Lo mejor de Sarkozy es su talento teatral, su sentido del gesto y de la improvisación. Sus fotos son estampas redondas para las primeras páginas de los periódicos. Sarkozy tiene este don como otros no lo tienen. Angela Merkel, sin ir más lejos. Es un aura que se contagia y se pega a quien le acompaña. Las imágenes de Sarkozy en sus encuentros con Merkel están llenas de calor y de amistad, a veces con ese punto de ambigüedad de las efusiones de afecto entre adultos. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. No se detestan, pero tampoco se aman, y mantienen, como sus respectivos países, una silenciosa e intensa emulación en casi todos los campos, aunque encabezan y sirven a esta pareja franco-alemana a la que la historia de la unidad europea ha obligado a trabajar en un matrimonio de conveniencia después de que la geografía la hubiera llevado a destrozarse en guerras atroces.
