Pronto caerá el quinto, el más joven, sanguinario y duro de pelar. El único civil, ajeno al oficio de las armas. El único también que no llegó al poder en circunstancias violentas o fruto de un golpe de Estado. Los dos primeros cayeron fácilmente: Ben Ali, el ambicioso policía que desplazó a Habib Burguiba, en un golpe palaciego en 1987, aguantó 28 días desde que empezaron las manifestaciones; Mubarak, que sucedió a Sadat a su muerte en atentado en 1981, fue todavía más débil en su resistencia de 18 días. Mayor fue la resistencia de Gadafi, en el poder desde 1979, y el yemení Saleh, presidente desde 1978: el primero perdió el poder a los seis meses, y la vida, linchado por los rebeldes, dos meses más tarde y con una guerra civil por medio; el segundo tardó trece meses en ceder, después de un atentado y de caracolear en una negociación llena de engaños y fintas.





