Lucía su mayoría absoluta ante esos gobiernos débiles obligados a consensuar cualquier legislación. Exhibía sus cuatro años por delante para ir aplicando su programa sin respiro. Se regocijaba con la oposición ausente, calcinada tras sus siete años de gestión caótica y de incapacidad para verlas venir. Señalaba la calle, plácida y tranquila todavía, a pesar de los recortes desgranados lentamente desde el primer día. Merkel le sonreía. Aun. Por eso se atrevía a mantener su agenda demagógica, esperar al resultado de unas elecciones, alimentar la fiera populista dentro de su partido. No digamos ya de su desprecio hacia las manos tendidas, las ofertas de pactos y alianzas. Dejadme solo: Rubalcaba lo clava. Así es Rajoy: una vocación de soledad y desnudez frente a un vendaval.





