Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

Ladrones de fuego

Yoko Ono y su teatrillo de poquedades

Por: | 26 de mayo de 2014

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Yoko Ono (1933)      

    El Museo Guggenheim de Bilbao ha programado la muestra de Yoko Ono, como lo hubieran hecho unos grandes almacenes para una promoción especial de gafas oscuras. Es una exposición desprovista de originalidad alguna. Todo está muy visto, todo viene de otros (una manera más o menos pueril de recalcar lo notorio), bajo la hilarante apariencia de intentar descubrir territorios desconocidos del arte contemporáneo... que figuran en todas las guías turísticas. O sea, la apariencia de la apariencia. Sobre este teatrillo de poquedades exhibidas, destaca el escaparatismo de la puesta en escena, lo mismo para el producto musical como para el iconográfico. En este punto no me resisto a dejar de lado la perspicaz descripción de Karl Kraus:  “El escaparatista puede instalarse en la posteridad, si el lírico le hace un poema”. No vayan a pensar que el papel lírico corresponde a la dirección de los grandes almacenes. 
     Pese al poco entusiasmo producido por la suma de poquedades, he querido aprovechar el paso de Yoko Ono por mi ciudad. A través del propio Guggenheim le hice llegar unas cuantas preguntas, invitándole a pensar y jugar por escrito en este blog de El País. Como anexo databa algunos nombres de los personajes aparecidos y por aparecer en ladrones de fuego. Nombres que ella conocería sobradamente. Por los primeros: Ernest Hemingway, Frank Gehry, James Baldwin, Tama Janowitz, J. K. Galbraith, William Saroyan. Por los segundos: Andy Warhol, Robert Rauschenberg, Susan Sontag, Carson McCullers, Harold Bloom, Sylvia Plath.  Estas son las preguntas:

    * ¿Sólo los ojos son capaces todavía de emitir un grito?
    * ¿La sombra del árbol fue la primera casa del hombre?
    * ¿Cómo se llena el vacío que dejan las  perfomances? (la realidad después de la fantasía).
    * ¿Con la negación progresiva de la negación se logra la formación humana?
    * ¿Soñar es, en sí, el más puro de los sueños?
    * ¿El deseo está a muchos kilómetros del verdadero amor?
    * ¿Puede ser feliz una bicicleta con dos cabezas?
    * ¿Al árbol le duelen los tobillos cuando crece?
    * ¿Existe alguna combinación mágica que pueda llegar a descifrarnos?
    * ¿El gran arte es suave como la inocencia, obsesivo como el juego e imprevisible como la duda?
    * ¿Todo puede convertirse en sexo a poco que se toque?

    Nota.- Las respuestas no han llegado. No ha habido suerte para este blog. Al parecer, la suerte le ha favorecido  a  Yoko  Ono, si tenemos en cuenta la advertencia de Goethe: "Los que no escriben tienen suerte, porque no se comprometen".

    * Foto Erika Barahona Ede  ©FMGB Guggenheim Bilbao, 2014

                    [siguiente personaje Óscar García-Prada: 2-6-2014]

 

 

Rokha-Neruda-Vallejo según Teitelboim

Por: | 19 de mayo de 2014

VOLODIA TEITELBOIM  (1916-2008)

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     Descubrí tardíamente al poeta chileno Pablo de Rokha (Carlos Díaz Loyola, 1894-1968). Supe que era desconocido fuera de su país. La sociedad bienpensante lo convirtió en un desvalido muñeco de trapo. Y él les respondió suicidándose. Cuentan que mantuvo una dura polémica con Pablo Neruda. Con dos gallos en un corral, uno al final viste de luto.
     Cierto día arribó a Bilbao, para dar una conferencia sobre Pablo Neruda, el escritor y ensayista Volodia Teitelboim, colaborador del presidente Salvador Allende, autor de una treintena de libros y biógrafo, entre otros poetas, de Neruda, con el que compartió amistad y militancia política. Fui a entrevistarlo. Me presenté como admirador incondicional de Pablo de Rokha. Empecé por hablarle de mi tardío descubrimiento de Rokha, para preguntarle cómo era posible que, tras varios lustros desde su muerte, fuera todavía un desconocido, en comparación con la celebérrima fama de Pablo Neruda. “Siendo tan buen poeta como Neruda, ¿qué le faltaba para ser como Neruda?”.
    “Pablo de Rokha –contestó Teitelboim–, fue un contestatario y radical absoluto. Entró proclamando la miseria total de los mundos. Y el mundo le dijo que no, que no era tan miserable, y que no aceptaba esos retos. Esto produjo en torno a Rokha el más profundo de los vacíos. Entonces dedicó su tiempo a publicarse los libros que escribía, vendiéndolos donde podía para alimentar a su familia”. Tras una pausa, el entrevistado describió a Pablo de Rokha como un poeta grande, macizo, como de cordillera, estruendoso y heterogéneo, muy caudaloso y abundante.
      Remarqué como injusta la exagerada dimensión de Neruda en detrimento de Rokha y de otros grandes poetas chilenos. Según Teitelboim era injusta, no por la fama de Neruda, que la merece, sino por la no fama de los otros, que también la merecen.
    Antes de aludir a ciertos deslices de Neruda en lo político, señalé mi admiración por su poemario Residencia en la tierra. Me parecía un monumento a la fertilidad imaginativa, un impulso liberador del lenguaje, una obra maestra de la poesía. A continuación recordé los pormenores enfadosos que suscitaron las loas de Pablo Neruda a Stalin. Teitelboim señaló que los pecados de Neruda eran de orden político; no fueron nunca pecados personales. Fueron pecados de una época, equivocaciones de un tiempo que pasó. “Fueron pecados de millones y millones de personas, que creyeron que Stalin era un hombre digno, que estuvo a la altura de su misión y su tarea. Neruda creyó en eso, y cantó a su gloria. Pero cuando supo que había traicionado todos sus ideales, escribió contra Stalin de la forma más severa. En el fondo se castigaba a sí mismo”. Errores políticos de parecido cuño, cometidos también por Pablo de Rokha, apunté yo, como pueden constatarse en la lectura de muchos poemas suyos.
     De Pablo de Rokha pasé a César Vallejo, y no sé por qué lo hice. Le pregunté por su valoración de Vallejo respecto de Neruda. Teitelboim lo expresó del siguiente modo: “Neruda es un gran poeta espacial, también se mete para adentro. Pero el más profundo y más desgarrado es César Vallejo. Fue un poeta de vida trágica, de vida difícil, de vida hambrienta”.
     Antes de despedirnos fue obligado recordar a otros grandes poetas chilenos: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Jorge Teillier, Gonzalo Millá, Verónica Zondek, Alexis Figueroa, Tomás Harris, Elvira Hernández, Raúl Zurita, Cecilia Vicuña, Juan Luis Martínez, Elikura Chihuailaf, entre otros... Y en el aire de nuestro encuentro quedó el eco visionario de Hölderlin: "Lo que perdura lo ha de hacer el poeta".

                            [siguiente personaje Yoko Ono: 26-5-2014]

Franz Kafka se ve tirado en el suelo

Por: | 12 de mayo de 2014

FRANZ KAFKA   (1883-1924)

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      Estas palabras de Franz Kafka son suyas. Y mía la impostura de haberme asignado el papel de preguntador: 

      ¿Cómo definiría su escritura?
    
Mis historias son una especie de cerrar los ojos. Yo me he visto siempre como un escritor tirado en el suelo, y que busca por allí algo con qué escribir. El modo de escapar de la existencia humana es a través de la fantasía.
     ¿Quiere decirse que su obra es un constante sueño?
    
El sueño deja al descubierto la realidad, tras la cual permanece la imaginación. Esto es lo terrible de la vida, lo conmovedor del arte.
     ¿De qué modo valoraba aquello que escribía?
    
Jamás lo valoraba, porque de ese modo haría inalcanzable lo que quiero escribir.
     ¿Podríamos decir que usted se pasó la vida en un permanente intento escritural?
    
Eso es. En el fondo, mi vida consistía en intentos de escribir, por lo general malogrados.
     ¡¿Cómo puede decir eso un hombre que figura entre los mejores escritores del siglo XX?!
    
No me preocupo por los juicios de los demás. Sólo sé que soy el hombre más delgado que conozco. Si mis escritos no valen nada, es seguro que yo mismo no valgo nada en absoluto.
    ¿Por qué eligió aquella manera tan solitaria de escribir? ¿Qué fuerzas extrañas tiraban de usted durante la noche y le impulsaban a escribir como si fuera un fantasma inhumano?
     
Para poder escribir tenía necesidad de aislamiento; pero no como un ermitaño, cosa que no sería suficiente, sino como un muerto.
     Explíquenos eso...
    Co
ntinuamente busco comunicar algo no comunicable, explicar algo inexplicable, hablar de algo que tengo en los huesos y que sólo puede ser vivido en esos huesos.
    ¿Eso nos lleva a pensar que usted fue el hombre menos feliz del universo?
    
¿Hay alguien que sepa por sí mismo cuál es su verdadera situación?
     Lo que sí parece indicar, pese a sus sufrimientos, que usted no sentía deseos de escapar de aquella compulsión interior que lo roía...
    
Sólo diré que un empantanado interior corre por sobre nosotros, y por allí pasan unas palabras que se nos escapan. Y jamás las conseguiremos llevar al papel. Esas palabras sólo están en el pensamiento. Cuando en alguna ocasión conseguimos aproximarnos a esas palabras lo hacemos por casualidad, porque hemos tropezado con ellas sin darnos cuenta e incluso hemos sido arrastrados por ellas.
     ¿Encontró en determinadas ocasiones algunos momentos de felicidad?
    
Sólo es posible alegrarse del mundo justamente cuando se huye de él.
     ¿Es que lo bueno y lo malo son lo mismo para usted?
    
Lo bueno es en cierto sentido desesperante.
     ¿Tal vez existe alguna escala de valores por la que alguien puede subir a la cúspide mediante el hecho estético?
    
No sé qué dirán otros. Sé que escribo diferente de lo que hablo, hablo diferente de lo que pienso, pienso diferente de lo que debería pensar, y así sucesivamente hasta la más profunda oscuridad.
     ¿Qué nos queda por decir? ¿Qué por hacer?
    
Dejar caer sobre el pecho la cabeza llena de asco y de odio.
     Pero... ¿cómo no creer o siquiera pensar en alguna posibilidad esperanzada?
    
En teoría hay una posibilidad de felicidad.
     ¿Cuál es?
    
No merece la pena reseñarla.
    Se lo ruego.
    
Está bien. Creer en lo indestructible que hay en uno y no empeñarse por conseguirlo.

                                [siguiente personaje Volodia Teitelboim: 19-5-2014]

 

 

 

Borges envidiaba el coraje de Jünger

Por: | 05 de mayo de 2014

ERNST JÜNGER   (1895-1998)   

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     Se sabe que Jorge Luis Borges viajó hasta el retiro del escritor alemán Ernst Jünger, en Wilflingen, para testimoniarle su admiración y poder estrechar su mano. 
    Mas sepan que esa admiración no proviene única y principalmente por el hecho estético, ya que en tanto escritores, los dos comparten, con parecida intensidad, la cerebración de la palabra y poseen una aspiración mutua, como es alcanzar el máximo conocimiento oceánico del saber literario. Esa admiración se debe al valor guerrero de Jünger, considerado como uno de los grandes héroes de la Primera Guerra Mundial, y acreditado, con pruebas documentales, como un valiente entre los valientes. 
    En los libros de Borges encontraremos pasajes de su literatura donde antepone el valor por encima de todo lo demás. El escritor argentino admiraba a los malevos de sus cuentos por el valor desmedido mostrado –imagen viva de lo viril, “con pechos dilatados de hombría”–, al punto de ser la única clase baja consentida por él. En su caso, sólo puede admirarlos desde la ficción. Por el contrario, a Ernst Jünger lo admira a través de lo real. Si como literato nada tiene que envidiarle, es el valor personal de Jünger lo que le rebasa. Para decirlo de una vez: lo que en él es ficción, en Jünger es estricta y valentísima realidad. Por eso proyecta ese viaje suyo para poder estrechar la mano del alemán.     
     A partir de esta línea dejo a un lado el valor real y el valor de ficción de uno y otro escritor (equivalente a la duda cervantina entre lo real y lo ideal), para contar cómo me relacioné con Ernst Jünger sin tener que ir a su retiro a buscarlo.
    En el otoño de 1989 Ernst Jünger viajó a Bilbao. La Universidad del País Vasco le había concedido el título de Doctor Honoris Causa. Con sus 94 años pleno de lucidez, el escritor alemán respondió a la investidura con un discurso brillante y profundo. Recordó al auditorio la emoción de sus días de niño cuando su padre le leía El Quijote, del impar Miguel de Cervantes. 
    Después de la investidura un grupo reducido de amigos mantuvimos una conversación literaria con él en el hotel en el que se encontraba alojado. Al día siguiente apareció un artículo mío en el periódico donde colaboraba, en torno a la obra de Jünger.
     Pasados unos días desde su marcha, le escribí a Wilflingen, proponiéndole una entrevista. Le envié las preguntas, traducidas con suma acuciosidad por un amigo mío. 
     Respondió casi de inmediato (4 de noviembre de 1989). Apuntaba en su carta la imposibilidad de contestar a todas las preguntas, porque se encontraba “extraordinariamente lleno de trabajo”. En uno de los pasajes mostraba un signo de bullente modestia: “Quizá le puedan ser útiles estas respuestas; en caso contrario, confíelas a su papelera”. Antes de despedirse, aludió al día de su investidura: “He visto que todavía se saben celebrar fiestas en Bilbao; y guardo un buen recuerdo de los días que he vivido allí”. 
     Vuelvo a Borges y al valor de Jünger, a través de unas palabras de éste último cuando refiere –en edad madura–, un pasaje sobre su experiencia en la Primera Guerra Mundial: “la guerra nos arrebató como una borrachera; nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío”.
    Es esa misma mano de sangre arrebatada la que Borges quiso estrechar con enfervorizada admiración.

                                [siguiente personaje Franz Kafka: 12-5-2014]

El País

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