Es calculadora y ambiciosa, geopolítica e imperial. Sigue el rastro de las áreas de influencia del desaparecido dominio soviético, de una época en que cualquier acontecimiento caía finalmente de un lado o del otro del telón de acero, la línea que separaba los dos bloques enfrentados en la Guerra Fría. No ha sido fácil para los países occidentales superar la concepción dualista de la región conformada en la confrontación entre la Unión Soviética y Estados Unidos. La última derivada ideológica de aquel mundo bipolar surgió y fracasó en Washington con la presidencia de Georges W. Bush, cuando el peligro comunista de antaño fue sustituido por el Eje del Mal formado por el Irak de Sadam Husein, Corea del Norte y Siria, o por un enemigo terrorista global como Al Qaeda. Desde hace cinco años Occidente se halla ensimismada en su crisis económica, pero Rusia, en cambio, mantiene viva la huella de sus reflejos imperiales en dirección a la casilla geopolítica más abierta del planeta que es Oriente Próximo y dentro de Oriente Próximo la Siria de Bachar el Asad, que se acerca ya al año y media de revolución con la cifra escalofriante de 16.000 ciudadanos muertos, caídos en la represión.





