Ya que no podemos devaluar la moneda, hagámoslo con la palabra. La palabra política se deprecia cada día que pasa en España. Empezando por la del presidente del Gobierno que la sacrificó en el altar de la patria: está dispuesto a desmentirse y a romper sus promesas tantas veces como lo exija la salida de la crisis. Una palabra depreciada no sirve para la persuasión. Tampoco para la explicación. La desconfianza en la palabra conduce al mutismo. Es la política sin comunicación, de larga tradición despótica: ve esclavitud en la palabra y dominio en el silencio. Nada de transparencia ni de control democrático, nada de explicaciones ni de discusión de las decisiones. No hay democracia sin palabra, inscrita en su raíz en el nombre del propio parlamento.





