No eran doscientos sino 450 los periodistas que cubrieron el Foro Económico Mundial. La mayor parte se instalaron en Davos durante toda la cumbre, pero otra buena proporción llegó y se fue con los gobernantes que acudieron al Foro dentro de una gira oficial por Europa: 60 iban en el cortejo del primer ministro ruso Vladimir Putin, 60 en el del primer ministro japonés Taro Aso y 30 con el primer ministro chino Wen Jiabao. Con tal acompañamiento, cabe imaginar la resonancia de la reunión en sus respectivos países. Hoy quisiera decir algunas cosas sobre la cobertura informativa de esta reunión, los periodistas y el periodismo.
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Davos, como París, no termina nunca. Un día contaré mis visitas al Museo Ernst Ludwig Kirchner, el expresionista alemán cuya última etapa pictórica (de menor calidad, todo hay que decirlo) se identifica con la estación suiza. Otro quizás podría regresar a ‘La Montaña Mágica’, a los debates entre Naphta y Settembrini por la Promenade entre el Belvedere y el Casino, la calle ahora abarrotada donde hace exactamente cien años, entre 1908 y 1914, transcurre la acción de esta novela absolutamente fundamental para entender el siglo XX. Otro más, al debate filosófico más famoso de la época de entreguerras, el que sostuvieron el neokantiano Ernst Cassirer y el existencialista Martin Heidegger, en la primavera de 1929, hace 80 años, poco antes de la toma del poder por el nazismo. Hay un hilo secreto que conecta todos estos debates, incluyendo los actuales, en este remoto valle alpino donde el aire es purísimo y se puede conseguir, cuando no quedan turistas ni congresistas, una especial sensación de desconexión del mundo real. Quizás algún día me ocuparé de todo ello.
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Davos ha terminado ya. Hoy todavía, esta mañana, quedan algunos actos conclusivos, de los que desertan buena parte de los asistentes, unos porque ya se van y otros porque aprovechan el último día para esquiar o para dormir después de la noche del sábado. La clausura estuvo a cargo de Marruecos que tiró la casa por la ventana como hacen todos los países y empresas que patrocinan este tipo de fiestas. Este es todo un capítulo aparte sobre el que poco puedo decir: sólo me asomé al principio de la cena marroquí para añadirme en seguida a la despedida de los periodistas de a pie, los dos centenares de corresponsales que han cubierto la cumbre sin acceso privilegiado. Durante la última jornada útil, el sábado, todavía tuve ocasión de obtener impresiones e informaciones interesantes. Ahí van algunas.
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En Davos se ha visto este año la magnitud del desconcierto. Estamos ante una crisis que alcanza a todo el planeta, encoge la economía global y presiona hacia el proteccionismo y la desglobalización. Pero ha costado mucho llegar a reconocerla. La Agenda Global para 2009, preparada por más de un millar de expertos, ha recurrido a la imagen de los pájaros utilizados por los mineros antes de entrar en el pozo para describir lo que ha sucedido en 2008, el año de los tres canarios, que son el precio de los alimentos, el incremento y volatilidad del precio del petróleo y la crisis financiera. Hace un año, en esta misma reunión, todavía no había salido de la mina el cuerpecillo de ninguno de los pajarillos y eran muy pocos los economistas capaces de preverlo.
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No hay una bolsa internacional del poder. Pero si alguna institución consigue aproximarse a un mercado donde se cotiza el valor de los Gobiernos, las corporaciones e incluso las personalidades, ésta es la reunión anual del Foro Económico Mundial. Estar en Davos es existir, aunque a veces sea a través del desplante o de la presencia rebajada al mínimo, como ha sido este año el caso de la nueva Administración norteamericana. Pero todavía es más importante hablar y actuar en los paneles de Davos, construir una buena agenda de contactos y amistades en las comidas y cenas restringidas, o monopolizar la entera atención de la cumbre de los ricos con una actuación excepcional, unas declaraciones o un acuerdo que abra telediarios o manche las primeras páginas de la prensa de todo el mundo.
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¿Dos Davos? ¿Uno desechable, superado por la crisis y otro pegado a la realidad, a la vida a la gente ? No, demasiado simple. No hay uno ni dos Davos. El Foro Económico Mundial es muchas cosas a la vez, para todos los gustos, una larga carta que permite escoger y que obliga a escoger. No se puede estar en dos sitios a la vez. Como máximo utilizar el móvil para seguir por facebook o twitter alguna otra sesión. Estar en Davos obliga a elegir y realizar la humilde declaración de que nadie puede explicar de verdad todo lo que ocurre. La noción de actualidad ha quedado aquí superada. Davos es como la vida misma.
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Davos es una oportunidad. Este escenario ofrece todos los niveles posibles para los contactos, las conversaciones e incluso la escenificación de los consensos. Sus organizadores recuerdan con frecuencia la ristra de éxitos cosechados, desde los acuerdos entre gobierno y oposición en Sudáfrica hasta el proceso de paz en Oriente Próximo. Pero también es una oportunidad para la catástrofe. Sucedió ayer, muy tarde, cuando la mayoría de los participantes se incorporaba a las cenas-debate. El primer ministro turco, Erdogan, abandonó el foro con un portazo y la promesa de no volver nunca más. El incidente se produjo durante un ácido debate con el presidente isarelí Shimon Peres.
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El contraste es casi violento. Esta mañana, a las nueve, estaba en el laboratorio de ideas del MIT, el Massachusetts Institut of Technology, y al cabo de una hora en la conferencia de prensa de Ban Ki-moon, sobre la situación en Gaza, la alarma de la catástrofe humana de nuevo, como tema único y prioritario. Lo mejor de la naturaleza humana, la sabiduría, la imaginación, la paciencia, la aplicación tecnológica de la ciencia de punta; y la reacción urgente y escandalizada ante lo peor, la guerra, la destrucción, la muerte, la inhumanidad. Esto es lo que convierte a Davos en una cita de magnetismo excepcional: tendremos los atisbos de la mejor investigación del mundo y sentiremos la urgencia ardiente de los conflictos que pueden llegar a convertir a nuestro mundo en invivible.
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Una semana. Quizás sólo las primeras cien horas. Muy poco tiempo ha bastado para que Estados Unidos regresara al mundo real. Con la fachada revocada por una impecable operación de imagen realizada durante la campaña electoral, y ahora con todos los andamios desplegados para reparar a fondo el edificio, en muy pocos días, en horas, se ha empezado a notar que hay vida en esta mansión inmensa y poderosa, y que lo que hagan sus moradores despierta la máxima atención y vuelve a ser decisivo para toda la aldea global. El vacío de poder se ha terminado. La ventana de oportunidad, o de los oportunistas, por la que se han colado unos cuantos durante estos últimos meses, notablemente el mejor atisbador de ellas que hay en estos momentos en la política mundial como es Nicolas Sarkozy, ha quedado cerrada desde que Barack Obama ha tomado las riendas. Gordon Brown vuelve a sus horas bajas, después de aparecer como el ideólogo de la salvación financiera. El presidente francés se muerde los puños de celos ante las numerosas portadas y telediarios que se lleva el afroamericano. Israel ya retiró sus carros de combate de Gaza y deberá calcular muy bien los pasos que se atreva a dar ahora. Y por una extraña ley de los vasos comunicantes los que bajaban hace unas semanas, Angela Merkel por ejemplo, suben cuando regresa el normal estado de las cosas.
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Hay dos Davos. La cumbre elitista de la opulencia global, del pensamiento único y de la política inútil es el más conocido y denostado, el que suscita manifestaciones y juicios adversos y a la postre la organización de foros alternativos. Pero hay otro Davos, algo más discreto pero infinitamente más vibrante y vital, mucho más inventivo e inteligente, en el que hay científicos, pequeños empresarios, intelectuales e incluso organizadores sociales. Este Davos, hay que decirlo, merece la pena, incluso en este año de depresión y desorientación del Davos convencional debido a la recesión mundial que se nos ha caido encima. Ayer por la noche y esta mañana he podido hacer una pequeña incursión a esta cumbre que es realmente el paraíso para la curiosidad periodística.
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