Como en la política, la historia se mueve en las grandes dimensiones del tiempo y del espacio, pero sus avatares más apasionantes y decisivos se producen en formas concentradas e intensas: en los despachos del Kremlin o de Zhongnanhai, en las mezquitas y aulas de Qom o en el despacho oval de la Casa Blanca. El historiador, el periodista, el chismoso profesional quiere tener un testigo, estar allí aunque sea de forma vicaria, mediante grabaciones secretas, narraciones de fuentes acreditadas y finalmente, si no hay más remedio, recreaciones y fantasías literarias y cinematográficas. A falta de mejores materiales, una serie televisiva como ‘El ala oeste’ se nutre de esta ansiedad por conocer, al fin, el poder con sus arcanos en el momento en que se toman las decisiones.
