No es hoy el mejor día para seguir voceando la inminente derrota de Al Qaeda en manos de la coalición occidental que comanda George W. Bush. El coche bomba que ha destruido la embajada danesa en Islamabad (Pakistán) y ha causado la muerte de cuatro personas es suficiente prueba de que el polvorín yihadista sigue muy activo en el lugar preciso donde los especialistas localizan la almendra de este tipo de terrorismo internacional. La frontera afgano-pakistaní y las regiones tribales de Pakistán componen la amplia geografía donde probablemente se hallan los campamentos de entrenamiento, los cuarteles generales y los refugios de Osama Bin Landen y su lugarteniente Ayman al Zawahiri. El jueves pasado el director de de la CIA, Michael V. Hayden, emitía el dictamen que los hechos han venido ahora a matizar: Al Qaeda ha sido derrotada en Irak y en Arabia Saudí y se halla en retroceso en el resto del mundo. Ayer se supo por la Cadena Ser que el Centro Nacional de Coordinacion Antiterrorista español considera que hay una "alta amenaza procedente de células locales residentes en nuestro país dirigidas o inspiradas en Al Qaeda y de yihadistas procedentes del Sahel, de Pakistán, Afganistán, Irak o Somalia que se esconden en España una vez finalizado su periodo de instrucción".
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Esa estatua de Sadam Husein que no terminó de caerse del pedestal se ha convertido en todo un símbolo. Sucedió hace ya cinco años, cuando las tropas norteamericanas ocuparon Bagdad. La fabricación estaba perfectamente preparada. Se trataba de buscar la estampa histórica equivalente de la bandera de las barras y estrellas en Iwo Jima o de la soviética en lo alto del Reichstag. Pero la segunda guerra de Irak fue lo que fue. El monstruo quedó a medio caer y toda la tramoya quedó a la vista del público: las mentiras de la guerra y la torpeza de la ocupación han convertido aquella estampa en símbolo del fracaso. Ahora no hay más remedio que pasar página e intentar mirar hacia delante. Es lo que propuso Ryan Crocker, el actual embajador norteamericano en Bagdad, ante el comité de las Fuerzas Armadas del Senado. "El mundo nos juzgará más por lo que hagamos a partir de ahora que por lo que hemos hecho". Crocker es una voz autorizada, porque predijo todas las catástrofes que se producirían cuando Bush le pidió consejo antes de invadir Irak.
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No hay salida. La última receta de Bush, el ya famoso ‘surge’, que se ha venido traduciendo como oleada o refuerzo, tampoco ha funcionado y ya se ha visto que era un mero recurso para ganar tiempo e ir trampeando. Lo que se está haciendo ahora es más de lo mismo: recursos para comprar tiempo hasta las elecciones presidenciales e intentar compaginar los diversos intereses en juego. Bush se halla pillado en la trampa que él mismo ha construido y lo que desea fervientemente es que termine ya su mandato y la misma diabólica trampa sirva para martirizar a quien le suceda, sobre todo si es demócrata. Para ello ha preparado cuidadosamente esta semana de festejos (orientada a enderezar su imagen, ya que la guerra no tiene remedio), que empezó ayer con la comparecencia en el Congreso del máximo jefe militar en Irak, el general David Petraeus, y del embajador en Bagdad, Ryan Crocker, y terminará con un discurso presidencial sobre la marcha de la guerra. Todo, claro está, en los días de conmemoración de los atentados del 11-S , sobre cuya autoría todavía un 33 por ciento de los norteamericanos cree que fueron obra personal de Sadam Husein (40 por ciento entre los votantes republicanos y 27 por ciento entre los demócratas).
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