Tengo la impresión de que todos nos precipitamos un poco al analizar el anuncio de que Rodrigo Rato abandonaba la dirección del Fondo Monetario Internacional y regresaba a España, sin excluir la política. No sé si fue fruto de una especial circunstancia, en la que se mezclaba la inacción del Gobierno y de su presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, y la tozudez de la oposición y de su líder, Mariano Rajoy; o efecto de una actuación muy calculada para revertir en un efecto positivo un movimiento que no podía valorarse de otra manera que no fuera un desastre y una derrota. No hay duda que el mero anuncio subrayó dos cosas bien claras: la debilidad de Rajoy como candidato (o la pésima decisión sucesoria, fruto del dedazo de Aznar) y el momento especialmente bajo en que se encontraba Zapatero. De ahí que al insinuarse la idea de un tándem, e incluso de una tripleta electoral (Rajoy-Rato-Gallardón), se levantara la euforia de la militancia pepera y cundiera un cierto desánimo en las filas socialistas. La fibra extremista del PP, en cambio, recibió la noticia como una amenaza a su estrategia de la tensión. No puede excluirse, por tanto, que la noticia estimulara el encastillamiento de Rajoy en la obsesión antiterrorista y enervara en cambio la capacidad de reacción de Zapatero, que se ha desplegado en el doble golpe de efecto de un estado de la nación victorioso y de una remodelación del gobierno bien armada y jugada.
