Les llamamos con el mismo nombre (partido) pero pertenecen a especies muy distintas. Uno cuenta con 73 millones de afiliados, gobierna sobre una quinta parte de la humanidad y constituye el mayor y más impenetrable misterio en cuanto a su funcionamiento. El otro no tiene todavía afiliados en propiedad, aunque más de tres millones de personas han participado en la elección de sus representantes a la asamblea constituyente y de los candidatos a las elecciones generales, gobierna en uno de los grandes países europeos que cuenta con menos habitantes que el otro militantes y todo se sabe de su funcionamiento y de sus debilidades. Pero ambos salen de una misma tierra fértil y trágica, empapada en sangre, como fue el comunismo a partir de 1917 y durante casi todo el siglo XX. (No recuerdo muy bien ahora si fue Isaac Deutscher o Ignazio Silone quien dijo una vez que “la lucha final será entre comunistas y ex comunistas”). El partido mayor, que todavía mantiene el viejo nombre de comunista, consiguió el poder en 1949 y nunca se ha apeado, y si ha tirado por la borda todas sus doctrinas políticas, ha conservado como oro en paño el apego a la dictadura, al monopolio del poder, al funcionamiento inescrutable. El más pequeño, en cambio, nunca consiguió en su versión primigenia el poder, ni siquiera cuando mayor poder electoral obtuvo, y sólo cuando dejó de ser él mismo y empezó su mutación hacia la socialdemocracia y hacia el reformismo pudo gobernar en coalición una y otra vez.
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Esta noche será el gran duelo. Aseguran los expertos que en algunos casos ha resultado decisivo. Dicen que en 1974 Giscard d’Estaing venció a Mitterrand gracias a una frase que le quitó al candidato socialista la exclusividad de su mensaje social: “Usted no tiene el monopolio del corazón”.
Hay que ser muy escéptico respecto a la capacidad que tiene un debate de darle la vuelta a una situación decantada. El problema para Sarkozy es que no está claro que la situación esté decantada. El tiene la delantera, y por varios cuerpos, en las encuestas, en el brío de su campaña, en la caja de resonancia social, cultural y mediática. Es el favorito del poder y del dinero, en Francia y en el mundo. Pero puede derrapar en esta curva tan cerrada que es el debate televisivo y puede hacerlo precisamente por exceso de energía. Una frase desafortunada o un gesto inapropiado y luego todas las cajas de resonancia que han ido a favor suyo pueden expandir el eco de su fracaso en un detalle hasta convertirlo en una catástrofe.
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¿Cómo puede convertirse un partido estalinista en algo semejante al partido demócrata norteamericano? ¿Es posible que Don Camilo y Don Pepone, los dos famosos personajes de Giovanni Guareschi, enfrentados en su pelea de campanario durante toda la guerra fría, convivan finalmente en un solo partido? Sí, es posible. Está sucediendo. Han gobernado juntos entre 1995 y 1998 bajo la sombra del Olivo de centroizquierda y gobiernan desde 2006, siempre en combinaciones botánicas en las que está La Quercia (el alcornoque) de los ex comunistas y la Margarita, dentro de la que han convivido liberales, progresistas y los democratacristianos más centristas. Y el pasado fin de semana, estas dos formaciones, las más nutridas del variopinto centroizquierda que dirige Romano Prodi, se disolvieron para preparar una nueva formación, el Partido Demócrata.
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