Todos los males de la política contemporánea se concentran en la figura de Berlusconi. No hay nadie que sintetice mejor el poder corruptor del dinero, la manipulación populista de la televisión, la amalgama y confusión entre intereses privados y públicos, la personalización caudillista, la democracia del público o la destrucción del Estado de derecho y de la división de poderes desde el Gobierno.
Su legado es desastroso y bien vivo, pero su regreso ahora a la escena electoral es una nueva desgracia para Italia y para Europa que viene a sumarse a las numerosas dificultades de todo tipo que atraviesa la Unión Europea. La degradación de la política encuentra su personificación en la imagen misma de este septuagenario trabajado por la cirugía plástica y por una patética lubricidad de anciano que quiere vencer con dinero los estragos de la edad.





