La historia de Sheldon Adelson es la del poder del dinero. Antigua como la Biblia. Todo lo puede el dinero. Las voluntades, el talento, la virtud, la justicia, la ley, la fraternidad, la piedad, y suma y sigue, todo va cayendo ante las montañas de dinero que van creciendo e incrementando la apuesta. La democracia más acreditada y antigua del mundo se inclina ante la fortuna del magnate, que se regodea en su capacidad para equilibrar millones de votos gracias a sus millones de dólares. El Tribunal Supremo le dio la razón cuando reconoció el derecho a la libertad de expresión, no de los ciudadanos sino de los multimillonarios para levantar cualquier límite a las campañas electorales negativas. Suprema hipocresía del Supremo, estas campañas no pueden ser coordinadas directamente por el candidato al que favorecen, lo cual no impide que miembros de su equipo dimitan para encabezar y dirigir las famosas superpacs (el nombre viene de los comités de acción política o pac).





