Diabólicamente eficaces a la hora de preservar sus propios márgenes de poder y de acción. La frase de Felipe González, pronunciada en los mismos días en que se estaba cocinando el acuerdo sobre los nombramientos de altos cargos de la Unión Europea, vale para el todo, pero no es aplicable a las partes. Tiene toda la razón el presidente del Grupo de Reflexión sobre el futuro de Europa al hablar de ineficacia diabólica cuando se refiere al Consejo Europeo y a sus decisiones, pero no la tiene si se refiere a las decisiones en las que están en juego los poderes de todos y cada uno de los representantes de los 27 ejecutivos que conforman el Consejo.
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Margaret Thatcher y François Mitterrand se llevan la palma, a los 20 años del memorable acontecimiento. Se supo entonces, pero se ha confirmado todavía más ahora. Pero no estaban solos. Al contrario. Fueron muchos los que acogieron la caída del Muro con serios reparos, que fueron creciendo a medida que el horizonte hasta entonces lejano de la unificación alemana iba acercándose a toda velocidad. En España hubiera habido mayoría en contra si se hubiera puesto a votación entre los dirigentes políticos a derecha e izquierda. Helmut Kohl ha evocado con agradecimiento el caso excepcional de Felipe González.
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Una noche, la del 12 de agosto de 1961, el telón de acero que había caído sobre Europa en 1945 cerró su último portillo. Cortó Berlín en dos, como si la hubiera pasado por una cizalla. Primero se extendió en forma de cadena de policías y blindados, alambres y obstáculos, y en pocos días con un muro que fue creciendo y fortificándose. La antigua capital alemana venía sufriendo la presión soviética desde junio de 1948, cuando las autoridades de Moscú la mantuvieron durante varios meses bloqueada y sin suministros ni comunicaciones terrestres. Era el punto de fuga por donde millares de alemanes huían de la zona de ocupación soviética y a la vez zona de fricción donde las dos superpotencias enfrentadas en la guerra fría llegaron a situar a sus tanques apuntándose unos a otros. Los momentos más delicados de aquella confrontación, cuando Moscú y Washington estuvieron más cerca de pulsar el botón nuclear, se sitúan entre la construcción del muro berlinés, aquella noche de agosto de 1961 y noviembre de 1962, cuando la Unión Soviética retiró de Cuba los misiles que apuntaban en dirección a Estados Unidos.
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Las celebraciones son el momento de las fotos, las imágenes fijas que congelan el fluir de los acontecimientos. Hace un año Barack Obama vencía en las elecciones presidenciales más emocionantes del último medio siglo, después de unas primarias demócratas y de una campaña electoral deslumbrantes. Hace 20 años caía el muro de Berlín y empezaba el desmoronamiento del bloque comunista, que abría las puertas a una organización del planeta radicalmente distinta, regida por la globalización y la multipolaridad.
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No se puede llegar tan lejos, en un territorio político densamente poblado y con tantas figuras de relieve, sin mucha inteligencia y modestia. El sigilo y la humildad son herramientas imprescindibles. Y también lo es una virtud difícil como saber suscitar el desprecio de los otros. Es el complejo de Claudio, el emperador al que todos tomaban por incapaz y con el que nadie contaba para suceder a Calígula, tan magistralmente retratado por Robert Graves. Toda la carrera de Merkel confirma que hasta 2005, año en que consigue la Cancillería, responde a la figura del candidato menospreciado; pero incluso después, hasta ahora mismo, le persiguen las reminiscencias de Claudio, cuando muchos ponen en duda su contrato de coalición y su nuevo Gobierno. Esos nueve votos que le han faltado en la votación de investidura en el Bundestag se deben al complejo de Claudio, que lo sufren los otros, pero aprovecha a quien es el objeto de la mirada menospreciativa. Lo mejor que le puede suceder es que no ceje este desprecio que la propulsa.
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Mentiría si dijera que conozco Berlín como la palma de la mano. Sólo viví unos meses en lo que era todavía la ciudad dividida, en el invierno de 1979, en la parte occidental, y aunque me desplacé en varias ocasiones al Este, nunca estuve más que unas horas en las desoladas y siniestras calles y avenidas de lo que era entonces la capital de la República Democrática de Alemania. Después he visitado Berlín en muchas y variadas ocasiones, antes y después de la caída del Muro. La más reciente, hace apenas unas semanas, durante la campaña para las elecciones que han dado la victoria de nuevo a Angela Merkel y han liquidado la gran coalición. Recuerdo con especial entusiasmo los días que permanecí en Berlín poco después del 9 de noviembre de 1989, cuando corrían todavía los trabis y las gorras soviéticas y las chaquetas de los guardias fronterizos que se vendían en los tenderetes eran auténticas, y no como ahora que son prendas confeccionadas para la siempre próspera industria de la memoria.
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El poderoso siempre intenta escaparse, encontrar un punto de fuga por donde se produzca la expansión de su poder, conseguir una ley especial que sólo valga para él. Sólo se salvan quienes se incorporan humildemente al servicio de la comunidad, aceptando los límites, comprometiéndose a someterse a las reglas y añadiendo un plus además de autocontención y de prudencia. Son muy pocos. En el panorama europeo soy capaz de señalar a una persona sin mucho riesgo de equivocarme: Angela Merkel. El sistema contribuye, no hay duda, pero no basta. Sus dos predecesores, Helmut Kohl y Gerhard Schroeder, no demostraron las mismas virtudes. Alemania tiene probablemente el Estado de derecho más sofisticado y equilibrado y la democracia más fina entre todos los grandes países; pero no basta. Lo definitivo es la persona, su carácter, su formación, sus ideas y valores.
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Lo nunca visto. La abstención, la caída del voto socialdemócrata y -aunque parezca extraño- también del conservador, el incremento del voto liberal, la dispersión de voto y muchas otras cosas han convertido estas elecciones generales alemanas en un caso insólito, una excepción que esta vez no confirma ninguna regla sino que la rompe e indica que Alemania está cambiando y reinventándose. "Nunca en los 60 años de la República Federal..." es la expresión repetida una y otra vez desde la noche del domingo para referirse a las cifras que arrojaron las urnas.
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Las elecciones alemanas tienen la virtud de la claridad. Hay cuatro vencedores y un perdedor. Sin hablar de Angela Merkel, cuya victoria está por encima incluso de los resultados de su partido. No hay lugar para maquillajes ni cabe esconderse en comparaciones fraudulentas. Nada parecido al espectáculo hispánico en el que todos salen ganando. El último nubarrón para un resultado claro, los malditos escaños suplementarios que el Tribunal Constitucional ha ordenado suprimir, no han jugado papel alguno en la configuración de una mayoría suficiente. Sin contar estos mandatos electorales de regalo, CDU, CSU y FDP cuentan con 308 escaños, más de la mitad de los 598 que conforman el número mínimo de escaños del Bundestag. Si se cuentan, como debe ser el caso, la mayoría tiene el holgado margen de 332 escaños sobre el total de 622 que componen el nuevo hemiciclo.
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No hubo voto oculto de la izquierda. Esos votantes socialdemócrata de última horas, fiel infantería de la izquierda histórica que llenaron las urnas en 2005, desmintiendo los pronósticos más negros, esta vez no han aparecido por ningún lado. La izquierda ha quedado dividida y desmovilizada. La canción de cuna de la señora Merkel, que aparentemente adormecía a todo el electotarado, ha tenido unos efectos soporíferos terribles para los socialdemócratas. Ayer fue su peor noche en la historia de la República Federal de Alemania.
Continuar leyendo "¿La sorpresa? Que no hubo sorpresa" »