Hace cuatro años ya de La Oca del señor Bush, el libro que publiqué en la recta final de la campaña presidencial que llevó a Barack Obama a la Casa Blanca. Se iba un presidente calificado por un amplio panel de historiadores como el peor de la historia de los Estados Unidos y llegaba por primera vez, coincidiendo con una crisis económica pavorosa, un ciudadano afro americano a la Casa Blanca, una mansión que fue construida por esclavos negros. Mucho ha cambiado el mundo y mucho también, aunque no tanto, ha cambiado Estados Unidos desde entonces.
Pero hay algunas cosas que no han cambiado o que si lo han hecho ha sido incluso a peor: Bush nunca llegó tan lejos en el uso de los drones o aviones no tripulados para la ejecución extrajudicial de los enemigos de Estados Unidos en el extranjero; su actitud bélica tan resolutiva, sobre todo en la guerra preventiva de Irak, nunca pudo llegar tan lejos como Obama a la hora de liquidar a Bin Laden en Pakistán, país aliado en el que penetraron las fuerzas especiales que protagonizaron la operación sin permiso ni comunicación alguna a las autoridades locales; y, finalmente, el actual presidente “acaba de superar todas las anteriores administraciones en cuanto a persecución de las filtraciones” que afectan a la seguridad, según el ex director del New York Times, Bill Keller.





