Diabólicamente eficaces a la hora de preservar sus propios márgenes de poder y de acción. La frase de Felipe González, pronunciada en los mismos días en que se estaba cocinando el acuerdo sobre los nombramientos de altos cargos de la Unión Europea, vale para el todo, pero no es aplicable a las partes. Tiene toda la razón el presidente del Grupo de Reflexión sobre el futuro de Europa al hablar de ineficacia diabólica cuando se refiere al Consejo Europeo y a sus decisiones, pero no la tiene si se refiere a las decisiones en las que están en juego los poderes de todos y cada uno de los representantes de los 27 ejecutivos que conforman el Consejo.
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Por la cabeza y por la cola. Por todos lados se extiende el mal olor. Empieza esta semana la campaña para el Parlamento Europeo y no puede ser peor el espectáculo. La catarsis ha llegado a Westminster, donde no se sabe donde termina el purismo democrático y empieza la antipolítica, en una metamorfosis del antieuropeísmo que pronto mostrará su verdadero rostro, sobre todo si David Cameron consigue el adelanto de las elecciones generales que le abriría las puertas de Downing Street. Peligraría en tal caso el propio Tratado de Lisboa, pues el líder tory acudirá a las urnas con la promesa de un referéndum de revocación que situaría a la Unión Europea en una situación terminal. Esto es lo que sucederá si Irlanda y la entera Unión no han ratificado el tratado antes de la entronización del líder conservador.
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La frase va dirigida a quienes quieren destronarle, fuera y dentro de su propio partido. No es momento para novatos. Mientras se tambalean los cimientos de la economía mundial no es cuestión de ceder el paso a jóvenes inexpertos. El dardo de Gordon Brown se dirige a los 'davides', el de casa, Miliband, que aspira a convertirse en el líder del 'labour', y el de la oposición, Cameron, que quiere mudarse lo antes posible al número 10 de Downing Street. Pero ese dardo atraviesa también el Atlántico, donde la fiebre electoral se halla en su punto de ebullición. Allí nadie da la talla en cuestión de gestión económica: no la da el presidente saliente, que ha tirado su ideario y dejado todo en manos de los sabios; pero tampoco los dos candidatos, el demócrata Barack Obama, y el republicano John McCain, éste a pesar de su edad y experiencia. Ninguno de los dos ha sabido situar hasta ahora a la economía en el lugar donde la propia economía está situándose ella sola.
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La sorpresa al final del viaje no es el excelente resultado cosechado, sino que éste resulte insuficiente. Barack Obama ha cubierto todos los objetivos que se había propuesto en su viaje desde Kabul hasta Londres, pero John McCain puede mantener la esperanza a la vista de unas encuestas en las que no se ha abierto todavía una fosa inalcanzable entre este joven astro ascendente y el viejo héroe de guerra. El único y consolador argumento ante el balance provechoso del viaje es que el senador republicano ha podido resistir el fuerte embate sufrido esta semana sin quedar fuera de la carrera.
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Casi nadie se acuerda ya de aquellos buenos tiempos tan breves. Superaba a la oposición de más de diez puntos de expectativa de voto. Había empezado a labrarse en pocas semanas la imagen de un primer ministro serio y eficaz, tras sus excelentes diez años como canciller del Exchequer o ministro de Economía. Consiguió tomar el relevo de alguien tan brillante como Tony Blair sin suscitar el escepticismo o la decepción inmediatos. Pero de pronto, como en un traspié, todo se vino abajo. Se ahogó en el vaso de agua de su provisional y efímero éxito. Coincidieron sus dudas, malamente expresadas en público, sobre la hipótesis de un adelanto electoral que le permitiera aprovechar la bonanza para convertirse por fin en primer ministro elegido en las urnas y no mero sustituto del dimisionario Blair, con un excelente congreso conservador, en el que David Cameron supo conectar con los electores y afirmarse en su mensaje centrado, pijoprogre le llaman algunos. El resultado fue, en cosa de días u horas, catastrófico: empezó a caer a plomo en los sondeos. Ahora las elecciones municipales, en las que el Labour ha quedado en tercer lugar, detrás de los liberales, y la pérdida de Londres confirman lo que ya se temía.
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Acabamos de asistir a un espectáculo de volatilidad política extraordinaria. En apenas diez días Gordon Brown ha dilapidado una parte sustancial de su capital político y la diferencia de 11 puntos de ventaja que los sondeos daban al laborismo en relación a los torys. David Cameron, marcado estrechamente por la derecha más radical de su partido, parecía que hubiera perdido todo el encanto juvenil y centrista con el que arrancó como líder conservador, y Gordon Brown, el gris y aburrido canciller de Exchequer de Tony Blair, lucía un insólito carisma, proporcionado al parecer por el cansancio de su antecesor y su imagen de político sincero y alejado del spin, la manipulación de los medios de comunicación en la que tanto destacó el ex premier.
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La jugada de Gordon Brown es bien clara: evitar que David Cameron pise el área central de la política y de la sociedad británicas, penetrar incluso en el área conservadora. El líder tory quería hacer la jugada simétrica: ocupar el centro, arañar a su izquierda en cuestiones medioambientales y de sociedad. De momento pinta mal para la derecha, y su joven líder, que tanto prometía y que incluso brillaba ante el aburrido Brown, está cayendo en picado. De ahí que muchos en el laborismo quieran dar prisas a su líder para convocar elecciones antes de que Cameron pueda recuperarse o de que regrese una presión insoportable a favor del referéndum sobre la reforma de la Constitución europea.
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