Aquella guerra bien pudo terminar así: un misil teledirigido, lanzado desde un avión no tripulado y guiado desde el propio Pentágono, destruye el cuartel general en el que se hallan reunidos Osama Bin Laden, Ayman Al Zawahiri y toda la plana mayor de la organización terrorista. También valen alguna de las múltiples variantes: con la acción de un comando perfectamente entrenado, que consigue saltar y entrar directamente en el sancta sanctorum de Al Qaeda y liquidar a todos y cada uno de sus dirigentes. Muchos habrían sido los aplausos y escasas las críticas si George W. Bush hubiera obtenido la cabeza de Bin Laden tan limpiamente, en vez de lanzarse a la cabalgada del horror, con Guantánamo, la legalización de la tortura o las mentiras de las armas de destrucción masiva.
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La fecha del pasado jueves 21 de mayo quedará marcada como un momento crucial en la presidencia de Barack Obama. Mucha tinta harán correr las palabras pronunciadas este día sobre la seguridad nacional, la tortura, la cárcel de Guantánamo y los valores más característicos de los Estados Unidos de América. Pero además de interpretaciones y comentarios, que ya los ha habido y muchos, habrá un antes y después para el presidente Obama tras el duelo retórico en el que se enfrentó con el ex vicepresidente Dick Cheney. Obama habló desde el edificio de los Archivos Nacionales, donde se guardan los ejemplares originales de la Declaración de Independencia, el Bill of Rights y la Constitución. Cheney desde el Wohlsetter Conference Center del think tank ultraconservador American Enterprise Institut. El lugar elegido es todo un símbolo de los valores que defendieron uno y otro: Obama los fundacionales surgidos del Siglo de las Luces y de la Revolución Americana, Cheney los de la Guerra fría, ejemplificados en la figura de quien da nombre a la sala de conferencias, Albert Wohlsetter, el intelectual y especialista en armamento y defensa que inspiró la figura del Doctor Strangelove, interpretada por Peter Sellers en el filme de Stanley Kubrick.
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El partido republicano de Estados Unidos tiene su Jiménez Losantos y su José María Aznar, pero no ha encontrado todavía ni siquiera a su Mariano Rajoy. En lo más duro de la travesía del desierto, los populares españoles han tenido en el radiopredicador de la Cope a su auténtico líder, fabricante de ideología y distribuidor de consignas, mientras el ex presidente del partido y del Gobierno, agazapado en la Faes, realizaba la labor de defender el balance y las ideas de fondo. En el desierto americano está sucediendo otro tanto: el disc-jockey convertido en multimillonario radiopredicador, Rush Limbaugh, es quien dirige los ataques de las derrotadas y desordenadas filas republicanas; mientras que es el ex vicepresidente Dick Cheney el que defiende el balance de los últimos ocho años y anuncia las peores catástrofes como resultado de la nueva política de Obama.
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Obama está a punto de doblar este cabo de las tormentas que son los cien días de su presidencia. A una semana vista de tal hito el océano ya empieza a mostrarse todo lo embravecido que exige la leyenda. Y no es por la economía, a pesar de su estado lamentable, ni por el agitado mapamundi donde se despliega la nueva política norteamericana. Es por las torturas, la ignominia que más ha ensuciado la presidencia de George W. Bush y ha hipotecado la imagen de su país en el mundo. El presidente zanjó enseguida con toda claridad: aquí no se tortura. En el segundo día de su mandato suspendió todos los dictámenes legales que lo permitían. Esta pasada semana ha autorizado el levantamiento del secreto sobre varios documentos de la oficina legal de Bush que cubrían y autorizaban tales prácticas. Y esta semana ha dado a entender que será necesaria una investigación a fondo y no se pueden descartar acciones judiciales contra los juristas que fabricaron estos argumentos leguleyos para practicarlas.
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La ecuación del poder nunca es sencilla. Hay presidentes que tienen menos poder del que les otorga la Constitución así como hay otros que tienen mucho más. Cabe conjeturar incluso que es excepcional el caso en que un presidente se atenga estrictamente al terreno de juego que marcan las leyes. Aunque en realidad la Constitución americana deja amplio margen para la ambigüedad y la interpretación y hay que tener en cuenta, además, muchos factores externos: las mayorías parlamentarias, la cohesión del partido presidencial o incluso los ciclos ideológicos que ofrecen ventajas u obstaculizan la labor del presidente. El anterior, George W. Bush, fue un caso curioso: concentró mucho poder, gracias a una legislación de guerra y a la inspiración neocon, pero luego se convirtió en una especie de ‘rey holgazán’, y quien en cambio lo usó fue Dick Cheney, su vicepresidente, considerado como presidente ejecutivo en la sombra. Barack Obama es un caso todavía en pleno desarrollo: hay que abstenerse de hacer juicios precipitados. Pero apunta formas: ayer mismo el diario Político aseguraba que el nuevo inquilino de la Casa Blanca ya es el primer ejecutivo en el mundo de los negocios norteamericano: el motivo ha sido la drástica intervención de General Motors, con destitución de su presidente incluida.
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El tiempo, el gran escultor, lo tiene muy difícil con George W. Bush. El artista metafórico que imaginó Marguerite Yourcenar no va a sacar nada bueno del presidente cuadragésimo tercero de los Estados Unidos de América, que termina de forma lamentable su mandato el próximo martes 20 de enero. Por más que se haya esforzado en sus numerosas comparecencias desde hace un par de meses, no hay forma de vender la idea de que ha sido una presidencia como todas, con sombras y luces, y al final de las cuentas con un balance salvable y fructífero; nadie la compra. El legado que dejan estos ocho años no puede ser más desastroso: sólo faltaba la ruina del plan de paz de Annapolis, el proyecto lanzado por Bush para que antes de terminar su presidencia Israel y Palestina firmaran la paz. Ahí está la matanza de Gaza como colofón sangriento a su presidencia, con el humillante detalle final: esta increíble sumisión del presidente norteamericano y de su secretaria de Estado a un gobierno dimisionario como el de Israel a la hora de votar una resolución en el Consejo de Seguridad. Hay algo seguro: será difícil que desde Israel alguien vuelva a tratar a Hillary Clinton y a Barack Obama como lo han hecho con los actuales titulares de la secretaría de Estado y de la presidencia Tzipi Livni y Ehud Olmert, este último regodeándose incluso en la suerte de sacar a Bush de un acto público para exigirle que su país no votara la resolución a favor del alto el fuego.
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La lista es larga y pesada: Estados Unidos iba a imponerse en el siglo XXI como la única superpotencia, gracias a su poderío económico, tecnológico y militar. La figura del presidente iba a engrandecerse y a ampliar su capacidad de maniobra y sus márgenes de acción respecto a los otros dos poderes. El Partido Republicano estaba destinado a producir un realineamiento del electorado del mismo estilo que el que produjo Franklin D. Rooseevelt desde 1932. Todo ello iba a conducir precisamente al desmontaje del Estado surgido del New Deal, el Big Government detestado por la derecha libertaria y antifiscal. Éste era el programa oculto de George W. Bush en el año 2000, cuando consiguió que el Tribunal Supremo le otorgara la victoria electoral sobre Al Gore mediante la paralización del recuento de votos en Florida. Quienes fueron hilvanando este conjunto de proyectos, Donald Rumsfeld, Dick Cheney, Paul Wolfowitz, Karl Rove, y tantos otros personajes que han venido formando esta pléyade conservadora al cargo del mundo en los últimos ocho años, deben estar en estos momentos en una situación de máxima confusión.
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Los meses finales de todas las presidencias norteamericanas suelen ser ricos en acontecimientos. Hay un momento en que se crean las condiciones para decisiones imprevistas, insólitas o difíciles, y eso gracias a la desatención de la opinión pública, concentrada en la campaña electoral, y al movimiento centrífugo a que se ve sometido el centro del poder. Controles y contrapesos que hubieran actuado en otras ocasiones dejan de contar. No hay ya horizontes profundos en las miradas, ni plazos largos en las inversiones. Ni siquiera medio plazo. Todo es navegación a vista. Es el momento de iniciativas extrañas que probablemente moldearán la historia con mayor fuerza que las tomadas de forma regular y programadas durante la presidencia.
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La campaña electoral norteamericana, que transcurría hasta ahora por los cauces más previsibles, ha entrado en una zona de serias turbulencias. Las sufre el Partido Republicano, pero afectan a todos. El paso del huracán Gustav, con su inevitable evocación de la catástrofe del Katrina, y la irrupción de la ultraconservadora gobernadora de Alaska, Sarah Palin, como candidata a la vicepresidencia han trastocado todas las agendas y obligado a los estados mayores de las campañas a replantearse sus estrategias. Y lo más difícil de encajar en los planes de campaña es la noticia del embarazo de Bristol Palin, su hija de 17 años, conocida después de que la blogosfera hirviera con el rumor de que el menor de los Pali, Trig, nacido el pasado mes de abril con síndrome de Down, era también hijo de Bristol y por tanto nieto de la gobernadora y no su hijo más joven.
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La gestión de la catástrofe es un momento decisivo de la vida política contemporánea. Se ha comprobado infinidad de veces en los últimos años. Los gobiernos sin reflejos, con la guardia baja y propensos al oscurantismo terminan pagando cara su ineptitud y su pereza. Que se lo recuerden a Aznar, por ejemplo. Y también a Zapatero. Pero el caso más espectacular y de libro fue el del huracán Katrina, hace tres años, que culminó la demolición de la presidencia de George W. Bush iniciada por él mismo con su guerra de Irak. Nada funcionó en aquel entonces y quedó además demostrada la falta de inversiones en una ciudad dejada de la mano de Dios por la derecha. Bush tardó cuatro días en reaccionar, la Agencia Federal de Gestión de Catástrofes dirigida por uno de sus amigos, totalmente inexperto en la materia, alcanzó la cima de la estulticia y de la impericia. Pero no hubo tan sólo mala gestión, sino que fue toda una filosofía política la que naufragó en aquella catástrofe que costó la vida a casi tantos norteamericanos como los atentados contra las Torres Gemelas. Y luego llegaron los resultados, con las elecciones de mitad de mandato que dieron la mayoría a los demócratas en las dos cámaras y dejaron al presidente sin posibilidad de aplicar su programa y a los ‘neocons’ fuera de juego e incapacitados para seguir medrando.
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