No sé por qué le damos tantas vueltas al abismo fiscal que se abrirá bajo los pies de los ciudadanos de Estados Unidos el 1 de enero de 2013 cuando nosotros ya tenemos uno propio, el nuestro es probablemente mucho más profundo y nos hemos caído con todo el equipo en sus profundidades desde hace ya al menos dos años. El fiscal cliff es la expresión que sirve para designar el momento en que se desencadenan dos mecanismos simultáneos: una subida automática de impuestos y un recorte lineal del gasto público. También podríamos traducir cliff por acantilado, precipicio o barranco, una forma de señalar que jugamos a la gallina o al cobarde: dos autos que compiten a ver quien frena más tarde en una carrera hacia el vacío. Es lo que va a suceder dentro de 50 días si la victoria de Obama sobre Romney no hace cambiar de posición a los congresistas republicanos, permanentes objetores de conciencia a cualquier aumento de impuestos que afecte, sobre todo, a los más ricos.





