El Parlamento de Cataluña ha dado el descabello a la fiesta taurina. Estaba muerta ya en Cataluña y en el deseo de algunos lo estará a plazo en toda España. En pocas ocasiones las instituciones del autogobierno catalán han merecido tanta atención y han recibido tantos ataques. La ocasión lo merecía: que Barcelona, histórica capital taurina, vaya a prohibir los toros, la ‘fiesta nacional’, no puede ser leído en todo el mundo más que como un serio revés para el espectáculo. Algunos dentro y fuera proyectarán sin remedio la interpretación nacionalista de unos y de otros, sobre todo después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán. Pero la realidad es mucho más simple: ha sido fruto de una iniciativa popular, que ha exigido una compleja recogida de firmas; ha dado pie a un riquísimo debate, en el que todas las posiciones han podido expresarse y deliberar libremente; y al final los diputados catalanes han podido votar, con la peculiaridad de que los dos partidos mayores, CiU y PSC, les han dado libertad de votos, que han ejercido responsablemente.
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El espacio central catalán está organizado alrededor de dos grandes partidos de etiquetas muy distintas, pero con muchos puntos en común. Uno se dice nacionalista y el otro federalista, pero ambos han sido hasta ahora profundamente autonomistas, y aunque no rime con el ambiente algo sobre excitado de estas últimas semanas me atrevería a decir que ambos seguirán siéndolo.
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Nada podía marcar más claramente el fin de curso europeo que la tradicional conferencia de prensa de Angela Merkel ayer, antes de la pausa vacacional de agosto. Alemania es el alumno más grandullón de esta clase, también el más visible, colocado siempre en el pupitre central del aula; y no es siempre el más ruidoso, papel que suele ocupar su vecino francés, pero sí el determinante. Si Alemania va mal, Europa va mal; aunque, ahora que Alemania empieza a ir bien, no esté nada claro que a Europa le vaya a ir bien.
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Cuando la centrifugadora se pone de verdad en marcha y alcanza la velocidad de crucero, es decir, en el momento en que la fuerza polarizadora se halla en su punto máximo, es prácticamente imposible sostener posiciones intermedias. Quedan trituradas por el movimiento centrífugo que lanza a la gente y a los grupos a los extremos y radicaliza las ideas. Todo lo que pueda quedar en medio es tachado de traición e impostura.
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Los mundos de la política y del corazón tienen raras intersecciones. Raras por lo peculiares y curiosas, no por infrecuentes. Hay una intersección casi institucional en las monarquías: la antidemocrática regla de convertir a alguien en Jefe del Estado por el mero hecho de haber sido engendrado por quien deja vacante el trono convierte la cama y el foro político en espacios idénticos. Algunos presidentes saben jugar bien sus cartas y sus afinidades para convertirse en sombras miméticas de los monarcas: ahí está Sarkozy como ejemplo sublime y Berlusconi como carnavalesca inversión de la dignidad monárquica. En el de Estados Unidos, gracias a su potestad imperial, crónica rosa y crónica política son también idénticas. Y si no que se lo pregunten a Bill Clinton.
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No vamos a ponernos de acuerdo. Los historiadores deberán realizar su labor dentro de unos años. Ahora en caliente todavía es el tiempo del periodismo, que quiere decir recoger y filtrar lo mejor posible los datos e interpretaciones. Pero el tópico está ya escrito y consagrado. Recojámoslo: a veces responden a la verdad. Pero aportemos, si es posible, otros datos.
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No es habitual ver burkas y nikabs en las calles y plazas europeas. Escasea sobre todo la primera de las piezas con las que se velan las mujeres afganas, aunque es posible ver mujeres con la prenda que deja sólo los ojos descubiertos, propia del Golfo Pérsico. En Francia, el país europeo con mayor proporción de ciudadanos musulmanes, el 8 por ciento, los servicios de policía han contabilizado sólo a 367 mujeres como portadoras de este tipo de prendas. En España los periodistas saben muy bien de las dificultades para encontrar mujeres que lo usen, y es más fácil localizar a sus portadoras entre los turistas de los países árabes en la Costa del Sol o las tiendas caras de Madrid que en los barrios de inmigración africana y asiática.
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