memoria los hechos acontecidos en casa de Toppopo. En el instante que su mente rozó el recuerdo de la mujer del espejo, una de las alforjas se abrió de golpe, y de allí salió la mujer del espejo con la cuerda de la ahorcada en la mano. La mujer voló por los aires como si naciera en aquel único momento. Su tamaño semejaba doce veces el de Buda.
    El Guardián se restregó los ojos como si nunca hubieran estado en su sitio. Cuando la mujer desapareció por los huecos de la atardecida, el Guardián estalló en grotescas carcajadas de infinito asombro...
    Más tarde llovió. La lluvia convirtió en grisalla apocada el paisaje de la Región Redonda; pero el Guardián ya no estaba en el cuidado de esa lluvia, sino en el pensamiento del Príncipe Raal...

                            [siguiente personaje Alfonso Sastre: 2-9-2013]

 

El Guardián de las Moscas (II)

Por: | 22 de julio de 2013

Manolo Gandía (1955-1990)

Dibujos 3 y 4

      Antes de presentar la segunda entrega del relato ilustrado por Manolo Gandía, se da cuenta de los bellísimos murales que pintó en el vestíbulo de consultas externas del Hospital Civil de Basurtoi (Bilbao), en 1983. Fue un trabajo conjunto con la pintora bilbaína Juana Cima. La esplendente gama colorística llena el ámbito de apacible serenidad. Parece como si lo bello aspirara a la curación. Han pasado treinta años desde su realización y la obra permanece radiante como el primer día. Respecto a la segunda entrega, vemos en el dibujo de la izquierda  al Guardián en su absurdo contamiento de moscas, en tanto una mujer merodea cerca del espejo. Una mano con sangre aún caliente pende de una cuerda de ahorcado. Dos símbolos geometrizantes fijan la marca. He ahí la escena:

  Mientras manipulaba aquel trasiego de moscas, el Guardián lanzó los ojos a hurtadillas sobre la mujer, quien había colgado en lo alto del espejo una cuerda en forma de aro. Luego, la mujer se adentró en la habitación de donde surgió un momento antes. Cerró la puerta tras sí. La potencia del silencio retornó a la estancia.
     El Guardián se acercó hasta el espejo. Tomó la cuerda. Sus manos quedaron extrañamente teñidas por un líquido que lindaba con sangre aún caliente. Acostumbrado a la dura viscosidad de la sangre, y a sabiendas que la suma de moscas que caben en una alforja equivale a la muerte de una persona, no prestó atención alguna a sus embadurnadas manos, limitándose a guardar la cuerda en una de las alforjas.
     Como el silencio de la casa añadía soledad al tiempo de espera, el Guardián deseó ver pronto la aparición de Toppopo. En ese pensamiento estaba cuando la mujer volvió a salir de la habitación, encaminándose hacia el espejo. El Guardián volvió a elaborar el mismo contamiento de moscas y metidas en las alforjas, y vuelta a meterlas y sacarlas...
     Con idéntico disimulo a la vez anterior, el Guardián miró a la mujer con tenue fijeza. Trataba de discernir si aquella mujer era la de Toppopo. Fuera o no fuera la mujer de su amigo, aquella mujer buscaba algo por todas partes. Al no hallar lo buscado, sus ojos se alzaron en súplica, sacándolos de la órbita, al tiempo de pedir con gritos dolientes:
     -¡¡¡La cuerda!!!  ¡¡La cuerda!!  ¡La cuerda!    
     El Guardián dijo no saber de qué cuerda le hablaba. La mujer desapreció oscurecida por los gritos. Clausuró la puerta de un golpe seco, borroso, sin eco.
     Inquietado por lo sucedido, decidió salir de la casa, justo en el instante de aparecer Toppopo. Llegaba con las manos llenas de provisiones, donde sobresalían varios racimos de cerezas de mar. Toppopo preguntó al Guardián el motivo de sus prisas por marchar.sin despedirse. Como respuesta, el Guardián apuntó con una de sus manos golpeando imaginariamente la puerta de la habitación. Toppopo se precipitó donde la señal marcaba, rodando por el suelo cuanto llevaba en las manos.
     Tras un rato fulgurante e interminable, Toppopo salió de la habitación, portando consigo el aturdimiento y la confusión.:
     -¡Mi mujer se ha ahorcado cuando yo no estaba! ¡Qué desgracia la mía!
     Toppopo repetía estas palabras como si hubiese perdido el alma en cada labio. El Guardián encauzó la calma de su amigo. Que no temiera. Se lo dijo con lenta seguridad: q-u-e  n-o  t-e-m-i-e-r-a   p-o-r-q-u-e   l-a-  c-u-e-r-d-a   d-e  l-a  a-h-o-r-c-a-d-a  l-a  g-u-a-r-d-a-b-a  é-l  e-n  l-a  a-l-f-o-r-j-a.
     Para calmarlo más le contó lo sucedido durante su ausencia. Toppopo miró a su amigo esperanzado. El Guardián animó a Toppopo a entrar juntos a la habitación...
     Y allí estaba la mujer. Para Toppopo aquella mujer era su mujer. Para el Guardián aquella mujer era la mujer del espejo. La realidad decía que las dos en una yacía en la cama, con su túnica blanca o casi blanca. Los dos amigos miraron a la mujer o a las dos mujeres como se mira al arco iris en negro...

                                                        (continuará)

                                    [siguiente personaje Manolo Gandía (III): 29-7-2013]

El Guardián de las Moscas

Por: | 13 de julio de 2013

Manolo Gandía (1955-1990)

Dibujos 1 y 2

    El pintor bilbaíno Manolo Gandía murió a los 35 años. Tuvo una mano muy bien dotada para el dibujo. Había cursado la carrera de Bellas Artes. Presentaré seis ilustraciones suyas sobre un cuento mío. Pese a la endeble definición de las imágnes, en los seis dibujos coloreados (30 x 40 cents.), el artista despliega su atesorada fantasía, superando con creces cuanto la narración informa.  Esta es la primera entrega de tres. El cuento lleva por título, El Guardián de las Moscas :   

    Montado en un caballo del color del viento, el Guardián de las Moscas recorría el poblado de la Región Redonda. Acudía a recoger de los contribuyentes del lugar las moscas de la última cosecha. Era la exigencia anual del jamás visto y temido siempre Príncipe Raal. Poco a poco, las bamboleantes alforjas con tapas de buidos pomos del Guardián rebosaban de aleteos.
    Terminado el trabajo de forzada recolección, y una vez que los contribuyentes se iban perdiendo en la oscuridad de sus casas, el Guardián se acercó hasta la vivienda de su amigo Toppopo. Tras largos y ceremoniosos abrazos, los dos amigos hablaron de aquello que había transcurrido por sus vidas desde la anterior visita del Guardián a la Región Redonda: 
   -Un año entero de nieves, soles y moscas bellas, como todo- dice sentencioso el Guardián.
   -Como todo- asiente Toppopo, con notable poco entusiasmo.
   Después de estas últimas palabras, Toppopo depositó en una de las alforjas del Guardián su porción anual de moscas. Luego indicó que lo dejaría solo un momento, poque debería ir en busca de provisones y cerezas de mar para celebrar el encuentro.                                                                
    El Guardián aguardó la ausencia de Toppopo entreteniéndose en sacar de las alforjas las más recientes moscas conquistadas en la Región Redonda. Las pinzas de sus labios se entreabrieron codiciosas ante la visión de múltiples aleteos.
   En esos movimientos estaba, cuando de pronto apareció en la estancia una mujer envuelta en una túnica blanca o casi blanca. Su larga melena le caía sobre los hombros como una bandera movida en una danza. La mujer pasó por delante del Guardián, dirigiéndose hasta un espejo que colgaba en una de las paredes de la estancia. La imagen reflejada en el espejo representó a una mujer que se miraba el cuerpo como si quisiera hacerlo variar con la mirada. El Guardián no acertó a conocer si aquella mujer era la mujer de su amigo Toppopo. Debido a esa instantánea duda, trató de pasar desapercibido, porque la principal virtud de todo huésped radica en la discreción. Así que volvió a ocupar su tiempo en sacar las moscas de las alforjas una y otra vez. Volvió a meterlas. Seguido volvió a sacarlas, volvió a meterlas y a sacarlas, una y otra vez...

                                                    (continuará)

                            [siguiente personaje Manolo Gandía (II): 22-7-2013]

E. Gimenez Caballero, exembajador

Por: | 08 de julio de 2013

ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO   (1899-1988)

  Gimenez Caballero2 -red

     Un 5 de julio de 1981 recibí las respuestas de Ernesto Giménez Caballero. Contestaba a unas preguntas mías. Lo acompañaba con una tarjeta personal, y debajo tres palabras: Embajador de España (que había tachado a bolígrafo). Con ese mismo bolígrafo y en la misma tarjeta daba su opinión sobre dos relatos míos. No le había pedido que los enjuiciara. Se los había enviado como acompañantes mudos del cuestionario. Tal vez el octogenario escritor demostraba así que no había perdido facultades para la crítica literaria. 
     Como parte de su currículo, encontré en un libro de literatura latinoamericana lo que se decía de Ernesto Giménez Caballero: “En su primera época (década de los años veinte), se movió dentro de las corrientes creativas europeas más innovadoras. En su segunda etapa –prolongada hasta su muerte–, se configuró como un exaltado defensor de ideas tradicionales y conservadoras, contribuyendo con ellas a la fundación de la Falange española”. 
    Tras este pequeño preámbulo transcribo una buena parte de las respuestas de Giménez Caballero:
     A mí los políticos siempre me recuerdan a los hombres malos de las películas. ¿Y a usted?
     Los políticos actuales de España no recuerdan: concuerdan.
     ¿Todo sueño es la cualidad esencial del alma? ¿también podía decirse de la almohada?
     Si fueran de la almohada los sueños, la almohada sería inmortal.
     ¿Hasta qué edad puede ser uno un escombro aprovechable?
     ¿Escombros? Habría que consultar a un maestro de obras, no a mí.
     Algunos tipos que conozco son de la internacional socialista, otros prosoviéticos, otos eurocomunistas, otros maoístas... y yo soy de la izquierda dadá...
     Pues si es de la izquierda dadá evite la gagá por cercana.
     Mala cosa eso de buscar lirios en una granada de mano, ¿no cree?
     No peor que pedir las clásicas peras al olmo.
     Dígame algo tan insólito como un perro con varices. 
     ¿Tan insólito como un perro con varices? Sus preguntas.
     ¿Un beso de juguete puede traer al recuerdo una rima de Bécquer?
     Con los besos no se puede jugar. Por eso murió Bécquer tan joven.
     El principio de la libertad consiste en dársela a quien aspira ser libre. ¿Sabría decirnos dónde está el principal error de esta frase?
     ¿El principal error? En la palabra “libertad”.
     Reconozco mi mayor error: la palabra libertad no puede ir sin comillas. Es como decir que lo malo no es estar montado a lomos de un león; ¿lo malo es a la hora de desmontar?
     No. Lo malo es montar sobre el león. Luego, ya todo, es más fácil.
     Al paso que vamos, robar el tiempo a alguien o distraerle unos minutos estará condenado y penado a pasar por la silla eléctrica una de sus piernas. Me parece. ¿Me parece bien?
     Si es usted el que lo roba, como ahora a mí, no será un castigo sino un homenaje.

                                        [siguiente personaje Manolo Gandía: 13-7-2013]

Rufino Tamayo: la hospitalidad mexicana

Por: | 01 de julio de 2013

RUFINO TAMAYO   (1899-1991)

 Tamayo

  El pintor Rufino Tamayo tuvo la gentileza de asistir a la inauguración de la exposición antológica Pintura y Escultura Vasca Contemporáneas, celebrada en el Palacio de Bellas Artes de la capital azteca, a finales de verano de 1970. Nos sacamos fotos con él, los tres escultores vascos que habían viajado para estar en aquel acto inaugural, y quien teclea estas líneas menesterosas, en su condición de comisario de la muestra. No contento con eso, Rufino Tamayo nos invitó a un almuerzo en su casa. Nos ofreció su dirección y concretó fecha para el encuentro. 
     Acudimos gustosos y sumamente honrados por su invitación. Tamayo nos recibió con caballeresca cortesanía, al tiempo de presentarnos a su esposa Olga. Fue un velada muy agradable, solo empañada por un pequeño “incidente intelectual”. Ocurrió mediada la comida. El anfitrión pareció darle la razón a uno de los escultores vascos, quien dijera en un programa de televisión que no le gustaban los murales del artista mexicano, David Alfaro Siqueiros...
    Dije no estar en nada de acuerdo. Defendí los murales de Siqueiros y, por extensión, los de Orozco y Rivera. Hablé de los e-x-t-r-a-o-r-d-i-n-a-r-i-o-s murales de José Clemente Orozco del Hospicio Cabañas que había visto en mi viaje por tierras jaliscienses (Guadalajara). Según mi ver, los trabajos de esos  tres muralistas mexicanos eran-son documentos vivos de la historia universal del arte. Añadí nuevos argumentos enfervorizados a su favor. Al parecer, llegué a convercer a los comensales. La conversación derivó hacia otros derroteros. [Sigo creyendo que el arte es discusión o no es nada]. 
    Antes de despedirnos, el artista nos enseñó algunos cuadros de su colección particular. Recuerdo uno de Antoni Tàpies, de gran tamaño, ligero de materia, en tonos blancuzcos. [Los mejores Tàpies son aquellos de anchurosos-dramáticos espesores matéricos] [Esta es una opinión al margen del encuentro con el pintor mexicano].  
     A Rufino Tamayo le llegó la muerte (esa negra vertical entre dos abismos) en 1991. Su nombre figura entre los artistas más sobresalientes de América Latina. Su currículo artístico señala cómo siendo joven trabajó en el departamento de dibujo etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, por lo que pudo profundizar en el estudio de los modelos arcaicos precolombinos y en el arte popular de su país. Luego de ese primitivismo de corte indigenista, pasó por influencias varias, tales como el cubismo, surrealismo y constructivismo. Algunos historiadores le atribuyen cercano a la corriente procedente del grupo alemán Die Brücke (El Puente), quienes basaron su arte en la transformación o deformación del objeto real. A los componentes de ese grupo, Kirchner, Schmidt-Rottluffm, Heckel, entre otros, les interesó en su momentos el arte primitivo descubierto en el Museo Etnológico de Dresde; por lo que cultivaron la pintura figurativa, el paisaje y el retrato, distorsionando violentamente las formas, al tiempo de impostar en las obras colores muy contrastados con fines simbolistas. 
     En cuanto a la especificidad estrictamente mexicana, a Rufino Tamayo se le atribuye la opción de volver al sistema tradicional de la pintura de caballete, frente al muralismo de los tres grandes Orozco-Rivera-Siqueiros. Mas una cosa no quita a la otra, porque todos los caminos conducen a Roma. 
     Destaco en Rufino Tamayo su estoicismo pictórico creador, y guardo un soberbio recuerdo de su fina hospitalidad mostrada hacia nosotros cuarenta años atrás. Por la sutileza de sus comportamientos personales, algunos seres, sean artistas o vendedores de automóviles, serán respetados-queridos-admirados a lo largo del tiempo que nos mira.

    * En la imagen, el pintor mexicano Rufino Tamayo (en medio), con los escultores vascos (de derecha a izquierda), Remigio Mendiburu, Néstor Basterretxea y Vicente Larrea. Les acompaña el comisario de la muestra, JLMerino. Palacio de Bellas Artes (Ciudad de México), el día inaugural de la exposición de arte vasco.  

                     [siguiente personaje Ernesto Giménez Caballero: 8-7-2013]  

El País

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