La democracia es un sistema complejo y delicado. Hay que cuidarla y apreciarla. Hay que renovarla y enriquecerla. Y hay que hacerlo una y otra vez, en cada elección y entre elecciones. Cada generación debe comprometerse en la vigilancia sobre su buen funcionamiento. En caso contrario, cualquier accidente puede comprometerla hasta deslegitimar a los gobernantes y debilitar el sistema.
Esto es lo que ocurrió en la elección presidencial del año 2000 en EE UU, decidida por el voto de los magistrados del Supremo y no por el voto de los ciudadanos. Varias circunstancias desgraciadas concurrieron en la accidentada proclamación de George W. Bush como presidente gracias a la sentencia del Tribunal Supremo que detuvo el recuento y revisión de votos en Florida.





