Uno a uno, con un tiro en la nuca. Así hasta 21.857. La flor y nata de la oficialidad polaca, pero también millares de profesionales de toda condición. La élite de un país que no quería conformarse a su desaparición y al reparto de sus despojos entre Alemania y la Unión Soviética, las dos grandes potencias que lo habían ocupado en septiembre de 1939. Sucedió en la primavera de 1940, en los mismos días en que las cárceles y cuarteles de la España franquista se habían convertido también en un matadero de hombres, ejecutados también por razones políticas aunque de significado contrario.
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Sin Gorbachev no hay Yeltsin. Sin Yeltsin no hay liquidación de la Unión Soviética. Pero el silogismo no convierte a Gorbachev en responsable de la desaparición de la URSS. Gorbachev es el responsable de la caída del comunismo y de la consiguiente liberación de todo el centro y este europeo de las dictaduras de partido. Que ya es bastante y quizás lo más importante. El héroe internacional es Gorbachev, pero el héroe popular es Yeltsin. El primero es un héroe de la retirada (según hermosa expresión de Enzensberger), el segundo héroe de sí mismo. Y héroe de quienes desde Washington no querían únicamente que desapareciera el comunismo, sino que preferían convertir el régimen de Moscú, fuera el que fuere, en un cúmulo de debilidades. Yeltsin es el líder perfecto para los vencedores de la guerra fría: oportunista, ambicioso, alcohólico, pero finalmente astuto y valiente. Ambos personajes tienen sus méritos, pero lo mejor de todo se debe a Gorbachev, lo peor a Yeltsin. Es lo que estamos cosechando con Putin, cuando Rusia nada en un mar de gas y petróleo: Chechenia, autocracia, corrupción. Todo esto lo sufren los rusos y lo observan con consternación y tomando nota los dirigentes chinos. Siempre han querido sacar sus lecciones de los errores de Rusia.
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