Pronto se cumplirán veinte años de la caída del muro de Berlín y es bien fácil levantar acta del pésimo estado en que ha quedado la arquitectura de las instituciones internacionales desde el desmoronamiento del mundo bipolar conformado durante la Guerra Fría. La Unión Europea consiguió saltar el listón y aprobar en Maastricht un tratado que permitió varias ampliaciones sucesivas y llevó a la unión monetaria y al éxito político que ha sido el euro. La Alianza Atlántica se ha desplazado hasta las fronteras de Rusia y ha dejado de tener la funcionalidad que le dio sentido desde su fundación. Naciones Unidas ha ido languideciendo, irreformada, y cada vez más atenazada por el derecho de veto en el Consejo de Seguridad y por la regla democrática que iguala a todas las naciones soberanas. El nuevo orden mundial que nos prometíamos tan felices en la época de Bush padre y Clinton ha virado hacia el desorden de una nueva multipolaridad ingobernada, con peligrosos movimientos tectónicos provocados en muchos casos por la impericia de la que se creía única y omnipotente superpotencia. No es extraño que, en estas circunstancias, surjan propuestas para construir un nuevo edificio que sirva para gobernar el mundo.
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Se va el enviado especial de Naciones Unidas. Los militares cortan los cables con el exterior: mandan virus contra los portales de Internet de la oposición y terminan cerrando el acceso desde el interior del país. Ya no llegan más imágenes ni mensajes, por lo que se teme lo peor. Ahí están todavía esos vídeos donde aparecen los manifestantes arremolinados, ese hueco que se ensancha dentro del hormigueo hasta que la calle queda vacía y solitaria con las patrullas de policías y soldados. Camiones que cargan a los detenidos, apaleamientos, calzado a montones: ¿cómo pueden correr esas buenas gentes, en sandalias y con ese pañuelo o falda atado a la cintura? Los detenidos se cuentan a millares y poco se sabe de muertos y heridos. El siniestro dictador, ese Thaw Shwe apenas conocido, anuncia que se entrevistará con la señora Aung San Sunn Kyi, la figura señera de la oposición y de la democracia: huele a maniobra para culminar la farsa. Sí, el orden reina en Rangún.
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Un pueblo inerme. Encerrado con sus verdugos. Que marcha descalzo y semidesnudo bajo el agua. Habitado por la piedad, la justicia y la paciencia. Olvidado por todos. Por sus poderosos vecinos y sus intereses. Por las lejanas potencias. Por la Europa civilizada. Por los periodistas también, ávidos de sensaciones y de noticias rompedoras, cada vez más desmemoriados, cada vez más fastidiados por esos conflictos atávicos y sin solución que siempre suscitan idénticas y aburridas explicaciones.
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