Una de las mayores y más sangrientas dictaduras del siglo XX estuvo encabezada por un escritor, periodista y poeta, y en el momento más siniestro de su imperio, en su decrepitud, quienes mandaban eran su mujer y una banda de amigos suyos críticos literarios.
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Hay quien llega a tratar a los poderosos de tú a tú, hasta convertirse él mismo en uno de ellos. Deja de huronear, de acarrear, de mendigar –otros lo hacen por él- y sólo zanja, a veces en secreto, a veces en una exhibición pública e impudorosa de poder omnímodo. El periodista que llega a tener todo el poder es un peligro público.
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El colmo del disimulo, del filisteísmo, es el de quien considera que éste es un poder especial, excepcional. A un lado están los poderes vulgares, a los que hay que controlar, atosigar, e incluso fumigar, y aquí, de mi lado, un poder angelical, al que todo debe permitírsele. Entonces es cuando el máximo filisteo escribe de un primer ministro: Si quiere poder sin responsabilidad que se haga periodista.
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No estamos ante una comunidad de gente poderosa, aunque a veces lo parezca y sean muchos los que se dan a la buena vida. Su figura prototípica no es la del poder, al contrario, muchos son los que adoptan tropismos contra el poder, contra cualquier poder. Pero son contradictorios y practican alguna forma de autoengaño. Todos tienen las manos sucias como las tiene el pobre carbonero. Y algunos, lo aprovechan para explotar la contradicción y convertirse en poderosos como quien no se entera, por despiste, por casualidad, sin darle importancia. Pero van dejando las huellas de sus sucias manos en las servilletas y las vajillas de todos los convites donde les sientan.
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Hay que tener algún poder, un pequeño poder, incluso poderes secretos, psicológicos o esotéricos, para obtener buena información. Si no se tiene poder alguno, ni siquiera los poderes visionarios del buen analista, entonces hay que robar. Para tener poder. Porque este oficio vive del poder y para el poder, aunque luego se haga el despistado.
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Lo definitivo es la convicción íntima. Esos periodistas con convicciones íntimas son imbatibles. No hay quien les desmienta.
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Escribir los titulares es la ambición del político. Por eso se entrena, primero, en fabricar oraciones que sirvan para titular y, luego, en soltar una sola frase, bien clara y con reiteración, en cada ocasión que toma la palabra. Luego, ante el fracaso, decide finalmente comprarse un periódico para poder dar instrucciones al redactor jefe.
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También el político perfecto es el que no admite que nadie le interrogue: preguntar es ofender. Sus entrevistas se las hace él mismo. Sabe que muchos lectores sólo leen las preguntas y sólo muy de vez en cuando pasan a comprobar si hay alguna respuesta inteligente.
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El periodismo perfecto es aquel en el que quien escribe tiene como fuente y objeto de su artículo a sí mismo. No hay posibilidad de equivocarse.
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Hay quien tiene opiniones como quien tiene granos en la cara.
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