Las cuentas son claras: 850 soldados norteamericanos, 221 británicos, 131 canadienses, 36 franceses, 34 alemanes, 26 españoles, 22 italianos, 21 holandeses, 15 polacos, 11 rumanos, y así hasta 1463 bajas mortales. Creciendo de año en año desde 2001. En dos operaciones distintas, tan contradictorias en sus objetivos como convergentes en la realidad de la guerra: la estrictamente bélica contra Al Qaeda y sus amigos talibanes, a cargo de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido fundamentalmente; y la de reconstrucción por encargo de Naciones Unidas, a cargo de la OTAN. Todo para evitar que los talibanes derroquen el régimen de Karzai en Kabul y para construir la estructura de un Estado. Con resultados de evaluación sencilla y rápida: mediocres tirando a malos o muy malos.
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Librar una guerra, no hay duda alguna. Pero una guerra que no quiere decir su nombre, aunque vaya creciendo el número de bajas, también españolas. España tiene allí sus tropas, en teoría, para ayudar a la estabilización del país afgano, como las tienen todos los países incluidos en la ISAF, la misión de Naciones Unidas bajo mando de la OTAN. Pero la labor que tiene encomendada es imposible: no se estabiliza lo que es inestable por definición. Y Afganistán, en guerra y sin gobierno que controle el territorio, es la inestabilidad misma. La labor de la ISAF es el tejido de Penélope: se construye a la vez que la guerra destruye. Al final, lo único que cuenta es protegerse de las adversidades y de los atentados.
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Quizás es el fin de una época. Quizás no volveremos a ver entusiasmos humanitarios como los que han rodeado a nuestros ejércitos en las dos últimas décadas. Alemania ha anunciado que quiere un plan con plazos y fechas de repliegue y retirada total de Afganistán. España ya se ha puesto a rebufo de la posición de Berlín. Las bombas que cayeron sobre Kunduz y produjeron decenas de muertos han desencadenado estos efectos. Primero fue la canciller Merkel quien anunció la pasada semana la celebración de una conferencia internacional para replantearse la intervención con un plan de trabajo a cinco años vista: ya todo el mundo entendió que era el límite para la continuación de los soldados en la fuerza de la ISAF al servicio de Naciones Unidas. Pero luego ha sido el vicecanciller y ministro de Exteriores Steinmeier el que ha elaborado un plan de trabajo en diez puntos, que incluye la decisión de una fecha, para conseguir que el ejército y la policía afganos se hagan cargo de la seguridad interior y exterior de su país y permitir así la salida de las tropas extranjeras.
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El debate no versa sobre si hay que salir, si no cómo y cuando. Así de crudo lo escribe Heribert Prantl en el Süddeustche Zeitung de Munich, en un artículo que sitúa el bombardeo de Kunduz en el corazón de la campaña para las elecciones generales del 27 de septiembre: “Afganistán puede decidir la lucha electoral”. En las elecciones de 2002 fueron unas inundaciones en Sajonia las que decantaron a la opinión pública a favor del canciller socialdemócrata en ejercicio Gerhard Schroeder y contra el premier conservador bávaro, Edmund Stoiber, por los buenos reflejos del primero y la tardía preocupación del segundo con los damnificados de la catástrofe. En éstas elecciones, aparentemente ganadas de antemano por la canciller Angela Merkel, acaban de entrar en acción unos elementos perturbadores tan graves como una catástrofe: las bombas de media tonelada lanzadas por la aviación norteamericana a las órdenes de un comandante alemán que han causado la muerte de decenas de civiles afganos. La economía iba a marcar la pauta de la campaña electoral, pero de pronto ha irrumpido la guerra de Afganistán con toda su crueldad hasta el punto de que puede cambiar las tendencias y determinar tanto el rumbo electoral como el color del futuro Gobierno.
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Librar las guerras que convenga. A los intereses nacionales y a la seguridad mundial, por supuesto. Hacerlo al más bajo coste posible en vidas propias, la de los soldados, claro está. Evitar sobre todo el más ligero asomo de regreso al síndrome de Vietnam. Cuando cada día llegaban a decenas las bolsas con los cadáveres de los muchachos. Cuando se fraguó como respuesta el bombardeo sin piedad sobre poblaciones civiles, en la estela de la la Segunda Guerra Mundial: sobre Hanoi como sobre Hamburgo, Dresde, Hiroshima, Nagasaki…Convertir además el ejército entero en profesional. Dejat así exenta de peligro la entera clase media y sobre todo los hijos de las elites, con los consabidos beneficios políticos que se derivan. Incrementar con la tecnología esos combates a distancia con misiles teledirigidos, proyectiles ‘inteligentes’, bombarderos no tripulados –los drones-, esta vez inaugurados con la primera guerra de Irak y sus imágenes verdes y fosforescentes de la falsa muerte limpia y quirúrgica. Así hasta hoy.
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No hace falta ser un lince para darse cuenta de que algo se quebró de forma muy seria entre la Casa Blanca y los poderosos servicios de espionaje norteamericanos después del cúmulo de desaguisados protagonizados por Bush y sus neocons. Los paganos de una pésima política organizada y dirigida desde el Despacho Oval y de las mentiras de la guerra fueron distintos responsables de las seguridad y del espionaje, enteros departamentos o funcionarios singulares como Valerie Plame, la espía cuya identidad fue desvelada desde la Casa Blanca en represalia a la actitud crítica de su esposo, el diplomático Joseph Wilson, respecto a la invención de las armas de destrucción masiva de Sadam Husein. El resultado es que desde entonces se han instalado las malas vibraciones entre Bush y la llamada comunidad de inteligencia norteamericana. Ahora hace un año, el Nacional Intelligence Estimate de 2007, un informe de las 16 principales agencias de espionaje, desmentía toda la teoría de Bush y Cheney acerca del peligro inminente de un Irán nuclear. Y ahora se acaba de conocer que el NIE de 2008, dedicado esta vez a Afganistán, no deja en muy buen lugar a la Casa Blanca respecto a la guerra de Afganistán.
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Los meses finales de todas las presidencias norteamericanas suelen ser ricos en acontecimientos. Hay un momento en que se crean las condiciones para decisiones imprevistas, insólitas o difíciles, y eso gracias a la desatención de la opinión pública, concentrada en la campaña electoral, y al movimiento centrífugo a que se ve sometido el centro del poder. Controles y contrapesos que hubieran actuado en otras ocasiones dejan de contar. No hay ya horizontes profundos en las miradas, ni plazos largos en las inversiones. Ni siquiera medio plazo. Todo es navegación a vista. Es el momento de iniciativas extrañas que probablemente moldearán la historia con mayor fuerza que las tomadas de forma regular y programadas durante la presidencia.
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La sorpresa al final del viaje no es el excelente resultado cosechado, sino que éste resulte insuficiente. Barack Obama ha cubierto todos los objetivos que se había propuesto en su viaje desde Kabul hasta Londres, pero John McCain puede mantener la esperanza a la vista de unas encuestas en las que no se ha abierto todavía una fosa inalcanzable entre este joven astro ascendente y el viejo héroe de guerra. El único y consolador argumento ante el balance provechoso del viaje es que el senador republicano ha podido resistir el fuerte embate sufrido esta semana sin quedar fuera de la carrera.
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Lo que más se sabe de la Doctrina Obama gira en torno a dos cuestiones: retirarse de Irak para combatir en Afganistán y negociar con Irán. Sobre la primera cuestión, parece que le está ganando la mano a McCain, que quería quedarse cien años y pensaba en una instalación al estilo de las que han caracterizado las bases de la Guerra Fría en Alemania o en Corea del Sur. Sobre la segunda, los hechos evolucionan en dos direcciones contradictorias, hacia la negociación directa que propugna Obama y a la vez hacia al confrontación bélica que desean Cheney, los neocons y parte de la cúpula israelí, y que McCain también apoya en su esfuerzo por mantener las credenciales de halcón republicano.
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La mejor doctrina es no tenerla. Hay que regresar al caso por caso, a la 'common law' en vez de la codificación. La catástrofe neocon tiene su raíz en un exceso de doctrina, algo que conduce muy fácilmente, como así ha sucedido, al doctrinarismo. Una teoría general tiene la ventaja de que permite entenderlo todo fácilmente y el enorme inconveniente de que obliga a entenderlo todo fácilmente, sirva o no sirva, con las consecuencias a veces dramáticas que cabe derivar. Todas estas ideas que desmienten las ansias actuales por encontrar una nueva doctrina de seguridad para el mundo pertenecen a dos investigadores norteamericanos sobre temas de seguridad y relaciones exteriores, Derek Chollet y James Goldgeier, que acaban de publicar un libro destinado a convertirse en referencia inevitable: ‘America Between the Wars: From 11/9 to 9/11.The Misunderstood Years Between the Fall of the Berlin Wall and the sart of the War on terror’. No las exponen en su libro, sino en un artículo publicado hace una semana en The Washington Post.
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