Con frecuencia surge la pregunta, sobre todo en coloquios abiertos al público. ¿Hay de verdad analogías de fondo entre Zapatero y Barack Obama? Hay algo de retintín en la cuestión, porque es evidente la fosa que separa a ambos personajes: la popularidad inmensa del presidente electo norteamericano, el culto que ha despertado su imagen entre los jóvenes, la fuerza de su oratoria y la envergadura del cambio que se propone nada tienen que ver con las dimensiones de nuestros políticos y de nuestro presidente. También son evidentes los puntos comunes, sobre todo generacionales y en problemas de los que se suelen llamar de sociedad. Ante la igualdad de derechos, entre sexos, opciones sexuales, razas y religiones, por ejemplo. Quizás también ante las cuestiones relacionadas con la investigación genética, interrupción del embarazo, derecho a la muerte digna. Todo esto está muy bien, al menos para mi gusto. Entiendo que preocupe a otros, por ejemplo a esa derecha católica que manda en Roma y desanda el camino admirable del Concilio Vaticano II. Pero de lo que quiero escribir hoy, para discrepar de Obama y de Zapatero, es de uno de los más evidentes puntos que tienen en común, nada menos que en política internacional y en el que, para colmo, ambos no están precisamente muy bien aconsejados. Veamos.





