Mentar la soga en casa del verdugo
Nada ha dicho el Papa Benedicto XVI en su discurso ante Naciones Unidas acerca de la pena de muerte. Su intervención en la Asamblea General, por invitación del secretario general, Ban Ki-Moon, ha quedado en buena medida ocultada por otros aspectos más noticiosos del viaje, como sus reiteradas muestras de compunción y peticiones de perdón por los millares de casos de pederastia protagonizados por curas católicos, que no fueron separados del sacerdocio y fueron incluso encubiertos por sus obispos. Su mensaje dirigido a todas las naciones del mundo merece la pena de ser atendido y analizado, por cuanto significa un explícito apoyo a la obligación de proteger que tienen los Estados respecto a sus poblaciones y al derecho de ingerencia de la comunidad internacional en casos de graves violaciones de los derechos humanos, siempre por supuesto bajo cobertura de la legalidad multilateral.
