Casi todas las piezas están todavía en el tablero y se diría que todo se mantiene en tensión y equilibrio entre estos rivales que meditan sus jugadas. Pero los movimientos cada vez más rápidos e inesperados nos dicen que se prepara un intenso intercambio que puede dejar despejada esta partida, marcada por una insólita apertura del nuevo maestro internacional. Así lo ve el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger en unas recientes declaraciones al semanario alemán Der Spiegel: "Obama es como un jugador de ajedrez que juega una partida de simultáneas y ha empezado el juego con una apertura inusual". La apertura Obama, simbolizada en su discurso de El Cairo el 4 de junio, ha consistido en atacar el conflicto entre israelíes y palestinos como nadie lo había hecho hasta ahora, partiendo del compromiso de Washington en la seguridad de Israel y declarando la amistad entre ambos países como 'irrompible', pero para exigir inmediatamente al Gobierno israelí que congele los asentamientos ilegales en los territorios ocupados y se comprometa en la creación de un Estado palestino en Gaza y Cisjordania.
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Muchos pensarán que todo habría sido más fácil con Tzipi Livni y con Musaví, pero ni siquiera esto es muy seguro. De momento los interlocutores serán Benjamin Netanyahu y Mahmud Ahmadinejad, encaramados cada uno en su propio monte de intransigencia y de dureza. Pero la historia demuestra que a veces las concesiones más dificiles sólo las puede hacer quien tiene bajo su mando el control de los sectores más reticentes. A eso le llamó Charles De Gaulle la ‘paix des braves’, la paz de los valientes, porque es lo que él hizo con los argelinos en la negociación de la independencia.
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Obama ha recibido dos severos reveses este fin de semana, y se lo han propinado dos regímenes enemigos, que se detestan, desean seguir detestándose y sólo se conciben cada uno de ellos en oposición radical al otro, hasta la guerra en un caso y el exterminio en el otro. El Irán de los ayatolás y del radicalismo religioso y nacionalista de una parte y el Israel de los colonos y del sionismo extremista del Likud y de Nuestra Casa Israel, de la otra, le han dicho de forma sonora a Obama que no piensan seguir sus planes de paz para Oriente Próximo, con la creación de un Estado palestino, el cese total de los asentamientos fuera de la ley internacional en Cisjordania y Jerusalén y la firma de una paz en la región que implique el reconocimiento de Israel por parte de todos los páises árabes e islámicos.
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El desencuentro entre Netanyahu y Obama sólo acaba de empezar. Es muy significativa la reacción del gobierno israelí al discurso pronunciado ayer por Obama en la Universidad del Cairo: ni una sola referencia a las únicas cuestiones serias que le conciernen. Obama ha señalado en su discurso cairota algo que suelen olvidar los dirigentes israelíes: es intolerable el sufrimiento de los palestinos. Y les ha requerido para que cumplan con las resoluciones internacionales y los planes de paz acordados cien veces y cien veces vulnerados: congelación total de los asentamientos en territorio palestino y adhesión a la fórmula de un Estado viable para los palestinos.
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Todos los planes de paz, desde la Hoja de Ruta hasta los acuerdos de Annapolis, incluyen la congelación de los asentamientos israelíes en territorio palestino. Pero ningún presidente norteamericano, hasta Barack Obama, había exigido hasta ahora su estricto cumplimiento por parte de los sucesivos gobiernos israelíes. En realidad habían hecho lo contrario, es decir, la vista gorda ante la constante expansión de los asentamientos hasta llegar, incluso, al reconocimiento oficioso de una política que recorta cada vez más el territorio palestino y conduce a la inviabilidad del futuro Estado palestino. El presidente Bush propugnó la creación del Estado palestino conviviendo en paz y seguridad con Israel pero autorizó la continuación de la política de ampliación de los actuales asentamientos, admitiendo las razones de expansión demográfica alegadas por Ariel Sharon y Ehud Barak, los sucesivos primeros ministros con los que tuvo que tratar. Esta política tuvo su reconocimiento en una carta de abril de 2004, dirigida a Sharon, en la que admitía que la negociación sobre los límites del futuro Estado palestino debía partir de la realidad sobre el terreno, una forma de reconocer, por primera vez, la legitimidad de la ocupación isarelí en Cisjordania y sus consecuencias en forma de colonizaciones realizadas sin atender a la única legalidad válida en estos casos, que es la internacional.
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El Gobierno de extrema derecha de Israel, con toda la elegancia y sobriedad que exigen las reglas de la diplomacia entre dos países aliados y amigos, está echando un pulso en toda regla a Estados Unidos. Ya empezó con la formación del Gobierno y con la presencia del xenófobo y extremista Avigdor Liebermann, como ministro de Exteriores, negociada con posterioridad a la toma de posesión de Obama, excluyendo la fórmula de la gran coalición de Likud con Kadima, mucho más adecuada a la nueva etapa norteamericana. Ha continuado luego durante estos meses, sobre todo con la persistencia de la política de ampliación de los asentamientos o el lanzamiento de un plan urbanístico para una definitiva apropiación israelí de todo el perímetro de Jerusalén. Y ha culminado ayer con su despliegue argumental en la propia Casa Blanca, donde Netanyahu ha confirmado su rechazo al reconocimiento del estado palestino, a pesar de su origen en los acuerdos entre Bush y Sharon y del amplio consenso internacional conseguido, del que son una contundente expresión las palabras bien nítidas de Benedicto XVI en Tierra Santa.
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La cuestión más candente no apareció en todo el viaje. O no lo hizo de forma explícita. Hubo que esperar al lunes, al discurso ante el parlamento turco, para que Obama definiera algunos conceptos sobre el conflicto de Oriente Próximo: Estados Unidos apoya la fórmula de los dos Estados, el proceso de paz de Annapolis está vivo y tiene plena vigencia y su presidente se siente directamente comprometido en conseguir estos objetivos. Pero el silencio de los siete días anteriores era elocuente e incluso en algunos episodios del viaje de Obama, su discurso en Praga en concreto, hay que entenderlo como una discreta pero clara admonición contra el extremismo de que está haciendo gala el nuevo Gobierno Israel de Benjamín Netanyahu.
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Yo también tengo mi lobby. Mi lobby judío, naturalmente. Está a favor de Israel, como no puede ser de otra forma, Estado que merece vivir en paz y seguridad con sus vecinos y reconocido por todos ellos. Punto uno: por algo es un lobby pro-israelí. Pero mi lobby no tiene nada de neocon, al contrario, pertenece a la mejor tradición de la gran diáspora judía, progresista y liberal, ilustrada e izquierdista, que es la que conforma la gran mayoría de la comunidad judía norteamericana: por eso ha preferido a Obama en vez de McCain hasta niveles que no se encuentran en ninguna otra minoría cultural (sólo los afro americanos han votado de forma más disciplinada a uno de los suyos). Tampoco tiene nada de belicista, al contrario, está formado por gente que cree en la negociación y en la diplomacia y considera que un Estado sólo puede usar las armas como último recurso, cuando ha agotado absolutamente todos los otros caminos, como lo cree Obama y al contrario de lo que han hecho Bush, en una ocasión, y Olmert en dos. Sí, claro, reconozco que es un lobby judío algo especial, que actúa también en cierta forma como lobby palestino, pues está a favor de que los palestinos tengan también un Estado con fronteras reconocidas internacionalmente en el que puedan vivir en paz y seguridad. Pero Bush también estaba de acuerdo con esto, ¿o no?
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Con Aluf Benn, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, invitados por la Casa Sefarad-Israel.
Tenemos que hablar sobre las disonancias entre las opiniones públicas
israelí y española respecto al conflicto de Oriente Próximo, tema que
se las trae. Significa hincar el diente justo en el meollo. Mi colega,
que ha sido corresponsal diplomático de Haaretz y ahora es
editorialista y columnista centra el tema de formas fulminante y fría:
el problema es el uso de la fuerza. Todo en Israel, la gente, la calle,
la cultura, la economía, están muy cerca de Europa y América, menos en
esta cuestión que nos separa y nos seguirá separando de forma
irremediable.
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Siempre hay un camino más a la derecha. O eso parece demostrar la evolución de Israel. El tropismo dextrógiro tiene muchas explicaciones, pero la más convincente de todas es el miedo. Cuando una sociedad consigue convertir el miedo en el aire que respira es inevitable la aparición del síndrome del caracol, que va enroscándose cada vez más dentro de su cáscara hecha de nacionalismo, xenofobia e impavidez ante los sufrimientos ajenos.
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