Europa se halla en puertas de la mayor redistribución de poder que hayan visto varias generaciones. No basta con remontarse a 1989, cuando terminó la guerra fría, porque en aquel entonces el terremoto afectó fundamentalmente al antiguo bloque soviético. Tampoco sirve la fecha de 1945, tras el hundimiento del imperio hitleriano, cuando Estados Unidos y Rusia impusieron la división del continente mediante un sistema de equilibrio del terror garantizado por la seguridad de la destrucción mutua en caso de conflagración. Ni siquiera da de sí la fecha de 1815, cuando del Congreso de Viena que enterró la Europa napoleónica surgió el llamado concierto de las naciones. Este mundo que ahora empieza a trastabillar es el de los viejos Estados nación europeos, modelados entre los tratados de Westfalia (1648), firmados al finalizar la Guerra de los 30 años, y el tratado de Utrecht (1714), al acabar la guerra de sucesión española.





