Hay construcciones que no revelan sus defectos hasta que se produce el seísmo. Iglesias, palacios y rascacielos que habían soportado el paso del tiempo de pronto se caen como castillos de naipes. Nunca es casual. Siempre hay una debilidad, un defecto, un cálculo insuficiente, que explica los desperfectos provocados por la sacudida.
El terremoto financiero que golpea desde hace ya cuatro años a las economías europeas tiene igualmente unos efectos clarificadores sobre las técnicas constructivas utilizadas en nuestros edificios institucionales. Cada damnificado suele observar el balance de víctimas y daños de su inmediato entorno: ahorros y puestos de trabajo perdidos, sectores productivos desaparecidos, infraestructuras paralizadas, instituciones infectadas por la falta de confianza que se expande. Pero los efectos de fondo solo se miden y valoran desde una visión global, que permite observar cómo el seísmo se comporta de la misma manera en todas partes y revela similares debilidades en los edificios.





