Hay frases de gran contundencia que jamás deberían pronunciarse. Convocan los miedos que aparentan conjurar. Contienen la negación de lo que enuncian. Sobre todo cuando salen de boca de un político al que la realidad desmiente habitualmente en sus palabras, sus programas y sus promesas. Decir que el euro es irreversible suena a oración para pedir la lluvia. Cuanto más se repite, como si fueran los misterios de dolor del santo rosario europeísta, más plástica se nos hace la negra e indeseable imagen de una Europa sin euro y un mundo sin Europa. Menos convincente suena, por tanto. Peor aún si lo dice quien ha declarado que está dispuesto a desmentirse y a incumplir sus promesas tantas veces como haga falta con tal de salir de la crisis. Todos le hemos entendido perfectamente: el euro es mortal y se nos puede morir en los brazos en los próximos días.





