40 Aniversario
Lluis Bassets

Antes de que cierren las urnas

Por: | 25 de septiembre de 2016

Un par o tres de cosas quiero dejar escritas antes de que cierren las urnas en Galicia y el País Vasco. Ante todo, que son unas elecciones extrañas si las medimos por el rasero europeo, un punto de vista que se preocupa ante todo del comportamiento de los partidos populistas, de derechas fundamentalmente (Alemania, Francia, Austria, Países Bajos…), pero también de izquierdas (Grecia). La factura de la crisis, que produjo gobiernos tecnocráticos y luego de alternancia o incluso alternativos en Italia, Portugal y Grecia, en España solo se traduce en desgaste, enorme ciertamente, de los partidos tradicionales, pero sin expulsarlos del poder.

Convergència sigue reteniendo la presidencia de la Generalitat a pesar de las ganas con que aplicó la tijera social hasta 2012, en vanguardia de la derecha española, y luego del laberinto con su hoja de ruta hacia la independencia en el que se metió; Rajoy ha sufrido un desgaste colosal por la corrupción y los recortes, pero sigue siendo el jefe de la formación más votada y es el que tiene más posibilidades de repetir como presidente, gracias a la gran coalición antisánchez que ha sabido promover; el nacionalismo vasco sigue siendo hegemónico en Euskadi y es el que ofrece el resultado fijo en la quiniela de hoy; y el PP de Feijóo también tiene todas las bazas para seguir gobernando en Galicia, aunque llegue a las urnas con un margen de incertidumbre.

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Un torneo literario

Por: | 24 de septiembre de 2016

Barcelona crece. No es seguro que Cataluña la acompañe. Puede que tengan razón las casandras del nacionalismo, con Jordi Pujol a la cabeza, cuando señalan que la nación catalana se halla en un momento crucial de su historia, en el que se enfrenta al dilema trágico, a vida o muerte, entre conformarse a una decadencia sin fin o realizar un salto insólito e inesperado como sería la independencia.

Hay muchos datos que desmienten el fin de la nación catalana, anunciado por el independentismo para el caso altamente probable de que no consiga sus objetivos. No es cuestión de repetir los tópicos ya conocidos sobre el estado de la lengua, la demografía, la economía, las infraestructuras o el atractivo internacional de su principal baza y mayor riqueza, que es la metrópolis barcelonesa.

Esto no le importa a quien se ha convencido, y ha convencido a muchos otros, de exactamente lo contrario. Steven Pinker tiene tres explicaciones para el pesimismo contemporáneo que sirven perfectamente para el caso de los independentistas. En primer lugar, la fuerza de la información negativa, que lleva a retener las cosas malas que nos han sucedido y olvidarnos de las buenas: las primeras son fruto de injusticias inmerecidas y las segundas son realidades descontadas a las que tenemos derecho. En segundo lugar, la cultura de la crítica moralizadora, en la que rivalizamos con nuestros conciudadanos en una subasta en cuanto a compromiso y agudeza negativa. Y en tercer lugar, la nostalgia de una edad dorada que nunca existió pero que nos permite soñar en un mundo, o un país, mucho mejor que el que conocemos.

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La historia nos juzgará

Por: | 22 de septiembre de 2016

Quien no puede lo menos, ¿cómo podrá con lo más, es decir, la crisis de refugiados y migraciones de enormes dimensiones que tiene planteado el mundo? Lo mínimo es que Naciones Unidas proteja la llegada de la ayuda humanitaria durante una tregua. Pues no. No tiene ni los instrumentos coercitivos y legales, ni la capacidad de presión sobre los países implicados para evitar que un convoy conjunto del organismo internacional y de la Media Luna Roja que se dirigía a Alepo durante la tregua fuera bombardeado, presumiblemente por aviones rusos, con el resultado de la muerte de 20 conductores y cooperantes.

Los europeos hemos visto en el último año como el sistema de asilo organizado después de la Segunda Guerra Mundial se ha convertido en una herramienta inservible ante la crisis global que se nos ha venido encima. La Organización Internacional para las Migraciones, fundada entonces para resolver los problemas europeos, tuvo que enfrentarse con la gestión de once millones de desplazados. De aquella crisis surgió el derecho de asilo, que obliga a no rechazar a las personas que huyen de la persecución, la guerra y la muerte.

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La vergüenza de Bratislava

Por: | 20 de septiembre de 2016

Ni una palabra sobre el derecho de asilo. Ni una frase, ni siquiera de compasión, para los cinco millones de refugiados que han salido de Siria. Los refugiados ni siquiera existen para los 27 en su declaración eslovaca, convertidos en migrantes incontrolados que se vinculan al miedo, al terrorismo y a la inseguridad. Nada, por supuesto, sobre la Carta Europea y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas que crea obligaciones por parte de los firmantes --los 27 , todos y cada uno de ellos y la UE como tal, hacia quienes huyen de la guerra y de la muerte segura. ¿Eso es Europa?

La declaración de Bratislava y la entera cumbre informal de jefes de Estado y de Gobierno de la UE, la primera que se reúne sin Reino Unido, el pasado viernes, es un entero monumento al declive del proyecto europeo y, sobre todo, al menosprecio a sus valores fundacionales. El liderazgo europeo, ejercido en ocasiones por las instituciones de Bruselas y en otras por Alemania y Francia al alimón, ha pasado a manos nada menos que del grupo de países llamados de Visegrado, los cuatro países salidos del bloque soviético tras la caída del Muro y acogidos por la UE, todos ellos con una cuenta pendiente con su propia identidad nacional y celosos de su soberanía tras una larga y trágica historia que se la hurtó en numerosas ocasiones. Ellos y no el arruinado eje franco-alemán son los que conducen ahora a Europa, pero hacia atrás, de regreso al pasado de los nacionalismos enfrentados y las viejas soberanías westphalianas.

Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría han venido a sustituir a Reino Unido en la vanguardia euroescéptica que pretende reducir a la UE a su mínima expresión en función casi exclusivamente de los intereses nacionales respectivos. Quisieron entrar en la UE para deshacerse del imperio soviético y recibir fondos de Bruselas pero ahora no están dispuestos a compartir soberanía ni a sacrificarse por la solidaridad común.

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Todo va mal

Por: | 18 de septiembre de 2016

Los filósofos tienen una cierta obligación de pensar en dirección contraria a lo que piensa la mayoría. Es la única forma de someter a prueba las ideas comúnmente aceptadas. El tópico europeo del momento es que todo va mal. La Unión Europea se cae a pedazos. Avanzan los populismos. El terrorismo enerva los peores instintos xenófobos y autoritarios. Aumentan las desigualdades. ¿Qué más?

Los partidos extremistas son los que nos lo advierten con tonos más apocalípticos, hasta denunciar la lenta invasión de Europa por un islam fundamentalista, guiado por unos planes precisos de conquista y de dominación, que quiere cambiar nuestros valores y costumbres. Pero hay también voces mucho más moderadas y razonables que se añaden al coro de los profetas del desastre europeo e incluso mundial. El general Martin Dempsey, que fue jefe del Estado Mayor del ejército de los Estados Unidos, aseguró en 2013 “que el mundo es más peligroso que nunca” y el papa Francisco está convencido de que la Tercera Guerra Mundial ya ha empezado.

Michel Serres, filósofo francés de enorme prestigio, acaba de hacer unas declaraciones a ‘Le Monde’, con motivo de la publicación de su nuevo ensayo (‘Darwin, Bonaparte y el Samaritano’), en las que nos dice exactamente lo contrario. En relación a Europa, por supuesto, que vive la época de paz y de prosperidad más larga desde la guerra de Troya. Pero también en relación al mundo, que según su visión está entrando en una segunda edad de la historia, en la que la gente vive más y mejor y la concordia va sustituyendo a la discordia que ha caracterizado el pasado entero de la humanidad. “El tsunami de los refugiados es bien significativo –dice Serres- ¿A dónde quieren ir estos nuevos parias de la tierra? A nuestra casa, a Europa, porque vivimos en paz y en prosperidad”.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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