Es una devastación que progresa como el cáncer. Constante y persistente, jamás retrocede en la destrucción. De nada sirven las mediaciones e inspectores, los planes de paz o los enviados especiales de Naciones Unidas: fracasó primero Kofi Annan y ahora le toca a Lakhdar Brahimi. La enfermedad va quemando etapas, cada una más destructiva que la anterior, en un sufrimiento interminable sin horizonte alguno a la vista.





