No es una anécdota. Mao Zedong es un doble símbolo. De lo viejo, el comunismo embalsamado en Tiananmen, y de lo nuevo, la cultura pop que acompaña al capitalismo y a la sociedad de consumo. Fundido con la imagen de Obama, adquiere un significado nuevo e inquietante para las estrechas mentalidades, alérgicas a la ironía, que gobiernan el Imperio del Centro. De ahí la retirada de las camisetas y carteles con esta imagen durante la visita de Barack Obama a Shanghai y Pekín. Por si acaso. Para evitar que unas chispas incontroladas puedan prender en una sociedad en plena efervescencia.
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A quienes dudan sobre el valor de la palabra, y sobre todo acerca de su acción transformadora de la realidad, hay que trasladarles a situaciones y sociedades donde la palabra está restringida y controlada, allí donde hay una autoridad competente que no la soporta y la teme como el gato al agua caliente. Los impacientes y airados demoledores de la política parlamentaria, los apóstoles de la acción y denigradores de los discursos, deberían observar con atención la alta consideración que merece la palabra a los mandarines de las sociedades controladas por un poder totalitario. Allí, se evita con exquisito cuidado cualquier ocasión en la que la palabra pueda salirse del estricto control jerárquico. Todo se organiza para evitar que una súbita explosión de la libertad verbal prenda en esos ciudadanos sometidos y domesticados. De ahí que se cuide con especial esmero las visitas de los más ilustres invitados extranjeros, personajes famosos sobre los que su población puede proyectar sus frustraciones y de cuya boca pueden salir palabras como proyectiles.
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Una noche, la del 12 de agosto de 1961, el telón de acero que había caído sobre Europa en 1945 cerró su último portillo. Cortó Berlín en dos, como si la hubiera pasado por una cizalla. Primero se extendió en forma de cadena de policías y blindados, alambres y obstáculos, y en pocos días con un muro que fue creciendo y fortificándose. La antigua capital alemana venía sufriendo la presión soviética desde junio de 1948, cuando las autoridades de Moscú la mantuvieron durante varios meses bloqueada y sin suministros ni comunicaciones terrestres. Era el punto de fuga por donde millares de alemanes huían de la zona de ocupación soviética y a la vez zona de fricción donde las dos superpotencias enfrentadas en la guerra fría llegaron a situar a sus tanques apuntándose unos a otros. Los momentos más delicados de aquella confrontación, cuando Moscú y Washington estuvieron más cerca de pulsar el botón nuclear, se sitúan entre la construcción del muro berlinés, aquella noche de agosto de 1961 y noviembre de 1962, cuando la Unión Soviética retiró de Cuba los misiles que apuntaban en dirección a Estados Unidos.
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Las celebraciones son el momento de las fotos, las imágenes fijas que congelan el fluir de los acontecimientos. Hace un año Barack Obama vencía en las elecciones presidenciales más emocionantes del último medio siglo, después de unas primarias demócratas y de una campaña electoral deslumbrantes. Hace 20 años caía el muro de Berlín y empezaba el desmoronamiento del bloque comunista, que abría las puertas a una organización del planeta radicalmente distinta, regida por la globalización y la multipolaridad.
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Las cuentas son claras: 850 soldados norteamericanos, 221 británicos, 131 canadienses, 36 franceses, 34 alemanes, 26 españoles, 22 italianos, 21 holandeses, 15 polacos, 11 rumanos, y así hasta 1463 bajas mortales. Creciendo de año en año desde 2001. En dos operaciones distintas, tan contradictorias en sus objetivos como convergentes en la realidad de la guerra: la estrictamente bélica contra Al Qaeda y sus amigos talibanes, a cargo de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido fundamentalmente; y la de reconstrucción por encargo de Naciones Unidas, a cargo de la OTAN. Todo para evitar que los talibanes derroquen el régimen de Karzai en Kabul y para construir la estructura de un Estado. Con resultados de evaluación sencilla y rápida: mediocres tirando a malos o muy malos.
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Está a medio camino de la Casa Blanca y el Capitolio, en el 555 de Pennsylvania Avenue, la calle del poder americano y mundial, esos 1.900 metros por donde desfilan los presidentes en la Inauguration, la toma de posesión, y además recorrido obligado para los mandatarios extranjeros que, como Zapatero, cumplen con el ritual de entrevistarse el mismo día con la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y el presidente de los Estados Unidos. En Penn está la Blair House, hotel oficial para visitantes ilustres y lugar de grandes reuniones y acuerdos, donde se hospedó Zapatero en la noche del lunes al martes. También en Penn están los departamentos del Tesoro y de Justicia y la sede del FBI. Y finalmente en 555 Penn está el edificio en cuestión, un museo, el más moderno, inaugurado en abril de 2008.
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No por lo que ha hecho, sino por lo que hará. No como un reconocimiento, sino como un compromiso. Ni como un laurel, sino como una carga. Así lo ha entendido el premiado, que recibió la noticia con un discurso en el que transfirió todo el mérito del premio a las ansias que tiene el mundo por contar con unos Estados Unidos que hagan avanzar la paz y el desarme. No suele suceder en la historia de los Nobel de la Paz, que sirven para reconocer méritos efectivos y tangibles, no meramente potenciales o intencionales, en algunos casos por encima de la categoría moral de quienes los han conseguido. Gracias a este sistema, hay en la lista de galardonados algunas personalidades que bien pudieran haber comparecido también ante un tribunal internacional por crímenes de guerra.
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Librar una guerra, no hay duda alguna. Pero una guerra que no quiere decir su nombre, aunque vaya creciendo el número de bajas, también españolas. España tiene allí sus tropas, en teoría, para ayudar a la estabilización del país afgano, como las tienen todos los países incluidos en la ISAF, la misión de Naciones Unidas bajo mando de la OTAN. Pero la labor que tiene encomendada es imposible: no se estabiliza lo que es inestable por definición. Y Afganistán, en guerra y sin gobierno que controle el territorio, es la inestabilidad misma. La labor de la ISAF es el tejido de Penélope: se construye a la vez que la guerra destruye. Al final, lo único que cuenta es protegerse de las adversidades y de los atentados.
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No se sabe si EE UU ha empezado su decadencia, pero todo el mundo está de acuerdo que quien sin duda alguna se encoge es Europa. Debido sobre todo a su anorexia política. La reducción de tamaño afecta a todos los países, pero en proporciones distintas. Algunos se encogen a ojos vista, pero hay uno, en cambio, cuya talla internacional aún crece en términos relativos: es Alemania. Salvo esta semana, en que la campaña impone una pausa a su creciente protagonismo en la escena exterior.
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El escudo antimisiles que acaba de pasar a mejor vida no estaba pensado para defender a Europa y al mundo del peligro iraní sino para que quedara claro quién manda aquí. De ahí el entusiasmo que suscitaba entre las élites políticas, no tanto en las opiniones públicas, de los países concernidos, Polonia y Chequia. Marcarle los límites a Rusia, mantenerla a distancia, dividir a los europeos entre quienes se sienten amenazados por el oso ruso y quienes se hacen sus socios por necesidades energéticas, éste era el programa trazado por los Bush, Rumsfeld y Cheneys que han dibujado los mapas del mundo en los últimos ocho años.
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