¿Una reconversión industrial para el mundo del libro?

Por: | 10 de febrero de 2013

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Una revista de 170 páginas no se liquida en la sala de espera del dentista, y menos si está llena de artículos interesantes. Es el caso del número 19 de Texturas, una entrega de la que ya dijimos algo al glosar el decálogo del perfecto agente literario pero cuya onda expansiva ha terminado llegando hasta la publicación del Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros 2012 a cargo de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). El barómetro presentando el jueves pasado es uno de los grandes informes anuales canalizados por la FGEE, el otro es la panorámica de la edición, que suele hacerse pública a principios del verano (septentrional). Mientras el primero da cuenta de, digamos, la demanda, el segundo da cuenta de la oferta (y su aceptación). La suma de ambos da una idea aproximada de esa mezcla de cultura e industria que es el mundo del libro.

Al futuro de ese mundo se consagran muchos de los artículos recogidos en el último número de Texturas. Si el grueso de su contenido repasa ampliamente el estado de la cuestión en América Latina, la orilla europea tampoco tiene desperdicio: por un lado, recoge el llamamiento francés del Colectivo 451 sobre el presente el libro “frente a la encrucijada de la mercantilización”; por otro, Bernat Ruiz Domènech analiza con audacia el mercado del libro en España teniendo en cuenta la Panorámica de la edición española de libros 2011 elaborada por la flamígera –al menos de nombre- Dirección General de Política e Industrias Culturales y del Libro. Los datos del año pasado se publicarán este.

TexturasCbtaTXT19_defLa “Nublada panorámica de la edición española de Ruiz Domènech es una incendiaria pero recomendable lectura para cualquiera interesado en los libros, España, los panoramas y hasta las nubes (en prosa: crisis). La proliferación de editoriales (2.183 activas) y novedades (el exceso de primeras ediciones, dice, “está saturando las escleróticas arterias del sistema”), el género de los libros impresos (“Ninguna otra materia ha bajado tanto como la Literatura. Y es la Literatura la que sostiene el edificio”), la dependencia del dinero público en aquellas autonomías con menor “músculo editorial” (en La Rioja, por ejemplo, ese dinero sostuvo en 2010 el 40% de lo publicado allí), el precio de los libros o la inflación de narrativa y poesía en español (“no solo editamos demasiados libros, además editamos los equivocados”) son algunos de los aspectos analizados por Ruiz Domènech antes de llegar a propuestas que sacarán de sus casillas a media industria. Piedras en el estanque del consenso.

El peso mayor de esas piedras reside en una propuesta contundente: el sector del libro necesita una reconversión industrial (los editores van en esto, apunta, por detrás de los libreros porque para ellos “el lobo está mucho más cerca”).

¿Cómo llevar a cabo esa reconvesión? Dejando de “gestionar la demanda” para “gestionar la oferta”.

¿Cómo? Por ejemplo, frenando el aumento de novedades.

¿Cómo? Fomentando con desgravaciones fiscales las reediciones y la digitalización del fondo editorial y –llega el tsunami- con una “exención temporal” del precio fijo para “aquella editoriales que se mostraran más comedidas en sus novedades y más atrevidas con su fondo”.

Es posible que los miembros del sector que mantengan la calma después de una propuesta así la pierdan cuando comprueben que Ruiz Domènech remata su argumentación proponiendo, “por una estricta cuestión de coherencia con el core business de la industria editorial y por el bien de su credibilidad”, la equiparación del IVA del libro de papel “al tipo normal que ya se aplica al digital”, el 21% en España. Es decir, justo lo contrario de lo que llevan años pidiendo los editores españoles en Madrid y en Bruselas.

Para Bernat Ruiz Domènech, como para la Unión Europea, los libros digitales son un servicio. En su opinión, los de papel, también. “¿Qué compra un editor en una feria profesional, derechos de publicación o toneladas de papel?”, se pregunta retóricamente.

Adelantándose a la refutación de su propio argumento, el articulista repasa las apelaciones a la necesidad de proteger la cultura y apunta a la selección de aquello que merece ser protegido: “¿James Joyce, sí, pero Corín Tellado, no?” O sea, algo parecido –aunque con la intención inversa- a lo planteado por los que señan la incoherencia de que el IVA del cine sea más alto que el de los libros: ¿Dan Brown es cultura y John Huston, no? (El filósofo José Luis Pardo, por cierto, tiraba de un hilo de color parecido al comentar sin contemplaciones los datos sobre los hábitos de lectura publicados esta semana).

Provocador nato y gran desmitificador, en Ruiz Domènech sorprende la mezcla de liberalismo –se publican géneros que no pide el mercado- e intervencionismo –los poderes públicos deben favorecer la reconversión de un sector privado-. Con todo, se agradece, aunque sea para discrepar, su falta de prejuicios a la hora de enfrentarse a datos cuya interpretación suele venir precocinada por aquellos que los sirven. Otra cosa son los efectos que la reconversión que propone tendrían para la diversidad de especies (animales y vegetales, analógicas y digitales) en una selva ya de por sí regida por la ley del más fuerte. Sea como sea, lean su artículo y la revista que lo recoge -la publica, por cierto, una editorial, Trama-. Que alguien nos diga aquello que no queremos oír no tiene precio. No hay mejor despertador que una sacudida.

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En la imagen, fotografía de Álvaro García.

 

 

Hay 4 Comentarios

Creo que lleva toda la razón la verdad,
saludos

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El Gobierno de España está empezando a tener rasgos autoritarios --al menos con respecto a lo medios de comunicación. Ahora podrían ir a por La Sexta. ¿Nos estamos acercando a Venezuela? Si quieres saber más lee Vergüenza de país: yestheycan.blogspot.com

El papel escrito, que ha sido durante cientos de años el cauce de las ideas y de la cultura en nuestra civilización occidental asiste a su retirada de primera línea.
Ahora con la llegada de las nuevas tecnologías se nos revela como algo antiguo, voluminoso y pesado.
El papel se ha quedado en un cauce de comunicación obsoleto, un formato que ya no encaja en la rapidez y la agilidad que el tiempo actual demanda.
La actualización contínua exige dinamismo.
Como siempre pasó, la mente humana ha de buscar solución al cambio, para dar respuesta a las necesidades en materia de información y cultura.
Los árboles no nos pueden impedir ver el bosque.
El ser humano evoluciona, y a medida que crece, cambia las herramientas que utiliza para seguir trabajando y evolucionando.
Se trata de optimizar lo que se tiene, reordenar las prioridades y ponerse al día.
El papel no puede desaparecer como medio de comunicación y cultura, pero ha de reservarse para la calidad y no para el día a día.
Evitando el derroche.
Para el derroche ya están los medios electrónicos que se reciclan a cada momento.
En la sociedad pasa con todo igual.
Con las ideas, con los conceptos de toda la vida, con las formas, con las costumbres ancestrales, y con los hábitos sociales.
Querer empecinarse en mantenerse firmes y a todo trance en contra de la corriente de la evolución humana es perder el norte y acabar hundidos y en el fondo, pisados por el tiempo.
Ni demasiado deprisa ni demasiado despacio, pero a un paso constante hemos de avanzar y acomodarnos.
Y el papel, como la sociedad entera no puede ser menos.


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Sobre el blog

Como dios y el diablo viven en los detalles, en la letra pequeña de los contratos están los matices. Este blog habla de literatura desde esa perspectiva. A pie de página. Sin gritar demasiado.

Sobre el autor

Javier Rodríguez Marcos

estudió filología, trabaja como periodista y es miope. Pero sigue leyendo. Forma parte del área de cultura del diario EL PAÍS y ha publicado media docena de libros, alguno incluso de poesía. De tener una teoría, podría resumirse en este viejo tuit de don Quijote: "Más vale un diente que un diamante".

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