Lluis Bassets

La burbuja soberanista

Por: | 21 de septiembre de 2011

Un libro compuesto bajo el signo de la urgencia, cuando más duelen los golpes de la crisis económica, y sus consecuencias sobre el empleo, el bienestar o la cohesión social. Centrado, sin embargo, en los efectos más morales de una crisis que desborda a los actuales percances económicos y se extiende sobre la entera idea de sociedad y de ciudadanía. Y de todos los efectos morales, los que se sienten como más cálidos y pegados al corazón humano, los más dolorosos, por tanto: los que afectan a la identidad, es decir, a la lengua, la religión, la cultura, la imagen que cada uno de nosotros nos hacemos de nosotros mismos.

El objeto que el autor ha escogido para armar su libro es también un antagonista: no quiere exaltar la identidad, sino combatirla; tampoco preservarla, sino fragmentarla y multiplicarla; y ni siquiera mantenerla como concepto, sino sustituirla por los de ciudadanía y pacto republicano, equilibrio de deberes y derechos entre iguales. Parte para ello de lo más próximo: las más recientes tensiones españolas a propósito y como consecuencia del Estatuto catalán y de sus avatares jurídicos; pero llega hasta lo más lejano, la fórmula de hierro que combina la impugnación de la política con un neoliberalismo extremo además de la politización de la religión y el rechazo del extranjero, tal como aparece en los populismos rampantes de Europa y Estados Unidos.

Pensado desde unas referencias culturales y políticas inequívocas, las del catalanismo autonomista, este libro circula en dirección exactamente contraria a la deriva independentista adoptada por el catalanismo mayoritario pujolista y también en discordancia con el endurecimiento anticatalanista de la política española. En realidad, contra los dos nacionalismos catalán y español, que se reatroalimentan uno a otro incluso cuando se camuflan y no quieren aparecer como tales.

Es también un envite valiente y contundente, desde la tolerancia y la lealtad, a favor de un nuevo entendimiento. “La independencia no es para mí ni un somni (un sueño) ni un malsón (una pesadilla), sino un miratge (un espejismo”. Esta crisis que favorece a las identidades unívocas es también una burbuja, pero no hay que esperar pasivamente a que se deshinche sola sino que hay que pincharla.

(Reseña del libro de Rafael Jorba ‘La mirada del otro. Manifiesto por la alteridad’, publicada en Babelia el pasado sábado, 17 de septiembre)

Hay 6 Comentarios

Efectivamente lambda, la clave del desarrollo y del bienestar es justamente la cultura y la información, ésto lo han entendido los países Nórdicos desde hace mucho tiempo, por ello tienen el bienestar del que gozan, apesar de que la derecha hace todo lo posible por desmontarlo. El famoso "secreto" finlandés, no es otra cosa que haber enfocado en la instrucción y la preparación profesional de las especialidades necesarias. La señora Aguirre debería darse una vuelta por Helsinki y enterárse de lo que allí hacen con los alumnos, y que se fije bien en el sistema educativo -cómo se eligen y clasifican los alumnos- y sobretodo que se fije en el número máximo de alumnos que cada profesor puede tener en su clase. Suecia es el único país del mundo con una escuela de inventores, y si te fijas en la cantidad de éstos que hay en el mundo, te asombraría saber el enorme % que son suecos. La entrada de estos en la UE, significó realmente un retroceso. Un saludo.

@Ledle,

desgraciadamente, es cierto que un Estado pequeño puede tener ese margen de maniobra de los Estados pequeños: Basta ver el caso de Islandia. Un buen ejemplo de porqué es fundamental la primacía de la autonomía política frente a la economía. Pero para ello es muy importante tener una población culta y bien informada. Si no se hubiera dado esa pre-condicion, estarían tan encallados como nosotros, o peor.

La diversidad étnica y dispersión cultural, sin duda, es el más preciado tesoro de la Humanidad. En principio, cuanto mayor sea la expansión, más oportunidad supone, que aparezcan algunos grandes hombre o mujeres pensadores que nos descubran e iluminen el camino.

Ciertamente la cultura globalizadora a través de los medios y el entorno, supone un grave impedimento y condicionante, - asumo como propia la sugerencia de Lluís - pues, el enemigo intenta por todos los medios habidos y por haber, mantenernos “atados a la silla mientras ellos siguen modificando la realidad disputada”, aunque soy del pensar que, nuestro mayor enemigo es uno mismo.

“El miedo a la libertad” - título que asumo como propio, antes de descubrirlo en las tapas de un libro de Erich Fromm - es el límite del conocimiento, no de la ignorancia. Todo cuanto soy capaz de percibir, que es bien poco, alimenta mi “empedernido optimismo”, (gracias a ledle). Las evidencias están a la vista, todas, inclusive la realidad más desgarradora, que desestabiliza el sino de cualquier alma en vilo.

Quizás, el día que asumamos plena y conscientemente, las aparentes contradicciones de la existencia del ser humano, empezará un nuevo amanecer. Mientras, tendremos que seguir atentos, solos, en familia o grupos afines, para seguir la inercia de la vida, en la que nuestro tiempo presente solo es una anécdota o accidente, por más importancia que queramos darle y por muchas limitaciones que se presenten.

Agradecer a Lluís y demás compañeros de viaje, este muy placentero y enriquecedor encuentro, que por mi parte supone, seguir teniendo confianza y sentirme feliz intensamente en algunos momentos.

Lambda, has puesto el dedo en la llaga: El nacionalismo es el hijo ilegítimo de las religiones monoteístas, y yo estoy seguro, que fueron éstas sus creadores. No hay que ir muy lejos para constatar los slogans de algunos partidos de derechas, cuyo lema sigue siendo: Dios, patria y rey, frase con la que se puede sintetizar el poder -aunque también haya variantes -dios, patria y "libertad", por ejemplo-.
En cuanto a que los países pequeños tienen más ventajas que los grandes es un hecho que puede comprobarse científicamente, no hay más que fijarse en todos los européos -Andorra, Holanda, Dinamarca-, su crisis es mínima. Efectivamente siempre habrá un riesgo de que las transnacionales -que naturalmente desconocen la dirección del fisco- se apoderen de la economía, pero al tener una población reducida, es más fácil ponerse de acuerdo y establecer leyes y controles, que pondrían límites.
Yo sé que suena a "sacrilegio", pero opino que ya va siendo hora de cambiar de mentalidad, y adaptarse a la realidad del siglo XXI, y lo que una vez fué España, debería convertirse en varios estados independientes, que cooperarían entre ellos. De cualquier manera una unión européa ya ha archivado las nacionalidades, y la aldéa global solo acelerará este desarrollo.
Finalmente, y ya que mencionas el imperio Austro-Húngaro, cuyo esplendor es bien conocido, ahí tienes un ejemplo del paso de la historia. Unos estados se disuelven, otros se créan. Lo triste y desagradable es que el poder no cede voluntariamente sus privilegios, y cuando se ve cercado, comete barbaridades, y esto es preocupante, pues el mundo sigue en una situación precaria, tanto económica como en todo lo demás, y cuya aceleración, harán que los acontecimientos se precipiten, y por regla general, esto suele traducirse por violencia y destrucción. No porque lo diga yo, sinó que consta en los anales de la historia universal. Un saludo

Es un espejismo en un mundo interdependiente entre unos y otros.
Aparte que se basa en una perspectiva doméstica del mundo, algo que, honestamente, no ha llevado a nadie muy lejos.

Ahora bien, hay gente que opina que los Estados pequeños pueden adaptarse mejor economicamente... pero también son más vulnerables a presiones de, por ejemplo, multinacionales. En realidad, como todo, tienen sus ventajas e inconvenientes. En un mundo global, sin embargo, se acaba tendiendo a la aglutinación, por inercias evidentes. A un estado pequeño, pues, sólo le queda la hiperespecialización profesional para subsistir y poder emplear óptimamente a su población. Lo cual puede ser una espada de Damocles, dependiendo del área en el que se decante.

Tanto como si España se divide en cinco Länder pseudoindependientes como si se vuelve un Estado centralizado à la française, quedaría sin resolver un problema de fondo que es la falta de interés en nuestras élites por la cultura y la investigación, y aún menos en la modernización del knowhow industrial y empresarial. Problema que comparten en gran parte con el grueso de la población.

En mi opinión, el nacionalismo es un infausto hijo de las convulsiones románticas del siglo XIX. Se parece sospechosamente a las religiones monoteístas...

Yo, no puedo por menos que pensar en aquellas prósperas y cultas ciudades del Imperio Austrohúngaro desde 1860, que ensayaban parlamentos multiétnicos y diversas opiniones politicas, antes que estallara la Primera Gran Guerra. Porque lo cierto es que pese a todo, fue un experimento de asociacionismo político muy diverso en sus formas, y pese a su accidentada vida política, permitió una mejora de las comunicaciones, del acceso a los mercados de productos y de la calidad de vida en general muy positiva. En gran parte, la mayoría de la gente de las ciudades apoyaba la figura del emperador como símbolo, mientras que mantenían sus tradiciones y libertades administrativas negociadas. Sólo en las zonas profundamente rurales y menos alcanzadas por la rápida modernización, prosperaba el nacionalismo secesionista.

Y en los momentos críticos siempre hay quien considera que mejor solo que mal acompañado. Les falta aclarar si se refieren a ellos como compañía.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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