“Hay personas a las que sólo conozco a través de las cartas. Es cierto que siento curiosidad por verlas, pero está lejos de ser indispensable. Y conocerlos no sería inofensivo. En eso la correspondencia nos remite a la importante cuestión literaria: ¿hay que conocer a los escritores?
No existe una respuesta porque existen demasiadas. Es incuestionable que algunos autores perjudican seriamente su obra. He hablado con gente que había conocido a Montherlant y que lo lamentaba: un hombre me contó que, a consecuencia de una breve conversación con este escritor, no había sido capaz de leer nunca más esa obra que tanto admiraba debido a la repugnancia que le había provocado. En sentido opuesto, me han asegurado que la prosa de Giono era todavía más hermosa si habías tenido el placer de codearte con él. Y luego están esos autores a los que nunca se te habría ocurrido leer si no los hubieras conocido, sin olvidar a los más numerosos, aquellos cuya presencia nos resulta tan indiferente como sus libros.
Con los corresponsales reina una idéntica ausencia de ley. Pero mi tendencia natural me empujaría a no conocerles, menos por prudencia que por esa razón sublimemente expresada en un prefacio proustiano: la lectura permite descubrir al otro conservando esa profundidad que sólo se tiene cuando estás solo”.
Hasta aquí Amélie Nothomb y su nueva novela, Una forma de vida (Anagrama. Traducción, como es costumbre, de Sergi Pàmies). La importante cuestión literaria, dice. ¿Hay que conocer a los escritores? La verdad es que ese es uno de los privilegios del periodista. A veces una de sus condenas (en ocasiones, lo que gana tu negocio lo pierde tu ocio). Y luego está ese limbo que consiste en hablar por teléfono con ellos.
¿Quién no ha pensado alguna vez en los autores que le habría gustado conocer? A veces coinciden con los que más te gusta leer: Emily Dickinson, Albert Camus, Samuel Beckett, Hannah Arendt (en la foto), Leonardo Sciascia. A veces no. A mí, por ejemplo, no me gustaría conocer a Cervantes ni a muchos clásicos. No tengo imaginación para verme como un yanqui en la corte del rey Arturo. A Stendhal, sí. Y a Galdós. A Antonio Machado, también (alguien que escribió sus poemas y el Juan de Mairena seguro que era buena compañía). Y a Virginia Woolf. A Céline, no. A Cernuda, no sé (alguien que escribió...). A Natalia Ginzburg, sí. A Juan García Hortelano, definitivamente, sí (todo el mundo habla maravillas).
Para ser un poco ordenados, dejamos para otro día a los autores vivos. Y las condenas. Por ahora, los privilegios. Va una lista con algunos autores que, tratados por motivos en principio profesionales –entrevistas, reportajes, bodas, bautizos y comuniones-, estuvieron a la altura de su obra. Palabra de honor: Tomás Segovia, Claudio Rodríguez, José Agustín Goytisolo, Wislawa Szymborska, Eugenio Montejo, Fernando Charry Lara, Félix Romeo, Francisco Casavella, Agota Kristof.
Su conversación, como sus libros, contenía “esa profundidad que sólo se tiene cuando estás solo”.